El Pacto de Varsovia, la respuesta soviética a la OTAN

Autor: Bernardo Mendoza

Fuente: La Vanguardia 14/05/2020

En 1955, la Unión Soviética formalizó una alianza militar con sus satélites de Europa del Este. El Pacto de Varsovia no permitiría la disidencia de ninguno de sus miembros.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se desató la Guerra Fría entre el poder comunista de la Unión Soviética y el capitalista de Estados Unidos. El mundo asistía a una hostilidad permanente entre ambas potencias. Mientras Moscú se hacía con el control del este de Europa, rodeándose de estados satélites, Washington ejercía su hegemonía en Occidente. La reconciliación entre ambos bloques parecía una utopía. El Viejo Continente, según palabras de Winston Churchill, quedaba dividido por un “telón de acero”.

Los capitalistas fueron los primeros en aliarse. Estados Unidos, Canadá y diez países más de Europa crearon la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), un organismo militar destinado a responder a un posible ataque del bloque comunista.

Años después, la incorporación a la OTAN de la República Federal Alemana (la “mitad” occidental del país desde su división en 1949) suscitó la formación del Pacto de Varsovia, oficialmente denominado Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua. Su artífice, el líder soviético Nikita Jruschov, consideraba esta alianza como un medio de equilibrar el poder de la OTAN.

Los miembros del Pacto de Varsovia reunidos en 1987. En el centro, el líder soviético Mijaíl Gorbachov.
Los miembros del Pacto de Varsovia reunidos en 1987. En el centro, el líder soviético Mijaíl Gorbachov. (Mittelstädt, Rainer / Bundesarchiv)

Hasta entonces, la estrategia soviética había sido defensiva. Se sustentaba en el ejército convencional, y no en las armas nucleares, aún insuficientes para inclinar la balanza en un conflicto. Sin embargo, tras la muerte de Stalin y la subida al poder de JruschovMoscú replanteó su política militar, acentuando su carácter ofensivo. Estaba preparada para lanzar un ataque con tropas convencionales que dejara a Estados Unidos sin capacidad de respuesta.

El Pacto de Varsovia pretendía crear un mando militar unificado. Para garantizar la coordinación y agilidad entre los distintos ejércitos, se designó al mariscal Iván Stepánovich Kónev, héroe de la Segunda Guerra Mundial, como jefe de las Fuerzas Armadas.

Moscú, socio privilegiado

En teoría, los estados aliados de la Unión Soviética gozaban de igualdad de derechos; en la práctica, era la URSS la que disfrutaba de una posición hegemónica. El dominio que ejercía sobre los países satélites del norte era mucho más estricto que el de los del sur, debido a su importancia estratégica. Era más probable que se produjera un ataque occidental desde Polonia o la República Democrática Alemana que desde Rumanía o Albania, sin fronteras con el bloque occidental.

Tanques soviéticos en Budapest el 31 de octubre de 1956.
Tanques soviéticos en Budapest el 31 de octubre de 1956. (FOTO:FORTEPAN / Nagy Gyula)

La razón última del Pacto de Varsovia radicaba en consolidar el imperialismo soviético. Moscú nunca se molestó en consultar a sus socios la toma de decisiones. Tampoco en cumplir el acuerdo incluido en el Pacto de no entrometerse en la política interna de los países miembros. Los ejemplos se suceden. Primero invadió Hungría para evitar que el gobierno magiar abandonara el Pacto; años después Checoslovaquia, tras la subida al poder del reformista Alexander Dubcek.

Leonid Brézhnev, sucesor de Jruschov en el gobierno, justificó estas y otras agresiones en la doctrina que lleva su nombre. La Unión Soviética tenía derecho a intervenir en cualquier país de su esfera de influencia para proteger el socialismo contra cualquier posible enemigo.

Derrumbe acelerado

Con la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov, la URSS dio un giro a su política internacional. ¿Tenía sentido mantener su dominio en Europa oriental? Los dirigentes soviéticos creían que no. Implicaba un gasto militar excesivo para una economía frágil, capaz de enviar satélites al espacio, pero no de proveer de alimentos los supermercados. Por ello, Gorbachov renunció al derecho de intervención en otros países.

Las razones internas pesaban también en la política internacional. El nuevo inquilino del Kremlin deseaba iniciar una política de distensión con Occidente que pusiera fin a la carrera armamentística y a la Guerra Fría.

Cuando se hizo evidente que no se iba a producir un ataque soviético, los países del bloque comunista experimentaron un veloz proceso de democratización, simbolizado en la caída del muro que dividía Berlín en dos mitades, en 1989. En poco tiempo, los regímenes de la Europa del Este se derrumbaron uno tras otro.

El Pacto de Varsovia ya no tenía sentido sin un bloque comunista, por lo que se deshizo dos años después. Todos sus miembros se incorporarían de forma paulatina a la OTAN, su antigua enemiga, excepto Rusia, con la que las tensiones han arreciado en los últimos años. Con Putin al frente, se ha llegado a hablar de una segunda guerra fría.

La verdadera historia de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky

Ramón Mercader, tras haber asesinado a Trotsky, en una foto de archivo. (Cordon Press)

Autor: ÁLVARO VAN DEN BRULE

Fuente: El Confidencial 04/01/2020

«Cada cosa que amas, es muy probable que la pierdas, pero al final, el amor volverá de una forma diferente“.

Kafka y la Muñeca… la omnipresencia de la pérdida.

En medio de la canícula veraniega de un asfixiante verano del año 1940, en la entonces pequeña ciudad de Coyoacán, hoy barrio bohemio, alcaldía o distrito plenamente integrado en la mega urbe que es la capital mejicana; mientras en Europa los nazis reventaban la historia, un acontecimiento largamente orquestado en una inmensa mesa de pino en el Kremlin, fosilizaría el devenir de un formato de comunismo más dinámico y adecuado a las realidades del porvenir. Era un 21 de agosto y nada anticipaba que fuera a ocurrir algo tan brutal y decisivo en las entrañas de una ideología revolucionaria que a su vez, aniquilaría al más brillante y probablemente avanzado de sus líderes.

Ramón Mercader, en un retrato fotográfico de la época. (Wikipedia)
Ramón Mercader, en un retrato fotográfico de la época. (Wikipedia)

El hombre que había dado la orden en Moscú, tenía un mostacho muy poblado, más si cabe, que otro iluminado que a su vez, conspiraba a lo grande liderando otra dictadura inhumana y salvaje; uno se llamaba Iosif, y el otro Adolph. El del bigote grande, era una bestia de atar, el otro, el del bigotito rectangular y flequillo acrata era un poco más fino pero ambos, igual de alucinados. Aún hoy en día se debate si entre ambos se llevaron por delante cien millones de muertos entre los caídos en el conflicto que supuso la II Guerra Mundial incluyendo obviamente las hambrunas y deportaciones masivas que se produjeron posteriormente. La crueldad más insólita subiría al pedestal del horror hasta hacerse indesalojable.

Un 21 de agosto un comunista catalán selló de manera abrupta el acto por el que ha sido recordado hasta el día de hoy, el asesinato de León Trotsky. Un revolucionario que llegó a liderar el ejército rojo y que años más tarde, caería en desgracia firmando su sentencia de muerte a manos de un ángel exterminador venido del este. El enviado de Moscú era un agente de la NKVD, precursora de la que posteriormente daría en llamarse la KGB, una de las agencias de inteligencia más dinámicas y efectivas en el mundo del espionaje.

Desde la muerte de Lenin, las depuraciones llevadas a cabo por Stalin dejaron la cúpula del PC ruso como una Tabula Rasa, no quedó vivo ni el Tato

Ramón Mercader era hijo de una revolucionaria criado en el caldo de un ambiente burgués en el que al parecer el tema de la levedad del ser creaba legiones de aburridos que eran fácilmente presa de cualquier viento ideológico asociado al cambio del orden establecido. Este héroe de la Unión Soviética, más tarde olvidado en una cárcel mejicana durante años, sería el ejecutor físico de la probablemente mente más brillante de una revolución que ilusionó y decepcionó a partes iguales a cientos de millones de seguidores.

«El Tirano Rojo»

Mercader formó parte de varios grupos de ideología marxista y presa de sus filias comunistas, participaría activamente en los prolegómenos de la Guerra Civil Española. Tras su breve participación en la contienda nacional se le perdería el rastro una vez abandonada España en dirección a la Unión Soviética donde sería adiestrado en un centro de élite para una misión altamente confidencial. Un tiempo más tarde, sería enviado a Francia con objeto de entrar en contacto con elementos próximos al entorno de León Trotsky, ya caído en desgracia desde las purgas efectuadas en 1929 por el “Tirano Rojo”. El cuestionado líder revisionista, un judío comunista de origen ucraniano acabaría sus días plácidamente en México, país donde se rodearía de intelectuales y artistas de la categoría de Diego Rivera o la malograda Frida Kahlo. Desde este país, el que fue mano derecha de Lenin, se convertiría en toda una celebridad mundial al organizar la «Cuarta Internacional» para hacer frente al tirano georgiano.

El antiguo líder soviético era consciente de que estaba en la lista negra del brutal Stalin y en consecuencia sabía que su vida pendía de un hilo


Ya instalados en mayo de 1937, en Estados Unidos una Comisión de Investigación de cargos hechos contra León Trotsky en los Juicios de Moscú tras la Gran Purga, conocida como la «Comisión Dewey», tuvo como objetivo limpiar el nombre de Trotsky. Desde la muerte de Lenin, se puede decir sin ambages que las sucesivas depuraciones llevadas por Stalin (antes de la Gran Guerra Patria o II Guerra Mundial) dejaron la cúpula del PC ruso como una Tabula Rasa, no quedó vivo ni el Tato. Se calcula que antes de la invasión nazi este monstruo humano se había cepillado a más de cinco millones de rusos a través de ejecuciones sumarias, muertes por tortura y/o locura, suicidios simulados, y por supuesto, además, el siempre socorrido Gulag, expeditivos campos de exterminio donde los esclavos de aquella brutal tiranía caían como moscas.

Con la idea de integrarse en el círculo íntimo del antiguo dirigente, Mercader adoptaría multitud de identidades. Su vasta cultura y dominio de idiomas añadirían una carta clave en el acercamiento a su siniestro objetivo. Durante su estancia en París, hizo amistad con Sylvia Ageloff, una militante trotskista norteamericana que le acercaría si cabe más, a su destino como verdugo de aquel sentenciado.

Una misión definitiva

Mercader, que era un caballero español clásico, se preocupaba por Sylvia y de forma natural una cosa llevó a la otra y se enamoraron. La relación del español con la agente francesa afín al trotskismo sería determinante en su aproximación a la misión encomendada por Stalin en 1939, esto es, el asesinato de Trotsky. El antiguo líder soviético era muy consciente de que estaba en la lista negra del brutal Stalin y en consecuencia sabía que su vida pendía de un hilo. Además, meses antes había tenido que enfrentarse a un atentado fallido encabezado por el pro estalinista David Alfaro Siqueiros y una decena de pistoleros que dejaron un mosaico de más de trescientas balas en la fachada de la villa. Tras este fallido, se incrementarían notablemente las medidas de vigilancia en la villa ocupada por Trotsky.

HÉCTOR G. BARNÉS. Lenin, Trotski y Stalin bebiendo cerveza en los bares de Londres: que pasó de verdad. Aún pueden visitarse los vestigios del paso de los principales cabecillas de la revolución rusa en la gran urbe del capitalismo. Encuentros entre birras que cambiaron la historia

Las medidas de vigilancia, controles diarios y dificultades de diferente índole en el intento para acabar con la vida del purgado bolchevique, llevaron a Mercader al delirio de plantearse presa de la frustración, a contratar a un piloto civil norteamericano con el claro propósito de bombardear la vivienda del ex líder de la Revolución Rusa y acabar por las bravas con el tema que se traía entre manos.

Finalmente llegó el día fatídico del 20 de agosto de 1940 cuando el catalán llevó a cabo su misión. Tras arrearle en un momento de sorpresa con un piolet y una fuerte dosis de saña sin contemplaciones, dejaría a Trotsky sumido en profundas reflexiones. Milagrosamente, el revolucionario no solo no fallecería en aquel trágico día, el caso es que ni siquiera perdió el conocimiento. Un día después, el otrora líder revolucionario, ideólogo de la reforma permanente del sistema político que junto con Lenin y Stalin pondrían a Rusia en el mapa de los grandes acontecimientos históricos, acabaría, víctima de las durísimas lesiones recibidas con un severo derrame endocraneal irreversible.

Mercader, aquel romántico teniente republicano, pasó sus últimos años en Cuba, amable siempre con los visitantes, pero no con su pueblo

Aunque se recurrió a la respiración artificial a través del oxígeno y en última instancia a una trepanación, los galenos, que lo dieron todo para salvar a aquel que proponía el único atisbo de amejoramiento de una doctrina jibara enclaustrada en una clara carencia de motilidad ideológica casi hermética; no pudieron sacar adelante al que podría haber representado una izquierda más evolutiva y adaptable a entornos y retos cambiantes.

Mercader sería arrestado ‘in situ’ pasando a ser huésped durante años en una cárcel de la Ciudad de México. Stalin organizaría una misión para liberar al catalán, pero las enormes dificultades en la ejecución de la misma, no permitirían llevarla a cabo. Su estancia en presidio le permitiría tener una holgada economía que por lógica, alivió enormemente su estancia en aquel mísero lugar. Reconocido en una ceremonia secreta como «Héroe de la Unión Soviética», la más alta condecoración del régimen comunista, cambiaría su nombre por el de Ramón López para eludir la atención mediática.

Ramón Mercader durante su arresto. (Wikipedia)
Ramón Mercader durante su arresto. (Wikipedia)

A la muerte de Stalin, cuando la primavera se esbozaba, uno de los mayores monstruos de la humanidad moriría también de hemorragia cerebral en el año de 1953. Ironías del destino. El revisionismo de Nikita Krushev (Nikita y Iósif no hacían manitas) condenó al ostracismo a aquel que obtendría la más alta distinción de la Unión Soviética. Mercader, aquel romántico teniente republicano que combatió otra de las grandes lacras del siglo XX durante nuestra tragedia del 1936, pasó sus años postreros en esa Cuba, amable siempre con los visitantes que no con su pueblo. Los restos del héroe – asesino serían repatriados para pervivir enterrados en la extinta Unión Soviética, país por el que había dado la vida.

El muro que separó dos mundos, al detalle

Autores: JAVIER AGUIRRE y otros.

Fuente: elmundo.es 5/11/2019

Tras la derrota de la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, las potencias aliadas ocupan militarmente el país y lo dividen en cuatro zonas. El Este pasa a ser controlado por la Unión Soviética y el Oeste por Estados Unidos, Reino Unido y Francia. La capital alemana a su vez también se divide en cuatro sectores. [Si no puede ver el gráfico pulse aquí.]

Esta segmentación da lugar a que en 1949 los territorios ocupados por los Aliados formen la República Federal Alemana (RFA) y la Unión Soviética, la República Democrática Alemana (RDA). Así la antigua nación y su capital quedan divididas en dos bloques: el occidental y el oriental.

Durante los años cincuenta, la ciudad de Berlín refleja el contexto de la Guerra Fría y la tensión se plasma en la ciudad con miles de ciudadanos huyendo del lado oriental al occidental.

Para paliar estas tensiones, de manera inesperada, en la madrugada del 12 al 13 de agosto las autoridades de la República Democrática Alemana cierran, en apenas tres horas, todos los pasos fronterizos de la ciudad. Soldados armados de Berlín Oriental colocan las primeras piedras del muro y extienden alambres de espino. Acción inicial tras la que se empieza a construir el primer muro de ladrillo y hormigón.

Se pretende aislar el territorio a toda costa. Se tapian los edificios adyacentes, se colocan minas antitanque y se excavan zanjas que rodean la línea divisoria del muro de Berlín. Una ciudad cuyos monumentos emblemáticos son separados. La Puerta de Brandenburgo, por ejemplo, queda en el lado oriental y el Reichstag en el occidental. Los puestos fronterizos se concentran en interior de Berlín e incluso la Estación Frierichstrasse se considera un puesto aduanero. [Si no puede ver el gráfico pulse aquí.]

La construcción de la barrera arquitectónica no basta sin embargo para impedir las fugas y la frontera es reforzada con miles de guardias militares. Medidas extremas que desarrollan el ingenio de numerosos ciudadanos a la hora de escapar del cerco de Berlín Oriental.

Más de 5.000 personas logran huir durante los 28 años que se mantiene en pie el muro y casi la mitad, unas 2.300, lo consiguen en 1962.

Una hazaña en la que se juegan la vida de tal modo que muchos mueren en su propósito. La mayoría por disparos cuando intentan cruzar o ahogados en el río Spree a través del cual discurre la frontera. Afortunadamente el 9 de noviembre de 1989 este muro fue derribado y es un recuerdo de un mundo pasado.

Operación Bagratión, el Día D soviético que verdaderamente destruyó a Hitler y que ha sido silenciado

Autor: Daniel Bellaco.

Fuente: digitalsevilla.com, 6/06//2019

Hoy muchos medios del mainstream mentirán diciendo que el Desembarco de Normandía fue la batalla clave de la victoria aliada sobre Hitler tergiversando la Historia. Quizás en aras de dar valor a EEUU y Reino Unido, países símbolo del ultraliberalismo y buques insignia de la OTAN o por simple desconocimiento, quién sabe.

El gran público desconoce la operación que por aquellas fechas puso en jaque a la Alemania nazi y que realizó el Ejército Rojo, el que realizó el mayor esfuerzo para conseguir la destrucción de las tropas de Hitler.

La apertura de un segundo frente en Francia, se retrasó por parte de EEUU y Gran Bretaña, y sólo se hizo ante el temor de que la URSS acabara conquistando toda Europa.

A pesar de la tremenda derrota de la Alemania nazi en Stalingrado y el duro varapalo recibido en Kursk, el régimen de Hitler seguía siendo una amenaza para la URSS y seguía controlando gran parte de su territorio.

El mando soviético decidió en la primavera de 1944 dar un golpe mortal en el Frente del Este, donde Alemania perdió el 80% de sus tropas en la guerra. El nombre elegido fue Operación Bagratión (en honor a un príncipe ruso que había luchado contra Napoleón). Tendría lugar el 22 de junio, justo 3 años después de que la Alemania nazi invadiera la URSS causando millones de muertos, la gran mayoría civiles.

Stalin decidió sorprender a Hitler atacando en Bielorrusia a través de ríos, pantanos y bosques, algo muy difícil de realizar por el terreno y por las posibilidades de ser detectado. Allí estaba el Grupo de Ejército Centro Alemán, si este caía se acorralaba el Grupo Ejército Norte en las Repúblicas bálticas y se amenazaba seriamente al Grupo Ejército Sur en Ucrania. En resumen, un golpe decisivo en la guerra que significaría poner a las tropas soviéticas en la frontera alemana.

El alto mando soviético destinó 2,3 millones de soldados, 5.800 tanques y 7.000 aviones para el combate, agrupados en 200 divisiones. Los nazis tenían 400.000 soldados así como centenares de tanques y aviones.

Toda esa masa fue ocultada, en la mayor operación de camuflaje y desinformación de la historia. Se usaron enormes movimientos de tropas y tanques para despistar, convoyes nocturnos que viajan sin luces y órdenes dadas verbalmente o por escrito con mucho tiempo de antelación para que no fueran detectadas por los espías enemigos.

El 23 de junio se lanza la ofensiva avanzando en profundidad tras tremendos bombardeos que provocan la desbandada nazi y la captura de miles de soldados alemanes que quedan aislados.

Un ataque soviético hacia Lituania consigue reconquistar los países bálticos y gracias a los partisanos polacos conquistan además Varsovia en agosto.

El 29 de este mes, finaliza la operación ante el riesgo de sobreextender las líneas de batallas y de suministro.

Bagratión supuso el hundimiento del III Reich consiguiendo causar al Ejército alemán 350.000 bajas entre muertos, heridos y capturados, más que Stalingrado y Normandía juntas. Algunas fuentes alemanas apuntan a más de medio millón de bajas en la Wehrmacht en esos dos meses con lo cual el descalabro pudo ser incluso mayor.

Tanto en número como en consecuencias, fue la batalla más decisiva de la II Guerra Mundial, mucho más que el Desembarco de Normandía.

En la Operación Bagratión, Alemania envío el 75% de sus fuerzas militares contra el 25% del Desembarco de Normandía. Si los soviéticos no hubiesen realizado esta ofensiva, Francia no hubiese sido liberada y la historia habría cambiado.

Esta derrota costó al III Reich 1000 tanques y 2000 vehículos de todo tipo. Las bajas alemanas se estimaron en 60 000 muertos, 230 000 heridos y unos 116 000 prisioneros.

Fue con mucho la mayor victoria en términos numéricos para los aliados, reconquistando la URSS una inmensa extensión de territorio en 2 meses, recuperando prácticamente todas las áreas controladas por la URSS antes de la invasión alemana y colocándose a pocos kilómetros de Berlín.

Las mayores pérdidas sufridas hasta entonces por la Wehrmacht eran las bajas sufridas durante los 155 días de la ofensiva en Stalingrado, pero la Operación Bagratión les causó un número de bajas mucho mayor en tan solo 58 días. La ofensiva del Ejército Rojo aisló además al Grupo de Ejércitos Norte del Grupo de Ejércitos Sur, obligando a este último a retirarse prontamente del territorio soviético situado en los límites entre Ucrania y Rumanía, a fin de evitar ser cercado masivamente. Este hecho causó, indirectamente, que Rumanía y Bulgaria abandonaran su alianza con el Tercer Reich en agosto y septiembre de 1944, respectivamente, facilitando la penetración de la URSS en los Balcanes.

En el Desembarco de Normandía y en la invasión de Italia los Aliados se enfrentaron a solo un 25% de la fuerza total de unidades de la Wehrmacht disponibles en Europa; el 75% restante de las fuerzas germanas se encontraba combatiendo al Ejército Rojo en algún lugar del terrorífico Frente del Este.

Comparada con las cifras de la Operación Bagratión, la invasión de Normandía fue un teatro numéricamente inferior donde ambos bandos emplearon mucho menos hombres y recursos que en la Operación Bagratión, la cual ratificó que en el Frente Oriental de la Segunda Guerra Mundial, Alemania había perdido ya ante la URSS, país que después de años de sufrimiento y millones de muertos logró vencer, a la maquinaria nazi con la ayuda de sus aliados.

La monumental historia de la cruel guerra de Vietnam

En guerra. Helicópteros de combate en Vietnam en el año 1967 durante la operación Pershing, dedicada a la búsqueda y destrucción en la llanura de Bong Son y el valle An Lao en el sur del país. Los soldados esperan la nueva oleada de helicópteros (Patrick Christain / Getty)
En guerra. Helicópteros de combate en Vietnam en el año 1967 durante la operación Pershing, dedicada a la búsqueda y destrucción en la llanura de Bong Son y el valle An Lao en el sur del país. Los soldados esperan la nueva oleada de helicópteros (Patrick Christain / Getty)

Autor: Justo Barranco Barcelona

Fuente: La Vanguardia, 25/05/2019

Muchos nos equivocamos en Vietnam pensando que porque los americanos no eran los buenos, los otros tenían que serlo”, recuerda el historiador británico Max Hastings. No lo eran. El autor de libros como Armagedón. La derrota de Alemania , aborda ahora una guerra que vivió de primera mano: la del Vietnam, donde fue joven corresponsal de la BBC.

Allí vio atrocidades por parte de los americanos y dos gobiernos crueles e incompetentes al norte y sur del Vietnam. Una historia que, tras cientos de entrevistas y de escarbar en numerosos documentos, plasma en La guerra de VietnamUna tragedia épica 1945-1975(Crítica).

Equivocación histórica

“Erramos pensando que como los americanos no eran los buenos, los otros tenían que serlo”

Hastings (Londres, 1945)explica en una entrevista telefónica que comenzó a escribir el libro por tres razones: Primero, porque la mayoría de libros sobre la guerra eran de estadounidenses y la trataban como una guerra americana, “y fue una tragedia asiática, con dos millones, quizá tres millones de vietnamitas, muertos. Cuarenta vietnamitas por estadounidense. Quería poder contar la historia de los vietnamitas”. En segundo lugar, añade, “la guerra me causó una impresión tremenda como corresponsal joven y estúpido. Y quería volver a mirarla”. Y tercero, “porque en los sesenta y los setenta todos nos dábamos cuenta de que la guerra era un desastre y EE.UU. no podían ganar, y además luchaban de manera terrible”, y de ahí nació el error de pensar que los norvietnamitas tenían que ser los buenos. “Una de las cosas más importantes que intento establecer en mi libro son las cosas horrorosas que los estadounidenses realizaron, pero también las de los comunistas. Yo quedé anonadado por cómo los americanos lanzaban misiles por el campo indiferentes a quien hubiera debajo, fueran tropas o campesinos. Pero también relato cómo los comunistas para imponer su ideología infligieron un sufrimiento terrible a los vietnamitas. Cuando la guerra acabó en 1975, muchos pensaban en el sur que nada podía ser peor que el régimen de Saigón apoyado por los americanos. Tras vivir el gobierno comunista cambiaron de opinión”.

El joven corresponsal de guerra Max Hastings (derecha) en Vietnam, donde informaba para la BBC y de donde fue evacuado al final de la contienda desde la embajada americana
El joven corresponsal de guerra Max Hastings (derecha) en Vietnam, donde informaba para la BBC y de donde fue evacuado al final de la contienda desde la embajada americana (MAXHASTINGS.COM)

Hastings prosigue: “La mayoría de las guerras, y lo aprendes tras muchos años de escribir sobre ellas, no tienen causas absolutamente buenas o malvadas. En Vietnam, cuando llegué en el año setenta, estaba muy sorprendido de que los americanos no merecieran ganar, pero no creo que la otra parte mereciera ganar tampoco. Sientes una enorme piedad por los millones de personas que tienen que sufrirlas cuando ambas partes cometen actos espantosos”. En ese sentido, recuerda la crueldad de los norvietnamitas. “En casi todas las batallas morían más vietnamitas pero a Le Duan, el fanático que regía Vietnam del Norte, no le importaba. Estaba determinado a la victoria a cualquier coste. Su crueldad era increíble. Hay momentos en los sesenta en los que Ho Chi Minh habría aceptado una paz de compromiso. Entonces pensábamos que él estaba al mando. Pero no, y fue Le Duan el que dijo que ningún acuerdo, sólo aceptarían la victoria total”.

Odio a los extranjeros

“Los norvietnamitas ganaron porque eran vietnamitas y los estadounidenses no”

Además Occidente no se enteraba de nada. “Todo el mundo, incluida la Casa Blanca, estaba convencida hasta el final de la guerra de que esta se luchaba por los norvietnamitas a las órdenes de Mao y Breznev. Ahora sabemos que los rusos estaban muy disgustados con la guerra. Y los chinos no estaban contentos. Recordaban Corea. Los americanos desesperados podrían usar armas nucleares o invadir Vietnam del Norte y tendrían al ejército americano en su frontera. Pero en ese periodo Rusia y China luchaban por el liderazgo del mundo comunista y se vieron obligados a asistir al Norte y su gobierno fue muy inteligente. Pero los rusos estacionados en Vietnam vivieron un tiempo terrible, no se les permitía hablar con civiles o viajar libremente. Nunca confiaron en ellos. Los vietnamitas odiaban a los extranjeros de cualquier tipo”.

De hecho, el historiador asegura que “la principal razón por la que los norvietnamitas ganaron es que eran vietnamitas y los estadounidenses no. Y los estadounidenses, y los británicos, en las guerras desde 1945 nunca han sido buenos identificándose con las culturas locales. La gran lección del Vietnam es que no importa cuántas batallas ganas. No significan nada a menos que tengas algún compromiso social, cultural y político con la sociedad local. No existió en Vietnam, ni Afganistán, ni Siria, ni Irak”.

Si el gobierno del Norte era cruel, el del Sur no era de carmelitas. “Ngo Dinh Diem, el dictador del Sur, era un títere americano. Una figura curiosa. Tenía ciertas cualidades, era un patriota apasionado y también un católico fanático en un país budista. Si pudiera haber gobernado un poco mejor podría haber tenido éxito como en Corea del Sur, donde tras la guerra rigió un terrible dictador títere pero dio lugar a la democracia y hoy es un país exitoso. Pero él promovió a católicos a expensas de los budistas y dio a su familia, gente terrible, una autoridad extraordinaria para la opresión y para explotar el país para hacer dinero. Al final, los americanos se convencieron de que con él el país no podía prosperar y permitieron a sus generales matarle. Una vez fueron cómplices de su asesinato perdieron cualquier posición moral. Tras Diem los americanos apoyaron a una sucesión de generales que los vietnamitas, a los que no les gustaban los extranjeros, veían que no podían despertarse sin preguntar a los americanos”.

Para Occidente también hay mucha estopa. “Si De Gaulle hubiera sido inteligente habría visto que en 1945 no había manera de que los franceses mantuvieran Vietnam como colonia. Pero Francia estaba tan humillada por la derrota de 1940 que no negociaron con los comunistas vietnamitas y comenzaron diez años de guerra hasta perderla”, señala. Hastings cuenta que los americanos pagaron esa guerra. “Los franceses estaban arruinados. En 1951 ya se dieron cuenta de que no podían ganar y fueron los americanos los que se obsesionaron con hacerlo. Les parecía una batalla muy importante en la guerra fría y para 1952 cada proyectil y cada bomba de los franceses lo pagaban los americanos. Había tropas francesas con cascos, jeeps, aeronaves y armas americanos. Cuando las tropas americanas llegaron años más tarde, los campesinos vietnamitas pensaron que eran la misma gente”.

Sobre los estadounidenses, Hastings dice que hay que recordar la circunstancia histórica: “Apoyaban terribles regímenes en América del Sur sólo porque eran anticomunistas. Con Diem en Vietnam pensaron que tenía un régimen corrupto y cruel pero no peor que muchos de los sudamericanos. Por qué debía caer”. Luego, sigue, “en cada momento los líderes americanos tomaban las decisiones no por lo que fuera mejor para los vietnamitas sino sobre todo para los políticos americanos. Johnson en cada momento pensaba cómo afectaría a sus posibilidades de ser reelegido. Nixon y Kissinger, al tomar posesión en 1969, sabían que la guerra estaba perdida. Pero siguieron presidiendo sobre decenas de miles de personas muriendo pensando en qué podía soportar el electorado americano. EE.UU. tenía un orgullo inmenso por haber ganado la Segunda Guerra. Ningún presidente se sintió capaz de decirle a la gente que no podían hacer las cosas como quisieran. Y fue un trauma terrible para los estadounidenses ver los límites de su poder”, concluye.

Pacto de Varsovia: Fecha, lugar, función y resumen.

 

pacto-emblema

Autor:  Luis Martin Millan

Fuente: geopolítica.es21/04/2019.

Cada año que pasa el mundo va escribiendo su propia historia, hallazgos, logros y grandes obras abundan a lo largo de ella, pero también desacuerdos y pactos que unieron a algunas naciones por un sentido común. Un ejemplo de esto es el Pacto de Varsovia, aprende sobre este acuerdo internacional del siglo pasado, y un resumen de lo que significó para las naciones, aquí.

¿Qué es el Pacto de Varsovia?

El pacto de Varsovia fue llamado de esa forma en honor a la capital de Polonia, lugar donde fue firmado el acuerdo de cooperación militar. El diseño del pacto ha sido argumentado por el liderazgo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el cual tiene como propósito contrarrestar la amenaza de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN),  y especialmente la restructuración de la República Federal Alemana, a la que los Acuerdos de París permitían reorganizar sus fuerzas armadas. Unos 36 años más tarde fue disuelto el pacto el 1 de julio de 1991, como se encentra actualmente.

Origen e historia del Pacto de Varsovia

El Pacto de Varsovia tuvo lugar para el tiempo de la segunda guerra mundial, fe un instrumento creado en la pugna entre los bloques occidental y oriental, que surgieron para el momento de la guerra. Su límite coincidía en términos globales con las líneas de demarcación pactadas en las cumbres que Roosevelt, Churchill y Stalin habían sostenido entre 1943 y 1945, con muy pocas dudas sobre el territorio alemán y austríaco que se solventaron en la partición del primero y la retirada de todas las fuerzas del segundo.

Los integrantes del Pacto de Varsovia fueron:

 La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas

La República Popular de Albania

La República Democrática Alemana

La República Popular de Bulgaria

La República Socialista de Checoslovaquia

La República Popular de Hungría

La República Popular de Polonia

La República Socialista de Rumanía

¿Cuándo se realizó el Pacto de Varsovia?

El pacto de Varsovia también se le conoce como Tratado de Amistad, Colaboración y Asistencia Mutua, pero más popularmente llamado así por el nombre de la ciudad en la que fue firmado; un acuerdo de cooperación militar llevado a cabo el 14 de mayo de 1955, en el cual tuvieron participación los países del Bloque del Este.

Resumen del Pacto de Varsovia

La estrategia soviética al igual que la de los Estados Unidos, constato principalmente en asegurar su zona de influencia sin que eso llevara a una guerra abierta con el contrincante, y por otro lado se tradujo en un nivel restringido de actividad militar aun dentro de los límites territoriales.

En Hungría, las disensiones internas del partido comunista local, cuyas facciones estudiantiles hacían manifestaciones por la acción militar soviética en los incidentes de Poznań en Polonia, se mezclaron con la insurrección ultranacionalista de József Dudás para dar espacio a la sublevación, que fue reprimida por las fuerzas del Pacto.

Se ha creado el concepto de que el pacto de Varsovia fue en la práctica, un instrumento de control de la Unión Soviética sobre los estados socialistas del este de Europa a fin de impedir que salieran de su égida.

Algunos países que intentaron dejar el Pacto fueron aplastados militarmente, como por ejemplo la Revolución de Hungría, cuando en octubre de 1956, el Ejército Rojo, refugiándose en las previsiones del Pacto de Varsovia, entró en Hungría y acabó con un incipiente levantamiento anticomunista en apenas dos semanas.

Las fuerzas del Pacto de Varsovia fueron usadas en contra de alguno de sus miembros, como en 1968, durante la Primavera de Praga, cuando invadieron Checoslovaquia para destruir las reformas flexibilizadoras que estaba dando frente el gobierno, catalogadas por la URSS como tendientes a destruir el socialismo.

Aunque los miembros de la OTAN y los del Pacto de Varsovia no se enfrentaron en ningún conflicto armado, mantuvieron activa por más de 35 años la Guerra Fría.

Los nuevos gobiernos del este menos partidarios al pacto de Varsovia, fueron anunciando y retirándose del acuerdo entre ellos Checoslovaquia, Bulgaria, Hungría y Polonia en 1991.

República Checa, Hungría y Polonia, antiguos miembros del Pacto, se unen a la OTAN en 1999. Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia lo hicieron en marzo de 2004. Albania y Croacia lo hicieron en abril de 2009.

Objetivos y funciones del Pacto de Varsovia

Los países miembros al pacto de Varsovia llegaron al acuerdo, con términos parecidos a los que usa  la Organización del Tratado del Atlántico Norte OTAN, los siguientes fundamentos en sus principales artículos:

Art. 3, la cooperación en tareas de mantenimiento de la paz, la inmediata organización en caso de ataque previsible.

Art. 4, la defensa mutua en caso de que alguno de los miembros fuera atacado.

Art. 5, el establecimiento de un Estado Mayor conjunto para coordinar los esfuerzos nacionales.

Art. 9, el Pacto no hacía referencia directa al régimen de gobierno de los miembros; declarándose abierto a “todos los Estados”, con el único requisito de la unanimidad de los restantes signatarios en su admisión.

El pacto a su vez establecía una vigencia de 20 años renovables, así como también la libertad de revocarlo para cada uno de las naciones miembro. Fue firmado en cuatro ejemplares, a saber en ruso, polaco, alemán y checo.

La batalla de Stalingrado en imágenes.

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Rasputitsa
Soldados de la Wehrmacht tirando de un coche embarrado, noviembre de 1941. La rasputitsa desempeñó un papel crucial durante las diferentes guerras en Rusia, particularmente en la Segunda Guerra Mundial donde la Blitzkrieg fue casi detenida por el lodo, haciendo los tanques más poderosos prácticamente inutilizables.
Foto: German Federal Archives

Autor: Héctor Rodríguez

Fuente: National Geographic, 13/06/2018.

La primavera de 1942 en el frente oriental se había presentado mucho más tranquila que el año anterior. La escasez de recursos, el agotamiento de ambos contendientes, y un invierno especialmente duro al que seguía el correspondiente periodo de deshielo y embarramiento al que los rusos conocen como rasputisa, y que hace el terreno difícilmente transitable, hicieron que la guerra se tomara un pequeño respiro.

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Operaciones aéreas
Bombardeo aéreo de la Luftwaffe alemana sobre Stalingrado en septiembre de 1942.
Foto: German Federal Archives

No obstante, las batallas que se libraron durante los años 1942 y 1943, resultaron decisivas en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Así, fue en 1942 cuando el ejército alemán se planteo el dilema de dar el golpe de gracia la Unión Soviética antes de que Estados Unidos pudiera movilizar sus recursos económicos y militares. El 28 de junio del mismo año, Hitler pondría en marcha la que se conoció como la Operación Azul, cuyo objetivo se centró en las riquezas minerales y petrolíferas de Ucrania y el Caúcaso. Entre las contingencias estratégicas se encontraba la ciudad de Stalingrado, cuya conquista pretendía cortar el suministro de recursos del ejército rojo.

Stalin prefería ceder terreno a enfrentarse con los nazis en una batalla perdida de antemano.

Convencidos de que el ataque se produciría sobre Moscú de forma inminente, la ofensiva que los alemanes desplegaron por todo frente ucraniano cogió a los soviéticos completamente por sorpresa. De este modo, en una maniobra más que usual, el Ejercito Rojo se replegó. Los alemanes se internaban imparables en el corazón de Europa, sin embargo no hicieron otra cosa que conquistar territorio desierto.

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Stalingrado Sur
Mapa de ejercito alemán del flanco sur de la ciudad de Stalingrado, 1942.
Foto.: Library of Congress Geography and Map Division Washington

Stalin prefería ceder terreno a enfrentarse con los nazis en una batalla perdida de antemano. La progresión de los segundos avanzaba por el Caúcaso, no obstante las largas distancias que dificultaban el abastecimiento de suministros y las montañas hicieron que nunca llegaran a alzanzar los pozos petrolíferos con los que pretendían hacerse. Fue sí que Hitler pronto decidió, el 19 de junio de 1942, poner rumbo hacia Stalingrado.

La batalla comenzaría el 23 de agosto de 1942 y enfrentó al Ejército Rojo de la Unión Soviética y la Wehrmacht de la Alemania nazi y sus aliados del Eje por el control de la ciudad, la cual tenía una importante industria militar y se establecía como un importante nudo de comunicaciones ferroviarias. La urbe se extendía a lo largo de la orilla occidental del Volga y carecía de puentes para cruzar el río.

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Aliados nazis
Soldados del ejercito rumano, aliado del ejército de Alemania, en el frente de la ciudad de Stalingrado. Tropas rumanas, húngaras e italianas apoyaron la ofensiva del los nazis sobre la Unión Soviética.
Foto: German Federal Archives / Lechner

Poco antes, el 19 de julio Stalin ordenó que Stalingrado quedase en estado de sitio total, no permitiendo la salida de civiles, y disponiendo que se comenzaran los preparativos para resistir ante los alemanes, que se acercaban. Preocupado por el avance alemán hacia el Volga, que podía dividir a Rusia en dos, días despues, el 28 de julio, Stalin emitió la famosa orden 227, pronto conocida como la orden «¡Ni un paso atrás!«, por la que se prohibió la rendición bajo cualquier concepto, y se formó una linea de infantería en retaguardia con órdenes de fusilar a todo soldado o civil que retrocediese sin permiso. El 23 de agosto se acercaba y la batalla acechaba en el horizonte de la actual Volgogrado.

Como se preveía la lucha resulto terrible. Las tropas del Fürher llegaron a la ciudad, al frente de cuya defensa se encontraban los generales soviéticos Emerenko y Chuikov, y ante los que se tuvieron que enfrentar en un tipo de guerra hasta entonces desconocido para ellos: la lucha en una ciudad en ruinas y contra un enemigo que se conocía cada palmo del terreno.

Hitler, llegó a anunciar la conquista de Stalingrado el 8 de noviembre

Los soviéticos recibieron numerosas pérdidas, sin embargo a las orillas del Volga llegaban nuevos refuerzos cada noche. La situación parecía aun peor para Wehrmacht alemana, que contaba con un número aún más alto de bajas y pérdidas de armamento, pero que sin embargo parecía hacer retroceder al Ejército Rojo. El avance fue tal que de hecho Hitler, llegó a anunciar la conquista de Stalingrado el 8 de noviembre. Pero las tornas cambiarían muy pronto.

Russland, Kampf um Stalingrad, Soldat mit MPi
Barricadas urbanas
Un militar alemán armado con un subfusil soviético PPSh-41 vigila desde una barricada. Muchos alemanes tomaban armas soviéticas cuando las encontraban porque eran mejores para el combate en espacios cerrados.
Foto: German Federal Archives

Las tropas alemanas se encontraban flanqueadas por las de sus aliados rumanos, húngaros e italianos, mucho más débiles y peor armadas. Mientras, por el lado soviético, se estaba fraguando la que recibió el nombre de Operación Urano, mediante la cual, tras acumular tropas a ambos lados del frente alemán, se produciría el cerco al Sexto Ejercito de los nazis.

Fueron meses de sangre y pólvora que supusieron el gran punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial en Europa

En un error de cálculo y basándose en las predicciones de Göring de que la Luftwaffe alemana podría dar soporte aéreo a las tropas, Hitler ordenó que el Sexto Ejercito mantuviera las posiciones. Para ventura de los soviéticos aquellos aviones no resultaron suficiente. Una posterior ofensiva del ejercito rojo cercó por completo a las tropas alemanas, no dejando más opción mariscal Paulus, quien encabezaba a la facción nazi, de rendirse el 2 de Febrero de 1943 desaviniendo las órdenes del Fürher.

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Una ciudad destruida
Soldados soviéticos combatiendo entre las ruinas de la ciudad.
Foto: German Federal Archives

La Wehrmacht había sufrido su primera gran derrota y la balanza en el frente oriental se inclinaba a favor de la URSS por primera vez. Fueron meses de sangre y pólvora que supusieron el gran punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial en Europa, y que dió lugar al contraataque soviético e inicio del repliegue alemán. La Segunda Guerra Mundial, acababa de cambiar su rumbo.

Ver imágenes.

La masacre de Katyn.

Autor: Pedro Oña, 6/09/2018

Fuente: El Blog de Historia del Mundo Contemporáneo.

En la primavera de 1940, en el bosque de Katyn y otros lugares cercanos, los rusos, por orden directa de Stalin, ejecutaron, generalmente con un disparo en la nuca, a 21.857 soldados polacos (muchos de ellos oficiales). Lo llevóa a la práctica un escuadron de la NKVD mandado por Vasili Blonjin, un auténtico verdugo (se llegó a quejar de que le habían salido ampollas en el dedo que apretaba el gatillo después de tres días de ejecuciones continuas).

Los alemanes descubrieron las fosas el 17 abril de 1943 y lo dieron a conocer; sin embargo, la propaganda soviética, con el apoyo británico y aliado, hizo creer al mundo que los responsables habían sido los alemanes. Los aliados no querían dañar su alianza con  Stalin. El engaño continuó hasta 1992. En 1993 Yeltsin pidió disculpas al pueblo polaco y pocos años después promovió el levantamiento de monumentos en memoria de las víctimas. Con estos actos no ha acabdo el problema, en 2005 la Fiscalía Militar rusa dictaminó que los sucedido en Katyn no fue un genocidio (como exigía Polonia), sino un crimen militar ya prescrito.

“(…) Aquel genocidio pasó a la Historia como la matanza de Katyn, pero Moscú cargó el muerto durante 50 años a la Alemania hitleriana. La cronología oficial soviética mantuvo la matanza de Katyn fuera de las fronteras de su conflicto patrio, y la habría mantenido enterrada en la cuneta de la Historia, de no haber sido porque en 1990 Mijail Gorbachov la sacó de debajo de la alfombra roja durante el periodo de transparencia informativa. Hasta entonces, la Polonia comunista había cavado un foso de silencio en torno a un crimen que los polacos consideran un auténtico genocidio.
Los hombres que murieron en Katyn fueron hechos prisioneros tras la invasión soviética de Polonia en septiembre de 1939, una semana después de la firma del pacto secreto soviético-alemán Ribbentropp-Molotov, un acuerdo de no agresión que preveía con minuciosidad carnicera el ‘despiece’ y reparto de Polonia entre ambos regímenes totalitarios. El 5 de marzo de 1940 Lavrenti Beria, jefe de la policía secreta soviética o NKVD (precursor del KGB), firmó una orden para ejecutar a 25.700 polacos de los campos de Kozelsk, Ostash-kov y Starobels, así como de ciertas prisiones de Ucrania occidental y Bielorrusia. La orden, firmada por Stalin y otros miembros del Politburó, fue desclasificada y entregada por Boris Yeltsin a Polonia junto a otros documentos en 1992.

La metódica matanza en aquel bosque de Smolensk (la misma región que un año después sería arrasada por la maquinaria de guerra nazi) se consumó con pistolas alemanas Walther PPK y revólveres soviéticos Nagan. Las víctimas recibían un tiro en la nuca nada más entrar en su celda (muchos fueron asesinados en las prisiones de Kalinin y Jarkov) o bien eran ejecutadas a pie de fosa. Vasili Blojin, el verdugo en jefe del NKVD, ejecutó personalmente a 6.000 prisioneros en 28 días. El 1 de mayo fue el único día de descanso para los carniceros.
Las ejecuciones nocturnas (silenciadas por el ruido de motores o ventiladores) eran precedidas de interrogatorios sistemáticos. A los prisioneros se les convencía de que iban a ser liberados, pero en realidad en aquella entrevista estaba implícita la condena según la actitud mostrada por el prisionero hacia el gobierno soviético. La pistola utilizada en aquella ‘ruleta rusa’ estaba llena de balas. Sólo 395 prisioneros escaparon a la muerte.
La primera fosa común de Katyn fue hallada por las tropas hitlerianas en 1943, lo que marcó el inicio de un fuego cruzado de acusaciones entre Moscú y Berlín, que pugnaron por cargar a la otra parte con los 20.000 muertos. Entre las víctimas figuraban un almirante, dos generales, 24 coroneles, 654 capitanes, 43 oficiales, 200 pilotos, además de 100 escritores y periodistas, 20 profesores universitarios, etc. También había entre ellos un príncipe y una sola mujer (la hija de un coronel). Entre los muertos figuraba el capitán Jakub Wajda, padre del laureado cineasta Andrezj Wajda, que en 2007 llevó a la gran pantalla su visión de la masacre en ‘Katyn’.

Fuente: El  Mundo.

El asesinato de Trotsky.

Autores: Pablo Menendez Fernández y Nayade Libertad García Huelves, 30/08/2018

Fuente: revistadehistoria.es

El 20 de Agosto de 1940, Ramón Mercader clavó un piolet en la cabeza de Trotsky.

Mientras Mercader recibía una paliza brutal, cortesía de los guardaespaldas de Trotsky, este último gritaba:

“¡No le matéis! Tiene que decir quién le envía.”

Trotsky murió al día siguiente. ¿Por qué sucedió todo esto?

El asesinato de Trotsky

Es bien conocido el papel de Liev Davidovich Bronstein (conocido en España como León Trotsky), nacido en Ucrania en los últimos meses del año 1879 (la fecha exacta no se conoce con seguridad), en la Revolución Rusa de 1917, en la Guerra Civil Rusa, y su influencia como ideólogo y político de la URSS. Por ese motivo, el propósito de este artículo es hacer una breve semblanza de los hechos conocidos acerca de su asesinato.

El primer “punto de inflexión” que llevaría a la muerte de Trotsky es su exilio de la URSS en 1929, tras sus disputas ideológicas con Stalin y su progresiva degradación como dirigente del gobierno soviético por este motivo.

Trotsky iniciaría en los años siguientes un peregrinaje por Turquía, Francia y Noruega, hasta recalar finalmente en México en 1936, un país que ese momento estaba sufriendo un proceso de apertura bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas.

Es en este momento cuando entra en escena su asesino. Su nombre era Ramón Mercader del Río, aunque se hacía llamar Jacques Mornard. Nacido en Barcelona en Febrero de 1914, Mercader del Río provenía de una familia burguesa catalana. Su padre, Pablo Mercader, había hecho fortuna en la industria. Sin embargo, su madre, Eustaquia María Caridad del Rio Hernández, nacida en Cuba pero de origen español, tenía opiniones izquierdistas.

Caridad del Río Hernández formó parte de la GPU como agente secreto en Paris. Ramón Mercader del Rio fue miembro del Partido Socialista Unificado de Cataluña. Participó en la guerra civil española, como soldado del ejército republicano español. En 1937 viajaría a la URSS. Pronto ingresó en los servicios secretos soviéticos como infiltrado de la policía estalinista: el NKVD. Ramón Mercader pronto recibió la misión de asesinar a León Trotsky.

Una vez en México, Trotsky se instaló en la Casa Azul, propiedad de Frida Khalo y Diego Rivera, conocidos artistas de los círculos intelectuales mexicanos. La relación de Trotsky y Frida Khalo ha sido ampliamente discutida. Ambos llegaron a ser incluso amantes. En cualquier caso, durante su estancia en México, Trotsky se vio rodeado casi constantemente por admiradores y seguidores de sus ideas intelectuales. Y de este hecho se aprovecharía Ramón Mercader para cometer su crimen.

Mercader utilizaría la identidad falsa de Jacques Mornard. El servicio secreto soviético preparó un encuentro aparentemente casual con Silvia Ageloff, secretaria personal de Trotsky. Mercader inició una relación sentimental prefabricada con Ageloff, lo que, poco a poco, le permitió introducirse en los círculos más íntimos de Trotsky. Aun así el proceso fue lento. De hecho, Mercader era el “plan B” del servicio secreto soviético.

En la madrugada del 23-24 de Mayo de 1940, un grupo de pistoleros encabezado por David Alfaro Siqueiros (rival artístico e intelectual de Diego Rivera) asaltó la Casa Azul. El ataque fue repelido y, ante el fracaso de la operación, el propio Stalin dio el visto bueno a la Operación Pato.

Mornard comenzó a escribir artículos periodísticos, con el objetivo secreto de presentárselos a Trotsky para unas hipotéticas correcciones y así poder acceder a su domicilio. Y entonces sucedió lo inevitable. 20 de Agosto de 1940. Trotsky aceptó que Mornard le presentara unos manuscritos. Trotsky se acercó a una ventana para ver con claridad los papeles y entonces Mornard atacó.

Un piolet clavado en la nuca. Sangre. Gritos. Golpes. Convulsiones.

Así murió uno de los pensadores más importantes del siglo XX.

Tras el asesinato de Trotsky, Mercader del Río pasó casi veinte años en prisión. Durante este tiempo se dedicó a alfabetizar a sus compañeros de prisión. Tras su salida de la cárcel se trasladó hasta la URSS, dónde se le conocía como Ramón Pavlovich López. Recibió la distinción de Héroe de la Unión Soviética y la Medalla de Lenin.

Por extraño que pueda parecer, estos años en la URSS pasaron factura a Mercader del Río. Quizá porque fue entonces consciente de lo que significaba vivir bajo una dictadura, por mucho que la suya fuera una dictadura proletaria y su cárcel, una cárcel de oro.

Se trasladó a La Habana castrista. Murió en Octubre de 1978. Antes de desaparecer, Mercader del Río escribió una carta a Santiago Carrillo solicitando asilo político en España. Su petición fue denegada.

“Mató a Trotsky, pero malo no era”.

Eso es lo que Sara Montiel llegó a decir de Ramón Mercader, un personaje ambivalente, complejo y tan fascinante como el propio Trotsky.

Mercader no era lunático de ojos saltones con vocación de magnicida, sino un caballero culto, educado y refinado. Quizá un tanto burgués, aún a pesar de su fanatismo comunista.

Gorki, los ingenieros del alma y el nuevo hombre soviético.

Contra las vacaciones, el absentismo y la embriaguez. Por un rápido ritmo de trabajo. Cartel de 1930. (Detalle).

Autor: Javier Bilbao.

Fuente: jotdown.es

Si bien la empatía no era uno de los puntos fuertes de Stalin, no se le daba nada mal juzgar la psicología de quienes le rodeaban, ya fuera para detectar traidores o para servirse de ellos con más eficacia. A Máximo Gorki lo caló enseguida: «Es un hombre vanidoso, debemos atarle con cadenas al partido». Así, un escritor que pasó un tiempo autoexiliado de la URSS, fuera del alcance represor del régimen, alguien que había mostrado en ocasiones un criterio independiente y que pudo haberse convertido en todo un símbolo de la disidencia ante los ojos del mundo, terminó siendo pastoreado de vuelta al redil, donde tendría lugar una relación simbiótica entre el intelectual y el poder extraordinariamente provechosa para ambos. De manera que su ciudad natal Nizhny Novgorod pasó a llamarse Gorki, así como una de las principales calles moscovitas, recibió la Orden de Lenin, una mansión y una dacha junto a sustanciosos emolumentos, fue investido presidente de la Unión de Escritores Soviéticos y tras su muerte el mismo Stalin fue uno de los que portaron a hombros el ataúd (aunque durante los posteriores juicios de Moscú de 1938 se dijera que en realidad fue asesinado por el servicio secreto). Alcanzó oficialmente el estatus de «alma de la literatura soviética»… y supo corresponder de manera proporcional en su función de ideólogo y propagandista de lo que Leninllamaba el Nuevo Hombre Soviético, pues un nuevo sistema político debía ser capaz de crear un naturaleza humana a su altura. Por tanto la figura de Gorki es un buen hilo conductor para conocer las circunstancias de su época y del nuevo régimen que trajo consigo la revolución rusa. En ello nos centraremos a continuación.

Desde su nacimiento en 1868 sufrió tantas calamidades que hubiera sido un niño dickensiano de no ser porque él mismo las describió más adelante en Días de infancia. Con cuatro años perdió a su padre y con once presenció la muerte su madre, pasando a ser criado por unos abuelos y tíos que lo maltrataban, incluso llegó a apuñalar a su padrastro en cierta ocasión. De hecho el libro citado concluye con su abuelo diciéndole a los doce años «ahora, Léxei, no eres una medalla que yo me pueda colgar al cuello… Ya no tengo sitio para ti… Sal al mundo. Y salí al mundo». Y salió y lo que encontró fue aún peor si cabe, deambulando por diferentes trabajos hasta que con diecinueve años, tras ser despedido como pinche de cocina de un barco, intentó suicidarse de un disparo sin que la bala llegara al corazón.

Todas esas duras vivencias que fue acumulando se convirtieron poco a poco en material literario que publicó con creciente éxito bajo el seudónimo de «Amargo» (Gorki, en ruso). Para comienzos del siglo XX ya era toda una figura pública, conocido tanto por su obra como por su activismo contra el régimen zarista. La represión ejercida por este hizo que Gorki fuera radicalizando su postura, lo que le llevó a trabar amistad con Lenina quien definió certeramente como «una guillotina pensante», y a continuación a exiliarse primero a Estados Unidos (donde escribió La madre, a la que luego volveremos) y posteriormente a Italia.

Tras su regreso a Rusia en 1913 continuó conspirando contra el poder, aunque en el momento en el que llega la revolución teme la violencia que está desatando, considera que Lenin y Trotski «no tienen ni la más remota idea de lo que significa la libertad o los derechos humanos, están ya intoxicados por el nauseabundo veneno del poder» y los califica de «incendiarios que someten al pueblo ruso a un cruel experimento». Incluso llega a organizar guardias junto a otros intelectuales frente a monumentos y palacios para proteger ese legado cultural de la barbarie de las masas. A continuación llega la guerra civil y en una sociedad empobrecida ejerce una actividad filantrópica con diversos escritores y artistas que se le acercan pidiendo ayuda, les proporciona dinero o intercede por ellos ante las implacables autoridades que los persiguen. En 1921, por motivos de salud, además de por ciertas presiones de Lenin («Me veo obligado a decirte: cambia radicalmente de circunstancias, de ambiente, de domicilio, de ocupación; de lo contrario, la vida te asqueará eternamente») regresa a Italia, donde permanecerá los años siguientes.

Allí recibía a sus amigos y vivía plácidamente en compañía de varias personas entre las que se incluían su amante, un secretario personal y su hijo adoptivo Maxim Peshkov. Posteriormente circularon rumores de que ese hijo fue seducido por un homosexual y ese sería supuestamente el motivo por el que años después, en 1934, al tiempo que Stalin proclamó una ley que prohibía esta práctica, Gorki escribiera «exterminad a los homosexuales y el fascismo desaparecerá. En los países fascistas la homosexualidad, que arruina a la juventud, florece sin castigo». Respecto al sexo heterosexual no mantenía la misma intransigencia, aunque le incomodaba que se tratase en público. Consideraba que debía mantenerse como un misterio: «Hay demasiadas ventanas abiertas», decía, de manera que la gente ya no confiaba en su intuición y todos los secretos humanos «han sido expuestos y aireados incluso en torno al sexo».

Esa actitud hacia la sexualidad coincidía con una de las dos corrientes que compitieron en la sociedad rusa durante los años veinte, la hedonista y la ascética podríamos denominarlas, hasta que finalmente se impuso la segunda. Inicialmente la llegada de la revolución trajo consigo una liberación de las costumbres, la legalización del divorcio y el aborto, e incluso el rechazo a toda forma de romanticismo. En un relato de Panteleimon Romanov de 1926 se decía «nosotros no tenemos amor, solo relaciones sexuales, porque despreciamos el amor como “psicología”, mientras que solo la fisiología tiene derecho a existir. Las chicas fácilmente se van juntas con sus camaradas masculinos, por una semana, por un mes, o espontáneamente por una noche. Y cualquiera que vaya en busca de algo más en el amor es ridiculizado como un idiota y una persona mentalmente deficiente».

Pero el propio Lenin rechazaba las teorías sobre amor libre como un pasatiempo con el que divagaban los intelectuales, eran algo además que podían desestabilizar la sociedad y hacer peligrar su reemplazo demográfico, así que al mismo tiempo surgieron teorías como las del psiquiatra Zalkind Arón Borissovich, quien propuso nada menos que «Los doce mandamientos del sexo revolucionario». En ellos se rechazaba la promiscuidad, la frecuencia excesiva, las perversiones, la coquetería, la precocidad o los celos y se reivindicaba la importancia de la concepción de un hijo como fin último. La recomendación favorita de las autoridades era clara: sublimar la energía sexual en el trabajo. El acelerado proceso de industrialización supuso adaptar a los hasta entonces campesinos a una actividad laboral diferente a la que estaban acostumbrados; el nuevo hombre soviético debía ser productivo y el consumo de alcohol, la lujuria, las festividades religiosas, el egoísmo y la indisciplina eran los demonios internos de los que exorcizar su alma.

Pero prosigamos con Gorki. Para 1928 contaba ya con sesenta años y quien gobernaba por entonces la URSS, Stalin, pensó que sería una buena idea traerlo de nuevo al país. La nostalgia hacía mella en él y sufría ciertos apuros económicos, así que quizá no hubiese que insistir demasiado. Pese a todo, varios agentes secretos recibieron la misión de enviarle cartas fingiendo ser admiradores de toda edad y condición que le preguntaban insistentemente cómo podía preferir vivir en la Italia fascista antes que en la Rusia socialista. Nuestro escritor tonto no era y algo se maliciaba, pues según comentó con un amigo «yo me carteo con esos niños y, por cada carta que les envío, recibo veintidós. Coincide exactamente con el número de tutores de los distintos departamentos. Curioso, ¿verdad?». Así que ese año inició una serie de cinco viajes hasta terminar instalándose definitivamente de vuelta. El recibimiento fue espectacular, fue todo un éxito propagandístico del régimen con alguien que de otra forma hubiera podido ser peligroso y Gorki… se dejó querer.

Gorki junto a Stalin, 1931. DP.

A partir de ahí abandonó cualquier escrúpulo moral. Al año siguiente, sin ir más lejos, se prestó a una visita guiada al gulag de Solovki con el fin de desacreditar un libro inglés en el que se describía en los tonos más crudos. Para recibirlo el centro se convirtió en lo que se conoce como una «aldea Potemkin», que viene a ser como lo que hizo Villar del Río para recibir a los americanos en la película de Berlanga. Él fue consciente de ello, pues según cuenta Solzhenitsyn los presos, como sutil forma de protesta, fingían leer los periódicos que momentos antes se les habían dado, pero lo hacían sujetándolos al revés, así que Gorki se acercó a uno de ellos y le dio la vuelta sin intercambiar palabra. También pudo mantener una conversación en privado con un cautivo, que le relató diversas formas de tortura a las que eran sometidos, y al parecer el escritor salió de la reunión con lágrimas en los ojos. Todo ello no le impidió deshacerse en elogios en la dedicatoria que dejó en el libro de visitas, tal vez revestida de cierta ironía que en todo caso no molestó a las autoridades. En otras ocasiones fue él mismo el organizador de actos para el régimen, como en 1932, cuando reunió en su casa a una serie de escritores que consideraba representativos de lo que debía ser el espíritu soviético en una cena que tuvo como invitado honorífico al mismo Stalin, quien les dedicó este brindis:

Nuestros tanques son inútiles cuando quienes los conducen son almas de barro. Por eso afirmo que la producción de almas es más importante que la producción de tanques. Alguien acaba de observar que los escritores no deben permanecer inactivos, que deben conocer la vida de su país. La vida transforma al ser humano y vosotros tenéis que colaborar en la transformación de su alma. La producción de almas humanas es de suma importancia. ¡Y por eso alzo mi copa y brindo por vosotros, escritores, ingenieros del alma!

Las utopías políticas, desde Platón, siempre han sido conscientes del obstáculo fundamental que expresa bien un dicho anglosajón: «Puedes llevar al caballo al abrevadero, pero no puedes hacerle beber». De poco sirve cambiar radicalmente las estructuras sociales si no cambias también a las personas, pues si no repetirán bajo ese nuevo modelo los viejos vicios. La esperanza del régimen soviético, como vemos, estaba depositada en el ámbito de la cultura. Los novelistas, artistas y cineastas, como modernos Pigmalión, debían esculpir un nuevo hombre que antepusiera el interés colectivo al individual, el futuro al presente y la obediencia a la autoridad antes que a su propio criterio. Para ello debían crear modelos de conducta, ejemplos morales, y el más destacado de todos ellos fue el de la obra La madre, esa que mencionamos anteriormente en relación al primer exilio de Gorki y que llegó a ser la cúspide del llamado realismo socialista.

Su historia podemos verla en la versión cinematográfica que se rodó en 1926 que se encuentra bajo estas líneas. En una familia el padre, un viejo borracho huraño y maltratador (el proletario alienado del pasado) encarna lo opuesta a su hijo, un comprometido sindicalista, cuando acepta ponerse del lado de la patronal durante una huelga. En los enfrentamientos el padre muere y la policía del zar acude a su casa para detener al hijo, sospechoso de haber encabezado los disturbios. La madre no quiere quedarse además de viuda sin hijo, así que se presta ingenuamente a colaborar con la autoridad. Pero el sistema está podrido hasta sus cimientos y los jueces no entienden de justicia, así que el hijo es finalmente condenado ante la mirada angustiada de una madre que toma conciencia de que lo ha traicionado sin pretenderlo. Ahora sabe que él tenía razón, de manera que son los padres quienes deben aprender de los hijos y estos deben estar dispuestos a repudiar a sus padres. Hay que romper la tradición, nos dice Gorki, antes de rematar la historia con un desgarrador final que nos muestra a madre e hijo como mártires de la causa revolucionaria. Y aquí la expresión «mártir» no es gratuita, pues lo irónico de todo esto es que el escritor encontró la inspiración en la iglesia ortodoxa rusa, en las vidas de santos y en el propio sacrificio de Cristo. Es algo que no deja de tener su gracia si tenemos en cuenta la ola antirreligiosa que sacudió el país desde comienzos de los años veinte, aquí podemos ver una serie de carteles ateos de la época bastante curiosos.

Por su parte, Gorki cada vez estaba más inmerso en su papel de padrino de las letras soviéticas. Al año siguiente de aquella cena en su casa, en 1933, lideró una expedición de ciento veinte escritores escogidos por él mismo para ver de cerca un método de transformación del alma más drástico: la reeducación mediante el trabajo del gulag. Concretamente debían dar cuenta de la construcción del canal Belomor, una gigantesca excavación que uniría el mar Báltico y el mar Blanco, cerca de la frontera con Finlandia, para la que se requirieron más de ciento veinte mil prisioneros que trabajaron en condiciones excepcionalmente duras, pues se estima que en torno a la décima parte de ellos murió en las obras. ¿Su delito? En unos casos eran presos comunes y en otros la disidencia política de cualquier tipo. De hecho circulaba una broma al respecto por entonces: «¿Quién cavó el canal? La parte derecha los que contaban chistes, y la izquierda, los que los escuchaban». El canal al final no tuvo la profundidad suficiente para ser utilizable por la mayoría de los barcos mercantes, pero lo importante era su uso propagandístico y para ello Gorki publicó Belomor, una selección de historias narradas por ese grupo de escritores que tomaban las vidas de aquellos trabajadores del gulag como ejemplos de superación.

Naturalmente, la propaganda no podía limitarse a un libro por prestigioso que fuera su responsable, y también contó con una película documental que puede verse aquí. Lo cual nos lleva a la importancia que el régimen soviético dio al cine. Trotski fue el primero en verlo: «Esta arma, que está pidiendo a gritos ser utilizada, es el mejor instrumento de propaganda técnica, educativa e industrial, propaganda contra el alcohol, propaganda para el saneamiento, cualquier tipo de propaganda que desees, una propaganda que es accesible a todos». Bien, la propaganda es necesaria para que la gente se adapte al sistema y no a la inversa, y el cine es una herramienta de propaganda muy útil, al facilitar la llegada del mensaje a todos, de acuerdo. Pero esto nos lleva de nuevo al problema de hacer beber al caballo del abrevadero. ¿Cómo lograr que la gente desee ver esas películas propagandísticas? Ahí entra el juego el talento artístico, la necesidad de contar con el espectador no ya como un receptor puramente pasivo sino como alguien que demanda ciertas emociones, narraciones y personajes que conecten con sus intereses. La propaganda en estado puro no es eficaz, tal como descubrieron algunos cineastas. Tal como señala Peter Kenez en Cinema and Soviet Society:

Ante el bajo número de películas que se hicieron con contenido dramático uno sospecha que los directores encontraron difícil hacer interesantes las películas sobre ese tema y por tanto procuraron evitarlas. Puede ser, aunque no lo podemos saber con certeza, que las audiencias prefirieran otros asuntos. Los trabajadores no querían verse a sí mismos en su tiempo libre. Ellos querían héroes más grandes que la vida, y contrariamente a la ideología eso no encaja bien en un ambiente de fábrica.

Para ello una buena opción es la de evitar la competencia extranjera. Prohibiendo o limitando el cine de otros países, particularmente de Hollywood, al final el espectador no tenía muchas más opciones de entretenimiento. Y si, por ejemplo, un género como el wéstern tenía mucho éxito fuera de las fronteras, siempre cabía hacer una adaptación en forma de «ostern»Así que con mayor o menor sutileza, de una u otra forma, la fórmula propagandística que se intentaba inyectar era fácilmente distinguible y emparentaba directamente con la novela. Giraba siempre en torno a la toma de conciencia del protagonista (lo que ahora los anglosajones en otro contexto político llaman «redpilling», remitiendo a Matrix) y tenía con frecuencia tres figuras arquetípicas, cada una con sus cualidades morales y psicológicas: el líder del partido, el hombre corriente y el enemigo. Un ejemplo curioso, visto hoy en día, lo tenemos en la comedia musical estalinista Tanya, cuyo director, Grigori Aleksandrov, tuvo trato directo con Stalin… y con Gorki, por supuesto, pues todos los caminos llevan a él. La historia es una versión libre de Cenicienta, con una empleada de una fábrica textil que a base de disciplina estajanovista logra ascender en el partido hasta llegar a hacer realidad sus sueños, esto es, ser miembro del Soviet Supremo. Merece la pena ver en particular esta escena con un coche volador mientras canta las grandezas de la URSS; ya sabemos donde se encontró la inspiración para cierto momento de Harry Potter y la cámara secreta

Retomando de nuevo a nuestro escritor, encontramos que pasa otro año, ya en 1934, y llega a su punto álgido como paladín de las letras y de la propaganda rusa: su nombramiento como presidente de la Unión de Escritores Soviéticos, cuyo primer congreso durará poco más de dos semanas. En su discurso inaugural, además de definir las vías por las que debía transitar el realismo socialista, Gorki retomó la expresión de «ingenieros del alma» para sí mismo y sus colegas. Él fue la gran estrella de un evento generoso en aplausos y en halagos a su persona. Quedaban muy lejos ya aquellos días de la infancia y adolescencia en los que tanto sufrió, aquel momento en que intentó suicidarse… aunque ahora en realidad la muerte acechaba más cerca que nunca.

En mayo de 1935 el avión más grande su tiempo, llamado Máximo Gorki, se estrelló en lo que podía entenderse como un mal augurio (curiosamente se trataba de un avión dedicado a la propaganda, con una imprenta a bordo y grandes altavoces en su fuselaje). En junio de 1936 la tuberculosis crónica que aquejaba a Gorki se agravó de forma que apenas podía salir de la cama. Pero quería seguir al tanto de la actualidad y dado su estado se decidió hacer con él algo parecido a lo que pudimos ver en la película Good Bye, Lenin!; para ello se editaron ejemplares del Pradva específicamente para él en los que se retiraron las malas noticias y se potenció su tono optimista. No sabemos si eso le mejoró el ánimo, pero desde luego no la salud, dado que fallece el 18 de ese mes.

Tras su muerte, entre sus papeles se encontraron textos extraordinariamente críticos con Stalin, a quien definía como una pulga gigante «con una sed insaciable de sangre de la humanidad». Quién iba a decir que hasta el más oficial de todos los escritores tendría pensamientos prohibidos, crimentales. Como gran zar de las letras soviéticas se ve que quiso cultivar todos los géneros, incluso el llamado«escribir para el cajón», tan practicado por otros escritores coetáneos y que solo verían la luz varias décadas después. ¿Por qué entonces había regresado de su exilio italiano y se había prestado a toda esa mascarada? Puede que, como dijo Stalin, se tratara de un hombre vanidoso y ese vicio —el pecado favorito del diablo, según aquella película donde lo interpretaba Al Pacino—  no hay ingeniería del alma que lo arregle.