William Ogilvie en el socialismo agrario

Autor: Eduardo Montagut

Fuente: nuevatribuna.es 4/10/2019

En esta pieza nos acercamos a la figura y obra de un socialista agrario británicoel escocés William Ogilvie de Pittensear (1736-1813 0 1819).

Nuestro protagonista fue profesor de literatura clásica en la Universidad de Aberdeen (Escocia), aunque su pasión fue la agricultura, tanto en lo referente a la estructura de la propiedad como a los aspectos más técnicos o agrícolas.

Ogilvie ha dejado una obra que condensa sus ideas, Ensayo sobre el Derecho de Propiedad sobre la Tierra, publicada de forma anónima en el año 1782, aunque luego se reeditaría en 1838. Para Ogilvie, la propiedad era el origen de la miseria de los campesinos, siendo la principal causa de la infelicidad de los hombres, más que la tiranía de los reyes, el poder del clero o los “enredos” de los hombres de leyes. Todos los hombres tenían un derecho inalienable a una parte igual del suelo. El Estado tenía la obligación de hacer respetar esta ley natural. Es evidente la influencia de Locke, pero también de la fisiocracia francesa, porque Ogilvie defendía que la agricultura era la fuente de la riqueza más que la manufactura, y porque valoraba el trabajo y las mejoras introducidas por el agricultor. Así pues, estaba conjugando o conciliando igualdad con trabajo. Esta sería su principal aportación a la Historia del socialismo.

Ogilvie no profundizó mucho más allá, y en sus formulaciones había un evidente arcaísmo, especialmente cuando no valoraba la producción industrial, pero estaba invocando un nuevo orden social porque defendía la distribución del suelo y de los productos de la tierra, acabando con el monopolio de los terratenientes. Ese orden estaría formado por agricultores con pequeñas propiedades inalienables y hereditarias. Algún autor ha señalado que Ogilvie no estableció ni un método revolucionario ni reformista para realizar lo que proponía; todo se cifraba en la voluntad.

Ogilvie tuvo gran influencia entre los cartistas unos decenios después. Recordemos que en plena implosión del cartismo se reeditó su obra.

La memoria de Annual: una incierta gloria

El general Berenguer y su Estado Mayor. Postal de la época. Colección particular.

Autor: JOAN PALOMÉS

Fuente: ctxt.es 24/09/2019

La patria está en peligro, dicen en el Congreso de los Diputados. Y esos mismos apelan a nostalgias nocturnales. Los Reyes Católicos velan las esencias y los redobles de los Tercios de Flandes apuran el sueño. La derecha se refuerza con espadones. Vox, por ejemplo, ha presentado cinco generales como cabezas de lista en las elecciones generales. La patria está en peligro…

La Ley de Memoria Histórica, tantas veces diferida, tantas veces cuestionada, es la bestia negra de una narrativa que dormitaba en el mausoleo del Valle desde la Transición y que resurge, ahora ya sin escrúpulos, para reivindicar la historia fascista plasmada en aquella parcial “Causa General instruida por el Ministerio Fiscal sobre la dominación roja en España” de 1940. Sólo existe una verdad, la de los vencedores –que todavía lo son– y que debiera quedar atada y bien atada. “Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”, decía George Orwell.

España es tierra de excelsas impunidades y notables falsificaciones. El siglo XX, todo él, es una buena prueba de ello. Se consagran las gestas épicas y los contados héroes entorchados, pero se omiten las muchas vergüenzas y los numerosos descalabros con miles y miles de muertos a costa del pobrerío. Las guerras de Marruecos y la dolorosa aventura colonial española en África están trufadas de desastres silenciados y responsabilidades olvidadas. El Protectorado de Marruecos, al fin y al cabo, marcó las horas de la política española durante cincuenta años: 25.000 soldados muertos, la Semana Trágica y otras revueltas, las recurrentes crisis gubernamentales con 15 presidentes de Gobierno entre 1917 y 1923, el fin de la Restauración borbónica y el exilio de Alfonso XIII, la dictadura de Primo de Rivera, las tensiones en el seno del ejército entre africanistas y junteros… De Melilla salen las primeras tropas sublevadas contra la República y los generales africanistas son golpistas, salvo algunas excepciones que se mantuvieron fieles al gobierno (Riquelme, Miaja…).

El Protectorado

La entrada española en la rapiña africana fue accidental. A la greña franceses, británicos y alemanes en el expolio del continente, acordaron esas potencias que la estratégica puerta del Mediterráneo –las regiones de Rif y Yebala del norte marroquí, equivalente a la provincia de Badajoz– quedara asignada a una potencia menor, decadente y sin mayores pretensiones. España estaba sumida en una depresión existencial –el unamuniano “me duele España”–  después de perder en 1898 de manera humillante los últimos jirones del Imperio de ultramar, Filipinas, Cuba, Guam y Puerto Rico, tras vergonzosas derrotas navales en Santiago de Cuba y Cavite, incompetencia militar estratégica incluida. El país había quedado sin honra ni barcos.

El tratado de Fez de 1912, en definitiva, no era más que un subarriendo a España de una zona del Protectorado francés de Marruecos, la más áspera, yerma e indómita que ni el sultán había podido domeñar y que complementaría las plazas españolas de Ceuta, Melilla, Alhucemas y Vélez de la Gomera. Así, el Protectorado español de Marruecos se percibió como una oportunidad de recuperar el prestigio nacional y el honor de un ejército desolado.

Y luego estaba eso que se denominaba “misión civilizadora”, exquisito eufemismo de las potencias coloniales para justificar el saqueo. El conocimiento científico que se tenía del territorio y los autóctonos no era excesivamente sofisticado. “El berberisco es astuto, cauteloso, sanguinario y traidor. La conmiseración y el perdón los suele tomar siempre por debilidad. Sólo el castigo le puede meter en orden y en disciplina”, se lee en el tratado de 1910 Geografía Militar de Marruecos del capitán de Infantería Antonio García Pérez. Y más adelante, reivindica con soltura las “sobradas pruebas que acreditan las excepcionales condiciones de la raza española para colonizar pueblos, por muy apartados que éstos se hallen y por muy diferentes que sean sus cualidades étnicas; las aptitudes de nuestra raza márcanse en la historia de la humanidad de modo brillante, unas veces por el genio, otras por la bravura y siempre por la abnegación más contagiosa”.

Pero España, en esos años, no estaba para demasiadas misiones civilizadoras en tierras africanas: la tasa de analfabetismo entre la soldadesca superaba el 60% y en la península, también en esos años, una comitiva encabezada por un campechano Alfonso XIII y el obispo de Coria descubría el inframundo de las Hurdes, tierra de hambre y miseria, atraso endémico, bocio y cretinismo y donde la civilización estaba ausente.

Antecedentes nada gloriosos

Las hazañas bélicas del ejército español en territorio rifeño nunca han sido especialmente gloriosas. Habría que remontarse a mediados del siglo XIX con las victorias del general Prim en Wad-Ras y Castillejos contra el sultán de Marruecos, plasmadas en los óleos de Mariano Fortuny y en el callejero de las ciudades españolas. Poco después, finalizando el siglo XIX, tiene lugar la denominada “guerra de Margallo”, donde se produce la primera desbandada de las tropas españolas frente a los rifeños en la que muere el general y gobernador de Melilla García Margallo. Refiere Manuel Ciges Aparicio en su libro España bajo la monarquía de los Borbones que fue un joven oficial llamado Primo de Rivera –el futuro dictador– quien le descerrajó un tiro en la cabeza al general por su conexión con un lucrativo negocio de venta de armas a los mismos rifeños a los que combatía. El historiador Gerald Brenan también mantiene la tesis según la cual el general y gobernador Margallo y su camarilla hicieron una cuantiosa fortuna con el contrabando de armas al enemigo. La corrupción con galones será una constante a lo largo de todo el Protectorado.

En el mes de julio de 1909 se dieron los prolegómenos de lo que vendría pocos años después. Un batallón al mando del general Pintos es sorprendido en el barranco del Lobo, en las estribaciones del monte Gurugú. La retirada vulnera las más elementales reglas de la estrategia militar y se produce la escabechina: casi 200 muertos, entre ellos el general Pintos, y 600 heridos. La historia oficial bautizó el revés como el Desastre del Barranco del Lobo. Fue el primer Desastre oficial y las coplas de luto inundarán las calles españolas:

 “Melilla ya no es Melilla,

Melilla es un matadero

donde van los españoles

a morir como corderos”.

Ese mismo mes, en Barcelona, los barrios populares se levantaron contra el sistema de leva que convertía Marruecos en un moridero de pobres. Las prácticas tan extendidas de la redención a metálico y la sustitución permitían a los hijos de las clases acomodadas y de la burguesía librarse de la guerra o ser sustituidos por otro mozo por la módica cantidad de 2.000 pesetas. Un obrero de los Altos Hornos de Bilbao ganaba en esa época 5 pesetas diarias. En 1912 esa infame práctica se “democratizó”: se derogaban las circunstancias eximentes pero nacía el soldado de cuota que a cambio de una aportación económica –entre 1500 y 3000 pesetas– tenía el privilegio de elegir destino, pernoctar en su domicilio y limitaba su estancia a cinco meses en el cuartel en lugar de los tres años que duraba el servicio militar para el resto de desdichados. Eso sí: el equipo y el uniforme corrían por su cuenta. “Hijo quinto y sorteao, hijo muerto y no enterrao”, se decía en la calle.

Juan Pando, en su memorable Historia secreta de Annual, aporta otra de las diversas maneras de escaqueo entre la oficialidad. La familia del movilizado en el Rif donaba a la unidad donde se hallaba destinado el beneficiario un coche rápido, así llamados los Ford 20HP, que costaban unas 4.000 pesetas, a condición de que el oficial o suboficial en cuestión fuese el conductor del vehículo más un ayudante por él designado. Estos rápidos cargados de jefes y oficiales huyendo hacia Melilla simbolizarían la imagen de la suprema cobardía cuando se produce el derrumbe de Annual en 1921.

Annual

El Desastre de Annual es la mayor derrota que un ejército colonial haya sufrido nunca. Entre julio y agosto de 1921, 14.000 soldados en desbandada dejaron la vida en los pedregales, veredas, vaguadas, poblados, destacamentos, blocaos y montes del Rif. “Había tantos muertos en algunas partes del trayecto entre Uestía y Río Seco que el camión tenía que ir pisando los cadáveres”, relata el soldado Vicente Garrido, testimonio recogido en el Expediente Picasso. En apenas dos meses, una amplia ofensiva de las cabilas lideradas por el líder rifeño Abdelkrim Al Jatabi, de la cabila de Beni Urriaguel, provocó la debacle que aniquiló la Comandancia General de Melilla.

Abarrán, Sidi Dris, Igueriben, Annual, Izzumar, Arruit, Zeluan, Nador… son nombres cubiertos de luto que deberían fijarse en la memoria colectiva y, sin embargo, ausentes en los libros de texto. No hay ninguna calle de Annual o plaza de Monte Arruit en las ciudades españolas. La retórica patriótica glosa las gestas heroicas, las muertes vanamente gloriosas y los oropeles del valor pero omite con pudor la cobardía y el pavor del mando, la ineptitud del general, la corrupción del oficial, la incompetencia de la comandancia y, en fin, la responsabilidad del rey.

De Annual los patriotas recuerdan con arrobo la gesta del Regimiento de Caballería Alcántara 14, al mando del teniente coronel Primo de Rivera –hermano del futuro dictador–,  porque con sus cargas a galope tendido protegió la huida desesperada de las tropas que huían de Annual  hacia Monte Arruit a un alto precio: de un contingente de 700 hombres, apenas sobrevivió un centenar. La hazaña todavía se recuerda entre los nostálgicos. En el año 2012, noventa años después, el Consejo de Ministros decidió conceder al regimiento la Laureada de San Fernando por aquella actuación.

EL DESASTRE DE ANNUAL ES LA MAYOR DERROTA QUE UN EJÉRCITO COLONIAL HAYA SUFRIDO NUNCA

Del puñado de Laureadas que se repartieron en Annual destaca la del cabo Arenzana, que con un reducido contingente de soldados resistió durante trece días en el destacamento del Pozo nº 2 de Tistutín frente a cientos de moros aviesos. La numantina resistencia incluía asaltos a bayoneta calada, luchas cuerpo a cuerpo a cuchilladas y decenas de moros muertos. Un par de años después, durante un interrogatorio a uno de los soldados integrantes del destacamento, que hasta entonces había permanecido en el hospital, se destapa la trola. Ni épica ni gloria: que se habían rendido desde el primer día; que habían permanecido en calidad de prisioneros en el propio destacamento; que salvaron la vida a cambio de hacer funcionar el motor que sacaba el agua del pozo para la aguada de los animales de la zona; que cuando se acabó la gasolina los despojaron de todas sus pertenencias y los dejaron libres dirigiéndose hacia la zona francesa, unos kilómetros al sur. Al cabo Arenzana, ascendido a sargento, le respetaron el grado pero lo desposeyeron de la condecoración en total y absoluto silencio y discreción. El bochorno era abrumador y, al fin y al cabo, no abundaban los héroes del pueblo.

Un glorioso ejército

Y es que, en definitiva, las condecoraciones, medallas, ascensos y galones son la savia que alimenta el espíritu militar. El Ejército español era especialmente pródigo en ese capítulo, tanto como mezquino con el rancho y las alpargatas de los soldados. Entre 1909 y 1914, se produjo una verdadera tómbola de entorchados repartiéndose 132.925 condecoraciones y 1.587 ascensos por méritos de guerra, una cifra inaudita habida cuenta de las pocas victorias a reseñar o batallas memorables que recordar. El despropósito quedaba así: 54 Cruces de San Fernando, 878 Cruces de María Cristina, 28.771 Cruces Rojas del Mérito Militar pensionadas y otras 100.605 sin pensionar, amén de otros abalorios de menor calado. Ojo al dato de las cruces pensionadas tan anheladas por los señores oficiales…

Poco después, durante el Desastre del 21, los caminos y veredas que presenciaron la desbandada de las tropas quedarían regados de estrellas, galones y medallas de la oficialidad –de aquella oficialidad gloriosamente condecorada– de las que se despojaban para confundirse con los soldados de a pie. “El testigo encontró que mucha gente se acogía entre los mulos, aguardando la primera ocasión de montarlos, bajo pretexto de estar heridos o enfermos” (…) “y otros oficiales se arrancaban las divisas, las gorras y hasta los leggins, para que no conocieran su condición”, relata el teniente de Artillería Fernando Gómez López en el expediente Picasso. Otro testimonio, el del paisano Verdú, refiere que “pasaban muchos rápidos con oficiales, y a eso de las catorce del día 23, vieron llegar a dos que dijeron ser oficiales y que iban con alpargatas y guerreras de soldados, que fueron los primeros en llegar a pie, pues los anteriores pasaban en rápidos” .

El teniente coronel Fernández Tamarit, también interrogado, reconocía que “no hubo quien restableciera el orden, brillando por su ausencia el Mando. Muertos unos, arrastrados otros por el torrente, nadie pudo ni supo contenerlo” (…) “la retirada terminó en un sálvese quien pueda desdichado, fatal consecuencia de errores que eran de todos, y de los que la oficialidad del Ejército, ni aún muriendo, pueden redimir a éste”.

El expediente está repleto de testimonios relatando la inopia del Mando, incluso entre las conclusiones del propio general Picasso: “Es necesario exigir responsabilidades a cuantos, con olvido del honor militar y del prestigio de las armas, no han sabido responder al cumplimiento de sus indeclinables deberes en el general fracaso de la moral, absteniéndose, eludiendo o excusando su participación personal, suscribiendo capitulaciones incomprensibles, evadiéndose del territorio, desamparando posiciones o abandonándose a desalentada fuga presa de pánico insuperable”.

La falta de empaque ya se anticipaba en una carta del teniente coronel Fernández Tamarit al general Silvestre, comandante general: “Es una vergüenza eso de que los coroneles pasen la vida en la plaza (Melilla) o en España con permiso, rascándose la barriga, y solo suban al campo cuando va a hacerse una operación con la columna de  recompensas”. En los días críticos de julio de 1921, cuando empieza la debacle, la mitad de jefes no se encontraba en sus puestos y el general Picasso se asombra del número de permisos por enfermedad concedidos.

En cuanto a las capitulaciones incomprensibles, destaca el relato que hace el general Picasso de la rendición de Monte Arruit por el general Navarro, en ese momento Comandante General de Melilla tras la muerte –o suicidio– del general Silvestre en Annual. “El día 11 de agosto, al fin, mientras se corrían las órdenes para el desarme y salida de las tropas, a la una de la tarde, el general con algunos oficiales, buscando un lugar de sombra, salieron de la posición acompañados de unos jefes moros que, poco a poco, fueron alejándolos hasta la estación de ferrocarril, donde entraron, y en ese momento los moros irrumpieron en la posición, abriendo a traición el fuego sobre las tropas, agotadas e indefensas en su mayoría, dedicándose los moros al saqueo”. La guarnición fue aniquilada tras la salida del general y sus oficiales en busca de una sombra. En apenas treinta minutos de fuego graneado y degüello a discreción el campamento y sus alrededores quedaron sembrados con 2.600 cadáveres de desdichados. Dos años después, el general Navarro y sus oficiales, junto con otros oficiales, tropa y algunos civiles capturados en otras guarniciones, hasta alcanzar la cifra de 357, fueron canjeados a cambio de 4,3 millones de pesetas. 

Una estructura obsoleta

El ejército de la Restauración que heredó Alfonso XIII en 1902 era un ejército de camarillas y favoritos, de estómagos agradecidos y compadreo, de espadones y ambiciosos, tan anquilosado como sobredimensionado, tan costoso como anticuado. La decisiva participación de la cúpula en la vida política era proverbial y contaba con admiradores tanto entre las filas liberales como conservadoras.  El propio rey constituyó su particular lobby –quizá el más influyente junto al de los industriales– con sus allegados, gerifaltes y generales que medraron a su amparo. Un ejército pretoriano, como lo definió el historiador e hispanista Stanley Payne. De hecho, los dos grandes responsables del Desastre, los generales Dámaso Berenguer, Alto Comisario de Marruecos, y Manuel Fernández Silvestre, Comandante General de Melilla, eran gentilhombres del rey, sus compañeros de francachelas e instalados en sus cargos africanos a instancias de Alfonso XIII.

En esos años, en el escalafón figuraban 529 generales y casi 24.000 oficiales para una tropa de poco más de 100.000 hombres: un oficial por cada cuatro soldados. Una ratio delirante si la comparamos con la proporción de los ejércitos británico y francés, que era de 1 a 20. Y aún en 1921, el Anuario Militar registraba 466 generales en activo. No es extraño, pues, que entre la guerra y las onerosas mamandurrias de las charreteras el presupuesto militar de 1922 devorase el 51% de los fondos del Estado. El editorial del diario ABC, en su edición del 10 de noviembre de 1922, era rotundo al respecto: “España paga un presupuesto de guerra muy superior a sus recursos. Y, sin embargo, no hay ejército. Desde los 157 millones de pesetas en 1906, el presupuesto de guerra ha llegado a los 581 millones de 1921, que representa, en tan breve periodo, un aumento del 267%. Y no hay ejército”.

La vida alegre de Melilla

Melilla, durante el protectorado, era la perla del sur, el dinero corría a espuertas y no había compañía de variedades que se preciara que no incluyera Melilla en sus giras. Las tonadilleras Lola Montes y Concha Piquer regalaban sus coplas en el Teatro Reina Victoria y a la plaza de toros de la ciudad acudía lo más granado de la península: Juan Belmonte, Machaquito…  En el barrio del Real abundaban los prostíbulos de tronío para los jefes y oficiales y eran legendarias las casas de juego, las apuestas y las timbas en las que los militares con galones derrochaban auténticas fortunas. El juego y la corrupción, ambos muy extendidos, llegarían a ser una de las múltiples causas del hundimiento de la Comandancia General de Melilla. 

El diputado socialista Indalecio Prieto, poco después del Desastre del 21, iniciaba uno de sus discurso en el Congreso de Diputados con un “Melilla es un lupanar y una ladronera” y el diputado Crespo de Lara, tras exigir y obtener determinada información reservada al ministro de la Guerra, hizo enmudecer el Congreso: entre 1920 y 1921 “se han suicidado 47 jefes y oficiales; han perdido su carrera, por fallos del Tribunal de Honor, 63 (…) y a 144 oficiales se les había ofrecido retirarse para no ser sometidos a un Tribunal de Honor”. La mayoría de ellos a causa del juego. Y en el apartado de lo que benévolamente se denominaban inmoralidades administrativas, es decir, desfalcos, malversaciones y corrupciones varias, “hay un número considerable, 59, y de éstos 30 corresponden a jefes y oficiales del ejército de operaciones de África”. Durante el año 1920, hasta 11 capitanes cajeros de Cuerpos de Melilla pidieron la separación del ejército, la mayoría de ellos por haber dispuesto indebidamente del dinero de sus cajas.

La corrupción estaba tan extendida que afectaba a todos los estamentos y beneficiaba a demasiados en mayor o menor medida, en función del escalafón. De ahí, la displicencia reglamentaria.  El Expediente Picasso recoge el peculiar caso del auxiliar de Intendencia Julio Lompart que, durante el asedio de Zeluán, “realizaba la venta a dinero, tanto a soldados como a unidades, de los artículos del depósito de víveres a su cargo”. En Zeluán sobrevivieron muy pocos. No fue el caso de Lompart que, sin embargo, murió con la satisfacción de haber hecho una buena caja.

Una práctica muy frecuente, casi rutinaria, era la de tasar los convoyes de mercancías duplicando el coste real. En el territorio había numerosos destacamentos y guarniciones que requerían de avituallamiento periódicamente.  En Meserah, una de tantas posiciones, se consumían semanalmente cerca de 500 cargas y mientras la contabilidad oficial valoraba cada carga en 36 pesetas, el coste real era de 19,85 pesetas. A medida que se ascendía en la jerarquía, los negocios eran más rotundos y voluminosos.

ESPAÑA TIENE EL DUDOSO HONOR DE HABER SIDO EL PRIMER PAÍS EN BOMBARDEAR DESDE EL AIRE CON GAS MOSTAZA ADUARES, ZOCOS EN DÍAS DE MERCADO Y CABILAS RIFEÑAS

Incluso, la prensa de la época se hizo eco de un escándalo que estalló en el Parque de Larache y al que se dio amplia cobertura a lo largo del juicio. El diario La Voz señalaba que “en Larache se repartían algunos oficiales de Intendencia de los que manejan fondos, del más alto al más bajo, la cantidad de 300.000 pesetas mensuales que obtenían haciendo diversos equilibrios y operaciones”. Eso que actualmente se denominaría contabilidad creativa. La cantidad mensual a repartir entre los socios era considerable habida cuenta que el sueldo de una capitán era de 600 pesetas y el negocio llevaba algunos años funcionando. Los comandantes Muñoz Calchineri, director del Parque, y José García Restrebada, Jefe de Administración, los capitanes García Bremón, Jordán y Rodríguez Aller, el comisario de Guerra Francisco Montes del Castillo, entre otros, se repartían entre 40.000 y 20.000 pesetas cada mes. Durante el proceso, la prensa reveló detalles de las fastuosas vidas de los imputados, como la del comandante Montes del Castillo, que ni siquiera vivía en Larache sino en Tánger, en la lujosa Villa Porchet, con numerosa servidumbre y una flotilla de coches de lujo o la del capitán Jordán que se pasaba meses en Puerto de Santa María, donde vivía su amante, y en Ronda, donde poseía una finca valorada en tres millones de pesetas.

Mientras tanto, morían los soldados, galeotes de la patria, en el Kert, en Abarrán, en Arruit o en Nador. El soldado Viance, protagonista de la novela Imán, de Ramón J. Sender, define crudamente su condición: “Nosotros somos lo que en la prensa y en las escuelas llaman héroes. Llevar sesos de un compañero en las alpargatas, criar piojos y beber orines: eso es ser héroes. Yo soy un héroe. ¡Un héroe!”.

El expediente Picasso

El Desastre de  Annual fue un sacrificio inútil de miles y miles de hijos de la clase trabajadora y jóvenes campesinos que conmocionó  la sociedad española hasta el punto que el ministro de la Guerra, vizconde de Eza, se vio obligado a enviar al general Juan Picasso a Melilla para investigar los hechos y depurar responsabilidades. Tras nueve meses de recabar documentación y testimonios surge el llamado Expediente Picasso, 2500 folios de honestidad y de memoria que retratan el pozo infecto en que se había convertido la Comandancia General de Melilla con responsabilidades que apuntaban al propio Alfonso XIII.

Las conclusiones contemplan un cúmulo de incongruencias estratégicas, errores militares, desidia ante la corrupción y decisiones equivocadas. Desde la insensata ofensiva del general Silvestre, Comandante General,  que desguarneció numerosas posiciones a la pusilanimidad del general Berenguer, Alto Comisario, que negó la ayuda a los destacamentos sitiados. De la ubicación de las posiciones, en altozanos, sin aljibe ni depósitos de víveres ni municiones, que convertiría las aguadas en un siniestro pimpampum que teñiría las aguas de sangre, a la instrucción de la tropa llevada al matadero, que “no conocían el manejo del arma, no habían salido nunca al campo, según sus propias manifestaciones, ni hecho práctica de fuego”, según relata el cabo Antonio Padró. Y todo ello bajo la sombra fúnebre de los 14.000 muertos contabilizados en el expediente.

A pesar de las limitaciones que se le impusieron, como la prohibición de acceder a documentación, correspondencia o informes que involucraran al Alto Estado Mayor y al rey, el general Picasso no pudo evitar incluir al general Dámaso Berenguer, Alto Comisario y máxima autoridad en el Protectorado, en el listado de 39 oficiales -20 de ellos superiores al grado de capitán- que debieran ser sometidos a juicio ante un tribunal militar. Una lista que, pocos meses después, aumentaría hasta 77 jefes y oficiales.

Cuando se hizo público el Expediente Picasso las calles estallaron de indignación y en el Congreso de Diputados se constituyó una comisión parlamentaria para depurar responsabilidades.  Pero en septiembre de 1923, una semana antes de la reunión prevista de la comisión investigadora en las Cortes, el general Primo de Rivera da un golpe de estado e instaura la dictadura, con el aplauso del rey Alfonso XIII, que respiraría aliviado. Una de las primeras medidas que tomó fue la de amnistiar a los militares que habían sido procesados, incluido Berenguer, y zanjar así la cuestión de Annual. Aunque el Protectorado seguiría siendo un matadero. En diciembre de 1924, y con el dictador asumiendo el mando en África, la retirada de Xauen enterraría 2.000 muertos más en el cementerio del Rif.

Dice la historia que Dámaso Berenguer fue nombrado Jefe de la Casa Militar del rey y, posteriormente, Jefe del Gobierno, sucediendo a Primo de Rivera. La vida seguía y la venganza no tardaría en llegar al Rif: España tiene el dudoso honor de haber sido el primer país en bombardear desde el aire con iperita –el gas mostaza– aduares, zocos en días de mercado y determinada cabilas rifeñas, violando el Tratado de Versalles que prohibía su uso.

La memoria histórica es un ejercicio de simple y elemental  justicia. La omisión, el silencio o el olvido de las atrocidades y las vergüenzas del Rif han falsificado impunemente la historia oficial, la de los héroes que mueren estúpidamente por la patria, la de las banderas al viento hacia la victoria, la de los caballeros del honor, la de los generales gloriosos, la de los desembarcos triunfales. Sin embargo, aquella mortandad, aquellos miles y miles de jóvenes llevados al pudridero merecen un reconocimiento. Eso sería memoria histórica.

40 años de ‘The Wall’ de Pink Floyd: ¿Seguimos anestesiados?

Fotografía tomada en Sarajevo durante el invierno de 1992-93. Christian Maréchal / Wikimedia CommonsCC BY-SA

Autor: Antonio Fernández Vicente

Fuente: The Conversation, 24/09/2019

¿Vivimos en un mundo donde cada cual busca su interés más mezquino sin preocuparse por los demás? ¿Permanecemos insensibles al dolor ajeno? ¿Nos sentimos cómodos en nuestro aislamiento respecto a los que no son como nosotros?

Son preguntas que sugiere el álbum The Wall, de la banda británica de rock progresivo Pink Floyd. Se trata de uno de los hitos de la cultura contemporánea. 40 años después de su publicación, su temática parece ser premonitoria de hacia dónde íbamos. Y de dónde nos encontramos hoy.

La música, nos dice el filósofo Vladimir Jankélévich, tiene el poder de evocar lo que con palabras sería imposible de comunicar. Nos hace ver lo invisible a través de los sonidos. Nos ayuda a percibir con más nitidez. A sentir plenamente. A veces, nos golpea para despertarnos. Es una forma de conocer más profunda que cualquier discurso.

Así es The Wall. No hay referencias explícitas al amor. No es un disco para enamorarse en el acostumbrado sentido banal. Pero sí nos obliga a reparar en las barreras que nos separan: los muros que construimos.

Esos muros erigen cercas que tan pronto nos protegen de un imaginado enemigo como nos aprisionan en nuestra fortaleza. Vuelven imposibles los lazos de solidaridad, los vínculos afectivos: en definitiva, el amor en el sentido que le daba el psiquiatra Erich Fromm.

Muros para la intolerancia

Más allá de los ideales y las utopías, la llamada política de “realidades” nos incita a la intolerancia. Habrá muros físicos. También muros mentales, quizás más dañinos y perniciosos. A medida que nos sentimos más vulnerables, añadimos otro ladrillo a nuestro muro de incomprensión, como escuchamos en “The Thin Ice”.Roger Waters & Ute Lemper, ‘The Thin Ice’.

Son las consecuencias del odio a lo que no es como uno mismo, a lo diferente cuando carecemos de anclajes sólidos a los que agarrarnos. Vivimos en precario. Es lo que el sociólogo Zygmunt Bauman ha llamado sociedad líquida.

Esta es la atmósfera adecuada para el germen de fascismos como los criticados en The Wall. Y para lo que Pier Paolo Pasolini llamaba el nuevo fascismo: el consumismo como ideal de vida.

Es lo que el historiador de la economía Karl Polanyi advirtió como origen de los fascismos europeos. En tiempos inciertos y sin sentido, desesperados, donde el afán de lucro aplasta los vínculos sociales de reciprocidad, triunfan las ideologías totalitarias porque reconfortan: dan seguridad al precio de perder la libertad. Seducen sus eslóganes y recetas fáciles. Encandilan a los desamparados y benefician a las elites.

¿Por qué no expulsar lo distinto? El tema que abre el álbum, “In the flesh?”, denuncia la ira etnocéntrica que designa y estigmatiza a nuestros chivos expiatorios.Roger Waters, ‘In the Flesh’.

Insensibles y cómodos

Mientras contemos con nuestras satisfacciones consumistas, o sus promesas de felicidad, nos encerraremos en nuestros propios paraísos hedonistas. Nos volvemos insensibles y egocéntricos: disfrutamos de un confort paralizante, siempre siguiendo al rebaño.

Continuamente el disco pregunta si hay alguién ahí fuera. ¿Podemos sentir a los demás? ¿Les escuchamos? The Wall es una llamada de auxilio para destruir los muros que nos separan: “Juntos, aguantamos. Divididos, perecemos”.

Pink Floyd, ‘Hey, you’.

Podría parecer que una canción titulada “Mother” hablaría sobre el amor materno. Pero, en su lugar, representa una metáfora acerca de la sobreprotección y el infantilismo de nuestra sociedad. “Madre, ¿debería construir un muro? ¿Debería confiar en el gobierno?”

Es ese amor sobreprotector lo que pondrá todos los miedos en su interior, y nunca le dejará volar: “Mantendrá al bebé cómodo y caliente” y le ayudará a construir el muro. Y le vigilará y controlará por su “bien”.

¿No es esto el paraíso soñado del consumismo? ¿El Edén por el que las gentes luchan y compiten entre sí? Se trata de una vida sin riesgos, sin voluntad propia, bajo el manto protector que el dinero nos pueda proporcionar. ¿Por qué no desear vivir en una de esas comunidades cerradas que representan el ideal de una vida acomodada?

Roger Waters & Sinead O’Connor, ‘Mother’.

Es una especie de profilaxis social: vivir en el seno de una comunidad purificada de todo elemento contaminante. Una sociedad homogénea y uniforme. Y lo que nos amenaza es el extranjero (sin poder adquisitivo, claro está), nos dicen los constructores de muros. Nosotros contra ellos. A salvo y en un estado de inminente paranoia que nos hace odiar y temer a los que expulsamos al otro lado del muro.

Una de las canciones más memorables del álbum, “Comfortably Numb” (Cómodamente insensible), nos habla sobre la posibilidad de escapar de las contradicciones de la vida a través de la anestesia total. Cuando nuestros sueños se han desmoronado, nos evadimos de la realidad sin afrontarla. Nos sumergimos en ilusiones narcóticas, químicas o mentales, en los espectáculos de las industrias de la cultura.

David Gilmour – ‘Comfortably Numb’, Pompeya 2016.

Fuera del muro

Los muros se multiplican hoy en forma de prejuicios, estereotipos y discriminaciones. Es la era de la incomunicación en la que todo el mundo habla pero nadie escucha.

The Wall fue mucho más que un álbum autobiográfico acerca del malestar del compositor principal, Roger Waters, ante la distancia moral que le separaba de los espectadores de sus conciertos. O el reflejo de las discrepancias irreconciliables que condujeron a la separación de la banda unos años después. O un disco a la memoria de su padre, fallecido en la Segunda Guerra Mundial.

Es el espejo en que una sociedad deslavazada puede reconocerse. Después de todo, si lo piensa usted bien, puede que no seamos más que otro ladrillo en el muro.

Pink Floyd, ‘Another Brick In The Wall’.

No obstante, alzar la voz contra el control mental, el conformismo y la indiferencia generalizada es el primer paso para derribar nuestros muros, materiales y mentales. El segundo paso es poner en práctica esos ideales para que no sean palabras vacías. Necesitamos salir al otro lado: al encuentro de los demás, sean quienes sean. Escucharles y ser escuchados. Es un camino incierto y complejo, pero es lo que nos hace humanos.

La normalización del fascismo

Hitler y Mussolini en Munich, Alemania, el 18 de junio de 1940. Everett Historical / Shutterstock

Autor: John Broich

Fuente: The Conversation, 10/09/2019

¿Cuál es la manera apropiada de informar sobre un fascista?

¿Cómo se debe cubrir el auge de un líder político que va dejando un reguero documental que da cuenta de su anticonstitucionalismo, racismo y enaltecimiento de la violencia? ¿La prensa debe destacar el hecho de que el individuo en cuestión actúa en los márgenes de las normas sociales establecidas o debe, por el contrario, resignarse a transmitir que quien gana unas elecciones es “normal” por definición porque su liderazgo refleja la voluntad del pueblo?

Estas fueron las cuestiones a las que la prensa estadounidense tuvo que hacer frente tras el ascenso de los líderes fascistas en Italia y Alemania durante los años veinte y treinta del siglo pasado.

Líder vitalicio

Benito Mussolini conquistó el poder en 1922, al culminar la marcha sobre Roma secundado por 30.000 camisas negras, y tres años después se declaró líder vitalicio. Aunque estas acciones no casaban con los valores estadounidenses, Mussolini gozaba del trato favorable de los mediosnorteamericanos, que le dedicaron al menos 150 artículos entre 1925 y 1932, la mayoría de ellos en un tono amable, neutral o pretendidamente difuso.

Benito Mussolini se dirige a la multitud durante la ceremonia de inauguración de la ciudad de Sabaudia el 24 de septiembre de 1934. AP Photo

El Saturday Evening Post incluso se atrevió a publicar por fascículos la autobiografía del Duce en 1928. Varios medios, desde el New York Tribunehasta el Chicago Tribune, pasando por el Plain Dealer de Cleveland, reconocían que el nuevo “movimiento Fascisti” empleaba unos “métodos algo duros” al tiempo que elogiaban la salvación de Italia frente a la extrema izquierda y valoraban la revitalización de su economía. Desde la perspectiva de estos medios, el anticapitalismo que surgiría tras la Segunda Guerra Mundial en Europa sería una amenaza mayor que el fascismo.

Curiosamente, mientras la prensa consideraba al fascismo un novedoso “experimento”, cabeceras como The New York Times solían asegurar que el movimiento había devuelto a lo que llamaban la “normalidad” a un país turbulento como Italia.

Por el contrario, periodistas como Hemingway y medios como el New Yorker rechazaron de plano la normalización de una figura antidemocrática como la de Mussolini. Y John Gunther, de Harper’s Magazine, le dedicó un afiladísimo perfil sobre su manipulación de una prensa estadounidense que no era capaz de resistirse a los encantos del dictador.

El “Mussolini alemán”

El éxito de Mussolini en Italia legitimó a los ojos de la prensa estadounidense el ascenso al poder de Hitler, al cual apodaron entre finales de los años veinte y principios de los treinta el “Mussolini alemán”. Dada la positiva acogida al italiano por parte de los medios, Hitler comenzó su andadura desde un punto de partida favorable a sus propósitos. Además, gozaba de la ventaja que le otorgaba el impresionante salto del Partido Nazi en las urnas desde finales de los veinte, cuando era una opción marginal para los teutones, a 1932, año en que ganó holgadamente las elecciones federales.

Sin embargo, parte de la prensa menospreciaba a Hitler al considerarlo poco más que un bufón. Era un “histérico extravagante” de “beligerante discurso” cuya apariencia, según Newsweek, era “caricaturesca” y “recuerda a Charlie Chaplin”. Cosmopolitan, por su parte, afirmaba que era “tan locuaz como inseguro”.

Jóvenes alemanes leen el periódico el 18 de mayo de 1931. AP Photo

Cuando el partido de Hitler vio incrementada su influencia en el Parlamento, e incluso después de haber sido investido canciller en 1933 (alrededor de un año y medio antes de hacerse con el poder de manera dictatorial), numerosos grupos mediáticos estadounidenses vaticinaron que sería desplazado por políticos más tradicionales o que tendría que moderar su discurso. Tenía un séquito de adeptos, sí, pero estaba formado por “votantes fácilmente impresionables” embaucados por “doctrinas radicales y remedios vacuos”, sostenía el Washington Post.

Ahora que Hitler tenía que trabajar con un gobierno, el New York Times y el Christian Science Monitor pronosticaban que los políticos “serios” acabarían con el movimiento nazi. Ya no le bastaría con tener un “agudo sentido del instinto dramático”. A la hora de gobernar, su falta de “sensatez” y su reducida “profundidad de pensamiento” lo dejarían expuesto.

De hecho, el New York Times escribió que la llegada de Hitler a la cancillería solo serviría para “dar cuenta al pueblo alemán de su propia futilidad”. La prensa se preguntaba entonces si Hitler no se arrepentiría de no haber pujado en la carrera por el Gabinete, donde seguramente habría asumido un número de responsabilidades mayor.

Si bien la prensa norteamericana tendía a condenar el documentado antisemitismo de Hitler a principios de los años treinta, se produjeron excepciones notables. Algunos periódicos no dieron importancia a episodios de violencia contra ciudadanos judíos alemanes, de los que aseguraron que se trataba de propaganda como la que proliferó durante la Primera Guerra Mundial. Numerosos diarios y periodistas, incluso aquellos que condenaban la violencia de manera categórica, repitieron una y otra vez, en un esfuerzo por alcanzar la normalidad, que las agresiones eran cosa del pasado.

Los periodistas eran conscientes de que no podían criticarlo con vehemencia si querían seguir teniendo acceso al régimen nazi. Tanto era así que un locutor de la CBS no informó sobre la paliza que sufrió su propio hijo a manos de unos camisas pardas por no haber saludado al Führer. Cuando Edgar Mowrer, corresponsal del Chicago Daily News, escribió en 1933 que Alemania se estaba convirtiendo en “un manicomio”, las autoridades germanas conminaron al Departamento de Estado de los Estados Unidos a llamar a capítulo a sus reporteros. Allen Dulles, quien posteriormente llegaría a ser director de la CIA, trasladó a Mowrer que “estaba tomándose la situación alemana demasiado en serio”. Así las cosas, el editor de Mowrer le buscó un destino fuera de Alemania, ya que temía por su vida.

Hacia finales de la década de los treinta la mayoría de los periodistas estadounidenses se habían dado cuenta del error que habían cometido al subestimar a Hitler o al no ser capaces de visualizar la gravedad de los actos que podía llevar a cabo. No obstante, se produjeron algunas vergonzosas excepciones, como la oda al régimen que compuso Douglas Chandler para el reportaje Changing Berlin de la revista National Geographic en 1937. Por su parte, Dorothy Thompson, que había calificado a Hitler en 1928 como un hombre de una “insignificancia asombrosa”, se percató de su desacierto hacia la mitad de la década siguiente, momento en que, al igual que Mowrer, comenzó a dar la voz de alarma.

“Nadie puede reconocer a un dictador antes de que él mismo se quite la careta”, argumentó en 1935. “No se presenta a las elecciones con la vitola de dictador, sino que pretende representarse a sí mismo como el instrumento de la voluntad nacional”, añadió. Trasladando la lección a Estados Unidos, escribió: “Si tuviéramos un dictador, sin duda aparentaría ser uno de los nuestros y tendría por propósito defender a capa y espada los valores americanos tradicionales”.

Walt Whitman, la voz libre de América

https://www.laaventuradelahistoria.es/walt-whitman-la-voz-libre-de-america
https://www.laaventuradelahistoria.es/walt-whitman-la-voz-libre-de-america
El poeta Walt Whitman en Washington, hacia 1865.

Fuente: laventuradelahistoria.com 31/05/2019

Todo empezó en marzo de 1842, cuando Ralph Waldo Emerson impartió la conferencia El poeta en Nueva York. Por entonces, Walter Whitman (Walt Whitman) era un redactor de la revista Aurora que acudía a la cita del filósofo con mayor prestigio de Estados Unidos. Emerson comenzó diciendo que el verdadero poeta rompe las cadenas de todos, que representa al hombre completo y la belleza, que ese poeta daba fe de lo que experimentaba y que llevaba a la liberación personal. Pero Emerson aún no lo había encontrado en su país: “Busco en vano a este poeta del que hablo”.

Walt Whitman se quedó tan fascinado que aquellas palabras se quedaron resonando en su interior hasta que, ocho años después, escribió los primeros versos. Llevaba casi una década haciendo acopio de la fuerza y libertad con la que escribiría toda su vida, y decidió que aquel impulso creativo tenía que ver la luz en 1855. Su grito al mundo se llamaba Hojas de hierba, y eran cientos de versos que ocupaban 95 páginas encuadernadas en un verde amarillento. Whitman no olvidaba quién le había inspirado.

El apoyo y la influencia de Ralph W. Emerson fue clave para que "Hojas de hierba" triunfase.
El apoyo y la influencia de Ralph W. Emerson fue clave para que «Hojas de hierba» triunfase.

Acudió a la oficina de correos y envió a Concord (Massachusetts) un paquete con uno de los mil ejemplares que había pagado de su bolsillo. El filósofo de Concord recibió desconcertado un libro anónimo con el retrato de un hombre de barbas y sombrero, los derechos de autor a nombre de un tal Walter Whitman, y unos versos encajados en el primer poema que decían: “Walt Whitman, un cosmos, el hijo de Manhattan”.

Emerson se quedó impresionado de aquellos doce poemas sin título que rasgaban las convenciones y cantaban a lo más íntimo del ser humano, ya que encajaban en sus más viejos anhelos. Días después de recibir el libro, el filósofo leyó un anuncio en la prensa que le confirmó la autoría del libro, así que escribió al tal Whitman, augurándole una gran carrera. El libro, escribía en la carta, “es una de las piezas más extraordinarias de humor y sabiduría con las que América ha contribuido”. Además, quería ir a verle a presentarle sus respetos a Nueva York, algo que sucedió a finales de año.

Revolución y provocación

Hojas de Hierba era una revolución y una provocación, pero también la voz profunda de un poeta que en el prólogo ya advertía que “la verdadera prueba para un poeta es que su país lo absorba tan afectuosamente como él lo ha absorbido”. Y a pesar de propagar la voz popular de su pueblo y de un país al que cantaba, tuvo que bajar el precio para dar salida a aquel manojo de páginas que pocos comprendieron: de dos dólares a 50 centavos.

La crítica se le echó encima por el alto voltaje sexual, pero también por desafiar el puritanismo que envolvía la sociedad en un país que en 1850 había aprobado una ley para capturar a los esclavos que se fugaban de sus amos. Los versos transpiraban libertad, no estaban sometidos a rimas, métricas ni convenciones. Eran tan libres como la naturaleza, y tan democráticos como las convenciones que rompía.

Edición de 1856 de "Hojas de Hierba".
Edición de 1856 de «Hojas de Hierba».

El New York Tribune publicó una reseña diciendo que la poesía de Whitman era “burda y grotesca”, y no le vio mucho futuro; el poeta y editor James Rusell Lowell creyó que “eran auténticas paparruchas”. Y hasta el famoso Thomas Carlyle, que leyó los versos desde Inglaterra, dijo años después que parecía “como si el toro del pueblo hubiera aprendido a sostener una pluma”.

Tenía en contra a la opinión pública pero, del otro lado, el mayor filósofo de Estados Unidos hacía fuerza a su favor, difundiendo Hojas de hierba, enviándoselo a amigos y recomendando leer una obra de “budismo norteamericano”. Algo en la literatura norteamericana cambiaba para siempre.

Una vida de sobresaltos

Pocas personas están tan íntimamente ligadas a su obra como Whitman. Canto a mí mismo, el poema que abre el libro, es ya una declaración abierta de la naturaleza humana “porque cada átomo que me pertenece, te pertenece también a ti”. Y es precisamente esa voz que navega en lo más profundo lo que hace de Whitman un revolucionario al romper las reglas establecidas.

Whitman había nacido en una granja de Long Island, Nueva York, el 31 de mayo de 1819. Entre los nueve hermanos, dos tenían nombres de héroes: George Washington y otro Thomas Jefferson. Su padre era un carpintero que leía con fruición, algo que él heredó. Los versos del joven de 36 años tenían voz furiosa, y Hojas de hierba seguía el rastro épico de los viejos poemas griegos. Por aquel entonces había leído la Ilíada de Homero a orillas del mar, en Long Island, y recorría en autobús la calle Broadway recitando en voz alta a Homero. Los vecinos veían, extrañados, a aquel hombre descamisado con botas de cuero, barbas y sombrero, de piel rojiza y un cuello musculoso, sin sospechar que iba a revolucionar la literatura.

Hasta publicar la primera edición, el poeta había trabajado en una larga lista de oficios, desde tipógrafo, ayudante en un despacho de abogados, regente de una papelería, hasta carpintero y periodista, el más estable en su vida: fundó The Long Islander y trabajó en el New York Evening PostLife Illustrated o The Brooklyn Daily Eagle. Con 21 años, y trabajando de profesor en Nueva York, ya mostraba en sus cartas –hay 3.000, editadas en seis volúmenes– la vena pasional e inconformista que mantendría en su vida. “¡Woodbury! ¡Qué nombre tan apropiado! Si me viera obligado a soportar su intolerable insipidez durante todo un año, sin esperanza de alivio, sería capaz de enterrarme, a mí y a cualquiera que albergase un ínfimo deseo de compañía inteligente. (…) Amigo mío, no puedes hacerte una idea de la horrible monotonía de este sitio. Hacer dinero, trabajar, trabajar, trabajar…”, le escribió a su amigo Paul Leech el 19 de agosto de 1840.

Seguidores de Walt Whitman reunidos para leer y comentar su obra.
Seguidores de Walt Whitman reunidos para leer y comentar su obra.

Por suerte, su destino era la escritura y estaba convencido después de una aventura en Nueva Orleans, de donde le echaron del Daily Crescent por su irreverencia política. En la ciudad sureña se había impregnado de otra cultura y tantas gentes a las que luego honraría en Canto a mí mismo: la prostituta, el fumador de opio, el barquero, el ganadero, el director de orquesta, la novia, el cobrador, los carpinteros, los cazadores de mapaches.

Sin embargo, sus empeños literarios habían resonado poco hasta Hojas de Hierba. Su novela Franklin Evans, el borracho, publicada en 1842, pasó desapercibida y él mismo llegó a decir que era “una auténtica porquería”. Y aunque estaba considerada como su única novela, recientemente se descubrió que no era la única.

Se llama Vida y aventuras de Jack Engle y fue publicada en 1852 por entregas en el periódico The Sunday Dispach de forma anónima, por lo que se perdió entre los papeles. Hasta que, en el 2016, un estudiante de la Universidad de Houston que realizaba un doctorado halló en los cuadernos de Whitman notas donde pergeñaban personajes e ideas. Cuando pidió las copias del The Sunday Dispach a la Biblioteca Nacional, vio que coincidían los personajes y las tramas. La historia publicada era de Walt Whitman.

Tras su regreso de Nueva Orleans, trabajó en el Brooklyn Freeman hasta que se unió a su padre en el taller de carpintería, pero su progenitor murió poco después de publicar Hojas de Hierba y su vida tomaría nuevo rumbo, con detractores y admiradores. Los filósofos Henry David Thoreau y Amos Bronson Alcott, amigos íntimos –y vecinos– de Emerson, formaban parte del segundo grupo, así que lo visitaron en el otoño de 1856 en su casa de Brookling, donde lo encontraron en su buhardilla, con imágenes de Baco y Hércules en las paredes, en un extraño desorden.

Entregó a Thoreau la segunda edición de Hojas de Hierba, que llevaba escrito en el lomo y con letras doradas, los buenos augurios que Emerson le había deseado en aquella carta: “Lo saludo al principio de una gran carrera”. Thoreau, que le había preguntado al poeta si había leído a los orientales –Whitman dijo que no–, tras leer con interés la segunda edición en la que incorporaba la famosa carta de Emerson y un nuevo poema, dijo que había dicho “más verdades que cualquier otro norteamericano o moderno”.

Aun así, al poeta erigido en voz nacional, con barba de druida y una salud íntegra, le gustaba la adulación y se rodeaba de chicos jóvenes, en quienes veían la audiencia perfecta para hablar de sí mismo y seguir escribiendo versos; un afán que expresó en público en el verano de 1856: “El trabajo de mi vida consiste en escribir poesía… unos pocos años, y la media anual de poemas que me exijo es de entre diez y veinte mil, o probablemente más”.

Compromiso humano

Whitman comenzó a atraer cierta admiración a partir de 1860, con la tercera edición de un poemario al que Emerson había sugerido supresiones y él se había negado porque quería seguir su propio camino. Años después, recordando aquella conversación, el poeta dijo que el sabio de Concord lo había apreciado más por no aceptar su consejo.

Al tiempo, Whitman añadía nuevos poemas y pulía otros para incorporar en Hojas de Hierba, una obra surgida en la gran década de literatura estadounidense, pues en apenas unos años se publicaban La Letra Escarlata (1850), Moby Dick (1851) y Walden (1854). Pero aquel país que parecía nacer de nuevo pronto se caería al precipicio de la Guerra de Secesión. El pesimismo de Whitman aumentaba, así que  trató de compensarlo con un compromiso que lo llevó por campamentos militares y campos de batalla hasta instalarse en Washington. Allí trabajó como voluntario en un hospital de heridos y allí compuso, tras el asesinato de Lincoln en 1865, La última vez que florecieron las lilas en el jardín. La guerra lo había desconcertado y su compromiso humano, que ya se vislumbraba hacía décadas, aumentó. De hecho, años después, The Galaxy publicó sus ensayos sobre democracia.

El poeta Walt Whitman probablemente en Nueva York, hacia 1870.
El poeta Walt Whitman probablemente en Nueva York, hacia 1870.

Instalado en Washington, Whitman se acordó de Emerson, su viejo mentor, para que le ayudara a buscar trabajo. Necesitaba cartas de recomendación y Emerson accedió a enviarle una al secretario del Tesoro, aunque a pesar de elogiar su patriotismo y decir que sus textos eran “más profundamente americanos, democráticos y en interés de la libertad política que los de cualquier otro poeta”, el secretario,  Salmon P. Chase, pensó que la reputación del poeta era mala. Finalmente, Whitman consiguió un trabajo en 1865 como administrativo en el Departamento de Interior, pero no duró mucho, ya que su jefe encontró un ejemplar Hojas de Hierba en el cajón. Tras leerlo, lo echó del trabajo.

Whitman continuó recibiendo amenazas por “la desfachatez” de su libro a pesar de las siete ediciones que llevaba hacia 1882. Las presiones por censurarlo se mantenían. Él, ya instalado en Candem (Nueva Jersey), no desistió en su camino y siguió escribiendo y dictando conferencias, sobre todo acerca de Lincoln, con ese carácter que ya había advertido un joven escritor en la revista Putnam’s. Tras la aparición de la primera edición, Charles Eliot Norton lo había definido como “una mezcla de trascendentalista de Nueva Inglaterra con alborotador de Nueva York”.

Los últimos años de vida, instalado en la casa que compró en Candem y que hoy es un museo, Whitman recibía a admiradores de todo el mundo, que acudían con fervor a conocer al poeta revolucionario que acabó escribiendo y puliendo 389 poemas en nueve ediciones. El escritor Mark Twain, intuyendo que la vida del poeta llegaba a su fin, le envió en 1889 una carta de felicitación por su cumpleaños y un regalo: que se tomara treinta años más de vida. Pero Whitman murió tres años después y el tiempo acabó por confirmar Hojas de Hierba como una de las grandes creaciones estadounidenses.

Hitler devora Polonia: 80 años del inicio de la II Guerra Mundial

Fuente: laaventuradelahistoria.es 27/08/2019

Con la invasión alemana de Polonia, ordenada por Hitler el 1 de septiembre de 1939, hace ochenta años, comenzó un conflicto que en los siguientes seis años, tras engullir al planeta, se cobró la vida de sesenta millones de personas. Dedicamos al estallido de la II Guerra Mundial nuestro Dossier del número 251 (septiembre), ya en quioscos, que arranca con el inestable periodo –analizado por Ricardo Miralles– durante el que, entre el Tratado de Versalles de 1919 y la anexión de los Sudetes, veinte años después, se fraguó el conflicto. David Solar narra la invasión, mientras Jesús Casquete y José María Faraldo se ponen en la piel de los alemanes y de los polacos de a pie, respectivamente, para rescatar a través de sus testimonios el impacto del suceso en la población civil, un enfoque habitualmente obviado en los relatos canónicos de este enfrentamiento.

Hitler durante el desfile de la victoria alemana en Varsovia (Polonia), octubre de 1939, en la portada del número 251 de «La Aventura de la Historia», dedicada a los 80 años del inicio de la II Guerra Mundial.

La escala que alcanzó la mortandad, nunca antes vista, suscitó el temor de que, de repetirse, significara el fin de la humanidad. Ese miedo podría haber sido la vacuna contra el fantasma de otra guerra mundial y haber alentado una cultura de la paz que hace que hoy haya en el mundo más maestros que soldados, como argumenta en una Tribuna David García Hernán, y que Europa, con excepción de conflictos localizados, disfrute de su periodo más largo de paz.

Las tres guerras contra el fascismo de un calderero anarquista

Martín Bernal, integrante de La Nueve y luchador antifascista.

Autor: Eduardo Bayona

Fuente: publico.es 01/09/2019

Martín Bernal luchó tres veces contra el fascismo. Una, en la guerra civil, primero en la Columna Ascaso y después en las tropas regulares de la Segunda República. Después, en África con la Legión Extranjera. Y. por último, en la campaña de liberación de Francia y Alemania como alférez de La Nueve, la legendaria compañía de republicanos españoles que el 24 de agosto de 1944 liberó el Ayuntamiento de Paris y, unas horas más tarde, detuvo al general Dietrich con Choltitz, el comandante de las tropas nazis de ocupación, con todo su Estado Mayor.

Martín, de 24 años cuando los militares franquistas se sublevaron en 1936, se ganaba la vida como instalador de calderas, ocupación que compaginaba con la de novillero bajo el pseudónimo de Larita II. “La guerra le obligó a dejar las dos ocupaciones”, explica Diego Gaspar, investigador y profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, autor de La guerra continúa. Voluntarios españoles al servicio de la Francia Libre (1940-1945) y que está trabajando en la redacción de Banda de cosacos. Historia y memoria de La Nueve y sus hombres, que llegará a las librerías el año que viene.

Vecino del barrio de Torrero, aunque había nacido en Garrapinillos, y miembro del sindicato anarquista CNT como su hermano Francisco, optó tras el golpe militar por escapar de Zaragoza, donde los sublevados desatarían una feroz represión con más de 3.500 fusilados y desaparecidos, para unirse a la Columna Ascaso, una de las milicias libertarias que salieron de Barcelona en los primeros días de la guerra para intentar liberar la capital aragonesa.

Una fuga a pie de Llíria al Pirineo

Ya no dejaría las armas hasta once años después, cuando, a mediados de 1945, fue licenciado tras terminar la Segunda Guerra Mundial en Europa. “Era un coloso de mirada clara y gesto tranquilo”, lo describe la periodista Evelyn Mesquida en su libro La Nueve. Los españoles que liberaron París. Medía 1,80.

Tras la disolución y militarización de las milicias anarquistas, Bernal participó como soldado regular en varias batallas de la guerra civil, como la de Teruel. “Hecho prisionero por los franquistas al final de la guerra, se había evadido y había atravesado toda España a pie, caminando por la noche y ocultándose durante el día”, narra Mesquida.

Sin embargo, nada más cruzar los Pirineos, a los que había llegado desde Llíria (Valencia) en septiembre de 1939, fue arrestado por la Gendarmería, lo que le situaba ante tres opciones: ser deportado a España, ir a un campo de refugiados (o de prisioneros) o enrolarse en la Legión Extranjera. Optó por la tercera. Poco después, tras formalizar los papeles en Tarbes, estaba viajando a África.

Bernal se hacía llamar Manuel Garcés, en una especie de homenaje a su amigo y cuñado de ese nombre, al que conoció cuando ambos actuaban como novilleros. Aunque la elección también tenía algo de protección: “trataba de evitar que su familia, que se había quedado en España, pudiera sufrir algún tipo de represalias”, anota Gaspar.

Como legionario pasó por varias unidades y participó en diversas batallas, tanto en Senegal como en Túnez contra el Áfrika Korps del mariscal Rommel, antes de desertar para alistarse en el Cuerpo Franco africano en 1943, a poco de que este fuera finalmente disuelto para integrarse en el Ejército de Liberación Nacional francés. Allí fue uno de los 144 españoles (de 160 miembros) que fundaron La Nueve, adscrita al Tercer Regimiento del comandante Joseph Putz dentro de la Segunda División Blindada del general Leclerc.

«Por su valor tranquilo, logró imponerse con rapidez»

Meses después, el 24 de agosto de 1944, sería uno de los 70 hombres de esa unidad que liberaron el Ayuntamiento de París, en la acción militar que simbolizó la reconquista de la ciudad tras la ocupación nazi.

Al día siguiente, Bernal participaría en el asalto a la central telefónica de París, operación en la que terminaría haciéndose cargo del mando tras resultar herido el teniente inicialmente encargado de ello, y, uno más tarde, el 26 de agosto, comandaría el vehículo “Resistencia”, uno de los cuatro con los que los soldados de La Nueve escoltaron al general Charles de Gaulle en el desfile de la victoria.

Durante la campaña previa había dirigido el “Liberación”, el “Teruel” y el “Brunete”.La presencia de los soldados republicanos en esa celebración provocó una queja formal ante el Eliseo por parte de la dictadura franquista, que se refería a sus compatriotas como “españoles enganchados en África y recogidos en Francia conforme avanzaban por la metrópoli las tropas desembarcadas del general Leclerc”, cuenta Mesquida. Las autoridades de la Francia Libre la despacharon sin mayores ceremonias.

“Por su valor tranquilo, logró imponerse con rapidez en La Nueve”, señala Mesquida, que recuerda cómo más tarde sería condecorado “por hacer frente a un enemigo muy superior, ocasionar numerosas bajas y conseguir salvar a un compañero herido”.

El hermano ‘perdido’ en Mauthausen

Tras resultar herido durante la guerra en cinco ocasiones, varias de ellas en la dura campaña de Alsacia, que concluyó con la liberación de Estrasburgo, Bernal fue uno de los integrantes de la tercera sección de La Nueve que, el 5 de mayo de 1945, participaron en las tareas de escolta de la retaguardia de las fuerzas aliadas que, tras los bombardeos de la aviación, ‘barrieron’ en desfiladero de Inzell, el acceso al Nido de las Águilas, la ostentosa residencia de montaña que los nazis habían regalado a Hitler.

Esa fecha, en el que participó en una de sus últimas operaciones bélicas antes de regresar a París y licenciarse, quedaría grabada en la memoria del calderero anarquista que estaba a punto de dejar de ser soldado.

Meses después, en la capital francesa, Martín se reencontraría con su hermano Francisco, de quien no tenía noticias desde hacía cinco años. Había llegado a París repatriado desde Mauthausen, el siniestro campo de concentración que los nazis habían instalado en el noreste de Austria y al que las tropas estadounidenses habían llegado el mismo día que caía el Nido de las Águilas.

Los dos hermanos abrieron una zapatería en las afueras de París, ciudad en la que, aunque viajaron a Zaragoza en varias ocasiones, ambos residieron hasta su muerte. “Soy feliz porque estoy vivo después de lo que he pasado”, explicaba Paco en el documental Aragoneses en el infierno, de Mireia R. Abrisqueta, en el que recordaba la sobrecogedora leyenda que había en la entrada del campo: “vosotros que entráis, dejad aquí toda esperanza”.

¿Qué define una colonia?

Fragmento de una caricatura de Le Petit Journal de 1898 en la que se representa la disputa colonial por China de forma alegórica. De izquierda a derecha la reina Victoria del Reino Unido, el káiser Guillermo II de Alemania, el zar Nicolás II de Rusia, Marianne —la personificación de Francia— y un samurái japonés se reparten la tarta china. Fuente: Wikimedia.

Autor y fuente: elordenmundial.com

Cuando se creó la ONU nada más terminar la Segunda Guerra Mundial, un buen número de países —entre ellos algunos ganadores de la guerra— tenían bajo su control una gran cantidad de territorios enmarcados en un régimen colonial. En su artículo 1, la Carta de las Naciones Unidas indica “el respeto por el principio de la igualdad de derechos y por el de la libre determinación de los pueblos”. Y aquí aparecía un concepto clave: libre determinación de los pueblos. Como indica la propia ONU, ese derecho significa que “el pueblo de una colonia o Territorio dependiente decide sobre la futura condición de su país”. Relacionado con eso, también surgía la duda de qué se podía considerar una colonia o territorio dependiente, y la ONU lo definió como “un territorio cuyo pueblo todavía no ha alcanzado un nivel pleno de autogobierno”.

Esta idea a menudo se ha confundido con una especie de derecho a la independencia, cuando no es exactamente así. El derecho a la autodeterminación estipula que los territorios coloniales tenían derecho a decir qué querían ser en el futuro. La mayoría, por motivos obvios, han acabado eligiendo la independencia, pero otros territorios, a menudo insulares y bastante dependientes, han preferido mantenerse ligados a otro país, normalmente europeo —como ocurrió recientemente con Nueva Caledonia, territorio francés—. Incluso llegó a haber extraños inventos federales y confederales en un último intento de las metrópolis europeas por conservar estos territorios atados —y eludir en lo posible las obligaciones descolonizadoras—, como la Unión Francesa o la Unión Indonesio-Neerlandesa.

Para ampliar: “El derecho a la autodeterminación y los límites a la independencia”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2018

Hoy todavía quedan 17 territorios pendientes de descolonizar en todo el mundo, con cinco potencias administradoras distintas: Reino Unido, Estados Unidos, Francia, España y Nueva Zelanda.

Ante las dilaciones de las potencias coloniales en aplicar el derecho a la autodeterminación, la ONU insistió en 1960 con la Resolución 1514, donde se exponía que “En los territorios en fideicomiso y no autónomos y en todos los demás territorios que no han logrado aún su independencia deberán tomarse inmediatamente medidas para traspasar todos los poderes a los pueblos de esos territorios”seguida de la Resolución 1541, que era algo así como una guía para saber cuándo un territorio se consideraba descolonizado y en la que, para garantizar que esto se cumplía, creó el llamado Comité Especial de Descolonización.

Este comité es el que pilota y asesora a los territorios para poder ejercer su derecho a la autodeterminación, aunque es la Asamblea General de la ONU la que decide si incluir o no a un territorio en la lista de los lugares pendientes de descolonización. Hoy esa lista consta de 17 territorios que aún no han ejercido el derecho a la autodeterminación. La mayoría son islas y archipiélagos, además de dos territorios continentales: Gibraltar y el Sáhara Occidental. Cada uno de ellos tiene una potencia administradora, que es el país que es responsable de garantizar que la descolonización se haga efectiva. De igual manera, todavía existen cinco potencias coloniales: Reino Unido, Francia, Estados Unidos, España y Nueva Zelanda.

En cuanto a la segunda pregunta —si las colonias tienen que ser necesariamente territorios de ultramar—, la respuesta es no. Al menos no es un requisito imprescindible, si bien existe correlación en que, tanto históricamente como en la actualidad, las colonias estaban muy alejadas de la metrópolis. Hay que tener en cuenta que el estatus de colonia lo marca el hecho de que el territorio aún no haya decidido su futuro libremente, no el tipo de futuro por el que se decanten —sea cual sea—. Así, un territorio como Mayotte, situado en el Índico, es un departamento francés de ultramar que también está dentro de la Unión Europea. De hecho, varios países de la Unión Europea tienen territorios de ultramar que no tienen estatus de colonia, caso de Portugal —Azores y Madeira—, España —las Canarias— o el Reino de los Países Bajos, con varias islas en el Caribe.

La crítica socialista a la política comercial a fines del XIX

 Cartel político donde el Partido Liberal del Reino Unido enfrenta al proteccionismo con el libre comercio; La tienda de libre comercio está llena hasta el borde de los clientes debido a los bajos precios mientras que la tienda basada en el proteccionismo ha sufrido por los altos precios y la falta de costumbre. (Fuente: Wikipedia)

Autor: EDUARDO MONTAGUT
Fuente: Nueva Tribuna, 4/09/2019

Durante todo el siglo XIX se produjo un debate en España entre los proteccionistas y los librecambistas. Los primeros representaban los intereses de los grandes productores de cereal del interior peninsular, en alianza con los fabricantes textiles catalanes con evidente apoyo de los obreros del ramo, y los industriales siderúrgicos vascos. Frente a estos grupos que buscaban asegurarse el mercado español de la competencia externa, estaban los comerciantes, siempre interesados en poder comprar mercancías sin el coste añadido de los aranceles, y las compañías ferroviarias que necesitaban importar tecnología para poder montar las líneas de ferrocarril.

En la España del siglo XIX, con algunas excepciones, primó la adopción de políticas proteccionistas

En la España del siglo XIX, con algunas excepciones, primó la adopción de políticas proteccionistas. En 1826 se promulgó el Real Arancel General de entrada de frutos, géneros y efectos del extranjero, que establecía la prohibición expresa de entrada de más de seiscientos productos y el derecho diferencial de bandera. El proteccionismo comenzó a ser defendido ya con fuerza en estos primeros momentos por los industriales catalanes para preservar sus productos textiles de la competencia inglesa. Después de la pérdida de casi todas las colonias se estableció que Cuba y Puerto Rico quedarían como monopolio exclusivo de los productos agrícolas e industriales peninsulares. El proteccionismo siguió siendo la política seguida a la muerte de Fernando VII hasta la Regencia de Espartero, ya que, este político y militar cercano a Gran Bretaña, estableció el Arancel de 1841 que redujo considerablemente el número de artículos que no se podían importar. En otro sentido, se incorporó al País Vasco al sistema aduanero español, coincidiendo con la derrota carlista. La relajación del proteccionismo provocó el enfrentamiento de los catalanes, y la otra medida, la protesta de los vascos.

La reforma hacendística de Mon-Santillán de 1845 y el Arancel de 1849 introdujeron algunos matices librecambistas, aunque, a partir de entonces se dieron continuas modificaciones de tarifas aduaneras en distinto sentido. Los matices librecambistas estaban motivados por la necesidad de importar tecnología y bienes de equipo para la construcción del ferrocarril, y eran defendidos también por los comerciantes, mientras que los cambios en sentido proteccionista se debían, en gran medida, a la presión de los industriales catalanes, fuertemente organizados en torno al Instituto Industrial de Cataluña.

El Arancel Figuerola de 1869 se inclinó más claramente hacia el librecambismo porque suprimía el derecho diferencial de bandera, establecía un programa gradual de reducción de tarifas sobre los productos importados y no prohibía la importación de ningún producto. En todo caso, conviene relativizar el carácter librecambista de este Arancel, debido al ministro Laureano Figuerola al poco de triunfar la Revolución Gloriosa. Ciertamente lo fue, pero si lo comparamos con los anteriores y los posteriores.

Cánovas proclamó que el proteccionismo era un dogma fundamental del Partido Conservador

Pero en la época de la Restauración la política económica volvió a tener un marcado carácter proteccionista, como se puede comprobar en el Arancel de 1891. Cánovas proclamó que el proteccionismo era un dogma fundamental del Partido Conservador. El proteccionismo debía contentar a tres pilares fundamentales del sistema político liberal-conservador: los industriales catalanes, los grandes propietarios cerealistas castellanos y los empresarios siderúrgicos vascos.

LA POSTURA DEL PSOE EN 1887

Pues bien, en este artículo nos centraremos en la postura que adoptó el PSOE a la altura de 1887 sobre esta polémica. La posición socialista de publicó en el número 95 de El Socialistade 30 de diciembre de 1887.

En el año 1887 todavía duraban los efectos de la Gran Depresión de 1873, que provocó la adopción en muchos países de políticas fuertemente proteccionistas. Los defensores de esta intervención del Estado en las relaciones comerciales y sus detractores librecambistas se enzarzaron en esta época en una intensa polémica, a la que no se vio ajena España. Cada posición achacaba a la otra la responsabilidad de los problemas económicos. Para los socialistas era una polémica entre dos facciones de la burguesía. Los librecambistas serían los defensores del “pan barato”, es decir, de permitir las importaciones de trigo para que bajaran los precios del principal alimento con el fin de no subir mucho los salarios. Por el contrario, los proteccionistas eran los defensores de los “buenos salarios”. Pero esta polémica era para el PSOE un “solemne disparate”.

Los librecambistas serían los defensores del “pan barato” y los proteccionistas defenderían los “buenos salarios”, en una polémica que para el PSOE era un “solemne disparate”

Ni unos ni otros ofrecerían soluciones a la supuesta causa fundamental del capitalismo: la imposibilidad para la clase trabajadora de poder adquirir todo o casi todo lo que se producía, es decir el desequilibrio entre oferta y demanda. El equilibrio entre ambas no se podría restablecer impidiendo que entrasen productos extranjeros a través de los aranceles (“impuestos protectores”). El proteccionismo solamente libraba a la producción española de la competencia, una producción que se realizaba con tecnología y sistemas de trabajo inferiores a los que se daban en el extranjero. Pero tampoco se veía en el librecambismo una solución, porque el fin de la protección no cambiaba la realidad de la superproducción. Todos los países sufrían la crisis, ya fueran adalides del libre cambio como Inglaterra, o defensores del proteccionismo como Francia o Alemania. España no se salvaba de esta crisis, aunque aplicase en ese momento un cierto eclecticismo, justo en el momento en el que gobernaban los liberales.

Las dos doctrinas serían, por lo tanto, siempre según los socialistas, ineficaces para terminar con el exceso de producción. La situación cambiaría no con la adopción de una u otra política, proteccionista o librecambista, sino cuando desapareciese el capitalismo. Los obreros no estaban recibiendo el valor de lo que producían, solamente una parte del mismo, y que les impedía consumir todo lo que creaban para poder satisfacer sus necesidades. La solución pasaría por la conquista del poder político, expropiando a los detentadores de la riqueza, evitando que nadie pudiera acaparar el fruto del trabajo de los demás. En fin, una solución revolucionaria.

75 aniversario de la liberación de Paris

Autor: ROMAN ECHANIZ

Fuente: nuevatribuna.es 24/08/2019

En estas fechas, se conmemora el 75 aniversario de la liberación de Paris por parte de los aliados de la inmundicia nazi.

El primer cuerpo aliado en entrar fue 9.ª Compañía de la 2.ª División Blindada de la Francia Libre, también conocida como División Leclerc, la llamada compañía Nueve compuesta por republicanos españoles. Fueron los carros bautizados como Guadalajara, Teruel, Don Quijote y otros,los primeros en entrar a la ciudad de Paris. Ultrajada, martirizada,pero liberada entre otros por quienes habían perdido su libertad,tiempo atrás. Los republicanos españoles de la Francia Libre.

Ahora, cada 24 de agosto, se celebra una ceremonia oficial en el jardín bautizado Jardín de los combatientes de la Nueve con motivo de las celebraciones de la Liberación de París

Cuando el general de Gaulle paso a saludar a los militares combatientes, revistidos de sus uniformes, se paro delante de un militar que llevaba unas medallas españolas al lado de las francesas, y el general pregunto sonriente pero con el ceño fruncido,
-¿ Cuando habéis entrado en la resistencia? 

La contestación fue breve directa, respetuosa con un impecable saludo, de soldado a soldado:

-Antes que usted, mi general 

Como dice Diego de Lora, hijo del Capitan e insigne masón Cristobal de Lora asesinado a los pocos dias de la rebelion fascista «el laconismo de la respuesta conlleva todo. Rigor, respeto de la jerarquia y esa austeridad de los españoles republicanos que tenían el pudor de los vencidos, porqué no pudieron cumplir su compromiso». 

Hubo que esperar a agosto del 2004 para que  París  homenajeara republicanos españoles de la Nueve.

El 25 de agosto de 2012, durante la celebración del 68 aniversario de la Liberación de París, una bandera republicana participó en los festejos a modo de reconocimiento siendo reflejado este hecho en el discurso del Presidente de la República francesa, el socialista François Hollande.

Ahora, cada 24 de agosto, se celebra una ceremonia oficial en el jardín bautizado Jardín de los combatientes de la Nueve con motivo de las celebraciones de la Liberación de París.

A finales de 2016, la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena designó también un jardín municipal como Jardín de los luchadores de La Nueve. Fue inaugurado en abril de 2017 por las alcaldesas de Madrid y París, Manuela Carmena y Anne Hidalgo, socialista de origen español.

Fueron los Republicanos Españoles quienes salvaron la dignidad de los españoles ante la barbarie nazi. Ellos que lucharon por la libertad fuera de nuestra patria al haber caído España en manos del Fascismo. 

No es política. Es Memoria. 

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