

Los soviéticos estaban muy cerca de Berlín, que caería en primavera; la guerra se prolongó en el Pacífico y, entre tanto, en la pequeña localidad de Yalta, los dueños del mundo se disponían a decidir el futuro de Europa. Julio Martín Alarcón cuenta los entresijos de la negociación: un Roosevelt ya muy debilitado por su enfermedad quería una nueva Sociedad de Naciones; Churchill aspiraba apenas a dar voz a Francia y al imposible de que Polonia no cayera en las garras del comunismo; Stalin se erigió en el hombre fuerte de la cumbre. Apostó a ganador, se quedó con Polonia y sembró el destino de todos los Estados satélite de la URSS. De allí «no surgió la guerra fría», pero se pusieron los cimientos de un nuevo mapa de Europa que inevitablemente conduciría a la división, a una paz armada, como en los prolegómenos de la Gran Guerra, a casi medio siglo de permanente tensión.
En Yalta, Stalin era todavía
un aliado, pero también un enemigo de la reconstrucción democrática. Los tres sellaron «50 años de paz», que no fueron extensivos a las colonias, a los países en proceso de descomposición interna y al entorno del Tercer Mundo -noción acuñada en la posguerra-. En definitiva, de Yalta a la ONU y a un mundo partido en dos bloques. Todo eso se ventiló a orillas del mar Negro. «¿Y Polonia, no hemos luchado por Polonia?«, preguntó un diputado tory en 1946 en un acto social. Sí, pero esa causa quedó en el olvido, o sea, al otro lado del Telón de Acero.
Fuente: Dirario El Mundo. 22/12/2014. Artículo de JAVIER REDONDO, profesor de ciencia política en la universidad Carlos IIII de Madrid y director de La Aventura de la Historia.