Mandela, el último luchador por la dignidad humana

Nelson Mandela saluda a la multitud tras su liberación de la prisión (Victor Verster) (.)

Autor: Ramón Álvarez

Fuente: La Vanguardia 22/05/2020

EL CONTEXTO

¿Cómo pudo llegar hasta los albores del siglo XXI un régimen donde la segregación racial estaba amparada por la ley, las instituciones al servicio de una sola etnia y las libertades limitadas en función del color de la piel? Es uno de los mayores interrogantes del final de un siglo convulso, con el apartheid como una de las últimas grandes deudas pendientes de la humanidad en su garantía –al menos de iure– de los Derechos Humanos.

Tres siglos de aislamiento de la vieja metrópoli, hasta el punto de configurar una lengua propia, sumado al enclaustramiento culturalreligioso étnico frente a las poblaciones autóctonas, llevaron a los bóeres de origen neerlandés que se asentaron en el oeste y el sur de la actual Sudáfrica y las zonas fértiles de Namibia a constituirse como una de las sociedades occidentales más cerradas autosuficientes. Un fenómeno agudizado por hasta tres guerras –perdidas– con los colonizadores británicos entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. La relación de la población afrikáner blanca con los pueblos locales siempre fue de sometimiento, y cuando el Imperio Británico ilegalizó cualquier conato de esclavitud en todos sus dominios, las grandes explotaciones de los colonos siguieron manteniendo el mismo régimen de vasallazgo con sus trabajadores negros.

De mayoría afrikáner y una relación simplemente formal con la metrópoli británica, la entonces Unión Sudafricana tampoco vivió el proceso de descolonización de otros países africanos. Tres siglos de asentamiento y unos usos y costumbres arraigados llevaron a los descendientes de los primeros bóeres a controlar el país con una legislación propia que marginaba a la población negra y a proclamarse como República y romper sus lazos con Londres en 1961. Era el desenlance de la política nacionalista iniciada en 1948 por el presidente Daniel Malan, quien tras ganar las elecciones –limitadas a electores afrikáneres– sentó las bases del apartheid.

Frederik De Klerk y Nelson Mandela se saludan en el World Economic Forum de Davos en 1992 (Archivo)
Frederik De Klerk y Nelson Mandela se saludan en el World Economic Forum de Davos en 1992 (Archivo)

En este contexto aflora la figura de un joven Rolihlahla Mandela Nelson fue el nombre blanco que le pusieron en la escuela– que pudo estudiar Derecho en una de las universidades reservadas para los negros por su origen aristocrático en la etnia xhosa. El destino hizo que para evitar un matrimonio pactado que no era de su agrado huyese Johannesburgo, donde entró en un bufete de abogados e inició su activismo, primero en el Congreso Nacional Africano y más tarde en el Partido Comunista Sudafricano.

Tras liderar diversas protestas no violentas contra la segregación racial y por la igualdad , en 1962 fue arrestado y acusado de conspiración para derrocar al gobierno como uno de los fundadores del movimiento Umkhonto we Sizwe (La Lanza de la Nación), que llegó a convertirse en un grupo armado apoyado por el Gobierno socialista de Angola. Por ello fue condenado a muerte en 1964 en el denominado proceso de Rivonia. Una pena después conmutada por cadena perpetua ante la presión internacional. “He acariciado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan en armonía e igualdad de oportunidades. Es un ideal y espero vivir para lograrlo. Pero, si fuera necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”, alegó ante el tribunal.

Tras 27 años de cautiverio, el Ejecutivo presidido por Frederik de Klerk decidió liberarlo en 1990 en medio de una gran campaña internacional

En prisión, su figura se acrecentó y creció entre una comunidad internacional incapaz de entender el apartheid y la violencia gubernamental ante las constantes protestas de la población negra. Tras 27 años de cautiverio, el Ejecutivo presidido por Frederik de Klerk decidió liberarlo en 1990 en medio de una gran campaña internacional contra el régimen que había supuesto incluso un duro embargo económico. El hundimiento del bloque soviético liberó de carga política la figura de Mandela, quien no obstante dijo no arrepentirse de haber apoyado la lucha armada y quien siguió considerado oficialmente por Estados Unidos miembro de una formación terrorista hasta 2008.

La liberación de Mandela y las reformas impulsadas por De Klerk acabaron con más de cuatro décadas de apartheid y tras un período de gobierno de unidad que sentó las bases para cohesionar una sociedad absolutamente dividida, permitió la celebración de las primeras elecciones libres y universales del país. Nelson Mandela se convirtió así en 1994 en el primer presidente negro al frente de la candidatura del Congreso Nacional Africano y en su primer discurso oficial tras asumir el cargo, pronunciado el 10 de mayo de 1994 –que ofrecemos–, proclamó el nacimiento del país multicultural y multiétnico que es hoy en día Sudáfrica pese a la pesada losa que representa aún el pasado.

EL DISCURSO

“En el día de hoy, todos nosotros, mediante nuestra presencia aquí y mediante las celebraciones en otras partes de nuestro país y del mundo, conferimos esplendor y esperanza a la libertad recién nacida. De la experiencia de una desmesurada catástrofe humana que ha durado demasiado tiempo debe nacer una sociedad de la que toda la humanidad se sienta orgullosa.

”Nuestros actos diarios como sudafricanos de a pie deben producir una auténtica realidad sudafricana que reafirme la creencia de la humanidad en la justicia, refuerce su confianza en la nobleza del alma humana y dé aliento a todas nuestras esperanzas de una vida espléndida para todos. Todo esto nos lo debemos a nosotros mismos y se lo debemos a los pueblos del mundo que tan bien representados están hoy aquí.

”Sin la menor vacilación digo a mis compatriotas que cada uno de nosotros está íntimamente arraigado en el suelo de este hermoso país, igual que lo están los famosos jacarandás de Pretoria y las mimosas del Bushveld. Cada vez que uno de nosotros toca el suelo de esta tierra, experimentamos una sensación de renovación personal. El clima de la nación cambia a medida que lo hacen también las estaciones. Una sensación de júbilo euforia nos conmueve cuando la hierba se torna verde y las flores se abren.

De la experiencia de una desmesurada catástrofe humana que ha durado demasiado tiempo debe nacer una sociedad de la que la humanidad se sienta orgullosa”

NELSON MANDELA

”Esa unidad espiritual y física que todos compartimos con esta patria común explica la profundidad del dolor que albergamos en nuestro corazón al ver cómo nuestro país se hacía pedazos a causa de un terrible conflicto, al verlo rechazado, proscrito aislado por los pueblos del mundo, precisamente por haberse convertido en la sede universal de la ideología y la práctica perniciosas del racismo y la opresión racial.

”Nosotros, el pueblo sudafricano, nos sentimos satisfechos de que la humanidad haya vuelto a acogernos en su seno; de que nosotros, que no hace tanto estábamos proscritos, hayamos recibido hoy el inusitado privilegio de ser los anfitriones de las naciones del mundo en nuestro propio territorio. Damos las gracias a todos nuestros distinguidos huéspedes internacionales por haber acudido a tomar posesión, junto con el pueblo de nuestro país, de lo que es, a fin de cuentas, una victoria común de la justicia, de la paz, de la dignidad humana.

”Confiamos en que continuarán ofreciéndonos su apoyo a medida que nos enfrentemos a los retos de la construcción de la paz, la prosperidad, la democracia, la erradicación del sexismo y del racismo. Apreciamos hondamente el papel que el conjunto de nuestro pueblo, así como sus líderes de masas, políticos, religiosos, jóvenes, empresarios, tradicionales y muchos otros, tanto hombres como mujeres, han desempeñado para provocar este desenlace. De entre todos ellos, mi segundo vicepresidente, el honorable F. W. de Klerk, es uno de los más significativos.

Nos enfrentemos a los retos de la construcción de la paz, la prosperidad, la democracia, la erradicación del sexismo y del racismo”

NELSON MANDELA

”También nos gustaría rendir tributo a nuestras fuerzas de seguridad, a todas sus filas, por el distinguido papel que han desempeñado en la salvaguarda de nuestras primeras elecciones democráticas, así como de la transición a la democracia, protegiéndonos de fuerzas sanguinarias que continúan negándose a ver la luz.

”Ha llegado el momento de curar las heridas. El momento de salvar los abismos que nos dividen. Nos ha llegado el momento de construir. Al fin hemos logrado la emancipación política. Nos comprometemos a liberar a todo nuestro pueblo del persistente cautiverio de la pobreza, las privaciones, el sufrimiento, la discriminación de género así como de cualquier otra clase.

”Hemos logrado dar los últimos pasos hacia la libertad en relativas condiciones de paz. Nos comprometemos a construir una paz completa, justa y perdurable. Hemos triunfado en nuestro intento de implantar esperanza en el seno de millones de los nuestros. Contraemos el compromiso de construir una sociedad en la que todos los sudafricanos, tanto negros como blancos, puedan caminar con la cabeza alta, sin ningún miedo en el corazón, seguros de contar con el derecho inalienable a la dignidad humana: una nación irisada, en paz consigo misma y con el mundo.

”Como muestra de este compromiso de renovación de nuestro país, el nuevo Gobierno provisional de la unidad nacional, puesto que es apremiante, aborda el tema de la amnistía para gente nuestra de diversa condición que actualmente se encuentra cumpliendo condena. Dedicamos el día de hoy a todos los héroes y las heroínas de este país y del resto del mundo que se han sacrificado de numerosas formas y han ofrendado su vida para que pudiéramos ser libres. Sus sueños se han hecho realidad. La libertad es su recompensa.

Nunca jamás volverá a suceder que esta hermosa tierra experimente de nuevo la opresión de los unos sobre los otros, ni que sufra la humillación de ser la escoria del mundo”

NELSON MANDELA

”Nos sentimos a la par humildes y enaltecidos por el honor y el privilegio que vosotros, el pueblo sudafricano, nos habéis conferido como primer presidente de una Sudáfrica unida, democráticano racista no sexista, para conducir a nuestro país fuera de este valle de oscuridad.

”Aun así, somos conscientes de que el camino hacia la libertad no es sencillo. Bien sabemos que ninguno de nosotros puede lograr el éxito actuando en solitario. Por consiguiente, debemos actuar en conjunto, como un pueblo unido, para lograr la reconciliación nacional y la construcción de la nación, para alentar el nacimiento de un nuevo mundo. Que haya justicia para todos. Que haya paz para todos. Que haya trabajo, pan, agua y sal para todos. Que cada uno de nosotros sepa que todo cuerpo, toda mente y toda alma han sido liberados para que puedan sentirse realizados.

”Nunca, nunca jamás volverá a suceder que esta hermosa tierra experimente de nuevo la opresión de los unos sobre los otros, ni que sufra la humillación de ser la escoria del mundo. Que impere la libertad. El sol jamás se pondrá sobre un logro humano tan esplendoroso. Que Dios bendiga África. Muchas gracias.”

El gran mito del liberalismo: ni surgió en Inglaterra ni lo inventó John Locke

‘Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga’, por Antonio Gisbert Museo del Prado

Autor: David Barreira 

Fuente: El Español 21/05/2020

Un atrevido ensayo cuestiona la tradición anglosajona de esta doctrina y señala que EEUU se apropió de ella, transformando sus principios originales, a mediados del siglo XX. 

Uno de los primeros vestigios documentales que hacen referencia a la palabra liberalismo se encuentra en un ejemplar de un periódico gallego, El Sensato, publicado a principios de julio de 1813, cuando la Pepa llevaba vigente algo más de un año. El articulista anónimo, seguramente un clérigo, lo define como «un sistema inventado en Cádiz en el año 12 del siglo XIX, fundado en la ignorancia, absurdo, antisocial, antimonárquico, anticatólico y exterminador del honor nacional». Más allá del alegato reactivo contra lo que la propaganda antiliberal consideraba una nueva forma de herejía, unas ideas subversivas procedentes de Francia, habitual durante toda la década, la mención constituye una valiosa prueba sobre las raíces de esta doctrina en España.

El partido liberal español, poco después de la invasión de las tropas de Napoleón, había instaurado las Cortes de Cádiz y promulgado una constitución que reconocía la soberanía nacional, la separación de poderes o el derecho a la libertad personal. Era un sistema enormemente radical para la época, y adelantó en el baremo democrático a países como Gran Bretaña o Estados Unidos, aunque poco después sería cercenado por la restauración —y la represión— fernandina. También en Suecia una formación de ideas similares había derrocado en 1809 al rey Gustavo IV Adolfo. La escritora Madame de Staël se mostraba jubilosa por el «impulso liberal» que estaba recorriendo Europa occidental.

Esta mujer y su marido, el político y filósofo Benjamin Constant, son según Helena Rosenblatt, profesora de Historia en el Graduate Center de la Universidad de Nueva York, los verdaderos padres del liberalismo. Un conjunto de ideas, dice en su obra La historia olvidada del liberalismo (Crítica), que buscaba consolidar y proteger los principales logros de la Revolución francesa, salvaguardándolos y protegiéndolos de las fuerzas extremistas, ya fueran de la izquierda o de la derecha, de arriba o de abajo. Sus esperanzas y «principios liberales» fueron truncados por el auge de Napoleón en Francia, pero prendieron en otros lugares, como el país vecino del sur.

‘La promulgación de la Constitución de 1812’, obra de Salvador Viniegra.

«España jugó un papel central en la historia del liberalismo, pero rara vez se reconoce», asegura Rosenblatt por correo electrónico a este periódico. «Los principios de su constitución no solo fueron discutidos en Europa, sino también en la India y Filipinas, mientras que en Sudamérica inspiró los movimientos independentistas. Cuando fueron anulados, muchos liberales españoles huyeron a Inglaterra y allí se unieron a una corriente internacional que continuó expandiendo estas ideas. Temerosos de los españoles, los tories más destacados intentaron estigmatizar a sus adversarios whig llamándolos ‘liberales británicos’.

Entones, ¿qué sucede con la enseñanza canónica que identifica al liberalismo como una tradición angloestadounidense y a John Locke como su padre? «Esto es un mito inventado a mediados del siglo XX», lanza tajante la historiadora. La versión más extendida señala que este sistema nació en Inglaterra y se expandió a Norteamérica en el siglo XVIII, donde sus principios fueron consagrados en la Declaración de Independencia y en la constitución de EEUU. Pero no es así: «A lo largo del siglo XIX, el liberalismo fue considerado, para bien o para mal, una doctrina francesa, asociada a los principios de la Revolución. En Inglaterra y EEUU la palabra liberal, en un contexto político, a menudo se deletreaba con una ‘e’ al final (‘liberale’) o en cursiva para indicar su extranjería y advertir de sus peligros», explica Rosenblatt.

Los orígenes

En su atrevida y rompedora obra, la historiadora reconstruye la evolución del término «liberal» —además del de «liberalismo»— desde la Antigüedad hasta nuestros días. La palabra deriva del término latino liber, que significa tanto «libre» como «generoso», y liberalis, «propio de una persona nacida libre». Y quien primero escribió sobre la importancia de ser liberal fue el gran orador romano Cicerón, que describía este espíritu en Sobre los deberes (44 a.C.) como «el vínculo de la sociedad humana», una ética fundamentalmente encomiable de la clase patricia y los gobernantes.

Portada de ‘La historia olvidada del liberalismo’. Crítica

En la actualidad el liberalismo se identifica con la libertad individual y social en lo político y la iniciativa privada en lo económico, pero durante casi dos milenios el concepto «liberal» fue algo bastante diferente. Se había utilizado, según recoge la historiadora en su ensayo, para designar las generosas concesiones de un soberano a sus súbditos o el comportamiento magnánimo y tolerante de una élite aristocrática; y consistía en exhibir las virtudes de un ciudadano, mostrar devoción por el bien común y respetar la importancia de la conexión mutua.

Esa gran transformación ideológica, además de reivindicar al Locke como el padre fundador de la doctrina, sucedió a mediados del siglo XX. ¿Cómo y por qué? «El cambio se produjo a raíz del ascenso de EEUU al estatus de superpotencia durante las dos guerra mundiales y la Guerra Fría —responde Helena Ronsenblatt—, cuando se hizo imprescindible distinguir sus valores de cualquier variante de totalitarismo, bien fuese el fascismo, el nazismo o especialmente el comunismo. El liberalismo fue entonces reconfigurado: los derechos individuales y sobre todo los de propiedad se enfatizaron como nunca se había hecho. Todo lo que oliese a ‘colectivismo’ fue formalmente rechazado».

El futuro

La palabra liberalismo, como revela el ejemplo introductorio, no comenzó a emplearse hasta principios del siglo XIX. Sus principios —libertad de pensamiento, separación del Estado y la Iglesia, divorcio, libertad sexual—, lógicos para el siglo XXI, fueron entonces calificados de provocativos. «Creo que nos hemos olvidado de lo peligroso que era ser liberal«, reflexiona la historiadora. «Fueron censurados, exiliados, encarcelados e incluso ejecutados por sus creencias. Cuando luchaban por la libertad religiosa les llamaban ateos; por la de prensa, anarquistas; y cuando defendieron el divorcio les acusaron de querer destruir la familia. La ideología fue tildada de veneno o incluso adoración al diablo».

Rosenblatt, preocupada por la pérdida de confianza en la democracia liberal y el auge de su antítesis, la «democracia iliberal» —como la de Viktor Orban en Hungría, o incluso algunos rasgos de los EEUU de Donald Trump—, y los populismos, cree que se han perdido valores liberales esenciales: «Me temo que nos hemos vuelto demasiado individualistas. Hay demasiado énfasis en los derechos, opciones e intereses individuales y no tanto en la comunidad y la ciudadanía. El gran teorista liberal, Alexis de Tocqueville, dijo que el individualismo era otra palabra para el egoísmo. No estoy diciendo que los derechos individuales no sean importantes, pero se necesita un cierto equilibrio. El liberalismo tiene los recursos para salvarse y emerger más fuerte si aprende de su propia historia». Su próximo reto: adaptarse a los cambios que provoque el coronavirus en nuestras sociedades.

Ayudas por malas cosechas y epidemias en 1788

Autor: EDUARDO MONTAGUT

Fuente: NUEVATRIBUNA.ES 11/05/20

Las desgracias provocadas por malas cosechas y epidemias solían generar peticiones para que la Corona, titulares de Señoríos o propietarios estableciesen moratorias sobre impuestos, censos, pago de deudas o arriendos, en tiempos del Antiguo Régimen.

En este artículo nos hacemos eco de la Real Cédula sobre el establecimiento de moratorias para los campesinos y labradores de Castilla la Vieja, para el pago de arrendamientos, remisión de los tributos y de los reintegros a los pósitos de granos que se habían prestado, por las malas cosechas del verano, y por la epidemia que se estaba sufriendo. Pero, la Real Orden iba más allá en relación con las ayudas a prestar. Estamos en octubre de 1788, en vísperas de la finalización del reinado de Carlos III, en la época del despotismo ilustrado.

Al parecer, habían llegado al rey y al Consejo de Castilla repetidos recursos de pueblos y vecinos de Castilla la Vieja solicitando moratorias para el pago de los arrendamientos de tierras, rebaja de los mismos, así como de los tributos con destino a la Real Hacienda, cuando no remisión de los mismos y, por fin, también en relación con los reintegros a los pósitos del grano que se les habían prestado. Estas peticiones pretendían conseguir que se aliviasen los daños producidos en las cosechas por tempestades de agua y piedra, acontecidas en los meses de junio y julio, además de por la epidemia de tercianas que se estaba padeciendo. Debemos recordar que las tercianas se referían a las fiebres producidas por la malaria o paludismo.

La primera función de cada Junta sería atender a los vecinos pobres que estuvieran sufriendo la epidemia, tanto en la capital o cabeza de partido como en los pueblos dependientes

Se ordenó que en las cabezas de partido de las provincias de Castilla la Vieja se formasen Juntas compuestas por el corregidor o alcalde mayor, dos miembros del Ayuntamiento y Junta de Propios, el Procurador Síndico Personero del Común, dos miembros del Cabildo eclesiástico y, por fin, dos individuos elegidos por los labradores más otros dos elegidos por los propietarios de tierras.

La primera función de cada Junta sería atender a los vecinos pobres que estuvieran sufriendo la epidemia, tanto en la capital o cabeza de partido como en los pueblos dependientes. Esta ayuda debía salir de los sobrantes de Propios. Estos bienes, como bien sabemos, eran de los Concejos y proporcionaban rentas a los mismos porque solían estar arrendados. Eran prados, montes, dehesas y también terrenos de cultivo. Si no estaban arrendados se denominaban comunes. Los propios fueron fundamentales para el sostenimiento de las haciendas locales durante el Antiguo Régimen. Si se necesitase quina (con propiedades medicinales) debía solicitarse al intendente de la provincia respectiva porque por orden real se había repartido entre estas autoridades.

Las Juntas, además, debían informarse fielmente para socorrer sobre los mismos fondos a los labradores pobres de los respectivos pueblos con algunas cantidades para comprar grano y que fuera repartido equitativa y proporcionalmente con el fin de que pudieran realizar la próxima sementera.

Ya en relación con las moratorias, las Juntas debían tratar sobre la remisión total o parcial de los arriendos de tierras en la presente cosecha en los lugares que hubieran padecido los temporales y se habían destruido las cosechas. Había que tener en cuenta lo que estaba legislado, y debía elevarse una propuesta al Consejo de Castilla, es decir, que no se establecía una remisión total para las provincias castellanas, sino en función de lo que cada Junta de partido propusiese cada lugar. El mismo procedimiento había que aplicar al asunto de los tributos, es decir, al final la decisión se tomaba en Madrid.

Por otro lado, las Juntas debían proponer y solicitar si fuera necesario que los trigos pertenecientes a las tercias reales se suministrasen a los labradores en préstamo o venta al fiado a precios equitativos. Las tercias reales eran la parte que la Iglesia había cedido a la Corona sobre los diezmos, y que terminaron por convertirse en un ingreso habitual de la Hacienda real.

También se suspendieron hasta nueva orden las ejecuciones que estuvieran en curso o se fueran a poner en marcha contra los labradores de las provincias afectadas, y que habían recurrido al rey y al Consejo, para el pago de lo que debían en relación con los arrendamientos de tierras y otras cualesquiera deudas que tuviesen. Se encargaba a las Juntas que estudiaran los plazos que debían concederse para la moratoria.


Hemos consultado como fuente: Archivo Histórico de la Nobleza, Luque, C, 423, D.26.

El Pacto de Varsovia, la respuesta soviética a la OTAN

Autor: Bernardo Mendoza

Fuente: La Vanguardia 14/05/2020

En 1955, la Unión Soviética formalizó una alianza militar con sus satélites de Europa del Este. El Pacto de Varsovia no permitiría la disidencia de ninguno de sus miembros.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se desató la Guerra Fría entre el poder comunista de la Unión Soviética y el capitalista de Estados Unidos. El mundo asistía a una hostilidad permanente entre ambas potencias. Mientras Moscú se hacía con el control del este de Europa, rodeándose de estados satélites, Washington ejercía su hegemonía en Occidente. La reconciliación entre ambos bloques parecía una utopía. El Viejo Continente, según palabras de Winston Churchill, quedaba dividido por un “telón de acero”.

Los capitalistas fueron los primeros en aliarse. Estados Unidos, Canadá y diez países más de Europa crearon la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), un organismo militar destinado a responder a un posible ataque del bloque comunista.

Años después, la incorporación a la OTAN de la República Federal Alemana (la “mitad” occidental del país desde su división en 1949) suscitó la formación del Pacto de Varsovia, oficialmente denominado Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua. Su artífice, el líder soviético Nikita Jruschov, consideraba esta alianza como un medio de equilibrar el poder de la OTAN.

Los miembros del Pacto de Varsovia reunidos en 1987. En el centro, el líder soviético Mijaíl Gorbachov.
Los miembros del Pacto de Varsovia reunidos en 1987. En el centro, el líder soviético Mijaíl Gorbachov. (Mittelstädt, Rainer / Bundesarchiv)

Hasta entonces, la estrategia soviética había sido defensiva. Se sustentaba en el ejército convencional, y no en las armas nucleares, aún insuficientes para inclinar la balanza en un conflicto. Sin embargo, tras la muerte de Stalin y la subida al poder de JruschovMoscú replanteó su política militar, acentuando su carácter ofensivo. Estaba preparada para lanzar un ataque con tropas convencionales que dejara a Estados Unidos sin capacidad de respuesta.

El Pacto de Varsovia pretendía crear un mando militar unificado. Para garantizar la coordinación y agilidad entre los distintos ejércitos, se designó al mariscal Iván Stepánovich Kónev, héroe de la Segunda Guerra Mundial, como jefe de las Fuerzas Armadas.

Moscú, socio privilegiado

En teoría, los estados aliados de la Unión Soviética gozaban de igualdad de derechos; en la práctica, era la URSS la que disfrutaba de una posición hegemónica. El dominio que ejercía sobre los países satélites del norte era mucho más estricto que el de los del sur, debido a su importancia estratégica. Era más probable que se produjera un ataque occidental desde Polonia o la República Democrática Alemana que desde Rumanía o Albania, sin fronteras con el bloque occidental.

Tanques soviéticos en Budapest el 31 de octubre de 1956.
Tanques soviéticos en Budapest el 31 de octubre de 1956. (FOTO:FORTEPAN / Nagy Gyula)

La razón última del Pacto de Varsovia radicaba en consolidar el imperialismo soviético. Moscú nunca se molestó en consultar a sus socios la toma de decisiones. Tampoco en cumplir el acuerdo incluido en el Pacto de no entrometerse en la política interna de los países miembros. Los ejemplos se suceden. Primero invadió Hungría para evitar que el gobierno magiar abandonara el Pacto; años después Checoslovaquia, tras la subida al poder del reformista Alexander Dubcek.

Leonid Brézhnev, sucesor de Jruschov en el gobierno, justificó estas y otras agresiones en la doctrina que lleva su nombre. La Unión Soviética tenía derecho a intervenir en cualquier país de su esfera de influencia para proteger el socialismo contra cualquier posible enemigo.

Derrumbe acelerado

Con la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov, la URSS dio un giro a su política internacional. ¿Tenía sentido mantener su dominio en Europa oriental? Los dirigentes soviéticos creían que no. Implicaba un gasto militar excesivo para una economía frágil, capaz de enviar satélites al espacio, pero no de proveer de alimentos los supermercados. Por ello, Gorbachov renunció al derecho de intervención en otros países.

Las razones internas pesaban también en la política internacional. El nuevo inquilino del Kremlin deseaba iniciar una política de distensión con Occidente que pusiera fin a la carrera armamentística y a la Guerra Fría.

Cuando se hizo evidente que no se iba a producir un ataque soviético, los países del bloque comunista experimentaron un veloz proceso de democratización, simbolizado en la caída del muro que dividía Berlín en dos mitades, en 1989. En poco tiempo, los regímenes de la Europa del Este se derrumbaron uno tras otro.

El Pacto de Varsovia ya no tenía sentido sin un bloque comunista, por lo que se deshizo dos años después. Todos sus miembros se incorporarían de forma paulatina a la OTAN, su antigua enemiga, excepto Rusia, con la que las tensiones han arreciado en los últimos años. Con Putin al frente, se ha llegado a hablar de una segunda guerra fría.

La peste del año 1855

Autor: EDMUNDO FAYANAS ESCUER

Fuente: nuevatribuna.es 22/04/2020

La peste volvió a aparecer en el año 1855, esta vez en la provincia de Yunnan en China. Era el quinto año del mandato del emperador Xianfeng que pertenecía a la dinastía Qing. Se fue extendiendo a través de las rutas del opio y del estaño hasta llegar, en el año 1894, a Cantón y Hong Kong. Provocó la muerte de doce millones de personas.

La extensión de la peste continuó por la India en el año 1896, y a través de las rutas comerciales marítimas en el año 1900, ya había afectado a poblaciones de los cinco continentes.

La peste bubónica fue endémica debido a la plaga de roedores terrestres infectados en Asia Central. Fue siempre una causa conocida de la muerte entre las poblaciones humanas migrantes y establecidas en esta región durante siglos. La afluencia de personas nuevas, debido a los conflictos políticos y el comercio mundial, provocó la distribución de esta enfermedad en todo el mundo.

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Como ya hemos visto en anteriores artículos, el nombre hace referencia a esta pandemia como el tercer gran estallido de peste bubónica que afectó a la sociedad europea. La primera fue la Plaga de Justiniano, que asoló el Imperio Bizantino y sus alrededores entre los años 541 y el 542. La segunda fue la Peste Negra, que mató al menos un tercio de la población europea en una serie de ondas de infección en expansión desde los años de 1346 a 1353.

La iglesia y las religiones ha jugado un papel que ha favorecido el desarrollo de mitos que no ha servido para parar las pandemias, no solo en este caso como es el caso del obispo de Pamplona, sino por ejemplo con la prohibición del uso del condón en la pandemia del SIDA

Los patrones de esta peste indican que las olas de esta pandemia de finales del siglo XIX y principios del siglo XX pueden haber sido de dos fuentes diferentes. La primera era principalmente bubónica y se transportaba en todo el mundo a través del comercio marítimo, mediante el transporte de personas infectadas, ratas y cargas que transportaban pulgas.

La segunda cepa, más virulenta, tenía un carácter principalmente neumático con un fuerte contagio persona a persona. Esta cepa se limitó en gran parte a Asia, en particular a las regiones de Manchuria y Mongolia

Fue una plaga sin precedentes, pues por primera vez en la historia de la Humanidad, estuvo activa durante más de un siglo, del año 1855 a 1959. La peste bubónica se extendió por los cinco continentes y llegó a ser conocida como la tercera pandemia de la peste. Según la Organización Mundial de la Salud, la pandemia se consideró activa hasta 1960, cuando los fallecimientos a nivel bajas mundial bajaron hasta 200 al año.

Afectó en distintos periodos de tiempo a grandes ciudades como Hong Kong en el año 1894, Bombay en 1896, Sidney en el año 1900, Ciudad del Cabo en 1910, Los Ángeles en 1924. América latina también padeció esta pandemia.

Dejó unos doce millones de muertos, muchos de los cuales fueron en la India. Esta pandemia hizo, que se crearan medidas extraordinarias para su contención por primera vez en la historia. La cuarentena, las evacuaciones forzosas y la quema de los vecindarios afectados, como sucedió en el barrio chino de Honolulu en Hawai, fueron aplicadas en el año 1900.

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¿Cuál fue el foco del contagio?

Al oeste de Yunnan hay un depósito natural o nidus para la peste y hoy en día sigue siendo un riesgo para la salud. La tercera pandemia de la peste se originó en esta zona tras una rápida afluencia de chinos han para explotar la demanda de minerales, principalmente cobre, en la última mitad del siglo XIX.

El aumento del transporte en toda la región puso en contacto a las personas con las pulgas infectadas por la peste, y fue el factor principal entre la rata de pecho amarillo y los humanos. La gente volvió a llevar las pulgas y las ratas a zonas urbanas en crecimiento, donde a veces los pequeños brotes llegaban a proporciones epidémicas. La peste se extendió aún más después de que las disputas surgidas entre los mineros musulmanes y los chinos Han.

Estalló una revuelta violenta conocida como la rebelión Panthay principios de los años 1850, que provocó movimientos de tropas y migraciones de refugiados. El estallido de la peste ayudó a reclutar personas en la Rebelión Taiping. En la última mitad del siglo XIX, la plaga comenzó a aparecer en las provincias de Guangxi y Guangdong.

En la isla de Hainan y, más tarde, en el delta del río Pearl, incluyendo Cantón y Hong Kong. Mientras que William McNeil y otros pensaban que la plaga era llevada desde el interior a las regiones costeras por las tropas, que regresaban de las batallas contra los rebeldes musulmanes, Benedict sugiere que fue el lucrativo comercio de opio, que comenzó después del año 1840, el que favoreció la expansión de la peste en China.

En la ciudad de Cantón, a partir de marzo del año 1894, la enfermedad mató 60.000 personas en pocas semanas. El tráfico marítimo diario con la ciudad cercana de Hong Kong extendió rápidamente la plaga. Al cabo de dos meses, después de 100.000 muertos, las tasas de mortalidad se redujeron por debajo de las tasas epidémicas, aunque la enfermedad continuó siendo endémica en Hong Kong hasta el año 1929.

A finales del siglo XIX, los científicos ya tenían un mayor conocimiento de la plaga. En el año 1894, en Hong Kong consiguieron aislar al bacilo que causaba la pandemia. Los expertos identificaron ya en el año 1905, el papel que jugaban las ratas y las pulgas en la transmisión de la enfermedad.

Durante los cincuenta años siguientes se extendió por todo el mundo y causó unos doce millones de muertes. La epidemia se dio por controlada en el año 1960. Sin embargo, durante su extensión se establecieron focos zoonóticos estables en mamíferos de países en los que nunca antes había existido, como Estados Unidos, países de América del Sur (Perú, Bolivia, Brasil, Ecuador) y muy particularmente en Madagascar. Por ello, se puede afirmar que la tercera pandemia aún está presente en los focos estables de estos países.

Aunque en el siglo XVII dio inicio la revolución científica, planteándose una visión alternativa de las causas y los mecanismos de transmisión de las epidemias en general y de la peste en concreto, no es hasta el siglo XIX, cuando Louis Pasteur propone la “teoría germinal de las enfermedades infecciosas”. Esta teoría establece que las enfermedades infecciosas no proceden de la generación espontánea o del desequilibrio de los humores, sino que tienen sus causas en gérmenes con capacidad de transmisión entre las personas.

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Robert Koch demuestra esta teoría a raíz de sus investigaciones en tuberculosis y establece sus postulados, que proponen unos criterios experimentales para demostrar que un agente es responsable de una determinada enfermedad.

Alexander Yersin identifica la bacteria Yersinia pestis en el año 1894, como causa de la peste y Paul-Louis Simond descubre que la rata es el huésped primario y la pulga de la rata “Xenopsylla cheopys” actúa como vinculo de la transmisión entre la rata y el hombre.

Con el conocimiento de su etiología y su epidemiologia, la epidemia vehiculizada a través de las ratas fue controlada con relativa facilidad. La infección se extendió a las poblaciones de pequeños mamíferos de América, Asia y África, estableciéndose nuevas especies contaminantes, que se convirtieron en endémicas en estos nuevos territorios.

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¿QUÉ PASO EN HONG KONG EN EL AÑO 1894?

La peste de Hong Kong del año 1894 fue el inicio del estallido de la tercera pandemia en el mundo. En mayo de 1894, el primer caso se produjo en Hong Kong. El paciente era un secretario hospitalario nacional y lo descubrió el doctor Yu Xun, que era el decano del Hospital Nacional, que acababa de volver de Guangzhou

Cuando se construyeron los edificios de estilo chino en la zona de la montaña Taiping, que era la zona más densamente poblada de Hong Kong, hizo que se convirtiera en la zona más afectada de la epidemia. 

Hubo varias razones para el rápido estallido y la rápida propagación de la plaga. Primero, en los primeros tiempos de Kailuan, Sheung Wan era un asentamiento chino. El diseño de las casas allí no incluía canales de drenaje, lavabos ni agua corriente.

La gran concentración de edificios y la falta de baldosas eran también puntos débiles en el diseño de viviendas en ese momento. En segundo lugar, durante el Festival de Ching Ming del año 1894, muchos chinos residentes en Hong Kong volvieron al campo para barrer las sepulturas, que coincidieron con el estallido de la epidemia en Guangzhou y fue causa de la introducción de las bacterias en Hong Kong. Además, en los primeros cuatro meses de 1894, las precipitaciones disminuyeron y se secó el suelo, acelerando la propagación de la plaga.

Las medidas tomadas abarcaban tres aspectos:

– Establecer hospitales de peste y desplegar personal sanitario para tratar de aislar a los pacientes con peste.

– Realizar operaciones de búsqueda casera, descubrir y transferir pacientes con peste y limpiar y desinfectar casas y zonas infectadas.

– Establecer cementerios designados y asignar una persona responsable del transporte y el entierro.

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Controlar la epidemia se convirtió naturalmente en la máxima prioridad del gobernador de Hong Kong. De mayo a octubre del años 1894, la peste en Hong Kong mató a más de 2.000 personas y un tercio de la población huyó de Hong Kong.

Entre los años 1910 y 1911, la pandemia se extendió por todo el noreste de China, ocasionado la muerte de más de 60.000 personas. La tasa de mortandad entre los infectados era del cien por cien.

La llegada de la peste a Hong Kong en el año 1894, generó graves enfrentamientos entre las autoridades coloniales británicas y las elites chinas sobre qué medidas tomar para hacer frente a la nueva pandemia y como tratar a las víctimas.

La pandemia surgió en la zona oeste del territorio y las autoridades coloniales británicas crearon brigadas de inspectores que recorrían todas las calles donde se ordenaba el confinamiento.

El gran problema y lo que levanta gran polémica fue donde hospitalizar a los enfermos de la pandemia. Las tropas británicas obligaban a abrir las ventanas, mientras que los médicos chinos consideraban que las corrientes de aire creadas que provocaban aires letales. Otra de las órdenes implantadas fue vaciar las casas de los utensilios y demás enseres domésticos para quemarlos en la calle.

Se establecieron grupos de empleados para pintar las casas con una solución de cal que actuaba de forma desinfectante. Estas medidas fueron elogiadas por el gobierno británico por haber puesto freno a la pandemia. Sin embargo, la pandemia volvió de forma recurrente durante décadas, como ya hemos visto, estableciendo un patrón estacional.

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¿QUÉ PASÓ EN LA INDIA?

La plaga se trasladó desde Hong Kong a la India británica, provocando la muerte de unos diez millones en la India en su primera oleada. Posteriormente, en los treinta años siguientes mató a otros doce millones y medio. Casi todos los casos eran de la pestebubónica, con un porcentaje muy reducido cambiando por la peste neumónica.

La enfermedad se inició en las ciudades portuarias, empezando por Bombay, para posteriormente, trasladarse a otros puertos como Pune, Kolkata y Karachi.

Hacia el año 1899, el brote se extendió a comunidades más pequeñas y zonas rurales en muchas regiones de la India. En general, el impacto de las epidemias de peste fue más grande en la India occidental y septentrional, que eran las provincias designadas entonces como Bombay, Punjab y las provincias Unidas, mientras que la India oriental y sur no estuvieron tan afectadas.

Las medidas del gobierno colonial para controlar la enfermedad incluyeron cuarentena, campos de aislamiento, restricciones de viaje y la exclusión de las prácticas médicas tradicionales de la India. Las restricciones a las poblaciones de las ciudades costeras fueron establecidas por comités especiales de la peste con poderes totales y aplicadas por el ejército británico. Los indios encontraron estas medidas culturalmente intrusivas y, en general, represivas y tiránicas.

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Las estrategias gubernamentales de control de plagas experimentaron cambios importantes entre los años 1898-1899. Entonces, era evidente que el uso de la fuerza para hacer cumplir las regulaciones de peste se estaba mostrando contraproducente y, ahora que la plaga se había extendido a las zonas rurales, sería imposible la aplicación en zonas geográficas más grandes. 

Las autoridades de salud británicas en la India comenzaron a obligar la vacunación generalizada contra la peste, que fue realizada por el doctor Waldemar Haffkine contra la peste. Las autoridades británicas también autorizaron la inclusión de los médicos indígenas dentro de su sistema de medicina en los programas de prevención de la plaga.

Las acciones represivas del gobierno para controlar la peste llevaron a los nacionalistas de Pune a criticar públicamente al gobierno colonial. El veintidós de junio del año 1897, los hermanos Chapekar asesinaron a Walter Charles Rand, un oficial de servicios civiles hindú, que actuaba como presidente del Comité de la Peste Especial de Pune y su ayudante militar, el teniente Ayerst.

La acción de los Chapekars fue considerada como un acto de terrorismo. El gobierno colonial acusó a la prensa nacionalista culpable de incitación. La activista independentista Bal Gangadhar Tilak fue acusado de sedición por sus escritos, así como también el editor del diario Kesari, siendo condenado a dieciocho meses de prisión rigurosa.

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Pira funeraria en la ciudad hindú de Sonapur

La reacción pública ante las medidas sanitarias promulgadas por el Estado indio británico reveló en última instancia las limitaciones políticas de la intervención médica en el país. Estas experiencias fueron formativas en el desarrollo de los servicios modernos de salud pública de la India.

Uno de los aspectos que llamaba mucho la atención en la metrópoli eran las tradiciones fúnebres de los hindúes y de los musulmanes, debido al exotismo que significan para los europeos.

LA PESTE EN MÉXICO

El puerto de Mazatlán vivía a finales del Siglo XIX una insólita prosperidad comercial, lo que le situaba ante los ojos del exterior como una de las ciudades más progresistas del Occidente de México. El origen del brote en el continente americano fue atribuido al barrio chino de San Francisco en el Estado de California.

Sin embargo debemos saber, que la población mexicana vivía sumida entre el lodo y la inmundicia, las aguas negras carecían de la canalización adecuada, por lo que en todas las áreas de la ciudad se podían ver lagunas de agua estancada y surgían fuertes olores fétidos.

Las autoridades municipales y los notables de la comunidad, solo discutieron como terminar con estas aguas negras y remediar esta insalubre situación. Sin embargo, nunca se tomaron decisiones, que permitieran mejorar las detestables condiciones higiénicas de la ciudad.

Esta falta de unión de criterios entre el gobierno y la sociedad dominante, colocaron a la población en una circunstancia prácticamente de fragilidad, y se pudiera en cualquier momento desarrollar cualquier enfermedad infecciosa. Ya anteriormente la ciudad había sufrido el cólera morbus en el año 1849 y la fiebre amarilla en el año 1883.

Como vemos, la negligencia era total y absoluta, nadie parecía darse cuenta de los riesgos a los que estaban expuestos y aunque se tenía conocimiento de la existencia de un terrible mal infeccioso, que durante siglos había azotado a la humanidad, se le creía extinguido de las costas americanas.

La epidemia de la peste negra, de la variedad Bubónica se manifiesta en el puerto de Mazatlán el trece de octubre del año 1902. Se piensa que el virus lo trajeron unos marineros que venían a bordo del vapor Curacao, procedentes de San Francisco.

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Se dice que el virus en sus inicios no se evidencia con suficiente claridad, quizás esto se debió a la falta de conocimientos sobre el mal o al hecho de las autoridades de negarse a aceptar, que la ciudad pudiera estar asociada con un problema infeccioso, sin aceptar que la realidad era otra.

Los primeros brotes del mal se dieron en una vecindad de malolientes pocilgas de madera, conocidos como “Cuarteria de Lamadrid”, a corta distancia de los cobertizos de la aduana marítima y el muelle principal de embarque.

A los siete días de presentarse el primer brote de la enfermedad tuvieron lugar las primeras muertes de una espeluznante cadena, que no tendría fin hasta la completa erradicación de la epidemia.

La epidemia empezó poco a poco a infectar a los ocupantes de las casas cercanas y esto alarmó a la población, quienes pidieron la intervención de las autoridades, las que en voz del delegado del Consejo Superior de Salubridad, les informó que después de una concienzuda investigación se había evaluado, que solo se trataba de una forma grave de Paludismo, causado por tantos pozos de agua infectada y al muladar existente en esos caseríos.

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Ante la inacción de las autoridades, la peste se propagaba con una espantosa rapidez y fuera de todo control. Al final se tomaron medidas como la puesta en cuarentena del puerto, el aislamiento de las personas infectadas, que eran evacuadas de sus casas en camillas especiales.

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Posteriormente, se criticó la falta de higiene de esos barrios de la ciudad, especialmente los vertederos de basura y los malos sistemas de desagüe. Algunas de las viviendas de los infectados fueron quemadas y se instituyó la fumigación de calles y cloacas.

Para evitar la propagación a otras partes del país se cerró la ciudad. Se calcula que murieron unas 600 personas.

LA INVESTIGACIÓN DE ESTA PANDEMIA

Los investigadores que trabajan en Asia durante la Tercera Pandemia identificaron las causas y el bacilo de peste. En el año1894, en Hong Kong, el bacteriólogo francés suizo Alexandre Yersin consigue aislar la bacteria responsable, la que se denominara Yersinia pestis, en honor de este doctor y determinó el modo común de transmisión. 

La enfermedad es causada por una bacteria que normalmente se transmite por la picadura de las pulgas en un huésped infectado, a menudo una rata negra

Sus descubrimientos condujeron a tiempo a métodos de tratamiento modernos, incluyendo los insecticidas, el uso de antibióticos y, eventualmente, las vacunas contra la peste. El investigador francés Paul Louis Simond demostró en el año 1898, el papel de las pulgas como agente contaminante.

La enfermedad es causada por una bacteria que normalmente se transmite por la picadura de las pulgas en un huésped infectado, a menudo una rata negra. Las bacterias son transferidas de la sangre de las ratas infectadas a la pulga de las ratas.

f5Waldemar Haffkine

El bacilo se multiplica en el estómago de la pulga, bloqueándolo. Cuando la pulga siguiente muerde un mamífero, la sangre consumida se regurgita junto con el bacilo al torrente sanguíneo del animal mordido. Cualquier brote grave de peste en humanos está precedido de un brote en la población de roedores. Durante el brote, las pulgas infectadas, que han perdido sus huéspedes de roedores normales buscan otras fuentes de sangre.

El gobierno colonial británico en la India presionó el investigador médico Waldemar Haffkine, para que desarrollara una vacuna contra la peste. Después de tres meses de trabajo persistente con un personal limitado, estaba preparado un formulario para pruebas humanas. El diez de enero del año 1897, Haffkine la probó en el mismo. 

Tras los resultados de la prueba inicial, los voluntarios de la prisión de Byculla fueron utilizados en una prueba de control. Todos los presos inoculados sobrevivieron a las epidemias, mientras que siete presos del grupo que no estuvieron en la prueba murieron. Al final del siglo, el número de inoculados sólo en India llegaba a los cuatro millones. Haffkine fue nombrado director del laboratorio de la peste, llamado Instituto Haffkine en su honor y se encuentra en la ciudad Hindú de Bombay.

¿Qué paso en Navarra con la pandemia de 1855?

La epidemia de cólera del año 1855, fue la más importante por sus repercusiones de las tres que asolaron Navarra en el siglo XIX. A mediados del siglo XIX, Navarra tenía empadronadas 297.422 personas. Los navarros, en el siglo XIX, vivían una situación de retraso industrial, como sucede en casi toda España y, unas condiciones de vida y trabajo muy duras.

Si a esto añadimos, que la propiedad de la tierra estaba desigualmente repartida entre unas pocas personas, que las condiciones higiénico sanitarias de la población eran cuanto menos insalubres, con una provincia azotada cíclicamente por epidemias y las tres guerras carlistas. A ello hay que unir, los comportamientos marginales que eran moneda de uso común.

La epidemia estuvo presente en la Península Ibérica a través de diversos brotes descritos por el contemporáneo González Samano en el año1858, a los que denominó como épocas. La segunda abarca desde el año 1853 hasta el año 1856, siendo la más negativa de todos estos años el de 1855.

La enfermedad se inició en Navarra en el mes de febrero pero no será hasta la llegada de los meses del verano cuando se manifieste con toda su fuerza. De este modo, será la provincia española, que más pueblos vea afectados, 716 en total. La epidemia se extendió en el mes de junio como una mancha de aceite desde el sur de la provincia, afectando a toda la Ribera.

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Los efectos perduran a lo largo de todo el mes de julio y comienzan a difuminarse en agosto. En la Navarra Media, los estragos de la epidemia comienzan en el mes de julio y no será hasta finales de agosto o comienzos de septiembre cuando ésta pase a la Montaña.

Habrá poblaciones afectadas hasta noviembre, por lo que Navarra padeció la enfermedad durante seis largos meses. Según González Samano, fallecieron un total de 13 .715 personas, cifra muy elevada, probablemente cuestionable, pero que muestra el alto índice de mortalidad que debió producir este cólera. Si seguimos los estudios de Jordi Nadal calcula que Navarra perdió el 4% de sus habitantes.

La lucha contra la enfermedad aunó a las autoridades en una causa común. Los sacerdotes hacen de médicos en muchas ocasiones y los fondos monetarios procedentes de recaudaciones municipales y eclesiásticas, las distribuyen indistintamente alcaldes, concejales y eclesiásticos.

Al mismo tiempo y muy oportunamente, como se producía en algunos lugares de Europa, la reina Isabel II realiza una donación caritativa de 16. 000 reales de vellón para toda Navarra. En aquellos años, había un gobierno progresistas de la Unión Liberal dirigido por el general Leopoldo O’Donnell. No debemos olvidar que Navarra era una provincia profundamente conservadora y mayoritariamente carlista.

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Simultáneamente, se publican otras órdenes relativas a la ubicación de cementerios, funerales de cuerpo presente, organización de la beneficencia, etc, pero no deja de ser notable, como algunos vieron en esto, una incursión más del gobierno liberal en el dominio eclesiástico.

Cuando la epidemia todavía no ha hecho más empezaren Navarra pero es más que posible predecir que su paso por la provincia va a ser devastador, el obispo de la diócesis PamplonaSevero Andriani ya tiene escrita una carta pastoral, en la que expone cuales son las causas de esta pandemia y cuales las consecuencias si no se remedian los males con iniciativas cristianas.

La causa descansa para el obispo en la infidelidad del hombre hacia Dios, que es el padre misericordioso de todos los hombres, es un dios que perdona los pecados a través de la penitencia y que a cambio de pequeños sacrificios ofrece una vida eterna. Sin embargo, la España del bienio progresista y también en Navarra, vive una época descristianizadora y liberal.

Los gobiernos de la época achacan las causas de la epidemia al contagio provocado por el descuido de las normas elementales de higiene desarrolladas, a la mala alimentación que crea organismos biológicamente endebles y a las conductas absolutistas-represivas de los cordones sanitarios, que lejos de aislar a las poblaciones sanas de la enfermedad, las subsumían en la angustia y el acongojamiento.

Según el obispo Severo Andriani“el liberalismo se desprendía una nueva sensibilidad que rechazaba esa manera tradicional de entender la muerte. En efecto, el miedo tradicional a la muerte era el miedo al castigo en el más allá, mientras que el miedo al cólera cuyos efectos mortíferos formaban parte de la experiencia cotidiana de los españoles del siglo- era el miedo al castigo en esta vida por medio de la muerte corporal”.

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“Muchos habrá entre vosotros, mis amados Diocesanos, que pretenderán explicaros este fenómeno por las causas físicas y naturales haciendo abstracción de la providencia, como si Dios fuera un Ser relegado a los cielos, que ni sabe ni cuida de las causas humanas… Todo el mundo menos el pecado, reconoce a Dios por primera causa, todo marcha bajo la acción reguladora de su Providencia. La legislación liberal y la violación de los preceptos religiosos tornan al Dios bienhechor en el Dios de las siete plagas egipciacas del Antiguo Testamento.

El hombre, ateo ahora, ha transgredido la ley y nunca ha sido tan general y pública entre nosotros la profanación de los días consagrados al Señor; nunca tan grande el abandono de los Padres en la educación de sus hijos y el de los Amos en el cuidado de sus criados y domésticos; nunca tanto el escándalo y relajación de las costumbres públicas y privadas.

Pero hay algo peor aún, el enfrentamiento directo contra Dios. Hoy se escarnecen sus dogmas no sólo en el interior de las conciencias, no sólo en el hogar doméstico, sino en públicas reuniones, y aun en escritos que se buscan y leen con avidez y se propagan entre la incauta juventud con espíritu de proselitismo. Debido a estos motivos, Dios se ha enojado y ha enviado desde el Ganges hasta el más recóndito rincón de España la segunda gran plaga de cólera del siglo”.

Como vemos, en muchas pandemias, la iglesia y las religiones ha jugado un papel que ha favorecido el desarrollo de mitos que no ha servido para parar las pandemias, no solo en este caso como es el caso del obispo de Pamplona, sino por ejemplo con la prohibición del uso del condón en la pandemia del SIDA.


BIBLIOGRAFIA

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Gregg, Charles. “Plague: An Ancients Disease in the Twentieth Century “. 1985. Albuquerque. University of New Mexico Press.
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Kelly, John. “The Great Mortality: An Intimate History of the Black Death, the Most Devastating Plague of All Time”. 2005. New York: HarperCollins Publishers.
Martinez Lacabe. Eduardo. “La pandemia de 1855 en Navarra”. 1996. Gerónimo de Uztariz nº 12.
McNeill, William H. “Plagas and People”. 1976. New York. Anchor Books.
Orent, Wendy. “Plague: The Mysterious Past and Terrifying Future of the World ‘s Most Dangerous Disease”. 2004. New York. Free Press.

Los 36 héroes republicanos que humillaron a 1.000 nazis en la batalla de La Madeleine

Guerrilleros de La Madeleine. Entre ellos una mujer, de la que se ignora incluso el nombre.

Autor: Julen Berrueta

Fuente: El Español 09/04/2020

«¡Aquí no estáis en vuestra casa!». Es el grito que muchos españoles como Henri Melich tuvieron que soportar cuando, vencidos y decaídos por la victoria del franquismo en España, se vieron obligados a huir a Francia. En España se enfrentaban a ser castigados y en el país vecino no eran bienvenidos. Melich se instaló junto a su familia en la comuna de Quillan y comenzó a trabajar como aprendiz de carpintero en una fábrica. Ni siquiera allí le dejaban en paz. «Eres un español del ejército vencido«, se burlaban.

En 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial y tanto franceses como exiliados españoles, muchos refugiados en campos de concentración, se vieron obligados a cambiar sus vidas. Nueve meses después, el gobierno francés capitulaba y el Tercer Reich controlaba el país galo. Tal y como explica a EL ESPAÑOL la periodista y escritora Evelyn Mesquida, oficialmente se decía que la Resistencia había comenzado en 1942 pero desde el inicio de la contienda ya había españoles saboteando y tejiendo redes de contacto entre antifascistas que pretendían expulsar a los alemanes.

Mediante su nuevo libro Y ahora, volved a vuestras casas (Ediciones B), la alicantina expone las vidas de figuras ocultas que combatieron y participaron en la guerra y que por ser españolas han permanecido en la sombra. «Son hechos históricos ocultos y era necesario sacarlos a la luz», subraya a este periódico. Por una parte, a Franco no le sedujo jamás conmemorar a un puñado de españoles republicanos y a los franceses les interesaba glorificar su propia patria.

No estaba la España de Franco, estaba la España republicana

Pero sus hazañas son una realidad histórica y, según Mesquida, «tienen que estar presentes en los libros de texto y en los colegios«. En el desembarco de Normandía, en la campaña de Provenza y en los bosques de Francia hubo españoles. «No estaba la España de Franco, estaba la España republicana», comenta.

«La hazaña heroica de La Madeleine»

A lo largo del país, miles de españoles se unieron a las filas francesas. En mayo de 1944, las unidades españolas incluidas en los FTP (Francotiradores y Partisanos) fueron reconocidas como totalmente españolas bajo el nombre de Agrupación de Guerrilleros Españoles y fueron inmediatamente integrados en las FFI (Fuerzas Francesas del Interior). A esas alturas del conflicto había más de 10.000 combatientes españoles en la Resistencia francesa.

De esta manera, el 23 de agosto, Miguel Arcas y Gabriel Pérez recibieron la orden de dirigir el combate contra el destacamento alemán que se acercaba a su posición. «Bajo el mando de ambos, 36 españoles y 4 franceses fueron distribuidos entre los muros del castillo, en el cruce de La Madeleine», escribe Mesquida. Por su parte, la columna alemana llegaba desde Toulouse y agrupaba más de 1.000 soldados alemanes.

Ante una desventaja tan abismal, los españoles tuvieron que preparar todo tipo de trampas. El oscense Joaquín Arasanz Raso, alias Villacampa, fue uno de los guerrilleros que organizó el devenir de la batalla bloqueando carreteras y dificultando el tránsito de los alemanes: «Decidimos también como estrategia hacer creer a los alemanes que estaban en presencia de un importante grupo de resistentes. Nuestros hombres debían desplazarse a toda velocidad para que sus tiros llegaran de lugares diferentes».

Monumento conmemorativo a los combatientes de la batalla de La Madeleine.

Las órdenes de Arcas eran claras: «Ni un solo tiro antes de la primera ráfaga de ametralladoras». Mesquida explica cómo fue la secuencia. Primero apareció un sidecar con dos soldados alemanes que los guerrilleros dejaron pasar y neutralizaron algo más lejos, sin necesidad de disparar. Después llegaron los primeros coches y detrás 60 camiones, 4 half-tracks y numerosos cañones, algunos de ellos antitanque y antiaéreos. Todo ello acompañado por más de mil soldados.

La batalla se decantaba por los guerrilleros ante la imposibilidad de avanzar de los nazis. «Los alemanes, acosados, solicitaron una tregua para parlamentar«. Tregua que ni Gabriel Pérez ni Miguel Arcas aceptaron. La batalla se reanudó y los Aliados contaban esta vez con dos aviones ingleses que ametrallaron la columna alemana. Finalmente, tras numerosas bajas y mas de 180 heridos, el Alto Mando pidió negociar con los atacante con una excepción. No negociarían con los españoles

Así, el general se rindió ante los superiores de los mandos británicos y franceses uniformados. «El jefe alemán pudo constatar que el ejército que él creía desplegado frente a ellos era solo un grupo de varias decenas de combatientes españoles sin uniforme y casi desarrapados, y que ese puñado de hombres había hecho capitular a más de 1.000 soldados de la Wehrmacht«, relata la escritora. Humillado y avergonzado, el general Konrad A. Nietzsche empuñó su pistola y se suicidó allí mismo. Fue «incapaz de aceptar la realidad de haber sido engañados y vencidos por un puñado de españoles harapientos«.

Mujeres ocultas

Evelyn Mesquida declara que en los libros franceses se menciona a las FFI como los vencedores de la batalla. No obstante, «si uno busca los nombres todos ellos eran españoles». Pedro Abellán, Luis Andrada, Mariano Cales, Diego Cuenca o Martín Vidal fueron algunos de los hombres que lucharon contra el millar de nazis. «Por la hazaña heroica de La Madeleine, por su combate sin repliegue», los 36 guerrilleros españoles fueron condecorados.

Todos ellos fueron condecorados con la estrella de plata en Marsella por el general Olleris. Todos menos ellas. Dos mujeres participaron también en la batalla de La Madeleine, pero «hasta hoy no se ha conseguido saber quiénes eran. Para ellas no hubo medallas«.

Mesquida admite a este periódico la dificultad de encontrar los nombres y las vidas de estos españoles olvidados, y más aún si eran mujeres. Para el libro ha consultado en Francia incontables archivos regionales, locales y departamentales. «He hecho lo que he podido», afirma y se muestra esperanzadora con que los historiadores futuros continúen con este legado. Acerca de las dos mujeres españolas que lucharon contra los alemanes lo tiene claro: «En algún sitio tienen que estar sus nombres«.

La distancia social: lecciones de la pandemia de 1918

La policía de Seattle, Estados Unidos, con mascarillas hechas por la Cruz Roja durante la pandemia de 1918 WIKIMEDIA COMMONS

Autora: Nancy K. Bristow 

Fuente: eldiario.es 02/05/2020

En Estados Unidos, manifestantes armados han exigido que se pongan fin a las medidas de distanciamiento social. En Brasil, donde el presidente del país se ha unido a las protestas en contra de las medidas, algunos centros comerciales han reiniciado su actividad. A lo largo y ancho del mundo, se han oído voces que piden a las autoridades un menor control y que flexibilicen las medidas tan pronto como sea posible.

Sin embargo, tal vez nos conviene fijarnos en otro momento parecido de nuestra Historia. En los últimos días, se han publicado en las redes sociales unas sorprendentes imágenes de tablas y gráficos científicos de la pandemia de gripe de 1918. Aunque estos diagramas dibujados a mano puedan parecernos arcaicos, son una jarra de agua fría para los partidarios de una desescalada demasiado rápida y de levantar unas medidas que afectan a muchas personas de muchos países del mundo.

En 1918, una pandemia de gripe azotó al mundo entero, en distintas oleadas. En Estados Unidos, es probable que el brote se iniciara en los estados del medio oeste, y luego se expandiera por el resto de un país en guerra. Rápidamete, los soldados llevaron la enfermedad a Europa. Primero, se contagiaron los soldados europeos y más tarde todo el continente.

Sin embargo, la pandemia solo había comenzado. A finales de agosto de ese año, un segundo brote, mucho más letal, sacudió prácticamente de forma simultánea al litoral de Estados Unidos, Francia y Sierra Leona, y desde esos lugares se expandió por el mundo entero. A este segundo brote le siguió un tercero. Cuando el virus empezó a perder intensidad en 1920, había golpeado a unos 500 millones de personas y había matado entre 50 y 100 millones de personas. Estados Unidos registró unas 675.000 muertes.

Gráfico que muestra la mortalidad de la pandemia de gripe de 1918 en Estados Unidos y en Europa
Gráfico que muestra la mortalidad de la pandemia de gripe de 1918 en Estados Unidos y en Europa WIKIMEDIA COMMONS / NATIONAL MUSEUM OF HEALTH AND MEDICINE

Cuando en 1918 los científicos se enfrentaron a esta plaga, carecían de la tecnología necesaria que les permitiera ver el virus que lo causaba. Sin embargo, la revolución bacteriológica del siglo XIX proporcionó a las autoridades médicas y sanitarias de Estados Unidos la confianza suficiente para llegar a la conclusión de que se trataba de una enfermedad contagiosa.

En el ámbito nacional, el Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos fomentó campañas educativas e impulsó, cuando lo creyó necesario, medidas de control sobre la población. Era competencia de las autoridades de los estados, del condado y de los municipios tomar las decisiones sobre cómo gestionar la pandemia. Las elecciones que tomaron fueron determinantes.

Las autoridades sanitarias tenían a su disposición una serie de medios para gestionar esta crisis de salud pública. Comenzaron por formar a la población sobre hábitos básicos de higiene, como lavarse las manos y cubrirse la boca al toser y estornudar.

El servicio de salud pública imprimió millones de folletos con información sobre la enfermedad y recomendó una serie de medidas para evitar y tratar la enfermedad. La Cruz Roja de Estados Unidos publicó su propia circular en ocho idiomas diferentes. Muchas comunidades aprobaron leyes que prohibían a los ciudadanos escupir en la calle, así como compartir tazas en espacios públicos como aulas y estaciones de tren, una costumbre que todavía existía en la época.

Estas fueron las medidas fáciles de impulsar. Siguieron otras, como la que fomentó una mejor ventilación en los tranvías. Para evitar grandes concentraciones de personas, algunas ciudades impulsaron unos horarios escalonados de trabajo y en los comercios. Pero la gripe siguió golpeando con fuerza y se establecieron controles más estrictos. A menudo se prohibieron las reuniones públicas y se ordenó el cierre de todos los negocios y actividades, incluso bodas y funerales, excepto los más esenciales. Algunas ciudades intentaron exigir el uso de mascarillas. Otras, obligaron a los enfermos a hacer cuarentena. En algunas ciudades incluso se probaron vacunas nuevas que todavía estaban en fase experimental.

Los modelos de gestión de Filadelfia y Seattle

Sin embargo, la lección que nos resulta más útil surge de la comparación de la gestión de las ciudades de Filadelfia y Seattle. Filadelfia, a pesar de tener alguna advertencia de que la pandemia se avecinaba, prácticamente no se preparó. Aunque la vecina Boston estaba sitiada a finales de septiembre, Filadelfia mantuvo su actividad. El 28 de septiembre organizó un desfile para celebrar el lanzamiento del Cuarto Préstamo de la Libertad; una campaña de emisión de bonos para apoyar los gastos bélicos de Estados Unidos.

Tres días más tarde, la ciudad registró 635 nuevos casos de gripe, y la situación empeoró. Aunque entonces intentó impulsar medidas para frenar la pandemia, la ciudad quedó desbordada. Las instalaciones sanitarias, que ya estaban al límite debido a la guerra, quedaron sobrepasadas. Las morgues se desbordaron, no se pudo suministrar esa elevada cantidad de ataúdes y las autoridades tuvieron que recurrir a las fosas comunes. Filadelfia registró una de las tasas de mortalidad más altas del país.

En cambio, la gestión de Seattle fue completamente distinta. El 20 de septiembre, el responsable de salud, el doctor J.S McBride, reconoció que «no era improbable» que la gripe llegara a la ciudad y advirtió a la ciudadanía que, si esto pasaba, sería necesario aislar a los enfermos. Cuando los soldados del cercano Campamento Lewis contrajeron la gripe, el campamento fue puesto en cuarentena. El 4 de octubre, se supo que un gran número de estudiantes de la escuela naval de la Universidad de Washington había contraído la gripe. En dos días, la ciudad, a pesar de la gran oposición en contra de estas medidas, cerró las escuelas, prohibió los servicios religiosos y cerró muchos espectáculos públicos. Se prohibieron las aglomeraciones en los negocios que seguían abiertos.

En los días siguientes, se impulsaron otras medidas. Las autoridades decidieron transformar un hotel de la ciudad en un hospital de emergencia. Escupir en público pasó a ser un acto castigado con penas de cárcel y mal visto por la sociedad. Era obligatorio el uso de mascarillas, se redujeron las horas de apertura de los negocios, y se establecieron nuevas restricciones para aquellos negocios que seguían abiertos.

Aunque en un inicio McBride había previsto que la pandemia perdiera fuerza en menos de una semana, mantuvo las restricciones, incluso cuando la cifra de contagios comenzó a disminuir. Finalmente, el 11 de noviembre, la ciudad y el estado Washington anunciaron que los negocios podían reiniciar la actividad y que ya no era necesario el uso de mascarillas. La ciudad pronto tuvo que hacer frente a un nuevo brote de gripe. Una vez más Seattle actuó, esta vez poniendo en cuarentena a los enfermos. Como resultado de estas acciones, Seattle registró una de las tasas de mortalidad más bajas de la Costa Oeste, sustancialmente inferior a la de Filadelfia.

Obviamente, muchos se opusieron a las medidas impuestas por las autoridades estadounidenses durante la pandemia de gripe de 1918. Los líderes religiosos indicaron una y otra vez que, en el contexto de una pandemia, eran necesarios los servicios de culto para atender a las necesidades de sus feligreses.

Por otra parte, los propietarios de negocios también lucharon con uñas y dientes para poder permanecer abiertos. Los propietarios de teatros cuestionaron la legalidad de los cierres y fueron muchos los que se opusieron al cierre de las escuelas. En San Francisco incluso surgió una «liga antimascarillas».

Las autoridades que no se doblegaron son las que obtuvieron mejores resultados. Estudios de académicos del Centro de la Historia de la Medicina de la Universidad de Michigan y de los Centros de Control y Prevención de Enfermedades evidencian que la imposición «temprana, sostenida y estratificada» de intervenciones no farmacológicas como el distanciamiento social funcionó en 1918, ralentizando el ritmo de la pandemia y reduciendo las tasas de mortalidad.

Y Seattle y Filadelfia ofrecen una dura lección: la imposición de medidas de confinamiento, así como la obligatoriedad de las mascarillas y la cuarentena de las personas contagiadas, tanto enfermas como asintomáticas, salva vidas. Pueden hacerlo de nuevo, si encontramos el valor y los recursos para mantenerlas.

Nancy K. Bristow es profesora de Historia en la Universidad de Puget Sound y es la autora de American Pandemic: The Lost Worlds of the 1918 Influenza Epidemic and Steeped in the Blood of Racism [La pandemia estadounidense: Los mundos perdidos de la epidemia de gripe de 1918 y Empapados en la sangre del racismo (publicado en julio de 2020).

Traducido por Emma Reverter

Las contradicciones de Garibaldi

Autora: ÀNGELS VILLAR

Fuente: La Vanguardia 30/04/2020

Durante gran parte del siglo XIX, Europa estuvo inmersa en un clima beligerante y revolucionario en el que diversas corrientes nacionalistas ansiaban acabar con el absolutismo, restaurado en el Congreso de Viena en 1815 tras la caída de Napoleón. Las grandes potencias europeas –Austria, Prusia, Rusia y Gran Bretaña– habían dividido el Viejo Continente a partir del principio de legitimidad monárquica, sin tener en cuenta las aspiraciones de las distintas nacionalidades.

Italia, prácticamente unificada bajo el dominio napoleónico, quedó nuevamente segmentada en distintos reinos y ducados, muchos de ellos bajo el yugo de potencias extranjeras. En ese entorno de convulsión creció Giuseppe Garibaldi. Seducido por los aires de nacionalismo y liberalismo de la época, llegó a convertirse en un referente para sus correligionarios. Y no solo entre los europeos.

Su leyenda como revolucionario se empezó a forjar en Sudamérica, donde participó en numerosas insurrecciones durante los doce años que permaneció al otro lado del Atlántico. Con el tiempo, sería conocido como el héroe “de dos Mundos”. Sin embargo, su fama se propulsó en el marco del proceso de unificación de Italia.

Para Garibaldi, Roma era el símbolo de Italia, y a esta la concebía unida bajo la fórmula de la federación. Se definía como republicano, porque consideraba la república el gobierno de los justos, y como anticlerical, porque en el clero veía el origen de todo despotismo. Aseguraba ser un amante de la paz, pero no por ello dudó en defender que “la guerra es la vida del hombre”.

Tras su primer fracaso revolucionario, Garibaldi llegó a Brasil para seguir con su lucha a favor de los oprimidos

Son varios los expertos que definen su papel en la unificación italiana como contradictorio. Si por un lado defendía el republicanismo, por otro aceptó la monarquía de los Saboya aun partiendo de premisas liberales. En todo caso, las circunstancias que rodean estas contradicciones explican en gran medida el camino que Garibaldi tomó.

De marino a exiliado

Nació en 1807 en la ciudad de Niza, entonces perteneciente al reino de Piamonte. Pasó diez años de su vida a bordo de buques mercantes siguiendo los pasos de su padre, un marino de origen genovés, y con el tiempo llegó a obtener la licencia de capitán. Se labraba un futuro como marinero, pero sus ansias de aventura truncaron esta carrera.

Tras sentirse seducido por el pensamiento socialista del francés Henri Saint-Simon, entró en contacto en uno de sus viajes con la sociedad secreta Joven Italia, fundada por Giuseppe Mazzini. El republicano Mazzini era acérrimo defensor de la unidad italiana a través de un levantamiento popular. Garibaldi abandonó el mar y se lanzó a la lucha por la libertad y la unión de Italia.

Casa en la que nació Garibaldi en Niza. (Dominio público)

La primera aventura revolucionaria en la que participó estuvo a punto de costarle la vida. Formó parte de la insurrección de Génova, que acabó en fracaso, y el joven Garibaldi fue condenado a muerte. Consiguió refugiarse en Marsella y, en 1835, huyó rumbo a Río de Janeiro. Con 28 años iniciaba su primer exilio.

La aventura americana

Ese revés no amedrentó a un Garibaldi que llegó a Brasil dispuesto a continuar con su lucha a favor de los oprimidos. En Sudamérica libró muchas batallas, la primera de ellas junto a los farrapos, campesinos que combatían la corrupción de la administración poscolonial. También fue allí donde conoció a la mujer a la que llamaría “la madre de mis hijos”.

La primera de sus tres esposas, Ana Maria de Jesus Ribeiro da Silva, conocida como Anita, se convirtió con solo 19 años en la compañera de aventuras de un Garibaldi de 32 que empezaba a ser muy conocido por su coraje en la guerra. El primer encuentro de la pareja está rodeado de un halo de romanticismo. Contraer matrimonio no había figurado hasta entonces entre los planes de Garibaldi, que se hallaba inmerso en una revolución tras otra. Pero la muerte de parte de sus amigos le hizo cambiar de opinión. El destino se encargó del resto.

Él mismo explica en sus memorias cómo conoció a Anita. Se encontraba una tarde en la cubierta del Itaparica, barco amarrado en la ciudad de Laguna, inmerso en sus propios pensamientos, cuando a través de unos prismáticos divisó a una mujer a los lejos. A su regreso a tierra intentó sin éxito ubicar la casa de la joven. Gracias a un lugareño que había conocido a su llegada a Laguna la encontró. Al saludarla simplemente le dijo: “Usted debe ser mía”.

Un año antes de morir, Anita vio cumplido uno de los sueños de su amado: luchar por Italia

Anita se convirtió en la madre de sus cuatro primeros hijos (Menotti, Ricciotti, Teresita y Rosita, que fallecería a los dos años y medio) y estuvo a su lado, combatiendo como un soldado más, hasta su muerte en 1849. Permanecieron juntos diez años y no se perdieron una sola batalla en Brasil y Uruguay.

Anita había abandonado su tierra y a su familia –incluso al hombre con el que estaba casada– para seguir los pasos de Garibaldi, más por el amor que sentía hacia él que por sus convicciones revolucionarias. Fue valiente en la guerra y celosa en su relación sentimental. En alguna ocasión se había presentado ante su marido portando dos pistolas: una para matarle a él y otra para la que sospechaba era su rival.

De Italia al nuevo destierro

Un año antes de morir, Anita vio cumplido uno de los sueños de su amado: luchar por Italia. Garibaldi y sus seguidores zarparon hacia Europa alentados por las noticias de una nueva revolución por la unidad de la península italiana. El líder de los “camisas rojas” (atuendo distintivo de los seguidores de Garibaldi) desembarcó en Génova con 41 años convertido en un personaje mítico. Pronto llegaría el desengaño.

Anita Garibaldi fue la combativa primera esposa del revolucionario italiano. (Dominio público)
Anita Garibaldi fue la combativa primera esposa del revolucionario italiano.

Combatió en Lombardía contra los austríacos, pero su intento de hacerles retroceder no prosperó, y se vio obligado a refugiarse en Suiza y posteriormente en Piamonte. No obstante, durante un breve lapso estuvo en su querida Roma, convertida en república, donde llegó a ocupar un escaño como diputado en la Asamblea Constituyente. Fue posible gracias a la huida del atemorizado papa Pío IX, que dejó la ciudad libre del gobierno eclesiástico, aunque por poco tiempo.

La oposición francesa a la nueva situación y los enfrentamientos con las tropas napolitanas consiguieron un año después expulsar de Roma a Garibaldi y los suyos. Anita falleció en el curso de la escapada a causa de unas fiebres. De nuevo era condenado al exilio. Partió hacia Estados Unidos. Pero en esta ocasión se iniciaba una de las etapas más amargas de su vida.

Viudo y lejos de sus hijos (Menotti estaba en una escuela militar en Niza, Ricciotti en un colegio de Inglaterra y Teresita vivía con unos amigos), Garibaldi se sentía destrozado. Medio mundo se empeñaba en tratarlo como un gran héroe, y no como el hombre en que se había convertido tras el fracaso de 1848.

Despertó tal admiración que en Gran Bretaña, las camisas rojas se habían convertido en una prenda de moda

Todo parecía estar en su contra, incluso en el terreno amoroso, donde sus relaciones no pasaban de meras aventuras. Tras la muerte de Anita desfilaron por su vida varias mujeres, pero ninguna llegó a suscitarle los sentimientos que ella le despertó, pese a que años después contraería matrimonio en otras dos ocasiones.

Promesa de inactividad

En Estados Unidos le acogió su amigo Antonio Meucci, originario de Florencia, para el que trabajó un tiempo en su fábrica de velas. Luego reemprendió su vida como capitán. Durante tres años, hasta 1854, surcó los mares de Australia, América del Sur y China. Pero todo fue inútil. Cansado y nostálgico, solicitó al gobierno de Piamonte autorización para regresar. Camilo Benso Cavour, presidente del reino piamontés y defensor de su monarca, Víctor Manuel II, se la concedió, pero con una condición: que se mantuviese alejado de la política.

El temor que sentía Cavour hacia Garibaldi estaba totalmente justificado. A mediados del siglo XIX el revolucionario era un hombre de una gran influencia. Sus heroicidades le habían convertido en un personaje idolatrado. En el punto más álgido de su fama un impreso satírico, que circuló entre sus seguidores, lo mostraba de pie sobre un altar, entre rifles y cañones, con una inscripción que rezaba así: “Hijos de Italia, si queréis secar las antiguas lágrimas de Roma y Venecia, no importa que el clérigo no diga misa: estas son las velas y este es el santo”.

Garibaldi retratado en un grabado. (Dominio público)

Y las anécdotas no son pocas. Despertó tal admiración que, años más tarde, en 1864, cuando visitó Gran Bretaña, las camisas rojas se habían convertido en una prenda de moda entre la vestimenta femenina. Había una polca con su nombre, además de un vals, unas galletas y un perfume. Pero esta veneración, tan extrema como superficial, nunca cambió la personalidad del revolucionario.

Vuelta a las andadas

Tras el período de destierro debía empezar una nueva vida alejado del ajetreo político y la guerra. Dispuesto a ello, utilizó los pocos ahorros de los que disponía y la herencia de un hermano para comprar parte de la isla sarda de Caprera (un decenio después unos amigos ingleses le regalaron el resto). Con su habitual tenacidad, Garibaldi se empeñó en construir su propia casa en la isla, a pesar de su más bien escasa destreza como albañil.

Intentando cumplir la condición impuesta por el gobierno piamontés, el héroe de grandes batallas se dedicó a la pesca, a cuidar animales y a cultivar hortalizas, mientras vivía algún que otro escarceo amoroso. Él mismo definía esta etapa como un período sin importancia. Tanta tranquilidad no iba a durar demasiado. Su residencia en Caprera se convirtió en punto de encuentro de políticos, exiliados y aventureros con planes descabellados para reanudar la lucha por la unificación de Italia.

Volvía a estar en el campo de batalla, siendo consciente de que los políticos se servían de su fama

Por ello, Garibaldi no tardó en volver a las andadas, pero esta vez en un bando distinto. Entró en contacto con el llamado Grupo de Génova, formado sobre todo por antiguos garibaldinos que habían abandonado el republicanismo y se habían adherido al programa de la Sociedad Nacional. Esta era una asociación que concebía la unidad italiana bajo un sistema monárquico, y no republicano como Mazzini.

Al parecer, el alegato de uno de los fundadores de la organización convenció al viejo revolucionario. Giorgio Pallavicino Trivulzio dijo: “Lo que necesitamos son armas, no la cháchara de Mazzini. El Piamonte tiene soldados y cañones, por tanto soy piamontés. Hoy el Piamonte es monárquico por tradición y por inteligencia y está en guardia, por tanto no soy republicano”.

Garibaldi, durante años exponente del republicanismo, se convirtió al principio monárquico. Argumentaba que siempre defendería la república, pero que, presentándose en ese momento la oportunidad de unir Italia combinando las fuerzas monárquicas y las nacionalistas, él estaba dispuesto a aceptar este reto. Mantuvo varias reuniones con Cavour, que le nombró general de división. Volvía a estar en el campo de batalla, siendo consciente de que los políticos se servían de su fama y luchando bajo el mando del rey Víctor Manuel.

Giuseppe Garibaldi en los Alpes junto a otros revolucionarios. (Picasa / Dominio público)

Sin embargo, nada fue como antaño. El trato que Garibaldi y los suyos recibieron por parte de las autoridades no era ni el deseado ni el que merecían: les prohibieron usar sus camisas rojas, los uniformes les llegaban con cuentagotas e incompletos, no disponían de unidades de caballería, ni de artillería ni tropas de apoyo. Tan solo voluntarios. Pero no por ello cejaron en su empeño.

Desengaño y lucha

Estando involucrado en la guerra, Garibaldi contrajo por segunda vez matrimonio, aunque su duración fue escasamente de cinco minutos. Durante una campaña militar en 1859 conoció a la condesa Giuseppina Raimondi. Una vez más el soldado mantenía una relación con una joven de 18 años. No obstante, la aristócrata tenía un amplio bagaje en intrigas amorosas, y cuando se casó con Garibaldi estaba embarazada de un antiguo amante.

El revolucionario recibió una nota anónima el día del enlace en la que se le comunicaba la fatal noticia. Nada más abandonar la iglesia el matrimonio se dio por roto, aunque, cuando años más tarde quisieron obtener el divorcio, sufrieron la gran humillación de ver aireada en la prensa la verdad de su relación.

Bajo la consigna de “Roma o la muerte” luchó durante años contra el poder pontificio sin grandes avances

Para olvidar esta breve pero ultrajante historia, Garibaldi se dedicó a la guerra por completo. El reino de Italia se proclamaría dos años después. Al fin veía su gran sueño convertido en realidad, aunque fuese en un régimen monárquico.

Pero el eterno defensor de la libertad no se mostró satisfecho: Roma seguía siendo ciudad papal. Bajo la consigna de “Roma o la muerte” luchó durante años contra el poder pontificio sin grandes avances, siendo herido en una ocasión y detenido en otras. Nunca consiguió entrar en la Ciudad Eterna.

El reposo del guerrero

Incansable y tenaz, tras casi un decenio de batallas y desacuerdos con el gobierno italiano, decidió prestar sus servicios durante un año a la República Francesa, donde fue diputado en la Asamblea de Burdeos. Poco antes había caído el imperio de Napoleón III a raíz de la guerra franco-prusiana, en la que Garibaldi participó, aunque rebelándose ante el mando francés.

Regresó a Caprera para ver crecer a sus tres nuevos hijos, Clelia, Rosa y Manlio, fruto de la relación que había iniciado un lustro atrás con Francesca Armosino, para volver a la política tres años más tarde, ocupando un escaño en el Parlamento romano. Poco después se retiraba definitivamente a Caprera, donde Francesca le cuidaría en unos años de vejez que aprovechó para escribir sus memorias.

Garibaldi, con limitados recursos económicos, quiso pasar el tiempo que le restaba en el ámbito de la paz doméstica, cómodo con sus costumbres. Baños de agua fría, que consideraba buenos para la salud, y una misma dieta: aceitunas, tomate, aceite de oliva, albahaca, anchoas y vino. La poca carne que consumía la cocinaba al estilo sudamericano.

Pero estos pequeños placeres no aplacaban los pesares que surgieron. Vio cómo Francesca se deshizo de todos aquellos amigos que le disgustaban, sufrió que sus hijos y nietos abandonaran el hogar para iniciar su vida en solitario y soportó que las conversaciones diarias en la hacienda versaran sobre todo en torno al dinero.

Fotografía de Giuseppe Garibaldi del año 1866. (Dominio público)

Su situación económica era pésima, a pesar del negocio que dirigía Francesca, que en 1880 se convirtió en su tercera esposa al formalizarse la relación. Garibaldi se negaba continuamente a aceptar la pensión que el gobierno italiano le ofreció después de que en los periódicos saliera publicada la noticia sobre el estado de cuentas de la familia.

Finalmente, presionado por los suyos, se humilló y aceptó la anualidad ofrecida por el Estado, pero él no disfrutó del dinero. Las cincuenta mil liras se desvanecieron, repartidas entre sus hijos. La mayor parte se la llevó Menotti, que se encontraba en bancarrota. El resto se distribuyó entre Teresita, Francesca, Clelia, Manlio y Ricciotti, que vivía en Londres muy por encima de sus posibilidades.

Ante la situación, el antiguo revolucionario solo halló refugio en la literatura. En los últimos años de su vida escribió, además de sus memorias, Clelia, Los voluntarios Cantoni Los Mil, todas ellas novelas históricas que no cosecharon demasiado éxito. La muerte le llegó la tarde del 2 de junio de 1882, a la edad de 75 años.