En la imagen: un grupo de agentes de la Unión Soviética se mantiene custodiando unos restos. Se trata de una escena triste y el final de un personaje histórico de la carrera espacial internacional. Vladimir Komarov fue el primer cosmonauta de ese país en volar al espacio exterior en más de una oportunidad. También fue el primer ser humano en morir en una misión espacial.
Junto con Yuri Gagarin, quien se convirtió en el primer ser humano en alcanzar el espacio exterior, Komarov dedicó su vida a la aviación y se hicieron grande amigos. En el año 1967 tanto Komarov como Gagarin fueron asignados a la misma misión en la órbita terrestre. Los 2 estaban al tanto de que la cápsula espacial no garantizaba un vuelo seguro. Komarov afirmó entre sus amigos que era muy probable que falleciera en el vuelo. No obstante, nunca desistió debido a que no quería de Gagarin muriera. Quien fuera su amigo sería su reemplazo.
Misión complicada
Meses antes el líder de la Unión Soviética, Leonid Brezhnev, propuso realizar una misión que sería una cita entre 2 naves espaciales.
El plan a ejecutar era el siguiente: lanzar la cápsula Soyuz 1 con Komarov en su interior. Un día después lanzar un segundo vehículo con otros 2 cosmonautas. La idea era que ambas naves se encontraran. Para ello Komarov iría de una nave a otra e intercambiaría lugares con uno de sus colegas para luego volver a casa en la segunda cápsula.
Vladimir Komarov estaba entre los mejores amigos de Gagarin. Aquí se los ve cazando juntos.
Lo que deseaba Brezhnev era celebrar un triunfo en medio del 50 aniversario de la revolución comunista. El líder dejó claro que la misión debía realizarse sin ningún tipo de negativa.
El deseo de Brezhnev enfrentaba diversos problemas. Gagarin, quien ya era un héroe en su país, y un grupo de especialistas evaluaron la Soyuz 1 y encontraron más de 200 problemas serios en la estructura de la máquina. En resumen, la cápsula era muy peligrosa para navegar en el espacio. Para Gagarin la misión debía al menos posponerse.
En un intento para que esto sucediera, Gagarin redactó un memo de 10 páginas y se lo entregó a su mejor amigo en la KGB, V. Russayev. Nadie quien tuvo conocimiento del memo se atrevió a enviarlo a la cadena de mando. De hecho, los militares o agentes que tuvieron acceso al documento fueron enviados a Siberia, degradados o despedidos. A 1 mes para el lanzamiento, Komarov se percató que la suspensión no sería algo viable. Entonces decidió reunirse con el ya degradado agente Russayev y le mencionó: “No regresaré de ese vuelo. Si me niego a volar entonces enviarán al piloto de respaldo”. Ese era Yuri Gagarin.
Día del lanzamiento
El 23 de abril de 1967 sería el lanzamiento. Ese día un periodista local dio a conocer que Gagarin llegó al lugar y exigió colocarse un traje espacial. Su actitud fue catalogada como un “capricho repentino”. Muchos pensaron que estaba tratando de salvar a su amigo de una muerte segura.
Al final la nave despegó con Komarov a bordo.
Nave espacial Soyuz 1 (representación artística), el sitio del accidente y Vladimir Komarov.
Una vez que la Soyuz inició su órbita sobre la Tierra los problemas comenzaron a aparecer. El primero fue que las antenas no abrieron de la forma correcta, lo que dejó sin energía eléctrica a la nave limitando la función de los equipos de navegación. Esto produjo que el lanzamiento del día siguiente fuera cancelado. Lo peor era que las posibilidades de que Komarov regresara con vida disminuían a cada hora.
Otros problemas que se presentaron fue la degeneración del sistema de control térmico, las comunicaciones con la Tierra eran irregulares y la nula orientación astronómica debido a la falta de energía eléctrica. En pocas palabras, había que regresar a Komarov en la primera oportunidad posible.
Durante unas 5 horas Komarov intentó sin éxito orientar el módulo. No obstante, a pesar de sus esfuerzos lo peor estaba por llegar. La nave reingresó a la atmósfera terrestre, pero cuando la cabina descendía, el paracaídas principal tuvo un despliegue errado, mientras que el segundo quedó enredado. Los 2 fallos fueron advertidos por Gagarin en el memo que había escrito.
Último minutos antes de morir
Komarov, sabiendo que iba a morir, se comunicó con los oficiales de control en Tierra. Alexei Kosygin, quien para ese entonces era el primer ministro soviético, lo llamó para decirle que era un héroe. La esposa de Komarov también estuvo presente durante la llamada para hablar sobre qué se les diría a sus hijos. Se trató de una escena llena de tristeza con el mismo Kosygin llorando.
Valentina Komarov, la viuda del cosmonauta soviético Vladimir Komarov, besa una fotografía de su esposo muerto durante su funeral oficial, celebrado en la Plaza Roja de Moscú el 26 de abril de 1967.
Posteriormente, la nave se estrelló en la superficie terrestre a más de 200 kilómetros por hora con Komarov en su interior. Con el impacto la cápsula explotó. Cuando llegaron los equipos de la Fuerza Aérea Soviética solo había restos metálicos. Solo pudieron identificar la parte superior de la Soyuz.
Los restos fueron inmortalizados en la imagen con la que se abre el artículo. Al poco tiempo las cenizas de Komarov fueron enterradas en la necrópolis de la muralla del Kremlin en la Plaza Roja. Como homenaje a Komarov se le otorgó póstumamente una segunda orden Lenin y la Orden del Héroe de la Unión Soviética.
Hoy Rusia respira fútbol en todas sus ciudades, desde los coquetos clubs de playa de Sochi hasta las calles de Rostov, la ciudad portuaria donde hace un siglo era tan fácil enamorarse como acabar desplumado. Dicen que, por la mezcla racial de tal cruce de caminos, la belleza de sus mujeres era tan arrebatadora como peligrosas sus tabernas. El Mundial es orgullo para el país. Durante los partidos, lo comprobó España en su debut, los aficionados locales rompen a gritar ‘Rusia, Rusia’ de repente, mientras encienden las luces de sus móviles. Que se prepare la selección para una noche de intenso patriotismo si en octavos le toca cruzarse con la anfitriona.
A Vladimir Putin le gusta más la caza que la pelota, pero quiere utilizar el campeonato para afianzar el sentimiento nacional, demostrar a los suyos y al exterior su capacidad organizativa y enviar un mensaje al mundo de poderío. Tira del fútbol, un deporte que entró con acento inglés en el Imperio en 1898, a través de San Petersburgo, y que no apareció en la capital hasta el nuevo siglo. Primero, en un rústico formato denominado fútbol salvaje, donde había tantas patadas a las piernas como al balón. Esa modalidad era heredera de la peleas dominicales que vecinos de todos los barrios de la ciudad organizaban a orillas del río Moscova. Lucha regulada y con ciertos toques de, digamos, caballerosidad (siempre uno contra uno, no cebarse, utilizar guantes y gorro, no golpear bajo la cintura, no perseguir al herido…).
En los años 20 el fútbol fue evolucionando gracias al impulso de los clubes de Moscú. Fue el del barrio obrero de Presnya el que más popularidad alcanzó, gracias al esfuerzo de los hermanos Stárostin, con el primogénito Nikolai al frente. El fútbol en la Unión Soviética no se entiende sin este clan, creadores del Spartak, maestros del fútbol para la familia Stalin y, como muchas figuras relevantes de la época, víctimas del feroz aparato represor comunista. Su rivalidad con los equipos del Ejército Rojo (CSKA) y de la policía secreta (Dinamo) les pasaría grave factura más adelante.
Nunca les perdonaron que fuera el Spartak el equipo elegido por el Partido Comunista para mostrar a Stalin cómo era ese deporte que tanto éxito tenía entre la población. Se decidió que el 6 de julio de 1936, en la Jornada de la Cultura Física, el equipo más popular de la ciudad, el que sus propios jugadores habían levantado sus primeros campos de entrenamiento, pico y pala en mano, enseñaran al gran líder los encantos del fútbol.
Espartaco
Unos meses antes el club había sido rebautizado, en otro golpe de imagen que ayudó a fomentar su fama de entidad valiente, del pueblo y alejado del aparato gubernamental (todo lo alejado que se podía estar en aquellos salvajes años 30 del Estalinismo). Tras noches en vela debatiendo, Nikolai se acordó de Espartaco, el esclavo gladiador que lideró la rebelión contra la República romana. »Spartak, en ese nombre breve y sonoro se advertía un espíritu indomable. Me pareció muy adecuado», recuerda en sus memorias, mencionadas en Fútbol y poder en la URSS de Stalin, un interesante librito de Mario Alessandro Curletto.
Para la exhibición fue necesario tejer una inmensa alfombra de fieltro de 10.000 metros cuadrados para que tapara los adoquines de la Plaza Roja y se pudiera jugar el partido. Los propios futbolistas ayudaron a la mayúscula misión, cosiendo por la noche el tapete y recogiéndolo por la mañana para no interrumpir la circulación. Los sectores oficialistas vinculados a los clubes rivales trataron de boicotear el evento por todas las vías. Los bomberos denunciaron que semejante tapiz corría el riesgo de provocar un gran incendio y la policía secreta, que los jugadores podrían sufrir graves lesiones sobre la dura superficie de la plaza, »con la mala imagen que eso daría ante Stalin», advertían.
Nikolai Stárostin, ya por entonces máximo dirigente del Spartak, tuvo que tirar de ingenio, seducción y contactos en las altas esferas para que el evento no se cancelara. Ante la presencia de dos comisarios preocupados por los riegos físicos de la cita, ordenó a uno de sus futbolistas que se tirara al suelo. Lo hizo obediente. »¿Te duele algo?», le preguntó. »Para nada, estoy perfecto» fue la respuesta que dejó sin argumentos a las autoridades contrarias a ese peculiar partido organizado por el Spartak.
El objetivo era entretener a Stalin durante media hora, y si antes mostraba síntomas de aburrimiento, suspender de inmediato el encuentro. Un amigo de Nikolai, ubicado en el palco cerca del terrible dictador, mostraría discretamente un pañuelo blanco al mínimo gesto de reprobación del dirigente. En esa época, con desapariciones diarias, fusilamientos y deportaciones masivas, molestar lo más mínimo al líder supremo era peligrosísimo.
Pero, al contrario, el famoso fútbol, esa pasión de las calles, entusiasmó al primer camarada, obligando a estirar el partido hasta 43 minutos. Otra vez le tocó a Nikolai Stárostin improvisar, porque el show entre el Spartak y su combinado reserva, perfectamente ensayado, estaba ajustado tan sólo a media hora. Todo correspondía a un guion previo, desde los goles, cada uno en una suerte distinta para que Stalin apreciara la variedad del deporte (de cabeza, de penalti, de tiro lejano…), hasta las jugadas defensivas y, por supuesto, el resultado final: 4-3 para el primer equipo. Reconocería Nikolai en sus memorias que esos 13 minutos extra, sin pautas previas, fueron los más largos de su ajetreada vida.
El partido fue un éxito para el fútbol en Moscú y, por extensión, en toda la URSS, aunque a los Stárostin le salió muy caro. En 1941 fueron detenidos por idear, según los cargos inventados por sus enemigos, un complot para asesinar al propio Stalin. Tan disparatada acusación se terminó diluyendo, pero no pudieron evitar ser culpables de difundir valores burgueses en la patria. Bastaron a los represores unos comentarios positivos de Nikolai sobre el tenis, modalidad prohibida por el comunismo, para que él y sus tres hermanos pasaran más de diez años en prisiones y campos de trabajo.
En los años 50, vivo gracias al fútbol (hizo de entrenador en las diferentes cárceles por dónde pasó) retomó las riendas del Spartak, no sin antes convertirse durante un tiempo en protegido del propio hijo de Stalin, Vasily. Un loco, entre otras muchas cosas, del fútbol. Hoy en el nuevo estadio del equipo del pueblo, Polonia juega contra Senegal.
Tras la muerte de Stalin en 1953, la URSS inició un proceso de revisión de las políticas estalinistas. La Albania socialista de Enver Hoxha decidió plantar cara a la URSS de Jruschov y, de la mano de la China de Mao, generó una verdadera crisis en el seno del comunismo internacional.
El 5 de marzo de 1953 murió Iósif V. Stalin. Tras diversas luchas palaciegas, a las que se sumó la ejecución de Lavrenti Béria (1899-1952), considerado un obstáculo para la desestalinización, subió al poder Nikita Jruschov (1884-1971). Jruschov cuestionó de manera clara la política de Stalin, sobre todo en lo que se refiere al culto al líder y las excesivas purgas. El nuevo líder soviético, antiguo colaborador de Stalin, no dudó en afianzarse en el poder eliminando a sus antiguos colaboradores, y optó por revisar muchos aspectos de la política estalinista. Así, por ejemplo, el concepto de «dictadura del proletariado» fue progresivamente substituido por el de «Estado de todo el pueblo», y se optó por restablecer las relaciones diplomáticas con la Yugoslavia de Josip Briz, Tito (1892-1980).
Funeral de Stalin (1953) (Wikimedia).
¿Cómo reaccionó ante tales acontecimientos la Albania de Enver Hoxha (1908-1985)? Desde un primer momento, Hoxha estableció un régimen netamente marxista-leninista, marcado por una clara identificación con las políticas estalinistas. A pesar de que el pequeño estado balcánico se libró del yugo fascista y nazi sin la ayuda de los soviéticos, los comunistas albaneses se alinearon siempre con los postulados estalinistas. Hay que tener presente que Hoxha se sintió siempre amenazado por sus vecinos, la Grecia capitalista y la Yugoslavia socialista de Tito, que pocos años antes había pretendido anexionarse Albania, y a su vez había tenido la osadía de plantar cara a la todopoderosa URSS de Stalin. Así pues, en la Albania socialista no sentaron muy bien las nuevas políticas aperturistas («revisionistas», según Hoxha) de los jruschovistas.
En un primer momento, ambos regímenes optaron por mantener las formas, y la colaboración se mantuvo con toda normalidad. De hecho, los acuerdos económicos firmados entre la URSS de Jruschov y la Albania de Hoxha comportaron una clara mejora en la maltrecha economía albanesa, a la sazón uno de los estados más pobres de Europa. Así, hay un acuerdo unánime entre los especialistas en afirmar que la ayuda soviética a Albania mejoró de manera clara las duras condiciones de vida de los albaneses: se triplicó el número de médicos (129 en 1950; 378 en 1959), se multiplicó por cuatro el número de camas de hospital (1765 en 1945; 5500 en 1953) y disminuyó la mortalidad infantil. Mejoró también el desarrollo en educación: entre 1945 y 1950 se duplicó el número de escuelas, alumnos y profesores, y el analfabetismo pasó del 85% en 1945 al 31% en 1950. En 1957 se fundó la Universidad de Tirana. Por todos estos motivos, los historiadores se refieren al bienio 1958-1959 como «los años dorados» de la economía albanesa.
Nikita Jruschov (Wikimedia).
Pero el régimen de Hoxha no estaba dispuesto a tolerar ningún atisbo de «revisionismo», y aún menos si esto podía suponer que se cuestionara su autoridad en el país. La economía se hallaba supeditada a la ideología. La Albania socialista inició una política de propaganda enérgica y contundente en la que se cuestionaba la falta de coherencia de Jruschov, y la prensa albanesa recogió con todo lujo de detalles de qué manera la Unión Soviética se apartaba de los postulados estalinistas.
Así, se inició una doble actividad política. Por una parte, Hoxha apartó del Partido del Trabajo de Albania (PTA) a los elementos filosoviéticos, como la dirigente Liri Belishova, de la que se dijo que «le han ofuscado las adulaciones y los epítetos sonoros de los dirigentes soviéticos y se ha puesto de acuerdo con ellos». Por otra parte, el PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) había convocado una reunión de 81 partidos comunistas de todo el mundo para el mes de noviembre de 1960 en el que se pretendía afianzar el liderazgo de Jruschov, sobre todo frente a la creciente influencia de la China de Mao Zedong (1893-1976). Hoxha optó de manera clara por la vía maoísta, que consideraba que se mantenía fiel al legado estalinista. Los medios de comunicación albaneses se movilizaron para reivindicar la ortodoxia del socialismo albanés, y los titulares fueron cada vez más enérgicos y combativos, resaltando con orgullo que un pequeño país como Albania podía (y debía) plantar cara a un gigante como la URSS. Merece la pena destacar algunos textos, eminentemente clarificadores: «iremos a Moscú no con diez banderas, sino con una sola, con la bandera del marxismo-leninismo» (discurso de Hoxha, 6 de septiembre de 1960), «que la declaración de Moscú sea lo más fuerte posible, que contenga pólvora y no algodón» (carta de Hoxha, 4 de octubre de 1960), «los albaneses estamos dispuestos a quedarnos incluso sin pan con tal de no violar los principios, no traicionar al marxismo-leninismo» (discurso de Hoxha, 31 de octubre de 1960).
Mientras tanto, los colaboradores de Jruschov acusaban a los albaneses de dogmáticos y sectarios, y les amenazaban con retirar cualquier tipo de ayuda económica. Criticaban a Hoxha su excesivo recelo hacia la Yugoslavia de Tito, y apelaban al espíritu internacionalista del socialismo para que los albaneses no desentonaran en la cumbre de Moscú. Unos días antes de la celebración de dicha cumbre tuvo lugar en el Kremlin un encuentro del más alto nivel diplomático entre Enver Hoxha y Nikita Jruschov. Las fuentes soviéticas y albanesas coinciden en el fracaso que supuso dicha cumbre, y Hoxha recogió en un libro de memorias una transcripción de las acaloradas discusiones. Ya sabemos que los libros de memorias siempre se deben tomar con cautela, puesto que pueden contener muchas inexactitudes y manipulaciones. En cualquier caso, hay una anécdota que merece la pena la pena ser transcrita y, sea como fuere, «se non è vero, è ben trovato»:
«—Jruschov: Se acalora usted, me ha salpicado de saliva, no se puede discutir con usted.
—Hoxha: Usted dice siempre que somos coléricos.
—Jruschov: Y ustedes deforman mis palabras. ¿El intérprete conoce bien el ruso?
—Hoxha: No le eche la culpa al intérprete, porque conoce muy bien el ruso. Yo le respeto a usted, y usted debe respetarme.
—Jruschov: Así quiso hablar conmigo Macmillan, antiguo primer ministro de la Gran Bretaña.
—Shehu y Kapo (albaneses): El camarada Hoxha no es Macmillan, por lo tanto, retire lo que acaba de decir.
—Jruschov: ¿Y dónde me lo meto?
—Shehu: Métaselo en el bolsillo.
—Kapo: No estoy de acuerdo en que se desarrollen así las conversaciones».
El presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, visitó a Mao Zedong en 1972 (Wikimedia).
Podemos apreciar de manera clara que las relaciones entre albaneses y soviéticos no podían pasar por peor momento. Finalmente, llegó el día de la intervención de Hoxha en la conferencia de los 81 partidos comunistas y obreros. El 16 de noviembre de 1960 estalló toda la artillería albanesa ante la mirada incrédula de Jruschov y el resto de líderes comunistas del planeta. Hoxha acusó a la URSS de haber traicionado a la ideología marxista-leninista, de haber vertido falsas acusaciones sobre Stalin, y de haber iniciado una política servil ante los Estados Unidos de América. También, por supuesto, recriminó la actitud pactista con la Yugoslavia de Tito. La coexistencia pacífica, según Hoxha, sólo suponía la derrota ante el bloque capitalista.
Tras la reunión de Moscú, los líderes albaneses regresaron a su país, satisfechos por haber plantado cara al gigante «revisionista». Las críticas de la URSS y del resto de países socialistas, a las que se debe sumar la posición enérgica de la española Dolores Ibárruri, «La Pasionaria» (1895-1989), quien acusó a los albaneses de morder la mano que les daba de comer, reafirmó aún más al nacionalismo comunista albanés, que formalizó la ruptura oficial con la Unión Soviética, y consolidó las alianzas con la China de Mao.
Sin embargo, y ya en la década de 1970, Mao recibió a Richard Nixon (1913-1994), presidente de los Estados Unidos, y los albaneses comunistas, fieles a sus principios, también abandonaron las alianzas con la China «revisionista». Pero esta es ya otra historia. En cualquier caso, no debe sorprendernos que, cuando Jruschov escribió sus memorias, dedicara estas dos perlas a la Albania socialista, a la que definió como «el perturbador número uno de los países socialistas», y sentenció que «los albaneses son peores que animales».
Los primeros ministros de República Checa y Eslovaquía, Andrej Babis y Peter Pellegrini, respectivamente, se reúnen en Praga. (Michal Cizek/AFP/Getty Images)
¿Qué queda de la identidad checoslovaca con la celebración de su centenario?
El comienzo del año 2018 despertó muchas emociones entre los checos. No solo por entrar en el territorio simbólico de los años que terminan en 8, periodos marcados en la memoria colectiva del país centroeuropeo con demasiados significados históricos… También por la reelección del presidente euroescéptico Miloš Zeman, que una vez más dividió al país en dos y lo va a seguir haciendo durante todo su segundo mandato como ya demostró en su discurso inaugural el pasado 8 de marzo. Con sus palabras atacó, públicamente, a la prensa libre y la televisión pública. Para empezar.
No hay mejor momento para la autorreflexión sobre la identidad de una nación como un centenario. En este caso, se conmemora la creación de Checoslovaquia, por tanto, hablamos del aniversario de un Estado que no existe. Aunque parezca kafkiano, tiene mucha coherencia. La primera república (1918-1938) fue una época de entusiasmo, desarrollo cultural y crecimiento económico surgida del magma del Imperio austrohúngaro. En ella se plasmó toda la riqueza multicultural bajo el liderazgo del filósofo y presidente Tomáš Garrigue Masaryk. Las fechas de 1918 y de la Revolución de terciopelo, en 1989, reflejan dos momentos sociales muy positivos. Fueron dos hitos cruciales que se convirtieron en gritos democráticos muy significativos. Más a lo largo de la historia de un país que parece un catálogo de traumas nacionales y destinos frustrados con sus reversos. Por ejemplo, cuando en 1938 se produjo la invasión del nazismo, en 1948, la dictadura comunista y, en 1968, la invasión soviética.
No sorprende que en el recién publicado sondeo del centro de encuestas públicas (CVVM) sobre la valoración de los momentos históricos más importantes tanto en Chequia como en Eslovaquia, lo que mejor se valore de toda la historia conjunta sea el establecimiento de Checoslovaquia en 1918. Para el 83% de los checos y el 68% de eslovacos fue el momento más importante y positivo. La Revolución de terciopelo ocupa el segundo lugar. Sin embargo, sólo para el 42% de checos y el 40% de eslovacos está bien vista y valorada la separación de Checoslovaquia en 1992. La entrada en la Unión Europea en 2004, además, resalta como un hecho muy positivo e importante solo para el 44% de checos – dato muy bajo- frente al 53% de eslovacos.
El entusiasmo europeísta más bajo que en Eslovaquia muestra la realidad actual de la República. Refleja la década de la política euroescéptica de los dos últimos presidentes desde 2003. Tanto de Václav Klaus como de Miloš Zeman, ambos arropados por políticos populistas que buscan siempre enemigos fuera del país. Populismo xenófobo, falta del consenso político y ausencia de visión de un proyecto para el país son los síntomas principales de la era posterior a Havel. No existe ni un liderazgo constructivo ni planes a largo plazo. El humanismo de los presidentes Havel y Masaryk ha desaparecido del mapa.
Para variar, Eslovaquia se declaró a finales de 2017 la única isla proeuropea en el contexto de sus vecinos, los miembros del grupo Visegrad. Pero, de pronto, los diez años del gobierno populista del primer ministro Fico terminaron en la crisis política más profunda ocurrida después de la muerte del periodista de investigación Ján Kuciak. Este destapó varios escándalos de corrupción y conexiones entre el primer ministro con el crimen organizado que llevaron a su dimisión después de protestas masivas en las calles. Crisis de liderazgo por toda la zona y un paralelismo entre Chequia y Eslovaquia: dimisión de gobiernos.
Fin de dos sueños: 1938 y 1968
Para entender mejor las líneas populistas actuales, conviene analizar otra sombra histórica omnipresente que sigue alimentando el euroescepticismo y la xenofobia hasta hoy. Lo que en el país se conoce como “el trauma de Múnich”, aquel que terminó con el sueño de la Primera República en 1938. Fue un acuerdo firmado en la conferencia de dicha ciudad alemana en septiembre de ese mismo año, que cedió a Alemania la región checoslovaca de los Sudetes, de habla germana. El acuerdo se celebró entre el Gobierno de Hitler e Italia, Gran Bretaña y Francia. Checoslovaquia no tuvo permitido concurrir a la conferencia, lo que creó una idea permanente: “Sobre nosotros, sin nosotros”. Además, Hitler no tardó mucho en violar este pacto y devoró a todo el país seis meses después. Algo que dejó una cicatriz y que se activa dentro de la identidad checa a través de varias campañas políticas a lo largo de la historia moderna. Sin hablar de la expulsión de los alemanes: si en 1921 formaban un 30,6% del país, en 1950 representaban menos de un 1,8%. Las consecuencias de la guerra y los decretos de Beneš cambiaron la demografía de la sociedad checa para siempre. La multiculturalidad donde convivían alemanes, judíos y checos conformaba una esencia natural que transformó sin esa savia a la sociedad en un conglomerado hermético y sin mestizaje dentro de los muros de la dictadura comunista.
El trauma de Múnich sigue muy presente en la política nacional después de la Segunda Guerra Mundial. El mismo presidente Beneš declaró en 1944: “Nuestro pilar principal es Rusia. ¡Múnich no se va repetir nunca!”. El sueño de permanecer entre Rusia y Alemania –Oriente y Occidente-, sin pertenecer a ninguna parte construye una esencia muy fuerte para la identidad checa. Según los últimos sondeos del Centro de estudios empíricos (STEM), el 50% de la población checa prefiere mostrarse imparcial entre ambas zonas de influencia sin adscribirse a ningún bloque. Es una visión romántica -o más bien utópica- que se perpetúa como un hilo rojo en la historia del país desde el siglo XIX. Explica, perfectamente, la posición de Beneš en agosto 1945: “No volveremos a 1938 porque sabemos que la sociedad liberal es un anacronismo en la teoría y en su praxis”. Y tenía razón Beneš, aunque se refería a otra cosa: tardó mucho en volver el país al año 1938. Si en aquel año Checoslovaquia superaba el crecimiento económico de Bélgica, Italia y Austria, en 1956, ya rezagado, disminuyó en su productividad a 20 años atrás.
Además, la nueva ilusión de una sociedad liberal debía esperar hasta los 60. “Socialismo con cara humana”, el programa político de Alexander Dubček para la democratización y la reformas del “comunismo real”, fue un lema lanzado en enero 1968. Cristalizó en la esperanza de la Primavera de Praga. Pero terminó traumáticamente con la invasión del Ejército del Pacto de Varsovia, liderado por la Unión Soviética en la madrugada del 21 de agosto. Ocho meses después, 500.000 soldados, 6.300 tanques y 800 aviones de los 5 países formalizaron un gobierno de colaboradores domésticos y comenzó una época de duras persecuciones por parte de la policía secreta.
Más de 200.000 personas emigraron (o fueron obligadas a emigrar) después de 1968. Entre ellas, referencias culturales y voces importantes como el escritor Milan Kundera o el cineasta Miloš Forman. Mientras continuaba el éxodo del país, el Ejército ruso se instaló allí hasta 1991. Y pasaron aún 20 años antes de que el régimen comunista comenzara a desmoronarse en Europa del Este. En los años de la considerada “normalización”, después de 1968, las palabras perdieron su significado y el poder comunista introdujo su lenguaje, sus códigos de propaganda y su propia interpretación del pasado y el presente. Así siguen presentes algunos frutos envenenados de aquella era sin moral.
Una de las principales esencias de la relación de Chequia con la Unión Europea se forja a través de su relación con Alemania. A pesar de que hayan pasado casi 29 años desde la caída del comunismo, sigue siendo uno de los temas donde continúa presente la propaganda del antiguo bloque. Pero no solo, porque ya en el siglo XIX era popular un dicho despectivo: “Quien quiere tener buenas relaciones con Alemania es un sirviente de Berlín”. Tomáš Garrigue Masaryk tuvo que enfrentarse bastante a este prejuicio en su época. Fue la crítica principal que recibió. Recientemente, ha sucedido también. Ese recelo hundió las expectativas presidenciales de Karel Schwarzenberg, en 2013. Su rival de entonces, Zeman, sacó tajada del tema alemán. Esgrimió los decretos de Beneš como una alarma en plena campaña política y le desacreditó con otra mentira más sobre la colaboración con los nazis. Fue así como cambió el voto a su favor.
Con este clima político y una campaña antieuropea permanente por parte de los principales líderes políticos, no sorprende que el apoyo actual de la Unión Europea haya quedado en el punto más bajo de los Estados miembros. Todo esto, a pesar de que la economía crece (4,4%, en 2017) y el paro baja a mínimos históricos (3,7% en febrero 2018 versus 5,1% en febrero de 2017). Mientras en España no existen apenas reticencias y el 88% de su población se siente ciudadano de la Unión, según el último Eurobarómetro, en Chequia la cifra alcanza el 56%, frente al 75% de una Eslovaquia mucho más proeuropea.
Prohibido olvidar
Aunque la fecha exacta de la declaración de la fundación de Checoslovaquia cae en la segunda mitad del año 2018 –concretamente el 28 de octubre–, el Gobierno checo destinó 410 millones de coronas checas (16 millones euros) para las celebraciones desde principios de 2018, con una intensa agenda de los eventos.
El viceministro del Ministerio de Asuntos Exteriores, Jakub Dürr resume a esglobal los principales impulsos del año conmemorativo: “Se trata de valores que queremos restablecer. Deseamos ser lo que éramos hace 100 años. Con todo respeto y dignidad conmemoramos la fecha del 1 de enero de 1993, cuando concluyó casi un siglo entero juntos y las dos naciones decidieron ir por su propio camino. La nación joven regresó no solamente a los principios del Estado del presidente Masaryk sino también a la tradición de San Venceslao, considerada como base de la estatalidad checa. Es decir, a principios que dan sentido auténtico a nuestra nación y forman la base de la identidad contemporánea”.
Hasta hoy día, a causa de la lobotomía comunista, cuesta reivindicar a esta región el legado de todo un siglo. Sobre todo la riqueza cultural que surgió del Imperio austrohúngaro y su mezcla de comunidades checa, alemana, judía y eslava que ha dado al mundo varios genios universales. Desde compositores como Janáček y Martinů, sin olvidarnos de Gustav Mahler, aunque muriera antes de la primera República, a escritores y pensadores como Sigmund Freud, Franz Kafka, Milan Kundera, Bohumil Hrabal, poetas de la altura de Holan y Seifert, pintores como František Kupka, Alfons Mucha, Emil Filla, Adolf Loos o cineastas reconocidos en todo el mundo como Miloš Forman… Sorprende la densidad de talento por metro cuadrado en los primeros estertores del siglo XX, hoy día cuesta encontrar ecos similares de aquella cosecha en un país sin visión ni memoria. Queda una buena base de gente muy trabajadora, dispuesta a aprender muy rápido todo lo que cruza la frontera y cuidar su patrimonio. Pero la grandeza multicultural es agua pasada y justo por eso viene bien reconstruir el mosaico de los acontecimientos y el legado de los últimos 100 años. Queda prohibido olvidar.
Corría el mes de abril de 1959. Una máquina de escribir recién comprada estampa letra a letra, mancha a mancha, una carta tan curiosa como descriptiva del tiempo en el que fue concebida. El destinatario es Juan Antonio Bardem, hermano de Pilar y tío de Javier, uno de los guionistas más importantes de la historia del cine español y reconocido miembro del Partido Comunista de España: «(…) Buenos días (la verdad es que no ha habido malos días) y un pisar más firme que el que se estila por acá. Y el recuerdo de 6 horas estupendas en La Habana, donde el Director General de Cine es nuestro amigo Alfredo Guevara quien, con otros, vino a recibirme». El remitente es Ricardo Muñoz Suay, quien luego fundaría la Filmoteca Valenciana y que termina la frase: «Objetivo número 1 de Fidel en el cine: hacer un film con Bardem».
En esa época, J.A. Bardem acababa de colaborar con Suay para rodar Sonatas, una de sus películas más reconocidas como director junto a la celebrada Los inocentes, ya de 1962. En Cuba, la revolución liberada por Castro para derrocar a Batista llevaba apenas tres meses en pie y España vivía en los albores de la reforma económica de la dictadura de Franco que se materializaría en la década de los 60. «Solo lo nuestro, para nosotros, es la salida», escribe Suay. Ello también significa el gusto de Fidel Castro y los suyos por el cine, no en vano y con el aperturismo, por su cine privado de La Habana pasaron Steven Spielberg, Sean Penn, Kevin Costner o su «amigo» Oliver Stone.
Por si fuera poco, la carta describe el proyecto de película de manera tan minuciosa que uno se pregunta por qué no llegó a realizarse. Con fecha de envío del 2 de abril, Suey asegura haber hablado con Lucía Bosé para que la dirigiese y que esta cuenta con el «permiso» de su marido, Luis Miguel «Dominguín». Toros, comunismo, franquismo, cine, exilio y la promesa de una gran película sobre la revolución cubana: «Si sábado lo resuelvo te mandaría un cable a la dirección de Hollywood que tú debes enviarme». La historia del cine español, negro sobre blanco.
Esta carta es una de las joyas que presenta la exposición Memorias de Luz. Historia del cine español en la Filmoteca Valenciana que acogerá hasta el 3 de junio la sede central en Madrid del Instituto Cervantes. Fundada hace ahora tres décadas por Suay, la institución que vela por el cuidado de la producción cinematográfica valenciana organiza la muestra en colaboración con el Institut Valencià de Cultura: «La idea era condensar el primer siglo de historia de nuestro cine en una exposición con todo nuestro patrimonio no fílmico», afirmó su director general, Abel Guarinos.
Más allá de las curiosidades y piezas de colección cinéfilas como la misiva antes citada o el plan de rodaje de Bienvenido Mr. Marshall (película en la que Bardem escribió el guion junto a Berglanga), en la exposición se podrá disfrutar de hasta 62 carteles originales de la historia del cine patrio. El visitante se encontrará con la mirada furtiva de Catherine Deneuve en la Tristana de Luis Buñuel, o con el mismísimo Charles Chaplin caracterizado como un torero en su adaptación de Carmen. A todo color y en gran formato.
Comisariada por Nieves López Menchero, responsable del fondo de la Filmoteca, Memorias de Luz es una retrospectiva tan bien cuidada como frágil: «Hemos tenido que superar muchos años de vicisitudes políticas y económicas para poder mostrarlo. De hecho, después del trabajo de restauración el papel es muy frágil y han tenido que seleccionarse tipos de cristal muy concretos para exponerlos sin dañarlos más y que puedan ser disfrutados por los ciudadanos, que es a quien pertenece este patrimonio», afirmó.
La muestra, que estará abierta al público hasta principios del mes de junio, se completa con varios bocetos y grabados de grandes producciones españolas de la década de los cincuenta o catálogos del NO-DO restaurados para su exposición.«Una de las cosas más interesantes que se puede observar es cómo cambian los reclamos durante el Gobierno de la República, con la Guerra Civil y con el Franquismo», aseguró la comisaria. Se fue Fidel, se fue Bardem y se fue Suay, pero aquella carta y el legado fílmico que dejaron ya forma parte del patrimonio cultural.
Berlín había sido un espacio peculiar desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Era una ciudad «isla» cuatripartita, dirigida por los cuatro ocupantes, cada uno con su propio sector, pero encerrado dentro de la zona soviética y a más de 160 kilómetros de las zonas occidentales de Estados Unidos, Reino Unido y Francia.
En represalia por los intentos de formar el estado de Alemania Occidental separado en 1948, Stalin había explotado la posición expuesta de Berlín Occidental cortando sus enlaces terrestres hacia el oeste.
Pero Berlín Occidental eventualmente se convirtió en una espina permanente para la Alemania del Este circundante. La CIA y el MI6 la usaban como base de espionaje de avanzada; su economía atraía a decenas de miles de viajeros de Alemania Oriental.
En la noche del 13 de agosto de 1961, esta grieta en la Cortina de Hierro se cerró con una brusquedad dramática.
Desde la una de la madrugada, cordones humanos de la policía fronteriza de Alemania del Este y milicianos descendieron al límite del sector soviético para enfrentarse a la policía de Berlín Occidental y las tropas estadounidenses, británicas y francesas.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image caption Pronto el alambra de púas fue dando paso a estructuras de hormigón.
Grandes depósitos de alambre de púas, así como cercas de malla y postes de concreto, se erigieron rápidamente justo adentro del sector este, a veces hasta aprovechando farolas y vías de tranvías soldados para hacer barreras improvisadas.
Cuatro días más tarde, sin contramedidas occidentales, las autoridades de Alemania del Este comenzaron a construir una estructura más permanente de bloques de cemento y losas de hormigón: el Muro de Berlín propiamente dicho.
De un solo golpe, la RDA había puesto fin a un éxodo humano en marcha desde 1945, que había alcanzado proporciones epidémicas en el verano de 1961.
Apodado por el partido Republikflucht, o «fuga de la República», uno de cada seis del alemanes del este se habían ido al oeste, la mayoría vía Berlín.
Ni con zanahorias
Desde 1958, las autoridades comunistas habían estado particularmente alarmadas ante el número de médicos, profesores e ingenieros que se marchaban.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image captionEl muro, de súbito, comenzó a separar a quienes había sido vecinos.
A pesar de la política de zanahoria y palo, no lograban disuadir a los desertores mientras mantenían la frontera abierta, como exigía el estado cuatripartito especial de Berlín.
Desde mayo de 1960, la Stasi, la temida policía secreta de la Alemania Oriental, había sido reclutada pero solo había podido interceptar a uno de cada cinco.
Y concluyeron: «Un cierre total de Berlín Occidental no es posible y por lo tanto no se puede dejar el combate de Republikflucht a los órganos de seguridad de la RDA solamente».
Se necesitaba una solución más radical, que implicara un aislamiento físico de Berlín Occidental, una válvula de una sola vía que mantuviera a los alemanes orientales en el este, pero que no negara el acceso del occidente al oriente.
Pelea con Kennedy
Los alemanes del Este habían contemplado en privado esta idea a lo largo de la década de 1950, pero habían sido vetados por el hermano mayor soviético a favor de una solución diplomática.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image captionEn julio de 1961, Nikita Jruschov accedió a la petición del líder de Alemania oriental, Walter Ulbricht, para construir una barrera física que separara Berlín.
En mayo de 1961, el líder de Alemania Oriental, Walter Ulbricht, le solicitó formalmente a Moscú que cerrara la frontera.
Pero fue solo después de la confrontación del primer ministro soviético, Nikita Jruschov, con el nuevo presidente estadounidense, John F. Kennedy, en junio, seguida por un intransigente discurso televisado de este último, a finales de julio, que el líder del Kremlin finalmente cedió.
La decisión de construir un muro llegó por lo tanto última hora, y tuvo que llevarse a cabo en secreto extremo, a fin de evitar una estampida de gente queriendo salir.
Un anillo de hierro
Al día siguiente del discurso de Kennedy, el 26 de julio, Jruschov le ordenó al embajador soviético que le dijera a Ulbricht que tenían que «usar la tensión en las relaciones internacionales para rodear Berlín con un anillo de hierro«.
«Esto debe hacerse antes de concluir un tratado de paz».
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image captionPor seguridad, los británicos colocaron en el lado occidental un alambre de púas cerca de la Puerta de Brandemburgo.
En efecto, el líder soviético estaba cortocircuitando la crisis diplomática que él mismo había desencadenado en noviembre de 1958 al emitir un ultimátum a las potencias occidentales para que desalojaran Berlín Occidental o aceptaran un acuerdo de paz que los habría obligado a reconocer lo que consideraban un estado títere soviético ilegítimo: la llamada «República Democrática Alemana».
La soberanía de la RDA le habría dado a los alemanes orientales el control directo sobre las autopistas de tránsito entre Berlín Occidental y Alemania Occidental, así como sobre los corredores aéreos.
Alemania Oriental efectivamente habría podido comenzar un segundo bloqueo de Berlín.
La discreta operación rosa
El discurso de Kennedy había dejado en claro que Estados Unidos estaba dispuesto a ir a la guerra para defender Berlín Occidental, pero cualquier compromiso con un Berlín Oriental abierto había brillado por su ausencia.
Implícitamente, se le había dado mano libre a los comunistas en su sector.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image captionEl entonces presidente de EE.UU., John F. Kennedy, había dejado clara su disposición de ir a la guerra para defender Berlín occidental.
Desde ese punto, «la operación rosa» -el plan para cortar Berlín Occidental- se desarrolló rápidamente bajo el más estricto secreto.
La cadena de mando normal fue eludida, y en total sólo unos 60 funcionarios de la RDA sabían de ella.
El jefe de operaciones en tierra era Erich Honecker, número dos en el partido comunista de Alemania Oriental, destinado a convertirse en líder de la RDA una década más tarde. En 1961, era el secretario de seguridad del Politburó responsable de la seguridad interna y militar.
El cierre de la frontera se llevaría a cabo desde un sábado por la noche hasta el domingo por la mañana, para evitar posibles paralizaciones en las fábricas; el partido tenía dolorosos recuerdos de las huelgas masivas del 17 de junio de 1953.
Para el 24 de julio, la sección de seguridad del partido había calculado que el cierre total requeriría 27.000 días-hombre de trabajo y casi 500 toneladas de alambre de púas.
Anillo de tanques
Los pocos elegidos del ministerio del Interior se reunieron en la escuela de formación del Volkspolizei, en las afueras de Berlín, bajo las órdenes de Willi Seifert, comandante de las tropas del interior, pero también exrecluso de Buchenwald, por lo tanto con amplia experiencia «desde dentro» de instalaciones de máxima seguridad.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image captionSolo unos pocos funcionarios de la RDA, incluyendo al futuro líder Erich Honecker conocían los planes para construir el muro.
Poco a poco, los materiales para las cercas fueron secretamente trasladados a la capital desde otras regiones fronterizas y unidades policiales. Pero no se trataba solo una acción policial.
A finales de julio, el jefe del Estado Mayor de las fuerzas soviéticas, el teniente general Ariko, se reunió con su homólogo de Alemania Oriental, el mayor general Riedel, para discutir la coordinación del «anillo de hierro» de los tanques soviéticos y alemanes orientales que proporcionaría una fuerza de disuasión a 1,6 kilómetros detrás las unidades de policía.
El ejército comenzó la planificación conspirativa en Schloß Wilkendorf, al noreste de Berlín, donde el ministro de Defensa Heinz Hoffmann, Riedel y otros 11 oficiales trazaron los planes para una avanzada en el más estricto silencio de radio, detallando hasta la necesidad de amortiguar los tanques.
Occidente despistado
Mantener en secreto la operación también era importante pues había mucha especulación sobre cuánto sabía Occidente de antemano.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image captionSoviéticos y alemanes orientales desplegaron un «anillo de hierro» con tanques en apoyo a las obras del muro.
Los estadounidenses tenían un superespía del Kremlin, Oleg Penkovsky, que el 9 de agosto supo de la acción inminente pero no pudo transmitir la información hasta después del evento.
Las estimaciones previas de inteligencia de la CIA, ya en otoño de 1957, por ejemplo, habían predicho el posible cierre de fronteras. El Comité Conjunto de Inteligencia británico llegó a conclusiones similares en febrero de 1959.
En 1961, sin embargo, los analistas de la CIA estaban más obsesionados con lo que sucedería si los soviéticos intentaban repetir el bloqueo de 1948 para expulsar a los aliados de Berlín occidental atacando las rutas de tránsito.
También hubo informes de acaparamiento de alambre de púas, pero estos no eran nuevos y, como con la mayoría de las evaluaciones de inteligencia, el problema era una sobrecarga de información. Las misiones militares de los aliados occidentales, que podían recoger inteligencia abiertamente, no encontraron evidencia de la acción inminente.
Como los estadounidenses informaron el 2 de agosto: «Situación en gran medida igual que hace una semana«.
El 12 de agosto, los británicos también descartaron soluciones drásticas: «Los rusos probablemente estén más impresionados por los riesgos de disturbios si la ruta de escape es completamente cortada que por el daño actual a la RDA».
Una opción poco clara
La evidencia que ha salido a la luz de fuentes de Alemania Occidental tampoco es concluyente.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image captionEl canciller de Alemania occidental, Konrad Adenauer, había sido advertido sobre la importancia que tenía Berlín occidental para el régimen comunista del Este.
El Bundesnachrichtendienst (BND), el servicio secreto de la República Federal de Alemania, tenía una gran red de informantes anticomunistas en la RDA.
Esa red recaba información de inteligencia militar. Su jefe, Reinhard Gehlen, afirmó en sus memorias que el BND había informado de la acción antes de que ocurriera.
Su informe de julio de 1961 efectivamente indicaba que el cierre de las fronterasdel sector era considerado como una posibilidad real e inminente.
A pesar de estos indicadores aparentemente amenazadores, hubo informes contradictorios.
La inteligencia interna de Alemania Occidental, Verfassungsschutz, le dijo al canciller, Konrad Adenauer, que, aunque «la isla de Berlín Occidental se ha convertido en una cuestión de vida o muerte para el régimen comunista», unas restricciones de viaje más contundentes serían «intolerables para toda la población».
Por lo tanto, parece probable que la comunidad de inteligencia sabía que el cierre de Berlín era una opción que el Este estaba sopesando y planificando activamente, pero no estaba segura de una fecha exacta.
El momento y lugar correcto
«La lección estratégica y táctica más importante de la exitosa acción del 13 de agosto», como registraron sus contrapartes en la Stasi, «es la importancia de mantener en secreto el momento en el tiempo, como un requisito previo decisivo para más golpes exitosos contra el enemigo, en el momento correcto y en el lugar correcto».
Antes de una reunión de los principales líderes del bloque oriental, el 1 de agosto,Ulbricht habló con Jruschov durante dos horas por teléfono en una conversación descubierta hace pocos años en Moscú.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image caption Walter Ulbricht y Nikita Jruschov acordaron en secreto la construcción del muro.
Después de algunas bromas sobre el estado de la colectivización de la RDA, Khrushchev repitió su llamado a poner «un anillo de hierro alrededor de Berlín».
«Creo que nuestras tropas deberían poner el anillo, pero sus tropas deberían controlarlo».
Ulbricht estaba claramente muy preocupado por un embargo económico occidental contra la RDA y gran parte de sus comentarios se referían la situación económica de Alemania Oriental.
Los dos finalmente terminaron hablando de la seguridad:
Jruschov: Leí informes originales de los servicios secretos occidentales que estiman que las condiciones para un levantamiento han madurado en la RDA. Ellos están usando sus propios canales para evitar que las cosas lleguen a un levantamiento porque eso no logrará nada. Están diciendo: no podemos ayudar y los rusos aplastarán todo con tanques. Por lo tanto, están pidiéndole a la gente que espere hasta que las condiciones sean adecuadas. ¿Es eso realmente cierto? No estoy seguro y estoy basándome solamente en los informes occidentales.
Ulbricht: Tenemos información de que, de forma lenta pero segura, reclutando desertores y organizando la resistencia, el gobierno de Bonn está preparando las condiciones para un levantamiento que tendrá lugar en el otoño de 1961. Vemos losmétodos que usa el enemigo: la iglesia organiza el retiro de los agricultores de los colectivos, aunque con poco éxito; hay acciones de sabotaje… Un levantamiento no es realista, pero hay acciones posibles que podrían causarnos un gran daño internacional.
Sin embargo, incluso en esta etapa, Ulbricht parecía estar contemplando medidas graduales que requerían preparación política.
«Realízalo cuando quieras», respondió el líder del Kremlin. «Podemos coordinarlo en cualquier momento».
Sin embargo, estaba más inclinado a la conspiración que su homólogo de Alemania Oriental: «Antes de la introducción del nuevo régimen fronterizo no deberías explicar nada, ya que eso solo aumentaría el movimiento de refugiados y podría conducir a una estampida… Te daremos una, dos semanas para que puedas prepararte económicamente».
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image captionWalter Ulbricht quería que la construcción se hiciera de forma muy rápida.
Jruschov luego planteó el estado de las cuatro potencias de Berlín: ¿debería la frontera rodear el Gran Berlín en lugar de solo los sectores occidentales?
Sin embargo, Ulbricht se mantuvo firme; el cerco pasaría por el centro de la ciudad: «Por encima de todo, tiene que suceder rápido».
Jruschov confiaba en que Occidente no reaccionaría de forma exagerada: «Cuando implementes estos controles, todos estarán satisfechos. Además, van a tener una muestra del poder que detentas«.
Ulbricht: «Sí, entonces lograremos la estabilización».
A pesar de la conversación, una cuestión de guerra y paz requería el respaldo político del Pacto de Varsovia. Aunque para cuando llegó la reunión del 3 al 5 de agosto, la suerte ya estaba echada.
Ya en el primer día, en lo que probablemente fue una reunión privada con Jruschov, el líder de la RDA había elaborado los elementos esenciales de lo que estaba por venir, y para entonces tenían una fecha: 13 de agosto.
«Bromeamos entre nosotros porque en Occidente se supone que el 13 es un día desafortunado«, recordó Jruschov más tarde. «Bromeé que para nosotros y para todo el campo socialista sería un día muy afortunado».
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGESImage captionAunque el muro se construyó para evitar que los ciudadanos de Alemania oriental se fugarán a Occidente, muchas personas siguieron intentando hacerlo.
El 12 de agosto, alrededor de las 4 p.m., Ulbricht firmó la inminente acción y luego invitó a los funcionarios del gobierno y del partido a su residencia rural en el lago Dölln, al norte de Berlín, para dar un paseo y cenar.
Hablando con el embajador soviético, el líder del partido de Alemania del Este, en un raro estallido de humor, bromeó diciendo: «No los dejaré ir hasta que la operación termine. Por si acaso».
Los líderes reunidos estaban un poco desconcertados por la ronda de bromas e interludios musicales, hasta que alrededor de las 9.30 p.m.,Ulbricht, repentinamente los convocó a una sesión de emergencia del Consejo de Ministros para aprobar las medidas por venir.
Cuando los invitados se separaron hacia la medianoche, el camino de regreso a Berlín ya estaba lleno de tanques rusos.
La operación rosa había comenzado.
«Un muro es no muy agradable, pero es muchísimo mejor que una guerra», dijo John F. Kennedy.
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Patrick Major, el autor de este artículo, es profesor de Historia Moderna en la Universidad de Reading. Sus libros incluyen «A la sombra del muro: Historias verdaderas del pasado dividido de Berlín» y «Detrás del muro de Berlín: Alemania Oriental y las fronteras del poder«.
En la madrugada del domingo 25 de junio de 1950, una llamada telefónica despertó a Douglas MacArthur, comandante en jefe de las fuerzas norteamericanas en el Pacífico, en su residencia de la Embajada norteamericana en Tokio. Malhumorado, recibió un mensaje del oficial de servicio en el cuartel general de las fuerzas estadounidenses en Japón, en el que se advertía gran nerviosismo: «Señor: acabamos de recibir noticias de Seúl. A las 4,00 de esta madrugada fuertes contingentes norcoreanos han cruzado el paralelo 38«.
MacArthur -general de cinco estrellas, vencedor de Japón en la Segunda Guerra Mundial, el militar más conocido, admirado y condecorado del Ejército de Estados Unidos- comenta en sus memorias: «Sentí como un escalofrío. Nueve años antes, el 7 de diciembre de 1941, también domingo, otra llamada me anunció el ataque japonés a Pearl Harbour, y ahora nuevamente escuchaba el son de guerra. No puede ser -me dije-. Tal vez sea sólo una falsa alarma». Corea del Sur, por debajo del paralelo 38, disponía de cuatro divisiones, integradas por hombres valerosos y fieles a su patria. Sólo tenían armas ligeras, sin aviación ni barcos de guerra, muy pocos carros y otros medios de combate.
El hecho era que una fuerza de policía -no pasaba de ser eso- instruida por nosotros, con algo más que fusiles, se hallaba frente al Ejército norcoreano, adiestrado por los soviéticos y dotado de armas modernas. Los soviéticos lograron disimular muy bien sus intenciones ofensivas. A lo largo del paralelo 38 desplegaron varias unidades con unos pocos carros de combate, una fuerza similar a la surcoreana. Pero más atrás tenían concentradas poderosas unidades con armas pesadas, entre ellas los más recientes modelos de carros de combate soviéticos. En primer lugar, las tropas ligeras cruzaron la línea divisoria y se desplegaron a derecha e izquierda. Luego, por el centro, avanzó el grueso de las fuerzas con las armas pesadas».
Las guerras enseñan geografía
En junio de 1950, muy pocas personas sabían por dónde pasaba el Paralelo 38. En pocas horas se hizo tristemente famoso, respondiendo a esa cínica afirmación, tópica en las relaciones internacionales, de que las guerras enseñan geografía. El Paralelo 38 era la demarcación provisional acordada en 1945 por Washington y Moscú para separar a las tropas de ambos países que combatían a los japoneses y evitar incidentes. A partir de entonces, los soviéticos fortificaron la frontera y colaboraron en el establecimiento de un régimen comunista en su zona; al tiempo que EEUU propiciaba un sistema parlamentario en el Sur e instruía a su ejército.
Truman dispuso inmediatamente la evacuación de todos los ciudadanos norteamericanos presentes en Corea y dio órdenes a Mac Arthur para que ayudase a los surcoreanos
El mismo 25 de junio se reunió, tal como había pedido Truman, el Consejo de Seguridad de la ONU, compuesto por cinco miembros permanentes con derecho a veto (Estados Unidos, la URSS, el Reino Unido, Francia y China) y seis no permanentes. Pero no acudieron todos sus componentes. De los once miembros del Consejo entonces, solamente acudieron diez. Faltó la URSS.
En cierto modo, la ausencia soviética estaba justificada. El 13 de enero de ese mismo año 1950, el jefe de la delegación de la URSS, Jacob Malik, había dicho con toda claridad que no tomaría parte en los trabajos del Consejo de Seguridad «mientras permaneciera en él el representante del grupo del Kuomintang». Con esto hacía alusión a la situación anormal de los miembros permanentes del Consejo -uno de ellos, China– después de que el 1 de octubre de 1949 se hubiera proclamado la República Popular, inmensa, en el continente, yChiang Kai-shek (presidente de China / Taiwan y líder del Kuomintang) representase solamente a Taiwan.
La ONU acordó declarar agresores a los norcoreanos y les ordenaron que retirasen sus tropas al otro lado del paralelo
En consecuencia, se presentaron a la convocatoria los seis países no permanentes y cuatro de los permanentes, en total diez. Los reunidos acordaron declarar agresores a los norcoreanos y les ordenaron que retirasen sus tropas al otro lado del Paralelo 38. La decisión fue adoptada por nueve votos y una abstención (Yugoslavia). Malik no pudo interponer su veto, lo que hubiera hecho, con toda seguridad, caso de estar presente.
Truman dispuso inmediatamente la evacuación de todos los ciudadanos norteamericanos presentes en Corea y dio órdenes a MacArthur para que ayudase a los surcoreanos. La única limitación fue la Séptima Flota -estacionada en Japón- que se reservaba, únicamente, para la defensa de Taiwan y no se quería crear una verdadera crisis internacional.
El presidente norteamericano y el general MacArthur se encontraron con un regalo cuando el Consejo de Seguridad de la ONU, reunido el 27 de junio a petición del delegado norteamericano, Warren Austin, decidió -por siete votos a uno (Yugoslavia) y dos abstenciones (Egipto y la India)- que todos los Estados miembros de la Organización tenían la obligación de ayudar a Corea del Sur.
La crisis de los misiles en Cuba durante octubre de 1962 fue, sin duda alguna, el momento de mayor tensión durante la Guerra Fría y, seguramente también, el que más interés ha despertado. Cincuenta años después, y encontrándonos en el inicio de la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, sigue habiendo infinidad de preguntas que resolver sobre el suceso que marcó un antes y después en el transcurso de la carrera de hegemonía bipolar entre las dos potencias.
Aunque el episodio de escalada de tensión nuclear ha sido ampliamente estudiado, el análisis de la política exterior se ha centrado en el papel de los Estados Unidos, dejando de lado el estudio de las motivaciones y la acción del bando soviético. Así pues, la pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿qué llevó a la Unión Soviética a desplegar misiles en Cuba?
Antecedentes de la crisis
El análisis histórico de la crisis de los misiles en Cuba debe iniciarse dando cuenta del cambio de doctrina de Jrushchov tras la guerra de Corea de 1953, la cual suponía un acercamiento más pacífico entre las dos potencias. A la carrera armamentística se le añade la carrera espacial, que acrecentó las tensiones en la medida en la que la tecnología aérea avanzaba a pasos agigantados y situaciones como el conflicto U-2 sobre el espionaje americano en territorio soviético empezaron a ser habituales, lo cual terminó pisando aquello conseguido mediante la diplomacia y el soft-power. Además de esto, también fue fundamental la victoria de Kennedy, con un programa de apertura hacia América pero con una política efectiva distinta en el desembarco de Bahía de Cochinos, además del creciente interés soviético en la zona. En la tercera semana de octubre del 62 se inició el bloqueo estadounidense a la isla, justificado en base a la vulneración de la seguridad americana que suponía el traslado de misiles a la isla por parte de la URSS, del cual fueron informados por la inteligencia aérea desplegada. Como dijo John Reed, esos trece días estremecieron al mundo al tiempo que se ponía en juego la estabilidad del sistema bipolar y la seguridad mundial.
En este ‘huracán cubano’, quedan muchas preguntas por resolver. Una de esas dudas tiene que ver con los motivos que llevarían a la Unión Soviética, y en concreto a Jrushchov, a enviar misiles tan lejos del país. Una explicación sería la intención de romper la resistencia occidental en el Berlín oriental; otra se entiende en términos de equilibrios de poder y de afianzamiento de Jrushchov dentro de su propio partido. Incluso algunas explicaciones han seguido la narrativa de los modelos de actor individual y las aproximaciones psicológicas, mediante el análisis de las biografías de los líderes y entienden que las capacidades personales de estos mandatarios generan un modo de actuar específico que van a influir en sus decisiones de política exterior.
Jrushchov, tal y como aseguran algunos de sus biógrafos, era un líder con una personalidad impulsiva, que le llevaba a tratar de buscar constantemente un remedio para los desastres tanto de su política externa como de la doméstica. Sus motivaciones personales, además, le hacían tener siempre como objetivo final la victoria del comunismo, lo cual pasaba por proteger a Cuba de la agresión americana. Así, la explicación podría ser que no es que la Unión Soviética quisiera solamente sacar ventaja a los Estados Unidos en términos geopolíticos, sino sobre todo constreñir el imperialismo de Occidente, facilitar la descolonización y, en último lugar, promover el comunismo a lo largo y ancho del globo. En cuanto a lo primero, el reequilibrio de poder geopolítico, el despliegue americano de los misiles Minuteman y Titan jugó un papel fundamental, pues constituían una declaración de fuerza americana debido a la calidad intrínseca de los mismos (tecnológicamente superiores y producidos en grandes cantidades) y a su estratégica localización (formando un cerco a la Unión Soviética).
Análisis de la decisión política: la definición de la herramienta
El análisis de la acción gubernamental en términos de objetivos nos permite darnos cuenta de que el gobierno de la Unión Soviética tomó la decisión de desplegar misiles en Cuba con el fin de hacer notar al enemigo la potencial capacidad militar propia, y es el producto de una situación de autopercepción de una relativa inferioridad y de miedo a un potencial peligro. Las acciones soviéticas en base a sus objetivos se podrían dividir en dos de la siguiente manera: en primer lugar, consideramos que el objetivo de la URSS en último término es, como cualquier estado, asegurar su soberanía e integridad. En consecuencia, para asegurar su capacidad de garantizar la seguridad y unidad de su territorio y población es necesario que las amenazas sean minimizadas.
Para ello, habría varias posibilidades: un recorte de la diferencia de capacidad militar y balística entre EEUU y la URSS, o bien la implantación de lanzaderas en territorio cercano a la Unión Soviética (en concreto, Turquía), así como el aumento de la influencia soviética sobre Berlín, zona estratégica.
Ante la imposibilidad de eliminar las lanzaderas estadounidenses en suelo turco (derivada del alto coste en forma de una potencial mayor amenaza para su seguridad) y de la improbabilidad de recortar la diferencia militar a tan corto plazo, se decide instalar del mismo modo misiles en el territorio de un país aliado, en este caso Cuba, con el fin de justificar sus eventuales actuaciones en Berlín.
Cuando la mente curiosa se introduce, incauta, de forma superficial en uno de los innumerables conflictos armados civiles del siglo XX,es habitual encontrarse con una narración cronológica de tipo enciclopédico que acumula acontecimientos, causas y desarrollo, de una forma teóricamente aséptica, y en el caso de que sea una entrada de la Wikipedia, es fácil encontrarse el disclaimer: «Este artículo puede tener errores».
Lo que se puede esperar, en esencia, es un relato del estilo: «La organización NPO fundada para la preservación de la identidad nacional elaboró un documento por el que consideraba a los miembros de la antigua SSN responsables de la usurpación de la soberanía del pueblo, al tiempo que la SSN, escindida en una rama pro autóctona, se enfrentó a la NPO, aludiendo su falta de representación popular, por lo que dieron un golpe de Estado…».
Esta ficticia narración, en la que las siglas, acciones y desarrollo podrían ser trastocadas, sin muchas dificultades, por las de una guerra civil real fruto de la desintegración de la URSS, u otros procesos del siglo XX, es precisamente la impresión en negativo de lo que propone Tangerines (2013). Sobre la base de la guerra civil georgiana del periodo 1992-1993, tras la caída del bloque comunista y la formación de la Federación Rusa, la notable historia antibelicista que propone el director georgiano Zaza Urushadze, se debate, sin embargo, entre la sobria pero emotiva deriva de cuatro personajes antagónicos atrapados en un conflicto -que acaban trascendiendo con los lazos personales-, y la metáfora de la mediación exterior.
Chechenos pro rusos
Un combatiente checheno pro ruso -sí, es correcto- y un soldado de la milicia georgiana caen heridos en un enfrentamiento y son socorridos por un agricultor y su amigo, ambos de origen estonio, que les curan a ambos bajo la promesa de que no se harán daño mientras estén en su casa, al tiempo que tratan de recoger una cosecha de mandarinas, sin jornaleros suficientes, en mitad de una guerra.
Los mimbres del argumento hacen funcionar una historia en la que es imposible no atisbar un trasunto con los organismos internacionales, o las potencias mediadoras -en cierto modo paternalistas- en la figura del sabio estonio Ivo, o al menos de lo que podrían ser, cuando sienta a ambos enemigos a una misma mesa bajo un mismo techo y les obliga a compartir las mismas normas, sin diferencias de trato, para que observen la futilidad de la lucha.
ras la Segunda Guerra Mundial, en plena guerra fría, se erigió un símbolo de la diferencia entre dos culturas, el Muro de Berlín. Desde el 13 de agosto, cuando se comenzó a construir, hasta el 9 de noviembre de 1989, cuando ocurrió la famosa caída, millones de ciudadanos fueron prisioneros de una cárcel a cielo abierto.
En esos 28 años cientos de personas murieron intentando cruzar a la zona occidental, miles de familias se vieron separadas, hubo cientos de detenidos y miles de guardias fronterizos velaron porque nadie pasara al otro lado.
Su construcción costó unos 16.155.000 marcos de la Alemania Oriental. La frontera, estaba protegida por una valla de tela metálica, cables de alarma, trincheras contra los vehículos rodados, una cerca de alambre de púas, 30 bunkers y más de 300 torres de vigilancia.
La caída del Muro de Berlín fue el primer paso hacia la unificación de las dos alemanias, que tuvo lugar el 3 de octubre de 1990. Posteriormente, el 20 de junio de 1991 Berlín se convertiría oficialmente en la nueva capital de la Alemania unificada.
Actualmente los restos del muro, de la represión y de la Guerra Fría son una de las mayores atracciones turísticas de Alemania.
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