El agente naranja sigue pudriendo los suelos de Vietnam 50 años después.

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La imagen, tomada en noviembre de 1962, muestra el efecto del agente naranja en la margen derecha del río. ALAMY

Autor: Miguel Ángel Criado
Fuente: El País, 16/03/2019

En Vietnam, el ejército de EE UU mantuvo dos guerras: una contra el Viet Cong y otra contra la naturaleza. En esta, los militares estadounidenses usaron millones de litros de herbicidas contra la selva donde se escondían los comunistas y los cultivos de arroz que les alimentaban. El herbicida más usado fue el agente naranja. Una revisión de diversos estudios muestra que, 50 años después de que dejaran de rociarlo, aún hay restos altamente tóxicos de este defoliante en suelos y sedimentos, desde los que entran en la cadena alimenticia.

Fue el presidente Kennedy quien, en el marco de una nueva estrategia para impedir que Vietnam del Sur colapsara bajo la presión de los nacionalistas y comunistas del norte, abrió la puerta a la mayor guerra química de la historia. Los primeros herbicidas llegaron al sudeste asiático en enero de 1962 en una operación que acabaría llamándose proyecto Ranch Hand. Usaron diversos compuestos químicos, muchos de ellos desarrollados durante la guerra mundial para destruir las cosechas de alemanes y japoneses.

Diversos informes de las Academias Nacionales de Ciencia de EE UU (NAS) y agencias gubernamentales como la USAID estiman que en la Guerra de Vietnam se usaron más 80.000 millones de litros de herbicidas. El más usado fue el agente naranja, un defoliante. Los militares no se rompieron mucho la cabeza al nombrarlo: iba en barriles con una franja de ese color para diferenciarlo del agente blanco, el agente púrpura, el agente rosa o el agente verde (contra vegetación de hoja ancha) y el agente azul (usado contra los arrozales).

El 20% de las selvas del país y 10 millones de hectáreas de arrozal fueron rociadas al menos una vez con dosis 20 veces mayores a las recomendadas

La lógica militar era la siguiente: ya que los comunistas usaban la selva como un arma más contra ellos, había que neutralizarla. El trabajo recién publicado en una revista especializada en suelos muestra que el 20% de las selvas de Vietnam fueron fumigadas al menos una vez. Pero el arroz y otros productos agrícolas también fueron objetivos. Hasta el 40% de los herbicidas se usaron contra los cultivos. Aunque los militares intentaran diferenciar entre arrozales de amigos y enemigos, unos 10 millones de hectáreas fueron rociadas con agente azul, que acababa con la cosecha en horas. El tercer principal uso de los herbicidas fue el de acabar con todo el verde que hubiera en los alrededores de las bases militares estadounidenses, creando así un perímetro de seguridad.

Los efectos de todos los herbicidas eran temporales y había que volver a rociarlos cada cierto tiempo. Para ello usaban desde mochilas a la espalda hasta las lanchas para rociar las riberas. Pero fueron una flotilla de aviones C-123 Provider y helicópteros adaptados para levantar tanques de 3.800 litros los que protagonizaron el proyecto Ranch Hand, con más de 19.000 salidas entre 1962 y 1971.

El agente naranja era en realidad un compuesto a partes iguales de dos herbicidas, el ácido 2,4-diclorofenoxiacético (2,4-D) y el ácido 2, 4, 5- triclorofenoxiacético (2,4,5-T). Son reguladores hormonales del crecimiento y en unos días, semanas como mucho, dejan de actuar. Pero lo que no se sabía entonces era que el agente naranja contenía una dioxina altamente tóxica, la TCDD. Para acelerar la producción, se elevó la temperatura unos 5º y el cloro presente en el compuesto a altas temperaturas generaba entre 6.000 y 10.000 partes por millón (ppm) de TCDD más que en condiciones normales. Esta sustancia carcinogénica es hidrofóbica, así que no se disuelve en el agua. Tampoco se absorbe, sino que se adsorbe. Se quedaba pegada como una lapa a las hojas que, al caer, llevaban la dioxina hasta el suelo y la naturaleza se encargaba de propagarla.

La Fuerza Aérea de EE UU realizó unas 20.000 misiones herbicidas.
La Fuerza Aérea de EE UU realizó unas 20.000 misiones herbicidas. U.S. AIR FORCE PHOTO

«La dioxina contaminante se adhiere al carbono orgánico y partículas arcillosas del suelo en las zonas contaminadas y procesos de erosión mueven los sedimentos contaminados mediante escorrentías hasta los cursos de agua, ríos, estanques y lagos, donde las condiciones anaeróbicas protegen la dioxina de la degradación microbiana, extendiendo su vida media», comenta en un correo el experto en suelos y coautor del estudio Ken Olson, profesor de la universidad de Illinois (EE UU).

Expuesta a la acción del sol, la TCDD se degrada en menos de tres años. Pero en suelos protegidos por la vegetación tarda en degradarse hasta 50 y, si está en sedimentos fluviales o marinos, más de un siglo. «Los peces y camarones que se alimentan en el fondo atrapan los sedimentos contaminados y la dioxina se acumula en sus tejidos. Peces más grandes se comen a estos peces y los vietnamitas a ellos», recuerda Olson.

En uno de los informes más recientes revisados por Olson y su colega, la socióloga rural de la Universidad Estatal de Iowa Lois Wright Morton, los investigadores oficiales analizaron los suelos de la base aérea de Bien Hoa y sus alrededores. Fue una de las principales bases desde las que partían las misiones herbicidas y allí se acumularon los bidones sobrantes cuando se suspendió Ranch Hand. «Recogieron 1.300 muestras de suelo de 76 puntos diferentes de la base, tierras cercanas y lagos. Unas 550 muestras tenían niveles de dioxina por encima de la normativa para el uso de la tierra del Ministerio de Defensa Nacional de Vietnam», comenta el profesor estadounidense.

Treinta años después de ser usados en Vietnam, varios aviones aún tenían la dioxina pegada

Los suelos de otras 16 bases áreas estadounidenses tanto en Vietnam como Tailandia están contaminados y muchos de los vietnamitas y estadounidenses expuestos en su momento a estos productos desarrollaron enfermedades. Pero se sabe poco del impacto del agente naranja que queda más allá de las bases. Junto a la de Bien Hoa está la ciudad homónima, en la que viven unas 900.000 personas, y está prohibida la pesca en ríos y lagos de la zona aún hoy.

La persistencia de la TCDD es tal que varios de los aviones que se usaron para rociar el agente naranja tuvieron que ser retirados de una subasta e incinerados porque, 30 años después de volver de Vietnam, aún tenían la dioxina pegada. El último de los informes de las NAS sobre los efectos del agente naranja en los veteranos de guerra, publicado en noviembre pasado, añadía nuevas patologías que aparecían correlacionadas con la exposición al herbicida. Estos informes se publican cada dos años y son un mandato del Congreso de EE UU.

Aunque se estima que hay aún tres millones de vietnamitas que sufren los efectos de los defoliantes, no tienen un seguimiento similar al de los veteranos estadounidenses. «Los efectos negativos sobre la población y los veteranos vietnamitas nunca se determinaron bien y tampoco se han llevado a cabo estudios con la suficiente potencia estadística», asegura la profesora emérita de la Universidad de Columbia (EE UU) en salud pública y una de las mayores investigadoras del uso militar de los herbicidas, Jeanne Stellman.

Uno de sus trabajos, que fue portada de la revista Nature en 2003, usó los registros de la Fuerza Aérea de EE UU para determinar que al menos 3.000 aldeas y poblados fueron fumigados directamente con el agente naranja. Sus cálculos arrojan una cifra de entre dos y cuatro millones de personas expuestas. Además, para Stellman, es un error fijarse solo en la dioxina. «Los herbicidas del grupo fenoxi (el 2,4,5-T y el 2,4-D) en sí no son inocuos», recuerda.

De los pocos estudios internacionales sobre la persistencia de la TCDD en el ambiente destaca uno publicado hace ya 10 años por investigadores japoneses y vietnamitas. En él compararon los niveles de contaminación de los suelos de una de las aldeas rociadas con agente naranja con los de otras que se libraron. En la primera, la presencia de dioxina quintuplicaba a la de la segunda, aunque su concentración era más baja que la observada en la base aérea de Bien Hoa. El trabajo también halló mayores niveles de dioxina en la leche materna, pero no puede descartarse que se deban a la exposición más reciente a pesticidas agrícolas.

Olson cree que sería exagerado y sin base científica considerar que todos los suelos rociados hace 50 años sigan contaminados hoy. En todo caso, solo en Bien Hoa hay al menos 414.000 metros cúbicos de suelos que deberían ser tratados. Para Olson, el método definitivo para acabar con la dioxina sería incinerarlos, quemar la tierra.

Las dos grandes crisis económicas de entreguerras: hiperinflación alemana y crac del 29.

Autor: Jesús de Blas Ortega.

Fuente: Descubrir la Historia, 18/03/2019.

Durante el período de entreguerras se produjeron dos grandes crisis económicas cuyas consecuencias fueron dramáticas, tanto desde un punto de vista social, como político: la hiperinflación alemana, que se extendió durante los años 1922 y 1923, y el crac bursátil de 1929, que daría paso a la Gran Depresión de los años 30.

La hiperinflación alemana coincidió en el tiempo con la ocupación militar franco-belga de la cuenca del Ruhr, una de las zonas más industrializadas del continente europeo, y estuvo a punto de llevar a Alemania y a Europa a una situación crítica. Alemania fue el escenario de una escalada de acontecimientos revolucionarios que alcanzaron su apogeo en 1923 (gobiernos revolucionarios de Sajonia y Turingia) y también de la primera intentona golpista contrarrevolucionaria de las fuerzas de la extrema derecha (Hitler y Ludendorff en Munich). Los cambios políticos que se produjeron en Francia y en Reino Unido tras las elecciones de 1924, favorables al centroizquierda, así como el apoyo financiero diseñado por el norteamericano Charles Dawes, permitieron una estabilización temporal de la situación económica, social y política europea. Pero el estallido del crac bursátil en Nueva York en octubre de 1929 iba a dar paso a una década dominada por la Gran Depresión económica mundial, caldo de cultivo de una conflictividad social creciente que iba a dar paso a una radicalización política, tanto a izquierda, como a derecha. El desarrollo del fascismo y del nazismo en Europa, con su componente militarista y expansionista, iba a contribuir a precipitar el estallido de la II Guerra Mundial.

La Primera Guerra Mundial había sido la consecuencia de la rivalidad interimperialista por repartirse los mercados con el objetivo de las principales potencias de llegar a dominar la economía mundial. La devastación que se había conocido en Europa permitió a EE.UU. alcanzar un lugar preeminente como potencia hegemónica, tanto en el plano económico, como en el militar, o en el político. Pero las bases económicas y políticas sobre las que sustentaba la estabilidad europea y mundial eran muy débiles. Así, cuando se produjo el estallido de la burbuja bursátil en Nueva York, todo el edificio que se había ido construyendo con grandes dificultades durante la posguerra (Conferencia de París, Sociedad de Naciones, Conferencia de Génova, Plan Dawes, Plan Young, etc.), se vino abajo.

Vamos a analizar en este artículo estas dos grandes crisis de entreguerras, partiendo de la situación en que se encontraba el mundo tras la finalización de la Gran Guerra, con sus profundos desequilibrios económicos, monetarios y financieros.

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La batalla de Stalingrado en imágenes.

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Rasputitsa
Soldados de la Wehrmacht tirando de un coche embarrado, noviembre de 1941. La rasputitsa desempeñó un papel crucial durante las diferentes guerras en Rusia, particularmente en la Segunda Guerra Mundial donde la Blitzkrieg fue casi detenida por el lodo, haciendo los tanques más poderosos prácticamente inutilizables.
Foto: German Federal Archives

Autor: Héctor Rodríguez

Fuente: National Geographic, 13/06/2018.

La primavera de 1942 en el frente oriental se había presentado mucho más tranquila que el año anterior. La escasez de recursos, el agotamiento de ambos contendientes, y un invierno especialmente duro al que seguía el correspondiente periodo de deshielo y embarramiento al que los rusos conocen como rasputisa, y que hace el terreno difícilmente transitable, hicieron que la guerra se tomara un pequeño respiro.

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Operaciones aéreas
Bombardeo aéreo de la Luftwaffe alemana sobre Stalingrado en septiembre de 1942.
Foto: German Federal Archives

No obstante, las batallas que se libraron durante los años 1942 y 1943, resultaron decisivas en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Así, fue en 1942 cuando el ejército alemán se planteo el dilema de dar el golpe de gracia la Unión Soviética antes de que Estados Unidos pudiera movilizar sus recursos económicos y militares. El 28 de junio del mismo año, Hitler pondría en marcha la que se conoció como la Operación Azul, cuyo objetivo se centró en las riquezas minerales y petrolíferas de Ucrania y el Caúcaso. Entre las contingencias estratégicas se encontraba la ciudad de Stalingrado, cuya conquista pretendía cortar el suministro de recursos del ejército rojo.

Stalin prefería ceder terreno a enfrentarse con los nazis en una batalla perdida de antemano.

Convencidos de que el ataque se produciría sobre Moscú de forma inminente, la ofensiva que los alemanes desplegaron por todo frente ucraniano cogió a los soviéticos completamente por sorpresa. De este modo, en una maniobra más que usual, el Ejercito Rojo se replegó. Los alemanes se internaban imparables en el corazón de Europa, sin embargo no hicieron otra cosa que conquistar territorio desierto.

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Stalingrado Sur
Mapa de ejercito alemán del flanco sur de la ciudad de Stalingrado, 1942.
Foto.: Library of Congress Geography and Map Division Washington

Stalin prefería ceder terreno a enfrentarse con los nazis en una batalla perdida de antemano. La progresión de los segundos avanzaba por el Caúcaso, no obstante las largas distancias que dificultaban el abastecimiento de suministros y las montañas hicieron que nunca llegaran a alzanzar los pozos petrolíferos con los que pretendían hacerse. Fue sí que Hitler pronto decidió, el 19 de junio de 1942, poner rumbo hacia Stalingrado.

La batalla comenzaría el 23 de agosto de 1942 y enfrentó al Ejército Rojo de la Unión Soviética y la Wehrmacht de la Alemania nazi y sus aliados del Eje por el control de la ciudad, la cual tenía una importante industria militar y se establecía como un importante nudo de comunicaciones ferroviarias. La urbe se extendía a lo largo de la orilla occidental del Volga y carecía de puentes para cruzar el río.

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Aliados nazis
Soldados del ejercito rumano, aliado del ejército de Alemania, en el frente de la ciudad de Stalingrado. Tropas rumanas, húngaras e italianas apoyaron la ofensiva del los nazis sobre la Unión Soviética.
Foto: German Federal Archives / Lechner

Poco antes, el 19 de julio Stalin ordenó que Stalingrado quedase en estado de sitio total, no permitiendo la salida de civiles, y disponiendo que se comenzaran los preparativos para resistir ante los alemanes, que se acercaban. Preocupado por el avance alemán hacia el Volga, que podía dividir a Rusia en dos, días despues, el 28 de julio, Stalin emitió la famosa orden 227, pronto conocida como la orden «¡Ni un paso atrás!«, por la que se prohibió la rendición bajo cualquier concepto, y se formó una linea de infantería en retaguardia con órdenes de fusilar a todo soldado o civil que retrocediese sin permiso. El 23 de agosto se acercaba y la batalla acechaba en el horizonte de la actual Volgogrado.

Como se preveía la lucha resulto terrible. Las tropas del Fürher llegaron a la ciudad, al frente de cuya defensa se encontraban los generales soviéticos Emerenko y Chuikov, y ante los que se tuvieron que enfrentar en un tipo de guerra hasta entonces desconocido para ellos: la lucha en una ciudad en ruinas y contra un enemigo que se conocía cada palmo del terreno.

Hitler, llegó a anunciar la conquista de Stalingrado el 8 de noviembre

Los soviéticos recibieron numerosas pérdidas, sin embargo a las orillas del Volga llegaban nuevos refuerzos cada noche. La situación parecía aun peor para Wehrmacht alemana, que contaba con un número aún más alto de bajas y pérdidas de armamento, pero que sin embargo parecía hacer retroceder al Ejército Rojo. El avance fue tal que de hecho Hitler, llegó a anunciar la conquista de Stalingrado el 8 de noviembre. Pero las tornas cambiarían muy pronto.

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Barricadas urbanas
Un militar alemán armado con un subfusil soviético PPSh-41 vigila desde una barricada. Muchos alemanes tomaban armas soviéticas cuando las encontraban porque eran mejores para el combate en espacios cerrados.
Foto: German Federal Archives

Las tropas alemanas se encontraban flanqueadas por las de sus aliados rumanos, húngaros e italianos, mucho más débiles y peor armadas. Mientras, por el lado soviético, se estaba fraguando la que recibió el nombre de Operación Urano, mediante la cual, tras acumular tropas a ambos lados del frente alemán, se produciría el cerco al Sexto Ejercito de los nazis.

Fueron meses de sangre y pólvora que supusieron el gran punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial en Europa

En un error de cálculo y basándose en las predicciones de Göring de que la Luftwaffe alemana podría dar soporte aéreo a las tropas, Hitler ordenó que el Sexto Ejercito mantuviera las posiciones. Para ventura de los soviéticos aquellos aviones no resultaron suficiente. Una posterior ofensiva del ejercito rojo cercó por completo a las tropas alemanas, no dejando más opción mariscal Paulus, quien encabezaba a la facción nazi, de rendirse el 2 de Febrero de 1943 desaviniendo las órdenes del Fürher.

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Una ciudad destruida
Soldados soviéticos combatiendo entre las ruinas de la ciudad.
Foto: German Federal Archives

La Wehrmacht había sufrido su primera gran derrota y la balanza en el frente oriental se inclinaba a favor de la URSS por primera vez. Fueron meses de sangre y pólvora que supusieron el gran punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial en Europa, y que dió lugar al contraataque soviético e inicio del repliegue alemán. La Segunda Guerra Mundial, acababa de cambiar su rumbo.

Ver imágenes.

La leyenda de «la chica del pelo rojo» que atemorizó a los nazis.

 

Fuente: ABC Historia, 13/03/2019

¿Había en realidad para tanto? Lo cierto es que sí. Pero no solo por la «chica del pelo rojo» (cuyo nombre verdadero era Hannie Schaft), sino también por las dos lugartenientes con las que contaba esta guerrillera: Freddie y Truus Oversteegen. Las tres formaban una suerte de comando especial que dependía del Raad van Verzet (RVV, la cúpula de la Resistencia holandesa) con un curioso cometido: seducir a soldados nazis en bares y cafés para acabar con su vida en cuanto se hallaran en un lugar apartado.

 

“Viva el feminismo”: la foto de María Telo, la abogada que luchó por la igualdad jurídica de hombres y mujeres.

Feminismo, 1936

Autor: JAIME RUBIO HANCOCK , 8/03/2019

Fuente: El País,

El trabajo de María Telo para reformar el Código Civil llevó a que las mujeres pudieran abrir cuentas y trabajar sin permiso de su marido.

La fotografía muestra a tres mujeres colocando en la calle un cartel que dice: “Viva el feminismo. 1936”. Esta imagen acostumbra a recordarse, recrearse e incluso versionarse cada 8 de marzo.

La foto se tomó el primero de mayo de 1936, semanas antes de que comenzara la Guerra Civil, tal y como recoge el blog sobre las Sinsombrero de RTVE. Está hecha en Cantalpino, Salamanca. Quien está subida a la escalera es María Telo, a sus pies está Pilar Alonso y, de espaldas, Goya Telo. Solo María Telo sobrevivió a la Guerra Civil, según recoge el diario Salamanca al día.

María Telo nació en Cáceres en 1915 y falleció en Madrid en 2014. Como relata el obituario publicado en EL PAÍS, titulado La abogada de la igualdad, Telo estudió Derecho en Salamanca y fue entonces cuando leyó el Código Civil. «Me quedé horrorizada al comprobar que la mujer no pintaba nada de nada». Ya entonces se le metió “entre ceja y ceja” que tenía que cambiar este código, explicó en una entrevista publicada en 2008, poco después de ser nombrada doctora honoris causa por la Universidad de Salamanca.

Por culpa de la guerra, Telo no pudo examinarse hasta 1940 de las dos asignaturas que le faltaban para licenciarse. Y, por culpa del franquismo, no pudo alcanzar su objetivo de ser notaria, como su padre, al estar esta carrera vedada a las mujeres. Sí ganó la oposición al Cuerpo Técnico de Administración Civil del Ministerio de Agricultura en 1944. Fue la primera mujer en hacerlo: “No sin fuertes obstáculos, por considerar aquel tribunal que ninguna mujer debía tener acceso”, escribió en sus memorias.

En 1952 abrió uno de los pocos despachos en manos de mujeres de Madrid, labor que compaginaba con su funcionariado y, en 1969, organizó el primer Consejo de la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas, desde el que impulsó la reforma del Código Civil. Sus propuestas no se materializaron hasta mayo de 1975, aún bajo el franquismo.

Gracias a sus iniciativas, las mujeres pudieron aceptar herencias, abrir cuentas en el banco, trabajar y disponer de su salario sin permiso del marido, además de ser cabeza de familia y administrar los bienes gananciales. Telo siguió trabajando hasta los 80 años y también participó en la elaboración de la ley del divorcio de 1981.

«Igualdad juríica no quiere decir igualdad de hecho -apuntaba Telo en su discurso como doctora de la Universidad de Salamanca, en 2008-; ahí queda un largo camino por recorrer, donde debe ser otra vez protagonista la mujer». Y añadía: «Después de prepararse para lo más, al casarse y tener hijos encuentra cerrados todos los caminos para promocionarse en su profesión, al tener que enfrentarse si se casa a la doble jornada o, en otro caso, contentarse con trabajos a tiempo parcial o de horario flexible de distinta naturaleza, que arruinan su formación. Todo por falta de estructuras sociales adecuadas».

En este vídeo sobre Telo aparece su hija hojeando un álbum. En el minuto 0:32 se puede ver la foto de la escalera.

Día Internacional de la Mujer: ¿Qué pasó el 8 de marzo de 1857?.

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Dos integrantes de un piquete durante la huelga de las camiseras de Nueva York de 1909, precedente del Día Internacional de la Mujer. / ARCHIVO

Fuente: El Periódico, 7/03/2019

El incendio de una fábrica de camisas de Nueva York en el que murieron 146 personas marcó la lucha por los derechos de la mujer.

El Día Internacional de la Mujer del 8 de marzo fue declarado por la ONU en 1975. Dos años más tarde se convirtió en el Día Internacional de la Mujer y la Paz Internacional. En Estados Unidos se celebra oficialmente tan solo desde 1994, a pesar de que es en aquel país donde se encuentran los orígenes de la conmemoración. ¿Por qué se eligió ese día?

La explicación más verosímil se remonta a mediados del siglo XIX, en plena revolución industrial. El 8 de marzo de 1857, miles de trabajadoras textiles decidieron salir a las calles de Nueva York con el lema ‘Pan y rosas’ para protestar por las míseras condiciones laborales y reivindicar un recorte del horario y el fin del trabajo infantil.

Fue una de las primeras manifestaciones para luchar por sus derechos, y distintos movimientos, sucesos y movilizaciones (como la huelga de las camiseras de 1909) se sucedieron a partir de entonces. El episodio también sirvió de referencia para fijar la fecha del Día Internacional de la Mujer en el 8 de marzo, jornada reivindicativa a la que Google dedica hoy un ‘doodle’.

Doodle de Google dedicado al Día Internacional de la Mujer
‘Doodle’ de Google dedicado al Día Internacional de la Mujer. 

El capítulo más cruento de la lucha por los derechos de la mujer se produjo, sin embargo, el 25 de marzo de 1911, cuando se incendió la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist de Nueva York. Un total de 123 mujeres y 23 hombres murieron. La mayoría eran jóvenes inmigrantes de entre 14 y 23 años.

Según el informe de los bomberos, una colilla mal apagada tirada en un cubo de restos de tela que no se había vaciado en dos meses fue el origen del incendio. Las trabajadoras y sus compañeros no pudieron escapar porque los responsables de la fábrica habían cerrado todas las puertas de escaleras y de las salidas, una práctica habitual entonces para evitar robos.

Trabajadoras textiles de Nueva York, durante una huelga en 1910, precedente del Día Internacional de la Mujer
Trabajadoras textiles de Nueva York, durante una huelga en 1910. 

El desastre industrial, el más mortífero de la historia de la ciudad, supuso la introducción de nuevas normas de seguridad y salud laboral en EEUU.

Precedentes del Día Internacional de la Mujer

Antes de esta fecha, en EEUU, Nueva York y Chicago ya habían acogido el 28 de febrero de 1909 un acto que bautizaron con el nombre de ‘Día de la Mujer’, organizado por destacadas mujeres socialistas como Corinne Brown y Gertrude Breslau-Hunt.

En Europa, fue en 1910 cuando durante la 2ª Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague (Dinamarca) con la asistencia de más de 100 mujeres procedentes de 17 países, se decidió proclamar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Detrás de esta iniciativa estaban defensoras de los derechos de las mujeres como Clara Zetkin Rosa Luxemburgo. No fijaron una fecha concreta, pero sí el mes: marzo.

Derecho a votar

Como consecuencia de esa cumbre de Copenhague, el mes de marzo de 1911 se celebró por primera vez el Día de la Mujer en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza. Se organizaron mítines en los que las mujeres reclamaron el derecho a votar, a ocupar cargos públicos, a trabajar, a la formación profesional y a la no discriminación laboral.

Coincidiendo con la primera guerra mundial, la fecha se aprovechó en toda Europa para protestar por las consecuencias de la guerra.

El color morado

La celebración se fue ampliando progresivamente a más países. Rusia adoptó el Día de la Mujer tras la Revolución comunista de 1917. Le siguieron muchos países. En China se conmemora desde 1922, mientras que en España se celebró por primera vez en 1936.

El color morado es el color representativo del Día de la Mujer, y el que adoptan las mujeres o los edificios como signo de la reivindicación. Fue el color que en 1908 utilizaban las sufragistas inglesas. En los 60 y los 70 las mujeres socialistas escogieron este color como símbolo de la lucha feminista y posteriormente se le asoció a la jornada que se celebra cada 8 de marzo.

Cuando los cómics eran más peligrosos que el nazismo.

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Una página del cómic de 1952 ‘Teen-Age Dope Slaves’.

Autor: Eduardo Bravo.
Fuente: El País, 2 de marzo, de 2019.

A mediados de los cuarenta, los tebeos de 32 páginas con grapa, conocidos como comic-books, eran la forma de entretenimiento más popular en Estados Unidos. Sus ventas rondaban entre los 80 y 100 millones de copias semanales y lo habitual era que cada ejemplar pasase por seis o 10 lectores. Llegaban a más público que el cine, la radio o ese nuevo medio: la televisión.

Las buenas ventas permitieron desarrollar una floreciente industria que empleaba a más de un millar de profesionales. También fue notable la amplísima variedad de temas: hazañas bélicas, crímenes truculentos, narraciones gore, amor adolescente con toques de erotismo, historias de la mafia, venganzas por despecho, aventuras exóticas, sin olvidar el abuso de drogas. Un catálogo que pronto llamó la atención de los salvadores de la moral.

La persecución a la industria de los cómics y sus consecuencias han sido investigadas por David Hajdu, profesor de la Universidad de Columbia, en La plaga de los cómics, publicado por Es Pop en dos ediciones: una convencional y otra en la que se incluye un volumen con más de cuatrocientas cubiertas de tebeos. “Es difícil comprender la cultura estadounidense. Por un lado, promueve la libertad creativa. Por otro, la ataca en nombre de la virtud puritana. La polémica sobre los cómics a mediados del siglo XX es un buen ejemplo”, explica el autor.

Hogueras públicas

El psiquiatra estadounidense Fredric Wertham llegó a afirmar en su ensayo La seducción de los inocentes que, “comparado con la industria del cómic, Hitler era un principiante”. Sin embargo, los métodos de Wertham y sus seguidores no se diferenciaban demasiado a los empleados por el Tercer Reich. Como explica Hajdu, “algunos grupos religiosos organizaron protestas públicas en las que se recogían cómics que posteriormente eran quemados en hogueras. Igual que los nazis y, además, en el mismo periodo histórico”.

Además de amedrentar a la población y a los dibujantes, los grupos religiosos promovieron la creación de leyes que restringían la compraventa de cómics independientemente de la edad de los destinatarios. Hacia 1950 en EE UU había más de medio centenar de normas que limitaban la venta de esos títulos. Unas leyes que no solo afectaban a los tebeos de contenido más escabroso y violento, sino también a los de superhéroes, por considerar que contenían “valores estéticos y culturales contrarios a los de la cultura dominante porque sus protagonistas eran indisciplinados, inadaptados y marginados”, relata Hajdu.

Para resistir el embate, el mundo del cómic decidió organizarse. A diferencia de lo que había hecho Random House, que apeló a la libertad de expresión y creación para defender la publicación del Ulises de Joyce, los empresarios del tebeo optaron por la autorregulación. “Fundaron la Comics Code Authority (CCA) creyendo que una autocensura sería menos destructiva. Sin embargo, fue probablemente más restrictiva que la que hubiera impuesto el Gobierno”, analiza el investigador.

La CCA estuvo vigente hasta finales del siglo XX aunque, para entonces, su influencia era muy residual. Nada comparado con su época dorada, en la que muchos distribuidores se negaban a aceptar todo cómic que no contase con su sello impreso en la portada. De hecho, fue ese detalle el que hizo que surgiera en los años sesenta el cómic underground, cuyos autores nunca hubieran recibido el sello de aprobación. Como aclara Hajdu, “para ellos, el código era básicamente un manual de instrucciones: lo utilizaban para hacer totalmente lo contrario de lo que decía”.

 

Kautsky y la izquierda británica en 1913 .

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Eduard Bernstein con Karl Kautsky, hacia 1925

Autor: Eduardo Montagut.

Fuente: Nueva Tribuna, 21/02/2019

Kautsky publicó el 26 de diciembre de 1913 un artículo en Neue Zeit, la principal revista teórica del SPD, y que en España se pudo leer gracias El Socialista sobre la unidad del socialismo británico, y sobre el carácter del laborismo.

La Segunda Internacional siempre luchó para que en cada país solamente hubiera un partido socialista. Uno de los grandes objetivos fue su empeño en que se terminara con la intensa división en Francia, una recomendación que fue seguida con la creación de la SFIO en 1905. En este sentido, muy importante fue la resolución tomada por el Congreso de Ámsterdam. En dicho Congreso se aprobó una resolución sobre la unidad. Para que la clase obrera tuviera fuerza en su lucha contra el capitalismo se hacía indispensable que hubiera un único partido socialista en cada país, enfrente de los partidos burgueses, como había un único proletariado. En consecuencia, todos los militantes, fracciones u organizaciones que se considerasen socialistas tenían el deber de trabajar para conseguir la unidad sobre la base de los principios establecidos por los Congresos internacionales. La Segunda Internacional y los Partidos de las naciones donde existiese tal unidad tenían el deber de ponerse a disposición para ayudar a que este acuerdo tuviese éxito.

Pues bien, la Oficina de la Internacional, que se había reunido en Londres en 1913 para preparar el Congreso de la Internacional de Viena, también había tratado sobre la unidad socialista en Gran Bretaña y en Rusia, aprobándose que la Socialdemocracia alemana, pilar de la Segunda Internacional, debía ayudar con su ejemplo y estímulo a los socialistas de ambos países para conseguir la unidad organizativa.

Así pues, Kautsky se había puesto manos a la obra, y había escrito el trabajo aludido. Su análisis es de una gran lucidez, partiendo siempre de un análisis de la realidad económica, social y política británicas desde el siglo anterior, intentado adaptar el modelo de organización política socialista a dicha realidad, sin procurar imponer el alemán o continental.

El líder alemán consideraba que en Inglaterra faltaba una teoría común que ayudase a que se realizase la unidad. Allí habían nacido la Revolución Industrial y el capitalismo, y por eso, se había desarrollado antes que en ningún sitio la lucha política de la burguesía y del proletariado, pero antes de que se hubiera producido una investigación teórica profunda de la sociedad. En consecuencia, el país más avanzado económicamente había conservado los modos más antiguos de pensamiento. El proletariado británico se movía en unas líneas de pensamiento premarxista, sin un gran interés por la teoría, algo que compartía con la burguesía. En el Reino Unido la práctica había precedido a la teoría, generándose un evidente menosprecio a la misma y a todo tipo de política que no trajese ventajas prácticas. Kautsky estaba aludiendo, evidentemente, a la falta de marxismo en Inglaterra, a pesar de que allí escribiera gran parte de su obra Marx, y al sentido práctico británico, que compartían todas las clases.

El pensamiento de muchos socialistas británicos seguía bebiendo del radicalismo, una corriente que, como bien sabemos, se desarrolló en la segunda mitad del siglo XVIII, y de una evidente filantropía de origen burgués. Kautsky citaba a Owen, Comte, Carlyle, Stuart Mill, Spencer y Henry George. Hasta el marxismo británico era peculiar. Los dos grandes marxistas, Hyndman y Ernest Belfort Bax rechazaban realmente la interpretación materialista de la Historia.

En la Europa continental, y especialmente en Alemania, en cambio, el movimiento social se había desarrollado después que el político, y los sindicatos, aunque organizaciones independientes del Partido, estaban íntimamente ligados al mismo. En Inglaterra, por su parte, el movimiento obrero solamente se había desarrollado desde mediados del siglo XIX a través de los sindicatos, que dirigían tanto las luchas económicas como las políticas de la clase trabajadora. Otro aspecto importante a destacar era cómo el Partido Liberal británico había conseguido seducir a los trabajadores durante un tiempo.

Pero los problemas de la industria británica en los años setenta del siglo XIX trajeron cambios en relación con el panorama descrito. Los sindicatos comenzaron a estancarse, y se desarrolló una intensa miseria en el seno de la clase trabajadora no organizada. Kautsky observaba un fenómeno que conoce bien la historiografía en relación con la crisis de 1873. En principio, la bajada de precios benefició a todos los grupos sociales, como se puso de manifiesto en la alimentación. La carne, un lujo durante gran parte del siglo XIX, comenzó a aparecer en la mesa de los obreros. Hubo un evidente estímulo del comercio, surgiendo tiendas y almacenes en los barrios. También hubo un abaratamiento del transporte público, como el popular tranvía. Los salarios de los obreros cualificados, a pesar de la deflación, se mantuvieron relativamente altos gracias al poder y presión de las Trade Unions. La huelga, ya legal, era un instrumento muy eficaz y temido. Los sindicatos contaban con bolsas de resistencia para las huelgas, por lo que ya no era tan fácil romperlas. Además, tenían un enorme control sobre la formación profesional e impedían que los patronos pudieran contratar a mano de obra menos cualificada para los puestos que necesitaban una formación alta. En conclusión, los obreros más cualificados resistieron muy bien la crisis. Estaríamos hablando de una verdadera aristocracia obrera.

Pero los trabajadores no cualificados, que eran la mayoría, no disfrutaron de las mismas ventajas. Aunque no vieron bajar sustancialmente sus salarios, las pagas siguieron siendo inseguras y las jornadas laborales muy largas, como mínimo de diez horas. Pero el problema principal era el aumento vertiginoso del paro. Se calcula que en tiempos de la Gran Depresión hasta un 30% de la población de la capital londinense tenía serios problemas para subsistir.

Esta situación explosiva de gran parte de la clase obrera, no atendida por el sindicalismo clásico, motivó el surgimiento de un nuevo tipo de sindicato para los más desfavorecidos y que se centró en tres grandes objetivos. Si el sindicalismo de los trabajadores cualificados buscaba el mantenimiento y/o mejora del status de sus afiliados, el nuevo sindicato recuperó y actualizó las antiguas reivindicaciones del movimiento obrero: mejora salarial y reducción de la jornada laboral. Aunque la principal demanda sería el mantenimiento del puesto de trabajo. Era un sindicalismo mucho más radical y eso asustó a la patronal, a las autoridades y hasta la clase media, ya acostumbrada al otro sindicato, compuesto por miembros que no se encontraban tan alejados de su propia condición socioeconómica.

La tensión volvió a Gran Bretaña cuando ya se había casi olvidado la que se había desatado en la época del cartismo, casi medio siglo antes. El 13 de noviembre de 1887 tuvo lugar el conocido como Bloody Sunday, es decir, el Domingo Sangriento. Una manifestación convocada en pleno centro de Londres, en Trafalgar Square para pedir la libertad del líder nacionalista irlandés Parnell terminó con más de cien heridos y dos muertos. Dos años después, en 1889, se produjo la primera gran huelga de trabajadores sin cualificación profesional. Era la huelga de los estibadores del puerto londinense. En 1890 se celebró la primera manifestación del Primero de Mayo. En 1893 los mineros de Yorkshire, las Midlands y del Lancashire paralizaron las minas durante casi cuatro meses, algo inaudito. En ese año se alcanzó un récord de horas perdidas por huelgas.

Esta conflictividad generó una intensa represión, pero también la reacción de los políticos y pensadores más conservadores. Para los gobiernos y la patronal el estallido de huelgas sería la causa de la crisis económica y las dificultades por las que pasaba el Taller del Mundo, cuya hegemonía era ya seriamente cuestionada por la potencia económica de Alemania y de los Estados Unidos. En este clima se agudizó también el darwinismo social.

Pero también es cierto que esta conflictividad supuso la entrada en una nueva etapa del movimiento obrero en Gran Bretaña, la que permitió el nacimiento del socialismo de tipo anglosajón, ya que surgieron pensadores que consideraron que esta agitación se terminaría si se alcanzaba la justicia social y el fin de la evidente miseria que se vivía junto con la opulencia más ostentosa. Esto es a lo que se refería Kautsky cuando decía que en los años ochenta comenzó a surgir la necesidad de crear un partido socialista. Así pues, en 1884 un grupo de seguidores de Marx fundaron la Social Democratic Federation, de la que se escindiría la Liga Socialista de Morris. Para el político y pensador alemán la SDF había hecho un gran trabajo para expandir el pensamiento socialista, pero no se había conseguido crear un partido de masas, como el alemán o el de otros países europeos. Y no lo había conseguido porque los trabajadores británicos seguían creyendo en el sindicato, antes que nada. Las organizaciones políticas socialistas se habían quedado en sociedades de propaganda. Kautsky no alude explícitamente a la Sociedad Fabiana, pero podríamos encuadrarla en este contexto.

laborismo

Los padres del marxismo británico habrían buscado un camino distinto para llegar a constituir un partido del trabajo, que uniera las sociedades marxistas con los sindicatos, y que fuera totalmente independiente de los partidos existentes, como el liberal, algo que Kautsky consideraba muy diferente al modelo socialdemócrata alemán o europeo continental. Un partido del trabajo formado por los sindicatos, en alusión explícita al Partido Laborista, era distinto al SPD, partido socialista de masas al lado de los sindicatos. Esa era la causa que, en su opinión, no terminaban de cuajar la SDF británica en este modelo de partido.

Un sindicato o federación de sindicatos no podía adoptar una actitud tan decidida y clara como una organización puramente política, porque los sindicatos tendían a aglutinar en su lucha económica a elementos de opiniones políticas distintas y hasta indiferentes hacia la política. Si la tradición era sindical, era muy complicado que un partido de sindicatos (el Partido laborista) pudiera superar dicha tradición.

Pero Kautsky, aunque claramente partidario de su modelo, no era un defensor de que se aplicase a Inglaterra porque contradecía un principio defendido por Engels, y que era la consideración de que la situación del proletariado dependía de características históricas de cada lugar, que había que tener siempre en cuenta, por lo que intentar aclimatar lo que se había hecho en Alemania o en la Europa continental, como habían intentado los marxistas británicos era un claro fracaso. Así pues, la cuestión no era elegir entre un modelo u otro, sino atender a la realidad británica, y que no era otra que la del partido de sindicatos para conseguir un partido de masas. Kautsky había defendido siempre que el Partido del Trabajo inglés fuera admitido en la Segunda Internacional. 

En contraposición, los marxistas ingleses se habían enfrentado al Partido del Trabajo, como si fuera simplemente un partido social avanzado como otros del continente europeo, pero Kautsky no interpretaba el laborismo así, aunque tuviera elementos de tipo liberal. Que el Partido no fuera declarado socialista no significaba que los socialistas debían mantenerse alejados del mismo, sino trabajar unidos. Kautsky consideraba que, si un día los trabajadores británicos llegasen tan lejos intelectualmente como los alemanes, serían los más poderosos del mundo. Si en Alemania la lucha política se dirigía a la conquista del poder, en Inglaterra era por conquistar a los trabajadores.

Esa lucha solamente alcanzaría éxito dentro de la única organización política de masas británica, el laborismo. Si los marxistas británicos querían influir en el mismo debían integrarse. Kautsky era, en conclusión, un firme partidario de la unidad.

Hemos trabajado con el número 1686 de El Socialista.

Mi abuelo era nazi: por eso tengo claro por qué necesitamos a la Unión Europea

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Adolf Hitler en 1931, a la salida de la sede del partido Nazi en Munich (Alemania). FLICKR

Autor: Matthias Bergmann
Fuente: eldiario.es, 23/02/2019

Hasta el día de su muerte, a principios de los noventa, mi abuelo fue un nazi convencido. La mayoría de sus hermanos mayores murieron de golpe una noche de la Primera Guerra Mundial, durante la batalla de Hartmannsweilerkopf y él pasó la mayor parte de los años veinte sin empleo, en una Alemania de entreguerras terriblemente traumatizada y caracterizada por los delirios de grandeza y el odio hacia los extranjeros, los judíos y la democracia.

Mi abuelo se afilió muy pronto al partido nazi. En 1940 se ofreció voluntario para luchar y llegó a sargento mayor de la Wehrmacht. En el frente oriental dirigió una unidad de lucha contra la insurgencia y participó en la toma de Kiev. Creemos que participó en la masacre de Babi Yar de septiembre de 1941, durante la que más de 33.000 judíos de Kiev fueron asesinados a tiros.

Mi abuelo siempre despotricó contra los judíos, los franceses y la pérfida Albion. Nunca volvió a salir de Alemania. Se ponía muy nervioso cada vez que estaba cerca de la frontera.

Por el otro lado, mi abuelo materno fue un maestro de Duisburg. Cuando le tocó ir a la guerra dejó en casa su cámara, su biblioteca, su esposa, sus dos hijos y toda esperanza de sobrevivir. Pasó tres años en el frente oriental. Sobrevivió, pero nunca volvió a interpretar música ni a sacar fotos. Era un hombre roto. Mi abuela pasó en Duisburg toda la guerra. En tres ocasiones, su casa recibió el impacto directo de las bombas. Hasta que falleció, el sonido de una sirena le hacía entrar en pánico.

Mi padre nació en 1944. Creció en un hogar nazi de posguerra pero comenzó pronto a leer y se unió a los Boy Scouts. Descubrió los derechos civiles y las ideas de la democracia y se convirtió en un socialdemócrata acérrimo, al que exasperaba cualquier cosa mínimamente de derechas. Mi madre nació en 1947 y le conoció en 1968 en la universidad. En una Alemania Occidental todavía marcada por la gran cantidad de nazis no arrepentidos, la participación en protestas antinazis fue la experiencia política definitoria de la pareja. Construyeron un hogar compuesto por cinco niños, lleno de música, libros, arte y el claro entendimiento de que ser alemán venía con la responsabilidad de ser prudentes con la política.

Durante mi infancia fui evacuado cuatro veces por bombas de la Segunda Guerra Mundial que no llegaron a estallar. De adulto, me volvió a ocurrir en otras dos ocasiones. En nuestros años escolares visitábamos Verdun [donde tuvo lugar una de las batallas más terribles de la Primera Guerra Mundial] y el campo de concentración de Bergen-Belsen. Además de Goethe, Schiller y Mann, leíamos ‘El diario de Ana Frank’ y ‘El Sistema de los Campos de Concentración alemanes’, de Eugen Kogon. Algunas veces pensábamos que nuestros maestros exageraban con su insistencia sobre el Tercer Reich.

En 1989 mis padres nos despertaron a todos para ver la retransmisión de la caída del Muro de Berlín. Sentados frente a la tele, tomamos nuestra primera copa de champán y vimos llorar a nuestros padres. Ese era el día en que la Segunda Guerra Mundial terminaba de verdad, me dijo mi padre. Y que nuestros amigos europeos lo habían hecho posible.

Tanto a mi como a mis cuatro hermanos nos enviaron al extranjero en muchas ocasiones. Aprendimos idiomas y siempre nos animaban a viajar por todas partes. Mi mejor amiga es una judía de Manhattan que vive en Noruega. Cada vez que voy a verla disfruto pensando en mi abuelo revolviéndose en su tumba.

Una Europa unida es nuestro legado. La Unión Europea no es un proyecto económico sino la defensora de la paz y la prosperidad en el continente. Si bien es cierto que la OTAN se encargó de asegurar que no hubiera conflictos en Europa Occidental, ha sido la UE, también en sus formas pasadas, la que ha construido la paz. Y lo ha hecho integrando, en una pacífica alianza de culturas, a naciones ligadas por unos valores y futuro en común.

Un país marcado por la identidad nacional

La imagen de mi padre jugando con mi sobrino me hace pensar en las tres generaciones consecutivas de alemanes que, por primera vez, han vivido una paz ininterrumpida. Nunca había pasado algo así. Quien quiera que haga peligrar esa estabilidad se va encontrar con una resistencia.

La diferencia más notable entre las experiencias formativas de mi abuelo y mi padre reside en la narración en torno a sus identidades nacionales. Para el primero, fue un relato de nacionalismo revanchista y autocompasivo, basado en el mito de la «puñalada trapera», que absolvía de responsabilidad por sus actos a los dirigentes y a toda la nación. La narración con la que creció mi padre fue de un realismo que había costado conseguir, basada en el reconocimiento de los crímenes y en la aceptación de la responsabilidad, con el liberalismo y la democracia como núcleo de la identidad.

Esa identidad nacional moderna no es un complejo de culpabilidad sino el entendimiento de que identificarse como alemán requiere reconocer nuestra historia en su integridad. Identificarse sacando pecho con las victorias en el Mundial de Fútbol no sirve si no somos también cuidadosos en tener presente nuestro belicismo histórico. Asimismo, sentir responsabilidad por esos crímenes sólo tiene sentido cuando se combina con una orgullosa identificación con logros como el de la participación de Alemania en la formación de la Unión Europea.

La UE de hoy es la culminación de décadas de paz y de integración política. Lejos de ser perfecta, sigue siendo la única forma de integración internacional y democrática exitosa. En un mundo globalizado, otorga un grado incomparable de libertad y estabilidad a sus ciudadanos y refuerza a los Estados nación con el respaldo económico y político de sus miembros.

En los últimos años, una ola de partidos de extrema derecha ha irrumpido en la política de los Estados miembro, desde los Demócratas Suecos hasta la AfD de Alemania o el Frente Nacional de Francia. Ahora es cuando empiezo a pensar que el interés de nuestros profesores en hablarnos del Tercer Reich tal vez no era tan exagerado.

Combinada con décadas de una retórica antieuropea a la que casi nadie hizo frente, esta oleada de la extrema derecha ha sido determinante en el Brexit del Reino Unido. Un debate del Brexit no fundamentado en hechos (por no decir contrario a los hechos), con los extremistas aumentando y los moderados sin lograr nada, representa un aterrador paralelismo con la infructuosa lucha que libró la República de Weimar contra el extremismo.

No es la única lección. El Brexit también exige de la Unión Europea que se proteja a sí misma y a los Estados miembro de los riesgos que puedan correr sus instituciones y procesos políticos. Poner en peligro los logros políticos fundamentales por satisfacer intereses económicos sería el colmo de la irresponsabilidad política.

La única forma de construir un futuro europeo común, que reconozca nuestro pasado fracturado y marque nuestro camino colectivo, es mediante un proceso conjunto, basado en normas y responsabilidades. Dejar la Unión Europea significa dejar atrás ese proceso conjunto y una identidad construida en torno a la consolidación de la paz. Es triste. Aún peor que eso, es aterrador.

Traducido por Francisco de Zárate