El lugar: Cleveland, Ohio (EE UU). La fecha: 30 de julio de 1938. Un emocionado pero vigoroso anciano que cumple ese día 75 años recibe, de manos del cónsul alemán, el mejor regalo de aniversario imaginable para un hombre como él, la Gran Cruz de la Orden del Águila Alemana –Grosskreuz des Ordens vom Deutsche Adler–, consistente en una estrella de ocho puntas con una Cruz de Malta y una banda de color rojo. Es la más alta condecoración que los nazis conceden a un extranjero; el piloto Charles Lindbergh, otro “héroe americano” muy bien avenido con el hitlerismo –aunque luego redimido por su actuación en la II Guerra Mundial–, tendrá que conformarse, el 19 de octubre de ese mismo año, con una medalla de menor valor, la estrella de seis puntas. Pero es que ese anciano no es alguien cualquiera: se trata de Henry Ford, el único estadounidense mencionado por su nombre en Mein Kampf.
En efecto, Ford fue probablemente el más ilustre de los abiertos simpatizantes con que contó Hitler en las democracias occidentales, y aun más que eso: fue una de sus grandes influencias. Millonario nacido en la pobreza, inventor prolífico, fundador de la multinacional del automóvil Ford Motor Company y padre de la producción industrial en cadena –el fordismo–, era además un antisemita fanático con veleidades periodísticas. Y así, el libro El judío universal: el mayor problema mundial (1920), una recopilación de los artículos antijudíos que dictaba para su periódico The Dearborn Independent, sería leído por el dictador nazi cuando aún gestaba su ideario y se convertiría en su obra de cabecera. Hitler llegó a colgar la foto de Ford en la pared de la celda en la que pergeñó Mein Kampf (1925) y basó varias secciones de su libro en los escritos del americano, al que decía “reverenciar”: “Solo Ford mantiene su total independencia frente a los judíos (…). Haré lo que pueda para poner sus teorías en práctica en Alemania”. Dicho y hecho: el Volkswagen, el coche del pueblo orgullo del nazismo, fue modelado a imagen del Ford T.
La banca siempre gana
Pero Ford no solo proveyó a Hitler de ideas, sino también de dinero y material industrial, y en esa forma de colaboración con el enemigo no estuvo ni mucho menos solo. En su polémico libro Wall Street and the rise of Hitler (Wall Street y el ascenso de Hitler), el economista británico Antony C. Sutton afirma que, sin el apoyo de la banca y el mundo financiero e industrial americano, no habría existido Hitler, o al menos no habría logrado llevar al mundo, en 1938, al borde del abismo. Sutton ofrece contundentes testimonios y pruebas de la financiación del Partido Nazi desde sus mismos orígenes, y más tarde del ambicioso programa de obras públicas y rearme del Tercer Reich, por parte de diversos gigantes corporativos y grupos bancarios estadounidenses.
Los nombres citados no son los de ningún advenedizo. Aparte del ideológicamente afín Ford y su Ford Motor Company, aparecen otros personajes y empresas no menos señalados, aunque con motivaciones aparentemente más espurias (el mero ánimo de lucro): John D. Rockefeller y la Standard Oil; el Chase Bank y el Morgan Bank, también controlados por la familia Rockefeller; James Mooney, jefe ejecutivo para operaciones en el extranjero de General Motors –condecorado asimismo por los nazis–; la Union Banking Corporation, dirigida por Prescott Bush, padre y abuelo de sendos presidentes americanos… Se da la curiosa circunstancia de que esta última corporación sería la única castigada por la Administración Roosevelt por sus conexiones con el nazismo, si bien solo tras la entrada en la guerra de EE UU; antes, el Departamento del Tesoro había aprobado todas sus transacciones. En 1942, sus activos fueron incautados y Bush y otros directivos fueron a parar a la cárcel.
Sentados en camiones cargados con burros o caballos, o sencillamente a pie. En interminables filas avanzaban en el verano de 1948 miles de personas que, tras la fundación de Israel, perdieron su patria y debieron huir.
Durante mucho tiempo se había anunciado la «Nakba», o la catástrofe, como conocen los palestinos a las consecuencias del surgimiento de Israel. Más de 30 años antes, el 1 de noviembre de 1917, el ministro de Exteriores británico, lord Arthur James Balfour, le había explicado al presidente de la Federación Sionista Británica, Lionel Walter Rothschild, que Gran Bretaña respaldaría y apoyaría con fuerza la creación de una «patria» para el pueblo judío.
Poco tiempo antes, miles de judíos escapaban de Europa y de los pogromos, las acciones antisemitas, hacia Palestina. Entre 1882 y 1939 fueron cerca de 380 mil personas. Llegaron a un país donde vivían 450 mil personas, de los cuales cerca del 90 por ciento eran árabes musulmanes.
Los árabes se sienten amenazados
Desde la década de 1920, las tensiones provocadas por la inmigración aumentaron. Pronto, dos movimientos nacionales se enfrentaron: el judío-sionista por un lado y el palestino por el otro. Los árabes veían su propia existencia cada vez más amenazada, un sentimiento que llevó a un primer levantamiento entre 1936 y 1939.
Libro sobre la «Nakba».
Para aminorar las tensiones, Gran Bretaña restringió la llegada de más judíos, a pesar de la creciente presión generada por los judíos que querían abandonar la Alemania nacionalsocialista. Esto llevó a cada vez más grupos sionistas a enfrentarse contra los británicos del Mandato. Ya en 1942, sus dirigentes exigieron la creación de un Estado judío una vez que finalizara la Segunda Guerra Mundial.
Después de 1945, luego de que los nazis asesinaran a un estimado de seis millones de personas, las tensiones continuaron. Gran Bretaña pidió la mediación de las Naciones Unidas, que decidió en noviembre de 1947 la partición de Palestina. El Estado judío se quedaría con el 57 por ciento del territorio, quedando el 43 por ciento restante para los árabes.
Guerra tras la fundación
El 14 de mayo, el ministro de Gobierno provisional David Ben Gurión, leyó la proclamación de independencia del nuevo estado de Israel. Poco después comenzó la guerra entre israelíes y árabes. Por un lado peleaban cinco estados (Egipto, Irak, Jordania, Líbano y Siria), y por el otro los israelíes, para los que las fronteras establecidas ya no se aplicaban más debido a los enfrentamientos. La guerra no finalizó hasta la firma de numerosos tratados de paz.
El conflicto significó para los árabes de la región una verdadera catástrofe. Ellos, escribió el autor palestino Sari Nusseibeh, uno de los grandes defensores del entendimiento entre ambas partes, fueron desde un comienzo inferiores a los combatientes sionistas. Estos habían formado un «Ejército de espíritu espartano, templado por los horrores de Europa. Además, estaban mucho mejor equipados: disponían de un enorme arsenal de armas que habían sido introducidas de contrabando en el país desde el Viejo Continente o que habían sido robadas durante la guerra a los británicos. En pequeños talleres fabricaban vehículos blindados, morteros y granadas», escribió Nusseibeh en sus memorias «Érase una vez un país. Una vida en Palestina».
Las llaves, símbolo de una esperanza.
Un enorme número de personas debió abandonar sus casas ubicadas en barrios ahora controlados por las fuerzas israelíes. Alrededor de 530 aldeas fueron destruidas deliberadamente, tras una cuidadosa planificación, con el único fin de impedir que los palestinos tuvieran chances de sobrevivir en ellas. En ciudades como Tel Aviv, Jaffa, Haifa y Jerusalén apenas quedaron árabes. Tanto en el campo como en la ciudad, los colonos judíos se apropiaron de las pertenencias de los desplazados.
«Como toda Palestina, Jerusalén también entró en una guerra civil», dice Nusseibeh. «Profesores, médicos y comerciantes de ambos bandos tomaron posiciones y dispararon a personas que, en otros tiempos, felices habrían recibido en sus casas como visitantes. Las reglas de la civilización fueron redefinidas, dos pueblos amantes de la paz ahora solo pensaban en la batalla».
Las llaves, símbolo de esperanza
«750.000 personas perdieron con la fundación de Israel sus bienes y propiedades. Esa fue la cantidad que la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA, por sus siglas en inglés) registró desde que comenzó su trabajo, en 1950», escribió la experta en Medio Oriente Marlène Schnieper en su libro «Nakba. Las heridas abiertas». Las consecuencias de ese éxodo masivo son visibles hasta el día de hoy. «Con sus hijos e hijos de sus hijos, los refugiados han llegado a ser cinco millones», apunta Schnieper. «Y la cifra sigue creciendo». Por ahora, los refugiados palestinos registrados viven en campos reconocidos oficialmente en Líbano, Jordania y Siria, así como en la Franja de Gaza y Cisjordania, incluida Jerusalén Oriental. Muchos, al ser expulsados, se llevaron consigo las llaves de sus casas, con las que reflejan la esperanza de los palestinos por alguna vez volver a ellas.
La masacre de Deir Yassin perpetrada por soldados israelíes.
El conflicto árabe-israelí sigue sin ser resuelto hasta hoy. Al contrario, los enfrentamientos entre los bandos se han repetido a lo largo de los años. Entre los más relevantes se cuenta la llamada «Guerra de los Seis Días» en 1967, en la que Israel se defendió exitosamente de ataques coordinados por fuerzas egipcias, sirias y jordanas. Como consecuencia, ocupó la Franja de Gaza, Cisjordania y parte de la Península del Sinaí.
Conflicto latente
A raíz de la guerra de 1967, Israel comenzó a construir asentamientos en Cisjordania. La resistencia contra la anexión no reconocida por Naciones Unidas ha llevado a dos levantamientos: la primera (1987-1993) y la segunda Intifada (2000-2005). Los palestinos, claramente superados militarmente, dependen de acciones armadas aisladas, como atentados suicidas contra el transporte público, para hacer patente su malestar. Los israelíes, por su parte, ejercen una fuerte presión a los palestinos a través de sus fuerzas de seguridad. Uno de los medios más polémicos ha sido la destrucción de las casas de los atacantes suicidas.
El conflicto sigue sin resolver 70 años después. En la primavera, a propósito del aniversario de la fundación de Israel, miles de personas se han manifestado en la Franja de Gaza, en la frontera con Israel. La «catástrofe», como llaman los palestinos a la creación del Estado judío, sigue negándose a una solución.
Esta rebelión irlandesa contra las autoridades británicas se puso en marcha el 24 de abril de 1916. Como era lunes de Pascua, coincidió con un día de celebración religiosa para la comunidad católica irlandesa que se ha vuelto simbólico. El objetivo de los sublevados era extender la revuelta a toda la isla, pero el levantamiento no se produjo en todo el territorio.
Mientras que en Belfast se optó por no actuar debido a la preeminencia unionista, la insurrección se centralizó en Dublín, donde se movilizaron más de un millar de personas armadas para ocupar posiciones estratégicas y simbólicas de la ciudad.
Un pequeño grupo de poetas, escritores y maestros socialistas revolucionarios que contaba con el apoyo tibio de Alemania ocupó la Oficina General de Correos de la Sackville Street (hoy O’Connell Street), reemplazó la bandera del Reino Unido por la tricolor (el verde nacionalista, el naranja unionista y el blanco de la paz y la reconciliación), y Patrick Pearse leyó con voz solemne la proclamación de la República que empieza así: “Irlandeses e irlandesas, en el nombre de Dios y de las generaciones muertas de las cuales recibió su vieja tradición y nacionalidad, Irlanda, a través de nosotros, convoca a sus hijos bajo su bandera y se rebela por su libertad”.
Fue un texto muy progresista para su tiempo, el primero de esta naturaleza que se dirigía por igual a los hombres y a las mujeres, prometía el fin de la discriminación religiosa, y abogaba por la igualdad de oportunidades y el sufragio universal.
Organizado por los siete miembros del consejo militar de la Hermandad Republicana Irlandesa y con el apoyo de únicamente 1.600 rebeldes en todo el país, el Alzamiento de Pascua fue portada de The New York Times ocho días seguidos.
Las autoridades de Reino Unido habían destinado la mayor parte de sus esfuerzos a la Primera Guerra Mundial y el Gobierno de Londres mantenía una presencia militar muy reducida en Irlanda. Esto hizo que las tropas inglesas no pudieran enviar suficientes efectivos para responder a la insurrección hasta dos días después. Aun así, una vez llegó con los batallones suficientes para actuar, la armada británica atacó con dureza y al cabo de cuatro días acabó con la rebelión.
Una semana más tarde, tras la llegada de veinte mil soldados británicos, la insurrección había sido sofocada con un balance de 450 muertos, más de la mitad civiles, y dos mil heridos.
Dos centenares de edificios del centro de la capital fueron destruidos por la artillería británica.
Poco después fueron fusilados todos los cabecillas de la sublevación.
La única excepción fue Éamon de Valera, cuya sentencia de muerte fue conmutada por haber nacido en Nueva York y tener pasaporte norteamericano, y que acabó siendo presidente del Gobierno irlandés.
En la fachada de la casa de correos de Dublín, que todavía perdura en el centro de la ciudad y que fue el cuartel general del levantamiento, pueden verse las marcas de los disparos y está considerado como un monumento nacional.
Irlandesas combatientes
Enfermeras, cocineras, mensajeras y también combatientes, las mujeres irlandesas también fueron protagonistas heroicas de aquella rebelión en la Pascua de 1916 que condujo a sus líderes ante el pelotón de fusilamiento, pero que levantó al pueblo irlandés hasta conquistar su independencia.
Tras terminar su jornada laboral, el 1 de diciembre de 1955, Rosa Parks, una costurera negra de 42 años, subió a un autobús en Montgomery, Alabama, para regresar a su casa. Pagó 10 centavos y se sentó en la quinta fila, la primera de la sección de color, detrás de la zona de los blancos. Junto a un hombre y a la altura de otras dos mujeres, al otro lado del pasillo. Cuando el autobús ya estaba lleno, entró un pasajero blanco. Entonces, el conductor ordenó que las cuatro personas negras de la quinta fila se levantaran para que el nuevo pasajero se pudiera sentar. Las dos mujeres y el hombre, obedecieron. Rosa Parks, no. Decidió luchar contra la discriminación. “Voy a llamar para que la arresten”, dijo el conductor.
“Puede hacerlo”, respondió ella.
La rebeldía de Rosa Parks dio inicio a toda la lucha por los derechos civiles que desembocaría en la eliminación de la discriminación racial institucionalizada en EE UU. La decisión de la costurera fue espontánea, un acto reflejo. Vivía la discriminación de la población negra desde que nació. Había sido testigo, a diario, de casos de humillación racial. “Recuerdo irme a la cama cuando niña y sentir que pasaba a caballo el Ku Klux Klan por la noche y escuchar unlinchamiento y tener miedo de que la casa empezara a arder en llamas”. Esas experiencias hicieron nacer en ella el deseo de enfrentarse a aquella injusticia. Ya desde su adolescencia había librado pequeñas batallas personales. Prefería subir las escaleras de un edificio antes que entrar en un ascensor para “sólo negros”. O pasaba sed por no beber en la fuente que solamente utilizaban las “personas de color”.
A los 20 años se casó con Raymond Parks, del que tomó el apellido y con el que se fue a vivir a Montgomery. Tras lograr el título de enseñanza media, trabajó como costurera y ama de casa. Entonces se hizo miembro de la NAACP (Nacional Association for the Advancedment of Colored People), la asociación más relevante en defensa de los derechos de los afroamericanos contra la discriminación, fundada con la colaboración del escritor W. E. B. Du Bois.
En 1943, Rosa Parks fue elegida secretaria de esta agrupación en Montgomery. Desde este puesto, se esforzó en luchar contra el sistema de ciudadanía de segunda clase y la discriminación impuestos a los afroamericanos y que persistía desde el último tercio del siglo XIX.
Es largo el camino
Tras la Guerra Civil entre el Norte y el Sur, el gobierno federal de Estados Unidos trató de extender la igualdad a toda la población afroamericana. En 1865 se aprobó la 13ª Enmienda a la Constitución, que prohibía la esclavitud, seguida de la 14ª Enmienda, de 1868, que otorgaba la ciudadanía estadounidense de forma automática a cualquier persona nacida dentro de las fronteras del país o que hubiera pasado por un proceso de naturalización, y que ofrecía idéntica protección de las leyes para todos los ciudadanos. En 1870, se promulgó la 15ª Enmienda, que garantizaba el derecho al voto a todos los ciudadanos, independientemente de su raza.
Durante esa posguerra, conocida como Período de Reconstrucción (1865-1877), tropas del Norte ocuparon el Sur y obligaron a que estas enmiendas se cumplieran. Los negros empezaron a ascender en la escala social, alcanzando, incluso, cargos políticos.
El Compromiso de 1877 entre Norte y Sur llevó a la presidencia de EE UU a Rutherford Hayes, quien estableció que las tropas del Norte debían de ser retiradas del Sur. El esfuerzo de Hayes por borrar los agravios de la guerra de Secesión y por establecer una paz sobre el respeto al derecho y costumbres sureñas, reconstruyó el país, pero permitió, también, la persistencia del racismo y la discriminación tradicionales. Así pudieron abrirse paso las llamadas leyes Jim Crow(estereotipo popular del negro rural tosco e ignorante), que dieron lugar a la doctrina de “separados pero iguales”, base de la nueva organización social en el Sur, refrendada por la Corte Suprema de EE UU con el caso Plessy v. Ferguson (1896).
Homer Plessy, negro en una octava parte, desafió una ley del Estado de Louisiana, de 1890, que obligaba a la separación de negros y blancos en los trenes, sentándose en un lugar designado para blancos. Plessy fue arrestado y condenado, pese a sus 7/8 partes blancas y la sentencia legitimó el proceso de discriminación racial iniciado unos años atrás. Su esfuerzo por mantener separadas legalmente a las poblaciones blanca y negra convirtió el Sur en una sociedad estructurada en castas.
Negros y perros
A los afroamericanos no se les permitía compartir un taxi con blancos o utilizar la misma entrada para acceder a un edificio público. Tenían servicios separados, iban a diferentes escuelas, eran enterrados en cementerios distintos. Se les excluían de bibliotecas públicas y restaurantes. En muchos parques colgaban letreros de “Prohibido el paso a negros y a perros”. Las normas de etiqueta segregacionistas eran igualmente estrictas.
Los negros debían apartarse para dejar pasar a los blancos, y a los hombres se les prohibía mirar a los ojos a una mujer blanca. Mientras que los blancos debían recibir el tratamiento de Mr., Miss o Mrs., ellos tuteaban a los negros, utilizando directamente sus nombres propios: Tom, Jane, cuando no genéricos, como boy, girl o, incluso despectivos, como nigger.
Esa discriminación incluía, también, una separación socioeconómica que confinaba a la gente de color a empleos precarios, no cualificados. El derecho constitucional al voto se negó también a los afroamericanos empleando algunas argucias como la “cláusula del abuelo” (que permitía votar sólo a quienes ya lo hubieran hecho antes de la guerra civil), impuestos electorales (exigidos a los negros), primarias blancas (sólo los demócratas podían votar, sólo los blancos pueden ser demócratas) o tests de lectura, escritura y preguntas capciosas sobre conocimientos, por ejemplo: “nombra todos los vicepresidentes y jueces del Tribunal Supremo de la historia de Estados Unidos”.
Para mantener ese estado de discriminación, los gobiernos del sur no tuvieron escrúpulos en recurrir a la violencia física y a castigar brutalmente cualquier incumplimiento de las normas impuestas. Durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, miles de negros fueron impunemente linchados por grupos de blancos, en ocasiones con la colaboración de las fuerzas de seguridad. Hubo casos en que estos linchamientos fueron masivos como los de Elaine County, Arkansas, en 1917. o los de Tulsa, Oklahoma, en 1921. En el primer caso, las cifras oficiales, blancas, fueron de 25 víctimas, pero algunos historiadores las elevan hasta 800; en el segundo caso no existen cifras oficiales, pero se piensa que pudieron alcanzar los tres centenares. Los afroamericanos no tenían posibilidad de defenderse ya que se les excluía de cualquier cargo (jurados, jueces, policías o funcionarios de prisiones) en un sistema judicial compuesto íntegramente por blancos.
Pequeños avances
Esta situación de disparatada discriminación racial continuaba sin grandes modificaciones hace cincuenta años, cuando Rosa Parks se negó a ceder su asiento. Tras la II Guerra Mundial, se habían logrado algunos avances durante la administración de Truman. La Guerra de Corea forzó el fin de las unidades segregadas en el Ejército.
La política de ganar batallas judiciales, puesta en práctica por la NAACP, se había visto recompensada con algunos éxitos. El mayor de ellos fue el caso Brown v. Board of Education of Topeka (1954), en el que el Tribunal Supremo promulgó la ilegalización de la segregación en las escuelas públicas. La política de “separados pero iguales”, en vigor desde el caso Plessy (1896), era oficialmente rechazada en un caso que sentaba jurisprudencia y reconocía, como los líderes de la NAACP habían venido argumentando enérgicamente, que la igualdad prevista en la Constitución no se garantizaba con esta fórmula, ya que las instalaciones (escuelas, servicios, etc.) de los afroamericanos eran radicalmente más pobres que la de los blancos.
El autobús en que fue detenida Rosa Parks.
Esta dinámica de éxitos parciales y tímidos pasos hacia delante, cambió de forma radical el día que Rosa Parks se negó a ceder su asiento en el autobús de Cleveland Avenue.
Cuando llegó el policía, llamado por el conductor, Rosa Parks le espetó:
–¿Por qué nos intimidáis?
–No lo sé –replicó el policía–, pero la ley es la ley y usted queda detenida.
La llevaron a comisaría, le tomaron las huellas, fotos y la encarcelaron. Los líderes afroamericanos se reunieron para discutir el asunto, bajo el liderazgo de un joven de 26 años, pastor baptista de la Iglesia de Dexter Avenue, Martin Luther King. Decidieron convocar un boicot contra la empresa de autobuses de Montgomery. Hicieron un llamamiento a la población de color para que no usara el transporte público y lograron una respuesta masiva. La gente empezó a usar bicicletas, a ir a pie, a organizarse en automóviles o a coger los taxis negros que cobraban una tarifa de 10 centavos, la misma que un viaje en autobús.
A pesar de las presiones recibidas (la casa de King fue incendiada), el boicot se prolongaba todavía en diciembre del año siguiente, arruinando a la empresa de autobuses, cuyos clientes eran en un 75 por 100 negros. Finalmente, 381 días después del plante de Rosa Parks, en diciembre de 1956,el Tribunal Supremo decidió que la discriminación en los autobuses violaba la Constitución. Fue la primera victoria en la lucha por los derechos civiles.
La cobertura mediática que recibió la campaña a escala nacional fue tan intensa y esperanzadora que Martin Luther King fundó la Southern Christian Leadership Conference (SCLC), una organización que aspiraba a seguir luchando para superar las desigualdades en las que la comunidad negra vivía. La labor de este grupo se basaba en dos principios: la desobediencia civil (concepto básico del pensamiento político estadounidense, teorizado en 1849 por Henry D. Thoreau) y la resistencia pacífica, inspirado en la lucha de Gandhi, figura admirada por el pastor baptista. Los líderes agrupados en la SCLC siguieron convocando protestas por los estados del Sur. En 1960, unos jóvenes crearon el Comité de coordinación estudiantil de la no violencia (SNCC) con el que llevaron a cabo acciones como los famosos “Viajes por la libertad”(freedom rides), en los que se trasladaban al Sur con objeto de realizar actos no violentos que perseguían terminar con la segregación en el transporte público interestatal.
Respuesta violenta
Todas estas actuaciones eran, generalmente, respondidas con violencia. Sin embargo, la publicidad mediática que recibían ejercía una gran presión sobre el Gobierno central para que éste tomara medidas y suscitaba la simpatía hacia el movimiento en el Norte de EE UU. La brutalidad con que las autoridades reprimieron una campaña del SCLC en 1963, en Birmingham, en la que llegaron a soltar perros o barrieron a los estudiantes de secundaria con potentes mangueras, o el asesinato de tres trabajadores por los derechos civiles en Mississippi, el verano de 1964, a manos del Ku Klux Klan, actos como la Marcha sobre Washington (1963), en la que unos 250.000 manifestantes se reunieron delante de la estatua de Abraham Lincoln para escuchar el famoso discurso de Martin Luther King,I have a Dream, llevaron a la administración liderada por Lyndon B. Johnson a promulgar, en 1964, el Acta de Derechos Civiles (Civil Rights Act), que ilegalizaba la discriminación en instituciones públicas, en el gobierno o en puestos de trabajo.
En 1965, se aprobó la Ley de los Derechos de Voto(Voting Rights Act), que prohibía cualquier tipo de test o argucia legal que impidiese el registro para el voto a los miembros de la población negra. Estas dos leyes significaron, desde el punto de vista legal, el ocaso del sistema creado por las Normas Jim Crow.
Martin Luther King fue asesinado tres años más tarde, en 1968, sospechándose, incluso, que se trató de un complot gestado por el FBI. Eran momentos en el que su doctrina de integración pacífica comenzaba a suscitar muchas dudas entre la comunidad negra. Las doctrinas violentas, nacionalistas y separatistas respecto a los blancos, sostenidas por líderes como Malcolm X o Stokeley Carmichael, iban calando cada vez más entre los jóvenes. En 1966, se fundó el movimiento de las Panteras Negras y cuando fue asesinado Martin Luter King, lo que se había puesto de moda era el Black Power.
A pesar de las campañas que trataron de desprestigiarle, exponiendo infidelidades matrimoniales o acusándolo de haber plagiado alguna de sus obras, como su propia tesis doctoral, Martin Luther King, ganador del Premio Nobel en 1964, fue el líder indiscutible de la lucha por los derechos civiles en los años sesenta y muchas encuestas le consideran una de las diez personas más relevantes de la historia de los Estados Unidos.
Rosa Parks con Martin Luther King.
Tampoco ha sido olvidada Rosa Parks. Aunque en España sea prácticamente una desconocida, en Estados Unidos es una leyenda. En una encuesta de 1973, historiadores e intelectuales la designaron como la tercera mujer norteamericana más influyente del siglo XX. Recientemente, Rosa Parks ha sido incluida por la revista Time, entre las cien personas más influyentes del siglo XX.
Precedentes fallidos
Es verdad que la llamada “madre del movimiento por los derechos civiles” no fue la primera en negarse a levantarse de un asiento en un transporte público. Hubo casos anteriores. El propio jugador de béisbol Jackie Robinson, primer afroamericano en jugar en la liga profesional, se negó a trasladarse a la parte trasera de un autobús en 1944, cuando era oficial del Ejército en Texas.
A consecuencia de ello, tuvo que enfrentarse a un consejo de guerra que terminó absolviéndolo. Claudette Colvin, de 15 años de edad, y Mary Louise Smith, fueron detenidas por el mismo motivo tan sólo meses antes de la acción de Rosa. Sin embargo, ninguna de las dos presentaba el perfil suficientemente recio y decidido, imprescindible para llegar hasta el final en un proceso cuya sentencia sería histórica. Rosa Parks, sí.Gozaba del respeto de la comunidad afroamericana, estaba casada, trabajaba, era una activista de la NAACP y desde su niñez se había negado a plegarse a la discriminación sureña.
Ganadora de la Medalla de Honor del Congreso, en 1999, máximo galardón concedido por el gobierno de EE UU, Rosa Parks, falleció el 25 de octubre en Detroit. Hasta el último momento, trabajó en el Instituto Rosa y Raymond Parks para el Autodesarrollo, institución que había fundado en 1987, tras la muerte de su esposo. En él se ofrece ayuda y motivación a jóvenes afroamericanos.
Juan Antonio Sánchez Giménez
*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 86.
Es sabido que Karl Marx -quien nació hace 200 años- fue uno de los pensadores más influyentes del siglo XX, ya que su obra inspiró a líderes comunistas como Lenin, Stalin y Mao.
Pero lo que es menos conocido es que quizás nada de eso hubiera ocurrido si Marx no hubiese conocido a Johanna Bertha Julie von Westphalen, su esposa durante 38 años.
Jenny -como la llamaban todos- podía hacer algo que nadie más podía: ¡entender la letra de su marido!
Y es que la caligrafía de Marx era famosamente mala, tanto así que resultaba indescifrable para muchos editores.
Por eso, Jenny siempre era la primera en leer todos sus artículos y tenía la crucial tarea de transcribirlos y enviarlos a las editoriales.
Pero reducir su importancia histórica e influencia a su papel como «traductora» de Marx sería una injusticia.
Von Westphalen era una pensadora política y escritora que participaba activamente en discusiones con políticos y filósofos, a la par de su marido.
Fue la primer miembro de la Liga comunista, la organización revolucionaria fundada por su esposo y Federico Engels en 1847, que se convertiría en el Partido Comunista.
Derechos de autor de la imagen WIKIMEDIA COMMONSImage caption La Liga comunista publicó en 1848 el famoso Manifiesto del Partido Comunista.
Muchos historiadores resaltan los sacrificios personales que debió hacer Jenny para acompañar y potenciar a su marido.
Y es que en realidad ella pudo haber tenido una vida de lujo y riqueza y en vez se dedicó a luchar por las clases obreras.
Pero su sacrificio más grande fue la pérdida de cuatro de sus sietes hijos, que fallecieron en su infancia como consecuencia indirecta de la pobreza que padeció la familia Marx por seguir sus ideales políticos.
Sangre aristocrática
Von Westphalen nació en el seno de una prominente familia de la aristocracia alemana (entonces Prusia).
Heredó de su padre el título de baronesa y su familia, tanto paterna como materna, estaba repleta de duques y nobles europeos.
Además era considerada una belleza y según sus biógrafos era codiciada por varios hombres de mucha fortuna.
Derechos de autor de la imagenWIKIMEDIA COMMONSImage captionJenny era una heredera que pudo haberse casado con un aristócrata rico. En vez, siguió su corazón y ayudó a cambiar la historia.
Pero ella los ignoró y se casó con Marx, vecino de la infancia, que provenía de una familia de clase media y era cuatro años más chico que ella.
Los unía una enorme pasión por la lectura, afición que compartían desde la adolescencia.
Él -que estudiaba para ser abogado, como su padre- le dedicó una colección de poesías y todos los relatos coinciden en que la pareja se amaba profundamente.
Pero ese amor tuvo su costo: debido a su activismo político Marx fue expulsado de varios países, incluyendo Prusia, y la familia terminó viviendo en el Reino Unido,exiliada, perseguida y en situación de pobreza.
No ayudó que Karl -experto en teoría económica- manejaba pésimamente el dinero de la familia, lo que los obligó a depender de la ayuda de Engels.
Incluso cuando Jenny heredó dinero de su familia, Marx lo invirtió en comprar una gran casa en el acomodado norte de Londres que según varias fuentes estaba por encima de su capacidad económica.
Pérdida trágica
El aspecto más trágico de esta vida que llevaban fue la pérdida de los tres hijos varones de la pareja y de una niña.
Todos fallecieron al poco tiempo de vida, algo que ha sido asociado a la pobreza y el hacinamiento que padecía la familia.
Derechos de autor de la imagenWIKIMEDIA COMMONSImage captionEngels (izquierda) y Marx con sus tres hijas que sobrevivieron. Todas fueron nombradas en honor a su madre: Jenny Caroline (1844-1883), Jenny Julia Eleanor (1855-1898) y Jenny Laura (1845-1911). Las tres continuaron con la obra de su padre.
No obstante, y a pesar de haber dado a luz siete veces y de criar a tres hijas, Jenny nunca dejó de ayudar a su marido.
En su libro «Amor y Capital: Karl y Jenny Marx y el nacimiento de una revolución», de 2011, la autora Mary Gabriel cuenta cómo Jenny, embarazada, viajaba para juntar dinero para financiar el trabajo de Marx.
Y es que incluso eso debió hacer por él: las autoridades prusianas le quitaron a Marx la ciudadanía y los británicos se rehusaban a otorgarle el documento, por considerarlo una figura peligrosa. Así que Marx era, en esencia, un hombre sin nacionalidad.
Tampoco tenía la fama: cuando su obra más famosa, «El capital», fue publicada en 1867, pasó sin pena ni gloria.
Fue mucho tiempo después que Marx sería reconocido como uno de los grandes intelectuales de la historia.
Para entonces él ya había fallecido. Y también Jenny, que murió en 1881, dos años antes que su esposo. Se la llevó un cáncer de hígado a los 67 años.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGESImage captionLa famosa tumba de Marx en el cementerio de Highgate, en Londres. El nombre de Jenny está escrito en la lápida, opacado por el tributo a su marido.
Hoy ambos siguen enterrados, lado a lado, en el cementerio de Highgate, en el norte de Londres.
En la lápida que comparten hay una enorme escultura de la cabeza de Marx y el nombre de él está escrito en grandes letras doradas.
Miles de personas peregrinan hasta allí para ver la tumba. Pero seguramente solo unos pocos sepan que la mujer que yace junto al famoso Marx merece su propio tributo.
Tras la muerte de Stalin en 1953, la URSS inició un proceso de revisión de las políticas estalinistas. La Albania socialista de Enver Hoxha decidió plantar cara a la URSS de Jruschov y, de la mano de la China de Mao, generó una verdadera crisis en el seno del comunismo internacional.
El 5 de marzo de 1953 murió Iósif V. Stalin. Tras diversas luchas palaciegas, a las que se sumó la ejecución de Lavrenti Béria (1899-1952), considerado un obstáculo para la desestalinización, subió al poder Nikita Jruschov (1884-1971). Jruschov cuestionó de manera clara la política de Stalin, sobre todo en lo que se refiere al culto al líder y las excesivas purgas. El nuevo líder soviético, antiguo colaborador de Stalin, no dudó en afianzarse en el poder eliminando a sus antiguos colaboradores, y optó por revisar muchos aspectos de la política estalinista. Así, por ejemplo, el concepto de «dictadura del proletariado» fue progresivamente substituido por el de «Estado de todo el pueblo», y se optó por restablecer las relaciones diplomáticas con la Yugoslavia de Josip Briz, Tito (1892-1980).
Funeral de Stalin (1953) (Wikimedia).
¿Cómo reaccionó ante tales acontecimientos la Albania de Enver Hoxha (1908-1985)? Desde un primer momento, Hoxha estableció un régimen netamente marxista-leninista, marcado por una clara identificación con las políticas estalinistas. A pesar de que el pequeño estado balcánico se libró del yugo fascista y nazi sin la ayuda de los soviéticos, los comunistas albaneses se alinearon siempre con los postulados estalinistas. Hay que tener presente que Hoxha se sintió siempre amenazado por sus vecinos, la Grecia capitalista y la Yugoslavia socialista de Tito, que pocos años antes había pretendido anexionarse Albania, y a su vez había tenido la osadía de plantar cara a la todopoderosa URSS de Stalin. Así pues, en la Albania socialista no sentaron muy bien las nuevas políticas aperturistas («revisionistas», según Hoxha) de los jruschovistas.
En un primer momento, ambos regímenes optaron por mantener las formas, y la colaboración se mantuvo con toda normalidad. De hecho, los acuerdos económicos firmados entre la URSS de Jruschov y la Albania de Hoxha comportaron una clara mejora en la maltrecha economía albanesa, a la sazón uno de los estados más pobres de Europa. Así, hay un acuerdo unánime entre los especialistas en afirmar que la ayuda soviética a Albania mejoró de manera clara las duras condiciones de vida de los albaneses: se triplicó el número de médicos (129 en 1950; 378 en 1959), se multiplicó por cuatro el número de camas de hospital (1765 en 1945; 5500 en 1953) y disminuyó la mortalidad infantil. Mejoró también el desarrollo en educación: entre 1945 y 1950 se duplicó el número de escuelas, alumnos y profesores, y el analfabetismo pasó del 85% en 1945 al 31% en 1950. En 1957 se fundó la Universidad de Tirana. Por todos estos motivos, los historiadores se refieren al bienio 1958-1959 como «los años dorados» de la economía albanesa.
Nikita Jruschov (Wikimedia).
Pero el régimen de Hoxha no estaba dispuesto a tolerar ningún atisbo de «revisionismo», y aún menos si esto podía suponer que se cuestionara su autoridad en el país. La economía se hallaba supeditada a la ideología. La Albania socialista inició una política de propaganda enérgica y contundente en la que se cuestionaba la falta de coherencia de Jruschov, y la prensa albanesa recogió con todo lujo de detalles de qué manera la Unión Soviética se apartaba de los postulados estalinistas.
Así, se inició una doble actividad política. Por una parte, Hoxha apartó del Partido del Trabajo de Albania (PTA) a los elementos filosoviéticos, como la dirigente Liri Belishova, de la que se dijo que «le han ofuscado las adulaciones y los epítetos sonoros de los dirigentes soviéticos y se ha puesto de acuerdo con ellos». Por otra parte, el PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) había convocado una reunión de 81 partidos comunistas de todo el mundo para el mes de noviembre de 1960 en el que se pretendía afianzar el liderazgo de Jruschov, sobre todo frente a la creciente influencia de la China de Mao Zedong (1893-1976). Hoxha optó de manera clara por la vía maoísta, que consideraba que se mantenía fiel al legado estalinista. Los medios de comunicación albaneses se movilizaron para reivindicar la ortodoxia del socialismo albanés, y los titulares fueron cada vez más enérgicos y combativos, resaltando con orgullo que un pequeño país como Albania podía (y debía) plantar cara a un gigante como la URSS. Merece la pena destacar algunos textos, eminentemente clarificadores: «iremos a Moscú no con diez banderas, sino con una sola, con la bandera del marxismo-leninismo» (discurso de Hoxha, 6 de septiembre de 1960), «que la declaración de Moscú sea lo más fuerte posible, que contenga pólvora y no algodón» (carta de Hoxha, 4 de octubre de 1960), «los albaneses estamos dispuestos a quedarnos incluso sin pan con tal de no violar los principios, no traicionar al marxismo-leninismo» (discurso de Hoxha, 31 de octubre de 1960).
Mientras tanto, los colaboradores de Jruschov acusaban a los albaneses de dogmáticos y sectarios, y les amenazaban con retirar cualquier tipo de ayuda económica. Criticaban a Hoxha su excesivo recelo hacia la Yugoslavia de Tito, y apelaban al espíritu internacionalista del socialismo para que los albaneses no desentonaran en la cumbre de Moscú. Unos días antes de la celebración de dicha cumbre tuvo lugar en el Kremlin un encuentro del más alto nivel diplomático entre Enver Hoxha y Nikita Jruschov. Las fuentes soviéticas y albanesas coinciden en el fracaso que supuso dicha cumbre, y Hoxha recogió en un libro de memorias una transcripción de las acaloradas discusiones. Ya sabemos que los libros de memorias siempre se deben tomar con cautela, puesto que pueden contener muchas inexactitudes y manipulaciones. En cualquier caso, hay una anécdota que merece la pena la pena ser transcrita y, sea como fuere, «se non è vero, è ben trovato»:
«—Jruschov: Se acalora usted, me ha salpicado de saliva, no se puede discutir con usted.
—Hoxha: Usted dice siempre que somos coléricos.
—Jruschov: Y ustedes deforman mis palabras. ¿El intérprete conoce bien el ruso?
—Hoxha: No le eche la culpa al intérprete, porque conoce muy bien el ruso. Yo le respeto a usted, y usted debe respetarme.
—Jruschov: Así quiso hablar conmigo Macmillan, antiguo primer ministro de la Gran Bretaña.
—Shehu y Kapo (albaneses): El camarada Hoxha no es Macmillan, por lo tanto, retire lo que acaba de decir.
—Jruschov: ¿Y dónde me lo meto?
—Shehu: Métaselo en el bolsillo.
—Kapo: No estoy de acuerdo en que se desarrollen así las conversaciones».
El presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, visitó a Mao Zedong en 1972 (Wikimedia).
Podemos apreciar de manera clara que las relaciones entre albaneses y soviéticos no podían pasar por peor momento. Finalmente, llegó el día de la intervención de Hoxha en la conferencia de los 81 partidos comunistas y obreros. El 16 de noviembre de 1960 estalló toda la artillería albanesa ante la mirada incrédula de Jruschov y el resto de líderes comunistas del planeta. Hoxha acusó a la URSS de haber traicionado a la ideología marxista-leninista, de haber vertido falsas acusaciones sobre Stalin, y de haber iniciado una política servil ante los Estados Unidos de América. También, por supuesto, recriminó la actitud pactista con la Yugoslavia de Tito. La coexistencia pacífica, según Hoxha, sólo suponía la derrota ante el bloque capitalista.
Tras la reunión de Moscú, los líderes albaneses regresaron a su país, satisfechos por haber plantado cara al gigante «revisionista». Las críticas de la URSS y del resto de países socialistas, a las que se debe sumar la posición enérgica de la española Dolores Ibárruri, «La Pasionaria» (1895-1989), quien acusó a los albaneses de morder la mano que les daba de comer, reafirmó aún más al nacionalismo comunista albanés, que formalizó la ruptura oficial con la Unión Soviética, y consolidó las alianzas con la China de Mao.
Sin embargo, y ya en la década de 1970, Mao recibió a Richard Nixon (1913-1994), presidente de los Estados Unidos, y los albaneses comunistas, fieles a sus principios, también abandonaron las alianzas con la China «revisionista». Pero esta es ya otra historia. En cualquier caso, no debe sorprendernos que, cuando Jruschov escribió sus memorias, dedicara estas dos perlas a la Albania socialista, a la que definió como «el perturbador número uno de los países socialistas», y sentenció que «los albaneses son peores que animales».
El término “imperialismo” comenzó a utilizarse a finales del siglo XIX para referirse a la expansión de las potencias europeas por el mundo, especialmente a partir de 1870, fecha en que comienza la Segunda Revolución Industrial. En 1916 Lenin publicó un libro titulado El imperialismo, fase superior del capitalismo en el que afirmaba que el imperialismo era una consecuencia lógica del capitalismo.
En cuanto a los rasgos del imperialismo, destacan: la aparición de monopolios con un papel decisivo en la vida económica, el desarrollo del capitalismo financiero que supuso una unión entre la banca y la industria para buscar nuevos lugares de inversión, el impulso del comercio internacional de capitales frente al comercio de mercancías, la formación de cárteles y el reparto del territorio entre las grandes potencias capitalistas.
Factores que explican la aparición del imperialismo:
– Económicos: Los países europeos necesitaban materias primas, que buscaron en otros territorios del mundo, especialmente en África. De este modo, se repartieron gran parte de África de manera excluyente. Por otro lado, las potencias europeas buscaban nuevos mercados que les permitieran vender los productos que fabrica la metrópoli. El desarrollo del capitalismo financiero conllevó la búsqueda de nuevas salidas a las cantidades ingentes de capital obtenido durante la Segunda Revolución Industrial.
– Demográficos: El aumento de la población provocó una fuerte corriente migratoria de Europa a otros continentes. A pesar de no ser un factor determinante del imperialismo sí permite justificar la expansión colonial.
– Políticos: Razones de prestigio: Los países más importantes y poderosos eran aquellos que poseían más territorios. Por ello, España en el siglo XIX era un país empobrecido y débil, ya que tenía pocas colonias. Sin embargo, Alemania era un país fuerte y en expansión con un gran imperio colonial.
Razones estratégicas: Los países buscan territorios o enclaves geoestratégicos, lugares para el desarrollo de mercados o la explotación de materias primas, como Gibraltar, China o la India, para el Reino Unido,
Deseo de paz social: Las potencias europeas pretenden desviar la opinión pública de problemas graves, para centrarse en otros acontecimientos beneficiosos para el país: victorias, colonización de nuevos territorios, así, se evita el descontento de la sociedad y se previenen posibles sublevaciones.
– Ideología: El imperialismo se ve impulsado por el desarrollo del nacionalismo, un sentimiento que provoca la justificación de que una nación es superior a las otras y tiene más derecho a ocupar territorios. Además, el Romanticismo favorece un cambio de mentalidad y promueve la conquista de tierras exóticas y el contacto con nuevas culturas. Aparecieron grupos de presión vinculados a grandes intereses económicos que presionaron a los países para conseguir la ocupación de nuevos territorios. Por otra parte, grupos de misioneros se encargaron de evangelizar a los indígenas con el objetivo de salvarles. Por último, se defiende la superioridad de la raza blanca: Joseph Chamberlain sostiene la clara superioridad de la raza británica con derecho y deber de civilizar a las razas inferiores.
REPARTO DE ÁFRICA:
Hasta 1880, la presencia europea en África era mínima ya que se desconocía gran parte del continente. La conquista de África comenzó a partir de 1885: los países europeos se repartirían todos los territorios africanos, a excepción de dos países: Etiopía y Liberia. Entre 1884 y 1885 se celebró una Conferencia en Berlín convocada por Bismarck para tratar el problema del Congo.
Se pretendía decidir cómo repartir África sin dar lugar a una guerra. En esta Conferencia se toman una serie de decisiones importantes:
– El reparto de una serie de áreas de influencia, a partir de los paralelos y los meridianos, desde la costa hacia el interior. Se trata de una expansión condicional, ya que no es posible debido a que se cruzan las áreas de influencia de los distintos países.
– La primera nación que llegase a un territorio tenía derecho a colonizarlo. Se produjo una carrera por el reparto de África entre los países europeos.
El país con más territorios era Francia, ya que poseía el Sahara (territorio muy extenso pero poco productivo). Los países más beneficiados fueron el Reino Unido y Alemania puesto que poseían territorios estratégicos.
NORTE DE ÁFRICA:
El Norte de África era, en su mayoría, un territorio de dominio francés: Argelia (1830), Túnez (1881)
El lugar estratégico del Reino Unido era el Canal de Suez en Egipto (1885). Italia también poseía una zona estratégica: Libia (1912). Los franceses no consiguieron atravesar el eje este-oeste de colonización de áfrica ya que el Reino Unido ocupaba Egipto. En 1898 Francia y Reino Unido estuvieron a punto de llegar a la guerra por el incidente de Fachoda. El conflicto se solucionó vía diplomática: los franceses se retiraron y reconocieron el dominio británico de Egipto y Sudán a cambio de libertad de acción en Marruecos, posteriormente repartida con España (Algeciras 1906)
SUR DE ÁFRICA (África Subsahariana o África Negra):
Bélgica ocupó el Congo como una propiedad personal del rey Leopoldo. Los británicos poseían Sudáfrica, desde las guerras napoleónicas y después de dos guerras con los Boer, o Nigeria. Los portugueses dominaban Angola y Mozambique, Alemania ocupó Camerún, Namibia y Tanzania, mientras Francia dominaba la denominada Africa Ecuatorial Francesa (República del Congo, Chad y Gabón)
Ningún país logró completar ninguno de sus ejes: ni los franceses (eje este-oeste al Norte de África) ni los británicos (eje sur-norte: desde Sudáfrica hasta Egipto). Dos países permanecieron libres: Liberia (territorio creado por EE.UU. entre 1822 y 1847) y Etiopía, imperio cristiano que derrotó a los italianos en Adua en 1898).
En Asia se reparten algunos territorios pero no el continente entero.
China: Era un gran territorio y los países no se ponían de acuerdo sobre cómo dividirlo. Tras dos guerras denominadas del opio, los británicos se hicieron con Hong Kong. Posteriormente las potencias se repartieron áreas de influencia pero China nunca fue completamente colonizada por los europeos. En 1900 tuvo lugar la “Revolución de los Boxer”: se trata de una revolución popular de nacionalistas chinos para atacar a los europeos, que fue tolerada por el gobierno chino.
Japón: Surgió como una potencia económica mundial tras derrotar a los chinos y a los rusos en las respectivas guerras. En 1895 los japoneses se hicieron con Corea, tras la Primera Guerra Chino-Japonesa Entre 1904 y 1905 tuvo lugar la guerra ruso-japonesa.
Cómo quedó repartida Asia de Oeste a Este:
– Imperio Otomano: Los Balcanes, la actual Turquía, las actuales naciones de Israel, Jordania, Libano, Siria, Kuwait y parte de la península de Arabia.
– Irán: país muy grande e importante. No fue colonizado aunque existían áreas de influencia de británicos y rusos.
– Afganistán: No pertenecía a ningún país aunque poseía áreas de influencia. (Tanto Irán como Afganistán pueden considerarse estados tapón).
– India: es uno de los principales países de Asia. Pertenecía a los británicos, que no querían tener frontera con territorios de otros países (Irán, Afganistán, Tíbet y Tailandia rodeaban a la India y eran países independientes).
– Indochina era un territorio francés.
– Economía dual: (dos economías): la economía europea era capitalista mientras que la de los países colonizados era de subsistencia.
– Demografía: Los europeos sanaron a los indígenas para que vivieran más. Como consecuencia, aumentó la población, que no podía sobrevivir con los recursos insuficientes del país. Los europeos se beneficiaron de la superpoblación salvaje, utilizándola como mano de obra. Se evoluciona de un ciclo de población antiguo (muchos nacimientos y muchas defunciones) a uno más moderno (muchos nacimientos y pocas defunciones).
– Cambios en la estructura social: La sociedad se divide en blancos europeos (raza superior), clases altas (ejemplo: Marajá), burguesía (comerciantes o funcionarios indígenas) y sociedad indígena.
– Aculturación: Los países se ven influidos por dos culturas. Aparecen grupos de “mestizos” que comparten ambas culturas: la tradicional y la europea. Se desarrollan zonas de mestizaje cultural.
Los primeros ministros de República Checa y Eslovaquía, Andrej Babis y Peter Pellegrini, respectivamente, se reúnen en Praga. (Michal Cizek/AFP/Getty Images)
¿Qué queda de la identidad checoslovaca con la celebración de su centenario?
El comienzo del año 2018 despertó muchas emociones entre los checos. No solo por entrar en el territorio simbólico de los años que terminan en 8, periodos marcados en la memoria colectiva del país centroeuropeo con demasiados significados históricos… También por la reelección del presidente euroescéptico Miloš Zeman, que una vez más dividió al país en dos y lo va a seguir haciendo durante todo su segundo mandato como ya demostró en su discurso inaugural el pasado 8 de marzo. Con sus palabras atacó, públicamente, a la prensa libre y la televisión pública. Para empezar.
No hay mejor momento para la autorreflexión sobre la identidad de una nación como un centenario. En este caso, se conmemora la creación de Checoslovaquia, por tanto, hablamos del aniversario de un Estado que no existe. Aunque parezca kafkiano, tiene mucha coherencia. La primera república (1918-1938) fue una época de entusiasmo, desarrollo cultural y crecimiento económico surgida del magma del Imperio austrohúngaro. En ella se plasmó toda la riqueza multicultural bajo el liderazgo del filósofo y presidente Tomáš Garrigue Masaryk. Las fechas de 1918 y de la Revolución de terciopelo, en 1989, reflejan dos momentos sociales muy positivos. Fueron dos hitos cruciales que se convirtieron en gritos democráticos muy significativos. Más a lo largo de la historia de un país que parece un catálogo de traumas nacionales y destinos frustrados con sus reversos. Por ejemplo, cuando en 1938 se produjo la invasión del nazismo, en 1948, la dictadura comunista y, en 1968, la invasión soviética.
No sorprende que en el recién publicado sondeo del centro de encuestas públicas (CVVM) sobre la valoración de los momentos históricos más importantes tanto en Chequia como en Eslovaquia, lo que mejor se valore de toda la historia conjunta sea el establecimiento de Checoslovaquia en 1918. Para el 83% de los checos y el 68% de eslovacos fue el momento más importante y positivo. La Revolución de terciopelo ocupa el segundo lugar. Sin embargo, sólo para el 42% de checos y el 40% de eslovacos está bien vista y valorada la separación de Checoslovaquia en 1992. La entrada en la Unión Europea en 2004, además, resalta como un hecho muy positivo e importante solo para el 44% de checos – dato muy bajo- frente al 53% de eslovacos.
El entusiasmo europeísta más bajo que en Eslovaquia muestra la realidad actual de la República. Refleja la década de la política euroescéptica de los dos últimos presidentes desde 2003. Tanto de Václav Klaus como de Miloš Zeman, ambos arropados por políticos populistas que buscan siempre enemigos fuera del país. Populismo xenófobo, falta del consenso político y ausencia de visión de un proyecto para el país son los síntomas principales de la era posterior a Havel. No existe ni un liderazgo constructivo ni planes a largo plazo. El humanismo de los presidentes Havel y Masaryk ha desaparecido del mapa.
Para variar, Eslovaquia se declaró a finales de 2017 la única isla proeuropea en el contexto de sus vecinos, los miembros del grupo Visegrad. Pero, de pronto, los diez años del gobierno populista del primer ministro Fico terminaron en la crisis política más profunda ocurrida después de la muerte del periodista de investigación Ján Kuciak. Este destapó varios escándalos de corrupción y conexiones entre el primer ministro con el crimen organizado que llevaron a su dimisión después de protestas masivas en las calles. Crisis de liderazgo por toda la zona y un paralelismo entre Chequia y Eslovaquia: dimisión de gobiernos.
Fin de dos sueños: 1938 y 1968
Para entender mejor las líneas populistas actuales, conviene analizar otra sombra histórica omnipresente que sigue alimentando el euroescepticismo y la xenofobia hasta hoy. Lo que en el país se conoce como “el trauma de Múnich”, aquel que terminó con el sueño de la Primera República en 1938. Fue un acuerdo firmado en la conferencia de dicha ciudad alemana en septiembre de ese mismo año, que cedió a Alemania la región checoslovaca de los Sudetes, de habla germana. El acuerdo se celebró entre el Gobierno de Hitler e Italia, Gran Bretaña y Francia. Checoslovaquia no tuvo permitido concurrir a la conferencia, lo que creó una idea permanente: “Sobre nosotros, sin nosotros”. Además, Hitler no tardó mucho en violar este pacto y devoró a todo el país seis meses después. Algo que dejó una cicatriz y que se activa dentro de la identidad checa a través de varias campañas políticas a lo largo de la historia moderna. Sin hablar de la expulsión de los alemanes: si en 1921 formaban un 30,6% del país, en 1950 representaban menos de un 1,8%. Las consecuencias de la guerra y los decretos de Beneš cambiaron la demografía de la sociedad checa para siempre. La multiculturalidad donde convivían alemanes, judíos y checos conformaba una esencia natural que transformó sin esa savia a la sociedad en un conglomerado hermético y sin mestizaje dentro de los muros de la dictadura comunista.
El trauma de Múnich sigue muy presente en la política nacional después de la Segunda Guerra Mundial. El mismo presidente Beneš declaró en 1944: “Nuestro pilar principal es Rusia. ¡Múnich no se va repetir nunca!”. El sueño de permanecer entre Rusia y Alemania –Oriente y Occidente-, sin pertenecer a ninguna parte construye una esencia muy fuerte para la identidad checa. Según los últimos sondeos del Centro de estudios empíricos (STEM), el 50% de la población checa prefiere mostrarse imparcial entre ambas zonas de influencia sin adscribirse a ningún bloque. Es una visión romántica -o más bien utópica- que se perpetúa como un hilo rojo en la historia del país desde el siglo XIX. Explica, perfectamente, la posición de Beneš en agosto 1945: “No volveremos a 1938 porque sabemos que la sociedad liberal es un anacronismo en la teoría y en su praxis”. Y tenía razón Beneš, aunque se refería a otra cosa: tardó mucho en volver el país al año 1938. Si en aquel año Checoslovaquia superaba el crecimiento económico de Bélgica, Italia y Austria, en 1956, ya rezagado, disminuyó en su productividad a 20 años atrás.
Además, la nueva ilusión de una sociedad liberal debía esperar hasta los 60. “Socialismo con cara humana”, el programa político de Alexander Dubček para la democratización y la reformas del “comunismo real”, fue un lema lanzado en enero 1968. Cristalizó en la esperanza de la Primavera de Praga. Pero terminó traumáticamente con la invasión del Ejército del Pacto de Varsovia, liderado por la Unión Soviética en la madrugada del 21 de agosto. Ocho meses después, 500.000 soldados, 6.300 tanques y 800 aviones de los 5 países formalizaron un gobierno de colaboradores domésticos y comenzó una época de duras persecuciones por parte de la policía secreta.
Más de 200.000 personas emigraron (o fueron obligadas a emigrar) después de 1968. Entre ellas, referencias culturales y voces importantes como el escritor Milan Kundera o el cineasta Miloš Forman. Mientras continuaba el éxodo del país, el Ejército ruso se instaló allí hasta 1991. Y pasaron aún 20 años antes de que el régimen comunista comenzara a desmoronarse en Europa del Este. En los años de la considerada “normalización”, después de 1968, las palabras perdieron su significado y el poder comunista introdujo su lenguaje, sus códigos de propaganda y su propia interpretación del pasado y el presente. Así siguen presentes algunos frutos envenenados de aquella era sin moral.
Una de las principales esencias de la relación de Chequia con la Unión Europea se forja a través de su relación con Alemania. A pesar de que hayan pasado casi 29 años desde la caída del comunismo, sigue siendo uno de los temas donde continúa presente la propaganda del antiguo bloque. Pero no solo, porque ya en el siglo XIX era popular un dicho despectivo: “Quien quiere tener buenas relaciones con Alemania es un sirviente de Berlín”. Tomáš Garrigue Masaryk tuvo que enfrentarse bastante a este prejuicio en su época. Fue la crítica principal que recibió. Recientemente, ha sucedido también. Ese recelo hundió las expectativas presidenciales de Karel Schwarzenberg, en 2013. Su rival de entonces, Zeman, sacó tajada del tema alemán. Esgrimió los decretos de Beneš como una alarma en plena campaña política y le desacreditó con otra mentira más sobre la colaboración con los nazis. Fue así como cambió el voto a su favor.
Con este clima político y una campaña antieuropea permanente por parte de los principales líderes políticos, no sorprende que el apoyo actual de la Unión Europea haya quedado en el punto más bajo de los Estados miembros. Todo esto, a pesar de que la economía crece (4,4%, en 2017) y el paro baja a mínimos históricos (3,7% en febrero 2018 versus 5,1% en febrero de 2017). Mientras en España no existen apenas reticencias y el 88% de su población se siente ciudadano de la Unión, según el último Eurobarómetro, en Chequia la cifra alcanza el 56%, frente al 75% de una Eslovaquia mucho más proeuropea.
Prohibido olvidar
Aunque la fecha exacta de la declaración de la fundación de Checoslovaquia cae en la segunda mitad del año 2018 –concretamente el 28 de octubre–, el Gobierno checo destinó 410 millones de coronas checas (16 millones euros) para las celebraciones desde principios de 2018, con una intensa agenda de los eventos.
El viceministro del Ministerio de Asuntos Exteriores, Jakub Dürr resume a esglobal los principales impulsos del año conmemorativo: “Se trata de valores que queremos restablecer. Deseamos ser lo que éramos hace 100 años. Con todo respeto y dignidad conmemoramos la fecha del 1 de enero de 1993, cuando concluyó casi un siglo entero juntos y las dos naciones decidieron ir por su propio camino. La nación joven regresó no solamente a los principios del Estado del presidente Masaryk sino también a la tradición de San Venceslao, considerada como base de la estatalidad checa. Es decir, a principios que dan sentido auténtico a nuestra nación y forman la base de la identidad contemporánea”.
Hasta hoy día, a causa de la lobotomía comunista, cuesta reivindicar a esta región el legado de todo un siglo. Sobre todo la riqueza cultural que surgió del Imperio austrohúngaro y su mezcla de comunidades checa, alemana, judía y eslava que ha dado al mundo varios genios universales. Desde compositores como Janáček y Martinů, sin olvidarnos de Gustav Mahler, aunque muriera antes de la primera República, a escritores y pensadores como Sigmund Freud, Franz Kafka, Milan Kundera, Bohumil Hrabal, poetas de la altura de Holan y Seifert, pintores como František Kupka, Alfons Mucha, Emil Filla, Adolf Loos o cineastas reconocidos en todo el mundo como Miloš Forman… Sorprende la densidad de talento por metro cuadrado en los primeros estertores del siglo XX, hoy día cuesta encontrar ecos similares de aquella cosecha en un país sin visión ni memoria. Queda una buena base de gente muy trabajadora, dispuesta a aprender muy rápido todo lo que cruza la frontera y cuidar su patrimonio. Pero la grandeza multicultural es agua pasada y justo por eso viene bien reconstruir el mosaico de los acontecimientos y el legado de los últimos 100 años. Queda prohibido olvidar.
Corría el mes de abril de 1959. Una máquina de escribir recién comprada estampa letra a letra, mancha a mancha, una carta tan curiosa como descriptiva del tiempo en el que fue concebida. El destinatario es Juan Antonio Bardem, hermano de Pilar y tío de Javier, uno de los guionistas más importantes de la historia del cine español y reconocido miembro del Partido Comunista de España: «(…) Buenos días (la verdad es que no ha habido malos días) y un pisar más firme que el que se estila por acá. Y el recuerdo de 6 horas estupendas en La Habana, donde el Director General de Cine es nuestro amigo Alfredo Guevara quien, con otros, vino a recibirme». El remitente es Ricardo Muñoz Suay, quien luego fundaría la Filmoteca Valenciana y que termina la frase: «Objetivo número 1 de Fidel en el cine: hacer un film con Bardem».
En esa época, J.A. Bardem acababa de colaborar con Suay para rodar Sonatas, una de sus películas más reconocidas como director junto a la celebrada Los inocentes, ya de 1962. En Cuba, la revolución liberada por Castro para derrocar a Batista llevaba apenas tres meses en pie y España vivía en los albores de la reforma económica de la dictadura de Franco que se materializaría en la década de los 60. «Solo lo nuestro, para nosotros, es la salida», escribe Suay. Ello también significa el gusto de Fidel Castro y los suyos por el cine, no en vano y con el aperturismo, por su cine privado de La Habana pasaron Steven Spielberg, Sean Penn, Kevin Costner o su «amigo» Oliver Stone.
Por si fuera poco, la carta describe el proyecto de película de manera tan minuciosa que uno se pregunta por qué no llegó a realizarse. Con fecha de envío del 2 de abril, Suey asegura haber hablado con Lucía Bosé para que la dirigiese y que esta cuenta con el «permiso» de su marido, Luis Miguel «Dominguín». Toros, comunismo, franquismo, cine, exilio y la promesa de una gran película sobre la revolución cubana: «Si sábado lo resuelvo te mandaría un cable a la dirección de Hollywood que tú debes enviarme». La historia del cine español, negro sobre blanco.
Esta carta es una de las joyas que presenta la exposición Memorias de Luz. Historia del cine español en la Filmoteca Valenciana que acogerá hasta el 3 de junio la sede central en Madrid del Instituto Cervantes. Fundada hace ahora tres décadas por Suay, la institución que vela por el cuidado de la producción cinematográfica valenciana organiza la muestra en colaboración con el Institut Valencià de Cultura: «La idea era condensar el primer siglo de historia de nuestro cine en una exposición con todo nuestro patrimonio no fílmico», afirmó su director general, Abel Guarinos.
Más allá de las curiosidades y piezas de colección cinéfilas como la misiva antes citada o el plan de rodaje de Bienvenido Mr. Marshall (película en la que Bardem escribió el guion junto a Berglanga), en la exposición se podrá disfrutar de hasta 62 carteles originales de la historia del cine patrio. El visitante se encontrará con la mirada furtiva de Catherine Deneuve en la Tristana de Luis Buñuel, o con el mismísimo Charles Chaplin caracterizado como un torero en su adaptación de Carmen. A todo color y en gran formato.
Comisariada por Nieves López Menchero, responsable del fondo de la Filmoteca, Memorias de Luz es una retrospectiva tan bien cuidada como frágil: «Hemos tenido que superar muchos años de vicisitudes políticas y económicas para poder mostrarlo. De hecho, después del trabajo de restauración el papel es muy frágil y han tenido que seleccionarse tipos de cristal muy concretos para exponerlos sin dañarlos más y que puedan ser disfrutados por los ciudadanos, que es a quien pertenece este patrimonio», afirmó.
La muestra, que estará abierta al público hasta principios del mes de junio, se completa con varios bocetos y grabados de grandes producciones españolas de la década de los cincuenta o catálogos del NO-DO restaurados para su exposición.«Una de las cosas más interesantes que se puede observar es cómo cambian los reclamos durante el Gobierno de la República, con la Guerra Civil y con el Franquismo», aseguró la comisaria. Se fue Fidel, se fue Bardem y se fue Suay, pero aquella carta y el legado fílmico que dejaron ya forma parte del patrimonio cultural.
El 19 de julio de 1936, el joven fotógrafo autodidacta Agustí Centelles se encontró con unos caballos muertos y medio destripados en la confluencia de las calles Roger de Llúria y Diputació de Barcelona, donde se estaba produciendo un tiroteo. Cuando terminó el enfrentamiento, se acercó a los participantes y les pidió que posaran para él reproduciendo la acción. Incuso colocándose en dirección contraria a como habían combatido, para evitar el contraluz. Como complemento decorativo bélico, colocó un casco sobre uno de los animales muertos. La puesta en escena incluyó a un cuarto personaje que participaba en la parodia en una actitud excesivamente cinematográfica y poco creíble, por lo que fue eliminado de la instantánea cuando esta se editó para ser reproducida. Así se gestó una de las fotografías más famosas de los primeros días de la Guerra Civil española.
La imagen editada, la original, la historia de sus protagonistas y el perfil del fotógrafo integran una de las 50 piezas seleccionadas en el libro 50 fotografías con historia, que Signo Editores acaba de publicar. Los fotógrafos son todos españoles, la selección abarca ochenta años y cada una de las imágenes viene contextualizada también gráficamente con otras de la misma serie o que tienen un paralelismo icónico. La estructura del trabajo no es cronológica o por escuelas, sino que responde a un itinerario poético en el que las fotos dialogan entre sí y se remiten unas a otras, fruto del trabajo de un equipo integrado por Félix Fuentes(diseño editorial y redacción de textos), José María Díaz Maroto (selección de autores y obras), Gonzalo Revidiego (coordinador editorial) y Cristina García y Esther Ginés (corrección de textos).
En el abanico de imágenes hay fotografías escogidas por su faceta estética, por su compromiso social y también por su valor como documento histórico.
El Che Guevara en Madrid, en 1959.
Le ocurre a la célebre foto del Che Guevara, de paso por Madrid camino de El Cairo en 1959. El diario Pueblo, dirigido por Emilio Romero, quiso cubrir la breve visita del guerrillero argentino, ya convertido en dirigente de la revolución cubana, y el encargado del reportaje gráfico fue un joven de 19 años, César Lucas, que trabajaba en la agencia Europa Press.
El Che quería conocer la Ciudad Universitaria, la plaza de toros e ir de compras, todo en una mañana de domingo antes de volver a embarcar a mediodía en Barajas. Cuando se encontraban en Moncloa a las 7.00 de la mañana, el fotógrafo vio en el Arco del Triunfo la oportunidad de sacar al guerrillero junto a imagen inconfundible de Madrid, la que necesitaba para su trabajo. Y así, en una salida de la ciudad casi desierta por la hora, junto a un cruce de peatones y con un autobús de dos pisos alejándose de la escena, quedó para la posteridad esa imagen madrileña del Che que todos conocemos.
Dolores Ibárruri y Rafael Alberti en el Congreso, en julio de 1977.
El apartado en que se comenta esta toma se completa con otras varias de esa mañana, en la que Ernesto Guevara desayunó en la cafetería California de la Gran Vía y logró hacer algunas compras en Galerías Preciados, que abrieron solo para él, tras pasearse por la plaza de Callao.
Casi veinte años después, otros destacados comunistas, Dolores Ibárruri y el poeta Rafael Alberti, irrumpían en otro escenario madrileño emblemático, el Congreso de los Diputados. Lo hacían después de cuatro décadas de prohibición de su partido en lo que constituía un símbolo de reconciliación nacional, normalización de la vida política y prueba gráfica de que se vivía un proceso en España que el tiempo dio en llamar la Transición. El lento descenso de ambos ancianos por la escalinata central del hemiciclo fue recogido por la fotógrafa Marisa Flórez, cuya carrera como fotoperiodista estuvo muy vinculada al diario El País. Aquel día, 13 de julio de 1977, la Pasionaria fue vicepresidenta de la mesa de edad del Congreso. En ese lugar privilegiado de la cámara y junto a sus compañeros de partido, exiliados o encarcelados hasta solo un año antes, aparece también retratada en la serie que la fotógrafa recogió para la prensa del día siguiente y, sobre todo, para la historia.
50 fotografías con historia incluye en su narrativa imágenes que hablan de nuestro pasado con protagonistas sin pretensiones: los habitantes del barrio de La Chanca en Almería, en los años 50, inmortalizados porCarlos Pérez Siquier; las fiestas religiosas y populares que por las mismas fechas retrataba Ricard Terré; la llegada de los Beatles a España, captada por Joana Biarnés en 1965; la España poblada de curas y seminaristas con sotana que Ramón Masats atrapó jugando al fútbol; el deseo en las calles de Barcelona visto por Joan Colom, y otras historias relatadas por fotógrafos españoles, pero que sucedieron fuera de nuestras fronteras, como el horror de las minas en Mozambique del que dio testimonio Gervasio Sánchez o la terrible historia de Piset Pisika, una estrella del ballet nacional camboyano de 17 años, cuya belleza la llevó a la muerte por los celos de la entonces mujer del presidente. De ella, Isabel Muñoz inmortalizó la mano que con un sencillo y ritualizado gesto evoca la danza jemer y es una de las imágenes más icónicas de esta fotógrafa.
Un libro que enseña a leer las mejores fotografías, extrayendo de ellas todas sus enseñanzas.