El Partido Socialista dedicó mucha atención en su programa a la Administración del Estado en el XI Congreso, celebrado en el otoño de 1918. En este trabajo nos acercaremos a las cuestiones diplomáticas debatidas, ya que suponían cambios profundos en un mundo tan tradicional.
Los socialistas aprobaron en la Ponencia denominada “Legislación General” la democratización de los servicios diplomáticos, junto con cambios tendentes a fomentar la eficacia de los mismos, en un momento clave de las relaciones internacionales, justo cuando finalizaba la Gran Guerra y debía construirse un nuevo orden mundial. En opinión del PSOE si no se emprendía una profunda reforma de la política internacional española se agravaría el desprestigio internacional del país. Esa reforma debía abarcar todos los órganos de la actividad exterior española para, además, contribuir a la formación de una “conciencia internacionalista en España”.
El Ministerio de Estado (Asuntos Exteriores) debía ser transformado profundamente, con una intensa reorganización del cuerpo diplomático y también del consular, equiparándolos, es decir, se pretendía una democratización de toda la estructura diplomática española, potenciando a los cónsules. Por fin, se defendía la dimensión cultural de las embajadas españolas, además de incluir la representación obrera en las mismas.
Por su parte, Antonio Fabra i Ribas planteó la necesidad de establecer un plan de estudios para el Cuerpo consular. El socialista catalán era muy conocedor de la realidad internacional.
Fabra pretendía que los cónsules recibiesen una completa formación teórica y práctica sobre las materias que abarcaba su carrera. Había que cambiar casi completamente el temario de las oposiciones porque tenía un carácter “especulativo y memorista”. Interesaba que los cónsules adquiriesen conocimientos en Geografía comercial e industrial, Estadística y Legislación social comparada.
El cónsul debía residir el mayor número posible de años en el mismo país. Debería estudiar, además, las características sobre la agricultura, industria y comercio de dicho país.
Los cónsules tendrían que redactar una memoria semestral indicando las condiciones en que vivían los españoles residentes en el país, la mayor o menor aceptación de los productos españoles importados en comparación con los de otros países, y los productos propios que fueran de interés para España.
Los Consulados debían estar dotados del personal necesario, debidamente remunerado para que pudiera atender todos los servicios asignados a estos organismos con el fin de que los españoles residentes en el extranjero estuviesen atendidos adecuadamente.
El Congreso del PSOE aprobó por unanimidad esta proposición, que se añadió a la Ponencia.
Hemos consultado los números 3414 y 3552 de El Socialista. Es recomendable acudir a la obra de Miguel Ángel Ochoa Brun, Historia de la diplomacia española, Tomo XI-XII. La Edad Contemporánea, publicada por el Ministerio de Asuntos Exteriores en 1995.
La Segunda República, fue una etapa de la historia caracterizada por favorecer el progreso social, político y de las libertades públicas. Quedó rota en 1936 por la sublevación militar fascista y la guerra. En su corta historia nada le fue fácil.
Miguel de Unamuno, que contribuyó al restablecimiento de la República, cuando apenas habían transcurrido seis meses de su proclamación, manifestó a un amigo: «Me pregunta usted que cómo va la República. La República, o res-pública, si he de ser fiel a mi pensamiento, tengo que decirle que no va: se nos va. Esa es la verdad». Y así fue. El advenimiento de la Segunda República coincidió con una etapa de crisis económica internacional de 1929 y de crisis de los sistemas democráticos; en Europa existía un predominio de dictaduras, que hará más difícil el desarrollo de reformas en España.
Durante los meses de abril a diciembre de 1931, se aprobó la Constitución republicana. En el primer bienio (1931-1933) la coalición republicano-socialista presidida por Manuel Azaña, llevó a cabo diversas reformas que pretendían modernizar el país. El segundo bienio (1933-1935), llamado por las izquierdas bienio negro, estuvo gobernado por el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, apoyado desde el parlamento por la derecha católica de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), que pretendió derogar las reformas del primer bienio.
La tercera etapa viene marcada por el triunfo de la coalición de izquierdas del Frente Popular, en las elecciones generales de 1936, y que solo pudo gobernar en paz durante cinco meses. En la tarde del 17 de julio, se conocía que en el Protectorado de Marruecos se había iniciado una sublevación militar. Al día siguiente la sublevación se extendió a la península y las organizaciones obreras (CNT y UGT) reclamaron «armas para el pueblo», a lo que el gobierno de Casares Quiroga se negó, teniendo que dimitir por ello.
El nuevo Gobierno presidido por Martínez Barrio, líder de Unión Republicana, incluyó en su gabinete a políticos moderados, dispuestos a llegar a algún tipo de acuerdo con los sublevados que no resultó. Emilio Mola se negó a cualquier tipo de transacción, lo que provocó la caída del Gobierno. Azaña nombró el mismo domingo 19 de julio a José Giral, que formó un gobierno únicamente integrado por republicanos de izquierda, con el apoyo explícito de los socialistas. Giral tomó la decisión de entregar armas a las organizaciones obreras. Se inició una revolución social para defender la República.
Tras el golpe de Estado fascista, el Frente Popular controlaba el 72% del territorio, que albergaba una población de 15,2 millones, sobre un total de 24,2 millones. Contaba con el aparato completo de la Administración; disponía de todas las reservas de oro del Banco de España. El Frente Popular podía contar con casi toda la industria militar y civil, industria química, las minas de carbón y de hierro, industria metalúrgica, los altos hornos, la mayoría de los cultivos de regadío, con la mitad de la producción de cereales y ganadería. Bajo su control, quedaron las fábricas de armas de Toledo, Murcia, Trubia, Reinosa, Eibar y Plasencia. Dependía del Gobierno, algo más del 50% de los soldados; el 81% de los aviones disponibles, y casi toda la armada. Con todos estos recursos, el Frente Popular perdió la guerra, por diferentes factores claves.
Muy favorable resultó la unidad política y del mando militar del ejército de Franco −nombrado a finales de septiembre de 1936 jefe del Estado, título que ostentó y mantuvo hasta su muerte en 1975−. Franco unificó en un solo partido los movimientos carlistas y falangistas. En general los recursos externos fueron favorables al ejército de Franco. Los franquistas contaron con la neutralidad de Inglaterra y EEUU. Inglaterra identificó al bando republicano como revolucionario y de alto riesgo de dictadora comunista si ganaban.
Julián Besteiro, en mensaje por Unión Radio la noche del 5 de marzo de 1939, dejó su opinión de cómo se había gestionado la República desde la Batalla del Ebro. «La verdad real: estamos derrotados por nuestras propias culpas». Venía a decir que la derrota se producía «por habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizás los siglos». A continuación tomo la palabra el anarquista Cipriano Mera, albañil de profesión, que había llegado a mandar el IV Cuerpo de Ejército, quien pronunció el discurso más duro, vertiendo graves acusaciones contra Negrín. La última intervención sería la del coronel Segismundo Casado, quien leería un discurso más dedicado a los que le escuchaban al otro lado de las trincheras que a los de la zona republicana. Se estaba fraguando un golpe de Estado.
Tras la dimisión de Giral, el presidente de la república Manuel Azaña encargó la formación de un «gobierno de coalición» a Francisco Largo Caballero, líder socialista de UGT. Largo Caballero, que asumió también el ministerio de Guerra, dio entrada en el gabinete al mayor número posible de representaciones de los partidos y sindicatos. La formación no se completó hasta dos meses después, con la integración de cuatro ministros de la CNT, entre ellos la primera mujer ministra en España, Federica Montseny. Las tropas sublevadas ya estaban a las afueras de Madrid.
El siguiente nuevo gobierno que formó el socialista Juan Negrín en mayo de 1937 respondió al modelo de las coaliciones de Frente Popular. Según Santos Juliá (Un siglo de España, 1999), detrás de este gobierno estaba Azaña, que pretendía «un gobierno capaz de defenderse en el interior y de no perder la guerra en el exterior. Con Prieto a cargo de un Ministerio de Defensa unificado, sería posible defenderse; con Negrín en la presidencia, se podían abrigar esperanzas de no perder la guerra en el exterior.
El coronel Segismundo Casado, jefe de los ejécitos del centro, consideraba que no era posible continuar la resistencia debido a la gran desmoralización de las tropas y la escasez de armamento. Pretende deponer al gobierno Negrín y sustituirle por otro que negocie el fin de la guerra con Franco, poner fin a la contienda sin derramamiento de sangre. No lo consiguió. Había mantenido contactos con la red de espías franquistas y con la Quinta Columna d Madrid; con el apoyo del socialista Julián Besteiro, Wenceslao Carrillo, Cipriano Mera, y el general José Miaja. El golpe traidor, provocó un duro enfrentamiento entre republicanos, entre los que apoyaban la negociación de paz con Franco y los que pretendían resistir hasta el final e intentar que la guerra de España, enlazase con el comienzo de la que se cernía sobre Europa. En una semana, se produjeron más de 20.000 víctimas.
El Consejo Nacional de Defensa, presidido por el general Miaja se hace con el control de Madrid, tras duros enfrentamiento entre las tropas republicanas e inicia las diligencias con el Gobierno de Burgos con el objetivo de acordar la paz. Franco no aceptó ninguna de las concesiones que le habían prometido a Casado si daba el golpe. Había fracasado.
Manuel Azaña en La velada en Benicarló, enumeraba, por orden de importancia, a los enemigos de la República: «la política franco-inglesa; la intervención armada de Italia y Alemania; los desmanes, la indisciplina y los fines subalternos que han menoscabado la reputación de la República y la autoridad del Gobierno»; por último señalaba a las fuerzas propias de los rebeldes. «La situación de España no tiene remedio. Allí no queda nada: ni Estado, ni riqueza, ni comercio, ni industria, ni hábitos de trabajo, ni posibilidad de encontrarlo, ni respeto que no sea impuesto por el terror. Dos millones de españoles menos, entre muertos, emigrados y presos. Solamente en Madrid hay ciento cincuenta mil presos». Todo fue una conspiración.
El 26 de marzo, Madrid es tomado por las tropas franquistas. El Ejercito Popular republicano ya no opuso resistencia. En el 1 de abril, la guerra y la República habían terminado, dando paso a la dictadura y la represión.
En alguna parte del tercer volumen de Tu rostro mañana, Javier Marías escribe: “Lo cierto es que nunca sabemos de quién proceden en origen las ideas y las convicciones que nos van conformando, las que calan en nosotros y adoptamos como una guía, las que retenemos sin proponérnoslo y hacemos nuestras”. Unas cuantas páginas después irrumpe en su relato una pintura, Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en Málaga,de Antonio Gisbert. Como ocurre a lo largo de toda la novela (unas 1.600 páginas), Marías salta de un lado a otro, se entretiene en múltiples digresiones, da vueltas sobre asuntos distintos. De la mano de un oscuro personaje, Tupra, que tiene unos cincuenta años y que trabaja en los servicios secretos británicos, el narrador de la obra de Marías se sumerge en las cloacas de la historia y descubre que lo que hay no es sino un rosario de chapuzas y traiciones, de violencias gratuitas, de daños involuntarios e irreparables. Ahí está el cuadro de Torrijos, con los cadáveres de los que ya han sido pasados por las armas y el noble porte de aquellos liberales que van a ser inmediatamente fusilados (y ese sombrero negro tirado en la playa, como un signo abrupto del desamparo de la muerte). No es casual que la prosa de Marías salte del cuadro de Gisbert a la Guerra Civil: “y también me acordé de los ejecutados sin juicio o con farsa en esas mismas playas de Málaga por quien la tomó más un siglo después con sus huestes franquistas y moras y con los Camisas Negras de Roatta o ‘Mancini”.
El Prado inauguró hace unos días una pequeña exposición que protagoniza el célebre cuadro del fusilamiento de Torrijos. Fue el primer encargo de una pintura que hizo el Estado destinado al museo y lo realizó el gabinete liberal de Práxedes Mateo Sagasta en 1886. Antonio Gisbert fue el elegido para su ejecución. Tenía que construir un símbolo que exaltara la lucha por la libertad en la construcción de la nación española. El 2 de diciembre de 1831, el general José María de Torrijos y Uriarte partió de Gibraltar con destino a Málaga acompañado de sesenta cómplices con el afán de provocar un alzamiento militar que restableciera el sistema constitucional. Las fuerzas de Fernando VII los detuvieron a los nueve días. Fueron fusilados, y se convirtieron en mártires de la larga batalla para derrotar al absolutismo. Espronceda, en el soneto que dedicó a Torrijos, ya subraya que esa sangre no había caído en vano: “Y los viles tiranos con espanto / siempre amenazando vean / alzarse sus espectros vengadores”.
Fue el historiador José Álvarez Junco el que recordó esos versos en su Mater dolorosa, donde trata de la idea de España en el siglo XIX. “Si la literatura había puesto palabras en la boca de nuestros antepasados, la pintura les dio forma y color, los imaginó de forma visible. Facilitó los ensueños sobre nuestro pasado”, escribe. Existían asuntos que tenían que prender en la imaginación popular. La entereza de Torrijos y los suyos ante la condena a muerte de los absolutistas era, para los liberales, uno de ellos.
Nunca sabemos de dónde proceden “las convicciones que nos van conformando”. De los cuadros y la literatura, hoy también del cine y las series, de la radio, la prensa, la televisión. Antonio Machado escribió en 1938: “Recordad el cuadro de Gisbert: la noble fraternidad ante la muerte de aquellos tres hombres cogidos de la mano”. Nos vamos haciendo políticamente gracias a esas historias que permanecen veladas en nuestra conciencia. No hay que olvidar que son construcciones y que, a veces, producen monstruos. Así que nunca está de más mantener frente a nuestras más íntimas certezas una saludable distancia irónica
El escándalo ha sido sonado en Alemania tras descubrir que una de las familias más ricas del país apoyó fervientemente al régimen nazi y empleó a prisioneros de guerra en sus fábricas y villas privadas. Los miembros de la familia Reimann, propietaria de Pret a Manger o Calgon entre otras marcas, eran ferviente nazis y antisemitas, según publicó recientemente el sensacionalista Bildam Sonntag y ha confirmado posteriormente la propia familia.
Las investigaciones, que citan cartas y documentos obtenidos en Francia, Estados Unidos y Alemania revelan que Albert Reimann padre e hijo emplearon a civiles rusos y a prisioneros de guerra franceses para realizar trabajos forzados. Donaron además dinero a las SS, los paramilitares nazis. Ambos fallecieron —en 1954 y 1984— y ahora Peter Harf, uno de los dos socios del emporio familiar y portavoz del consorcio JAB Holding Company que agrupa a las marcas de la familia, ha reconocido que los Reimann ya fallecidos “fueron culpables”.
El patriarca y su sucesor amasaron una inmensa fortuna convirtiendo una pequeña industria química de ácido tartárico y cítrico en una compañía global. En 1933, banderas con esvásticas ya ondeaban a las puertas de la fábrica productora de Calgón, el disolvente antical que patentaron.
Peter Harf, socio y portavoz de JAB, conglomerado de los Reimann.SOEREN STACHEGETTY IMAGES
En 1937, Albert Reimann junior llegó a escribirle una carta a Heinrich Himmler en la que le explicaba que “somos una familia de más de 100 años de antigüedad y puramente aria. Los dueños somos partidarios incondicionales de la teoría de la raza”. El Bild asegura que hasta un 30% de los trabajadores de algunas plantas químicas e industriales de la familia, que sumaron un total de 175 personas, llegaron a ser trabajadores forzados en 1943. Ya en 1931, incluso antes de que los nazis llegaran al poder, los Reimann eran abiertos partidarios del partido nazi y donantes de las SS.
En otro documento, el hijo del patriarca se queja de cómo trabajan los prisioneros de guerra franceses en una obra de las fábricas. Asegura que la baja productividad “no se puede explicar con una vaguería normal, sino solo si se trata de un sabotaje deliberado […] Se lo comunico en calidad de concejal de la ciudad. Heil Hitler”, termina en la misiva enviada al alcalde de Ludwigshafen, en el suroeste de Alemania. La documentación contiene además decenas de testimonios de trabajadores que denuncian malos tratos y crímenes cometidos contra los prisioneros empleados. Las trabajadoras, además, sufrieron presuntamente abusos sexuales.
No solo los hombres de la familia profesaron devoción por los genocidas nazis. Else Reimann madre e hija también fueron fervientes defensoras del nacionalsocialismo. La hija llegó a casarse con un miembro de las SS en una celebración para la que decoraron la vivienda familiar con banderas nazis, como informó la prensa alemana una semana después de las primeras revelaciones.
Edificio de las oficinas de JAB Holding Company, que agrupa las empresas de los Reimann.SIMON HOFMANNGETTY IMAGES
Han sido los miembros más jóvenes de la familia, los que comenzaron a indagar en el pasado familiar y leyeron documentos algunos documentos de su padre a principios de los años 2000. En 2014, firmaron un contrato con un historiador Paul Erker, de la Universidad de Múnich para que llevara a cabo una investigación independiente. Cuando llegaron los resultados preeliminares, Harf, el gerente, ha explicado que se quedaron “pálidos”. “Esos crímenes son asquerosos”, llegó a decir en una entrevista con el diario alemán. La investigación se hará pública cuando haya concluido, y la familia donará 10 millones de euros a ONG, a modo de compensación simbólica. La fortuna de la familia que mantiene un perfil público muy bajo se calcula que asciende a 33.000 millones de euros.
En el año 2000, el Gobierno alemán puso en pie un fondo de 5.000 millones de euros, para ofrecer compensaciones a los trabajadores forzados del nacionalsocialismo y que han financiado parcialmente grandes empresas alemanas que se beneficiaron de esos crímenes.
El nazismo dejó tras de sí millones de muertos y una cifra incalculable de víctimas. Entre las más olvidadas se encuentran las personas LGTB —sobre todo los gays, quienes sufrieron los mayores rigores de la persecución—, una población que vivió una dura represión y no recibió reconocimiento hasta prácticamente el siglo XXI.
El Holocausto nazi supuso uno de los mayores genocidios en toda la Historia de la humanidad. Estuvo dirigido principalmente contra judíos, eslavos, gitanos, discapacitados, testigos de Jehová, opositores al régimen y homosexuales varones; en total, una cifra de varios millones de muertos de difícil cuantificación debido a la disparidad de criterios en la definición y, sobre todo, la insuficiente documentación. Individualizar el número de víctimas de cada uno de estos colectivos tampoco resulta una tarea sencilla; en el caso de los hombres homosexuales, las investigaciones de Rüdiger Lautmann arrojan el resultado de que entre 1935 y 1943 casi 50.000 civiles homosexuales —de unos 100.000 arrestados— fueron condenados a prisión en virtud del infame párrafo 175 del Código Penal prusiano, que penaba las relaciones sexuales entre varones, y entre 5.000 y 15.000 condenados y detenidos en prisión preventiva fueron a parar a campos de concentración, donde su índice de mortalidad rondaba el de los judíos —en torno al 60%— a pesar de no existir una vocación tan expresa de eliminar a los homosexuales.
Los supervivientes gays conocidos del Holocausto fueron menos de una veintena. Gracias a sus relatos y diversas investigaciones, ha sido posible recrear la vivencia de las personas LGTB durante el III Reich. Sin embargo, la escasez y la fiabilidad incierta de datos y relatos aconsejan cautela a la hora de aproximarse a un tema más bien desconocido y con un gran riesgo de caer en el victimismo.
Para ampliar: “Una nación LGTB”, Nacho Esteban en El Orden Mundial, 2017
Grupos de socialización como las Juventudes Hitlerianas solían recibir burlas por su homoerotismo. La concepción de la masculinidad en la primera mitad del siglo XX permitía un contacto físico más estrecho entre los hombres, aunque sin duda sirvió para ocultar relaciones románticas y sexuales. Fuente: Histomil
Con el fallecimiento del presidente Hindenburg, Hitler asume la jefatura del Estado mediante un decreto ilegal ratificado en referéndum. Bajo el mandato del ahora Führer, la escalada antihomosexual del régimen se disparó: en octubre de 1934 la Gestapo ordena a todas las comisarías entregar las listas rosas de homosexuales, lo que le permitiría identificar, arrestar, interrogar y chantajear con mayor facilidad. Aparte de la vigilancia de locales, urinarios públicos y parques, la causa más frecuente de detención de homosexuales —eminentemente varones— fueron las denuncias de conocidos y las delaciones por otros homosexuales interrogados, de tal manera que hasta los simples rumores hacían recaer la carga de la prueba sobre el acusado. Las detenciones y los interrogatorios se realizaban sin orden judicial ni garantías procesales y la intimidación y la tortura estaban a la orden del día; algunas declaraciones de culpabilidad firmadas “sin coacciones” resultaban ilegibles por las manchas de sangre.
Desde 1923 la tasa de fertilidad alemana no ha superado los 2,5 hijos por mujer. Fuente: Our World in Data
Durante los años siguientes, la situación solo empeora. En el aniversario del asesinato de Röhm el párrafo 175 se endurece como parte de las llamadas leyes de Núremberg: las penas aumentan y el texto de la ley se vuelve amplio y difuso —cubre desde abrazos hasta miradas lujuriosas—, lo que, sumado a la arbitrariedad judicial, supone un incremento de las causas. Aunque la mayoría de ellas involucraron previsiblemente a hombres homosexuales, sin duda también debieron de afectar —en una medida incuantificable— a hombres bisexuales e incluso heterosexuales. En cuanto a las mujeres, existen muy pocos casos de condenas; aunque evidentemente había lesbianas en los campos de concentración, la mayoría estaba allí por otros motivos. Además de las otras consecuencias para la población LGTB en general —cierre de locales, clandestinidad, éxodo, soledad, matrimonios de conveniencia…—, tuvieron graves problemas laborales y, en algunos casos, fueron víctimas de violencia y explotación sexual o internadas en psiquiátricos. Por último, el caso de la población trans es particular: si bien la destrucción del Instituto Hirschfeld supuso un varapalo para una comunidad naciente, que hubo de exiliarse, resignarse a vivir en la clandestinidad o afrontar los rigores del nuevo régimen, el travestismo no era una práctica infrecuente entre los soldados nazis a principios de los 40. No obstante, en 1941 Himmler ordenaría la ejecución o encarcelamiento —según la gravedad— de todos los SS que tuvieran un “comportamiento indecente con otro hombre” y el ministro de Justicia decretaría un año después la pena de muerte para los homosexuales.
Particularmente después del asesinato de Röhm, miles de hombres homosexuales fueron a parar a los campos de concentración. En los años siguientes, Himmler ordena enviar a los homosexuales a los campos de exterminio —los llamados campos de nivel tres o “molinos de huesos”—, en algunos casos sin condena o tras haber sido absueltos y en otros previo paso por prisión; incluso hubo homosexuales que, después de cumplir su condena, fueron enviados a los campos en “custodia protectora” o estuvieron sujetos a un régimen de “vigilancia policial planificada” que limitaba su movilidad. Al contrario de lo que se suele pensar, no todos los campos de exterminio tenían como objetivo inmediato el asesinato de los prisioneros; en muchos casos, se trataba de una consecuencia premeditada del trabajo forzado, con lo que se combinaba el castigo —la tortura física y psicológica y, finalmente, la muerte— con el imperativo de eficiencia bélica, sobre todo a partir de los 40, cuando el contexto de guerra lleva además a una mayor cautela documental y a órdenes menos explícitas respecto al genocidio.
La mayoría de los homosexuales fueron a parar a Mathausen, Dachau y Auschwitz, pero también hubo triángulos rosas en Sachsenhausen, Flosenburgo, Buchenwald, Schirmeck, Natzweler, Fuhlsbuttel, Neusustrum, Sonenburgo, Lichtenburgo, Ravensbruck, Neuengamme, Gross-Rosen, Vught, Stutthof, Struthof y Butzow.
Para ampliar: Rudolf Brazda: itinerario de un triángulo rosa, J. L. Schwab y R. Brazda, 2011
Las víctimas del Homocausto
Aunque el régimen nazi supo ocultar hasta el fin de la guerra la verdadera naturaleza de los campos e intentó borrar las huellas de sus crímenes, el silencio posterior de los investigadores respecto a la persecución de las personas LGTB fue clamoroso. La homosexualidad seguía estando mal vista e incluso castigada en algunos países europeos; de hecho, los aliados enviaron a algunos homosexuales a prisión a cumplir su pena sin considerar el tiempo en los campos —a diferencia de los ex-SS, cuyo trabajo se tuvo en cuenta para el cómputo de las pensiones—. Hasta 1969, el artículo 175 siguió en vigor y supuso más de 47.000 condenas en Alemania. Muchos tuvieron dificultades laborales y personales por ser oficialmente delincuentes con antecedentes sexuales y sufrieron el ostracismo, el negacionismo, el silencio y la vergüenza, cuando no directamente la violencia física y verbal.
Eran unos 90 hombres armados los que desembarcaron del yate en aquella playa del Caribe. Casi todos eran cubanos, vestían uniforme militar y venían dispuestos a derrocar al gobierno de aquella pequeña nación. Ocurrió hace 60 años, pero si piensa que se trata de la expedición del Granma a Cuba, liderada por Fidel Castro, se equivoca.
La escena corresponde a una invasión a Panamá ocurrida en abril de 1959 y que fue la primera de una decena de intervenciones armadas impulsadas por Cuba en América Latina, desde el triunfo de la revolución castrista el 1 de enero de aquel año.
En las últimas semanas, el tema de la injerencia militar cubana en la región entró con fuerza en el debate internacional a propósito de la crisis política que vive Venezuela.
En un discurso el pasado mes, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, calificó al mandatario venezolano, Nicolás Maduro, como «títere cubano» y aseguró que está «controlado por los militares cubanos y protegido por un ejército privado de soldados cubanos».
Es una denuncia que se hace desde hace años en Venezuela.
Rocío San Miguel, presidenta de la ONG venezolana Control Ciudadano, le dijo a BBC Mundo que «Cuba intervino en la reestructuración de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y que en los cuarteles venezolanos hay una presencia permanente de militares cubanos».
Sin embargo, La Habana niega tener alguna injerencia militar en Venezuela y defiende su apoyo a Maduro como un gesto de solidaridad.
Cuba y Venezuela se convirtieron en aliados tras la llegada al poder de Hugo Chávez.
Desde la prensa oficial de la isla se insiste en que la gran mayoría de los 23.000 cubanos presentes en Venezuela son trabajadores del sector salud.
El diario oficial del Partido Comunista de la isla, Granma, afirmaba en un reciente artículo que en Venezuela no hay ni agentes ni soldados cubanos.
Es un «ejército de batas blancas», decía en referencia a los médicos que conforman el grueso de las misiones sociales cubanas que -según afirman- también incluyen maestros, entrenadores deportivos, periodistas y asesores científicos e industriales, entre otros.
Desde los inicios de la Revolución cubana, una de las marcas de su política exterior ha sido «exportar el socialismo».
Alineados con la Unión Soviética durante la Guerra Fría, los cubanos tienen un historial de apoyo a gobiernos y actores políticos ideológicamente afines.
Y lo han hecho con envíos de médicos pero también con asesoría técnica y soporte logístico en el campo militar.
Así fue que entre 1975 y 1989 envió soldados a la Guerra de Angola (aunque el conflicto duró hasta 2002) o más recientemente los programas «Barrio Adentro» y «Mais médicos», por los que enviaron personal sanitario a Venezuela y Brasil.
Panamá
El yate con los hombres responsables de ejecutar la invasión de Panamá zarpó el 19 de abril de 1959 del puerto cubano de Batabanó. La expedición había sido promovida por Roberto Arias, un sobrino del expresidente Arnulfo Arias, que logró el apoyo de Fidel Castro.
El presidente de Panamá, Ernesto de la Guardia, denunció la invasión cubana ante la OEA.
Aunque los invasores lograron tomar el puerto colonial de Nombre de Dios, la pronta denuncia del mandatario Ernesto de la Guardia ante la OEA y la masiva movilización de fuerzas panameñas, estadounidenses y guatemaltecas derivó en la rápida rendición de los agresores.
Fidel Castro, quien estaba de visita en Estados Unidos, intentó desligarse y calificó la operación como «vergonzosa, inoportuna e injustificada»; mientras que Ernesto «Che» Guevara aseguró que Cuba exportaba ideas revolucionarias pero no la revolución en sí misma.
La Habana ofreció garantías a Panamá de que una agresión similar no sería permitida y logró que los detenidos cubanos fueron repatriados a la isla, donde supuestamente enfrentarían el riesgo de ser sometidos a un tribunal militar. Apenas un mes más tarde, todos estaban en libertad.
Fidel Castro se encontraba en EE.UU. cuando se produjo la invasión a Panamá e intentó desligarse de lo ocurrido.
«El error de esa operación fue que la mayor parte de los guerrilleros eran cubanos, por lo que no tuvieron apoyo local una vez que llegaron allí. Eran invasores extranjeros. A partir de allí, Cuba cambió la estrategia y usó más combatientes locales», explicó a BBC Mundo Jonathan Brown, profesor de Historia Latinoamericana en la Universidad de Texas y autor del libro Cuba’s Revolutionary World, sobre cómo la isla intentó exportar la Revolución a otros países a través de la insurrección armada.
Nicaragua
Menos de dos meses después del fiasco de Panamá, en junio de 1959, una expedición de unos 60 hombres armados que partió de Cuba desembarcó en la costa caribeña de Honduras.
Durante un par de semanas acamparon en el lugar esperando para avanzar sobre su verdadero objetivo: Nicaragua, justo al otro lado de la frontera.
Los expedicionarios eran mayormente exiliados nicaragüenses, acompañados de guerrilleros cubanos y guatemaltecos, que buscaban derrocar al mandatario Luis Somoza Debayle.
Luis Somoza Debayle era el objetivo de la expedición que desembarcó en Honduras para intentar ingresar a Nicaragua.
El gobierno de Honduras envío soldados a la zona que atacaron por sorpresa el campamento, causando la muerte de 6 guerrilleros, hiriendo a 15 y deteniendo al resto. «No fue una batalla, fue una masacre», lamentó luego Carlos Fonseca, un nicaragüense que fue herido.
Varios de los sobrevivientes regresaron después a Cuba para una larga estadía, donde siguieron recibiendo entrenamiento militar y se reagruparon con otros exiliados nicaragüenses.
«Se convirtieron en los sandinistas. Fidel les siguió apoyando y, al final, sus esfuerzos dieron frutos dos décadas más tarde«, comentó Brown en referencia al triunfo de la revolución nicaragüense en 1979.
República Dominicana
El 14 de junio de 1959, una fuerza de unos 60 hombres -dominicanos y cubanos- despegó del oriente de Cuba en un avión C-46 pintado con los colores de la Fuerza Aérea Dominicana. La nave aterrizó en el aeropuerto de Constanza en el interior del país, donde tomaron un cuartel por sorpresa.
Tras el triunfo de la revolución en Cuba, algunos grupos de exilados dominicanos esperaban que Castro les ayudara a derrocar a Trujillo.
El avión regresó inmediatamente a Cuba, donde Camilo Cienfuegos -quien había estado a cargo de la operación- ordenó el «arresto» del piloto venezolano y luego negó la participación de la isla en el suceso.
En paralelo, tres barcos transportaron unos 150 guerrilleros armados hasta un lugar cercano a Puerto Plata. Estas naves, sin embargo, llegaron con tres días de retraso a Dominicana, lo que permitió al gobierno de Rafael Leónidas Trujillo ponerse en alerta y emboscarlos.
«La fuerza que buscaba instigar una rebelión armada en el territorio nacional ha sido completamente exterminada, todos sus participantes han muerto», anunció el 23 de junio el portavoz del gobierno dominicano.
En realidad, unos pocos expedicionarios sobrevivieron, incluyendo al comandante cubano Delio Gómez Ochoa, quien pudo regresar a su patria luego de que Trujillo fuera asesinado en 1961.
Según explicó Brown a BBC Mundo, «en 1959 solamente quedaban cuatro dictaduras en América Latina», de las cuales tres estaban en el Caribe y Fidel Castro se había propuesto eliminarlas pues «quería crear un mundo que fuera seguro para la Revolución».
El caso de Trujillo era especialmente preocupante para La Habana.
«Él estaba dando ayuda y refugio a exoficiales del extinto ejército de Batista, que conspiraban para volver al poder en Cuba», señaló el experto.
Haití
En agosto de 1959, un grupo de unos 30 hombres armados -mayormente cubanos y haitianos junto a dos venezolanos- zarparon de Baracoa, en la costa oriental de Cuba, rumbo a Haití con el fin de promover el derrocamiento del gobierno de François «Papa Doc» Duvalier.
Las fuerzas del gobierno de François «Papa Doc» Duvalier sofocaron la invasión.
Los voluntarios haitianos habían recibido tres meses de entrenamiento en una base a las afueras de La Habana.
Los expedicionarios contaban con el alzamiento de una columna del ejército haitiano que nunca se produjo, según cuenta el historiador cubano Juan F. Benemelis en su libro «Las guerras secretas de Fidel Castro».
«La reacción militar haitiana, encabezada por el general Mercerón, fue de íntegro apoyo a Duvalier», escribe Benemelis.
La consecuencia de ello fue la aniquilación de prácticamente todos los invasores, con algunas excepciones como la de cuatro adolescentes cubanos que fueron capturados, interrogados y deportados.
Argentina
Si las invasiones de Nicaragua, República Dominicana y Haití podían ser vistas como operaciones que buscaban eliminar adversarios peligrosos en el entorno próximo de Cuba, Brown considera que las intervenciones militares en otros países latinoamericanos tenían otra función.
«Cuba luego se vengó de cada gobierno de América Latina que no la reconoció así como de aquellos que se sumaron al boicot de Estados Unidos. Fidel Castro trajo jóvenes de izquierda de esos países a la isla, les dio entrenamiento guerrillero y, luego, los envió de vuelta. Así fue como él siguió interviniendo en la región», explica el experto.
Ernesto «Che» Guevara planificó la operación guerrillera en Argentina.
Uno de esos casos fue Argentina. En 1962, Guevara planificó establecer una guerrilla rural en la provincia norteña de Salta. Al frente colocó a Jorge Ricardo Masetti, un periodista argentino que le había acompañado desde los tiempos de la Sierra Maestra.
En junio de 1963, Masetti encabezó un grupo de cinco hombres armados -cuatro argentinos y un cubano- que ingresó en Salta a través de Bolivia. Uno de ellos viajó a Buenos Aires y Córdoba para reclutar unos 30 hombres adicionales entre los grupos de extrema izquierda.
En un comunicado enviado a la prensa de Buenos Aires, Masetti anunció la existencia del grupo y su intención de liberar a Argentina del imperialismo internacional pero no hubo ninguna reacción.
En febrero de 1964, las autoridades de Salta recibieron información sobre la presencia de hombres sospechosos en un área remota, lo que derivó en una serie de operaciones que culminaron con la incautación de todas las armas, municiones y alimentos del campo guerrillero.
Los hombres de Masetti se pasaron un mes vagando por la selva en busca de comida y refugio.
Al final, tres murieron de hambre, otros tres perecieron en enfrentamientos con las autoridades, unos 13 fueron detenidos sin hacer casi ninguna resistencia, mientras que Masetti se adentró en la selva sin que nadie nunca volviera a saber de él.
Venezuela
El desembarco en mayo de 1967 de un grupo de guerrilleros procedentes de Cuba cerca de la playa de Machurucuto, en el oriente de Venezuela, dejó al descubierto los intentos de injerencia armada de La Habana en ese país.
Tras detectar el desembarco de Machurucuto, el ejército venezolano se desplegó en la zona.
Héctor Pérez Marcano, uno de los protagonistas de aquella operación, le dijo a BBC Mundo que la misma fue ideada y supervisada directamente por Fidel Castro, quien les brindó todo el apoyo.
Pérez Marcano era parte de un grupo de militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) venezolano que viajó a Cuba a entrenarse como guerrilleros para luego regresar a hacer la revolución en su país.
Según su relato, el plan original era el desembarco de ocho combatientes -cuatro venezolanos y cuatro cubanos- que se iban a unir a un foco guerrillero del MIR que operaba en una zona montañosa a unos 160 kilómetros al este de Caracas.
Sin embargo, la captura de tres tripulantes cubanos de la lancha que les había llevado hasta la orilla puso al descubierto la expedición.
La situación derivó en la ruptura de las relaciones diplomáticas entre Caracas y La Habana.
La prensa venezolana dio grandes titulares al suceso.
Sin embargo, el incidente conocido como «el desembarco de Machurucuto» no fue la primera ni la mayor operación de este tipo que Castro ejecutó sobre Venezuela.
Un año antes había ocurrido una expedición mayor que había trasladado a un grupo de guerrilleros del Partido Comunista de Venezuela formados en Cuba junto a combatientes de la isla, incluyendo a Arnaldo Ochoa Sánchez, quien años más tarde tras alcanzar el rango de general fue fusilado en la isla tras ser condenado en un polémico juicio por narcotráfico.
Perú
En los primeros años de la década de 1960, unos 200 jóvenes izquierdistas peruanos recibieron entrenamiento guerrillero en Cuba.
El gobierno del presidente Fernando Belaúnde respondió con dureza ante la aparición de grupos insurgentes en Perú.
Según señala Brown en su libro, el grupo más numeroso correspondía a los militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), un grupo formado por jóvenes desertores de las filas del APRA. También había otro conformado por disidentes del Partido Comunista de Perú, que optaron por llamarse Ejército de Liberación Nacional.
Muchos de estos hombres regresaron luego a Perú, donde ambos grupos entraron en acción por separado en 1965, realizando ataques en diversas partes del país.
El gobierno del presidente Fernando Belaúnde respondió con un despliegue abrumador de fuerzas. Las autoridades lograron sofocar esos primeros focos de insurgencia guerrillera en un año, llegando a declarar «misión cumplida».
«Una vez que se dieron cuenta de que había guerrillas en las zonas rurales fueron tras ellas con toda su fuerza. Muchos de los militares de América Latina habían aprendido de lo ocurrido en la revolución cubana y no iban a ignorar la presencia de grupos armados en el país. Eso fue lo que hizo Batista en Cuba en la década anterior: ignoró a las guerrillas en la Sierra Maestra hasta que fue demasiado tarde», comenta Brown.
Guatemala
«Guatemala fue uno de los proyectos donde más enconadamente se precipitaron Castro y el Che Guevara desde un principio; sobre todo porque Guatemala había concedido bases de entrenamiento para los cubanos exilados que participaron en la abortada invasión de Bahía de Cochinos», asegura Juan F. Benemelis en su libro.
Sin embargo, según el autor, ya antes de ese episodio el Che Guevara había hecho un pacto secreto con el expresidente guatemalteco Jacobo Arbenz -derrocado por un golpe apoyado por Estados Unidos- para restituirle en el poder.
Raúl Castro junto al depuesto presidente de Guatemala Jacobo Arbenz durante un acto en La Habana en 1960.
El 3 de octubre de 1960, el gobierno del presidente Miguel Ydígoras Fuentes divulgó un comunicado en el que informó que su Fuerza Aérea había atacado una embarcación cubana que aparentemente estaba desembarcando armas en la costa atlántica del país.
Unas tres semanas más tarde, el gobierno denunció un plan para invadir al país a través de la frontera con Honduras.
Aseguraba que la operación iba a ser realizada por una fuerza de unos 200 hombre liderados por Augusto Charnaud MacDonald, exministro de Interior de Arbenz, quien había sido visto por última vez en La Habana.
Al mes siguiente, se produjo un levantamiento militar en las localidades de Zacapa y Puerto Barrios, en el que participó el teniente Marco Yon Sosa, quien tenía contactos con Cuba y luego se convirtió en un comandante guerrillero.
Según relata Benemelis, hubo aviones de la fuerza aérea cubana aprovisionando a los alzados mientras que en Honduras había sido descubierta una columna de hombres armados liderados por oficiales cubanos que buscaban dar apoyo a los rebeldes.
El alzamiento fue sofocado por el gobierno de Guatemala que exigió a la OEA tomar medidas contra Cuba.
Colombia
La influencia y el apoyo de Cuba se encuentra en el origen del Ejército de Liberación Nacional (ELN) de Colombia.
El Ejército de Liberación Nacional de Colombia fue creado por un grupo de estudiantes formados en Cuba.
La primera semilla de esta agrupación la constituyó la «Brigada Pro Liberación José Antonio Galán», creada en Cuba por seis jóvenes estudiantes colombianos que viajaron a La Habana con becas del gobierno de la isla.
Dos años más tarde, en 1964, con solamente 18 guerrilleros se creó el ELN, a cuyas filas pronto se unirían varios sacerdotes católicos seguidores de la Teoría de la Liberación.
Sin embargo, según señala Brown, una vez que el ELN se puso en marcha se convirtió en un movimiento independiente que no dependía de la tutela de La Habana. Eso, sin embargo, no descarta que recibieran apoyo material de la isla.
En la Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, realizada en La Habana en agosto de 1967, representantes del ELN recibieron la promesa de armas cubanas suficientes para dotar a 500 campesinos que ellos habían organizado en el oriente de Colombia.
Décadas más tarde, otro episodio.
En marzo de 1981 el gobierno del entonces presidente colombiano Julio Cesar Turbay anunció que su país rompía relaciones con Cuba, acusando al gobierno de la isla caribeña de apoyar un desembarco de armas y combatientes del movimiento guerrillero M-19 en la costa pacífica colombiana, en el departamento del Chocó. Cuba negó en ese momento las acusaciones de Colombia.
El desembarco fue un fracaso, con el ejército colombiano interceptando a los combatientes en la zona selvática del Chocó al poco tiempo de haber llegado a la costa.
El Salvador
La oportunidad para la injerencia militar de Cuba en El Salvador surgió con el triunfo de los sandinistas en Nicaragua en 1979.
Estados Unidos aseguraba que Cuba fue determinante en ayudar a que las guerrillas salvadoreñas se unificaran.
Sin embargo, de acuerdo con Brown, eso no se tradujo en la presencia de militares cubanos en El Salvador, sino en un gran apoyo material y en asesoría.
Un informe desclasificado del Departamento de Estado de EE.UU. de 1981 atribuye a Fidel Castro y al gobierno cubano el haber jugado un papel central en promover la unificación de los grupos guerrilleros salvadoreños -cuyos líderes se habrían reunido en La Habana en mayo de 1980-, así como en la entrega encubierta de casi 200 toneladas de armamento que sirvieron para preparar la «ofensiva general»que lanzaron estos grupos en enero de 1981.
Según el gobierno estadounidense, antes de septiembre de 1980 los grupos guerrilleros salvadoreños estaban mal armados y mal coordinados, pero para enero de 1981 -cuando lanzaron la ofensiva- disponían de un impresionante arsenal de armas modernas.
En el año 2000, durante la X Cumbre Iberoamericana en Panamá, el entonces presidente de El Salvador, Francisco Flores, implicó a Castro en la muerte de miles de salvadoreños durante la guerra civil de su país (1980-1992).
«Es absolutamente intolerable que usted, involucrado en la muerte de tantos salvadoreños, usted, que entrenó a muchísimas personas para matar salvadoreños, me acuse a mí de muertes en El Salvador».
Castro, en un tono beligerante, respondió que «condenamos esos crímenes» y se desligó de esas acusaciones.
Bolivia
Bolivia fue el país escogido por el Che Guevara para demostrar su tesis de que no hacía falta que existieran condiciones objetivas en un lugar para realizar la revolución pues la propia guerrilla era capaz de crear esas condiciones.
Con este convencimiento, en 1966, Guevara viajó de incógnito a Bolivia para encabezar un foco guerrillero en ese país. Le acompañaban unos 25 combatientes cubanos.
Ernesto «Che» Guevara quiso abrir un nuevo foco guerrillero en Bolivia.
Según Brown, estefue el único caso en el que la presencia cubana fue tan importante desde la fallida invasión de Panamá. ¿La razón de ello? Los comandaba Guevara.
La iniciativa duró unos pocos meses. Tras unos éxitos iniciales, los guerrilleros se encontraron huyendo constantemente del ejército boliviano, que parecía omnipresente. Para octubre de 1967, cuando Guevara fue capturado y ejecutado, ya el grupo estaba prácticamente aniquilado.
Hacia el final de la década, las intervenciones cubanas en la región disminuyeron de intensidad.
Según Brown, esto se debió al hecho de que todas las operaciones que se realizaron durante esa década fracasaron, a la muerte de Guevara -que era uno de los principales impulsores de la idea de llevar la revolución al resto de la región- y a la oposición de la Unión Soviética a esta tipo de acciones.
«Moscú estaba en contra de estas intervenciones en el resto de América Latina que no se ajustaban a la doctrina soviética acerca de cómo el comunismo iba a apoderarse del mundo. Ellos siempre se opusieron pese a que Castro siguió haciéndolo durante la década de 1960. Al final, él tuvo que darse cuenta de que no iba a tener éxito. Y eso ocurrió después de la muerte del Che», concluye Brown.
La imagen, tomada en noviembre de 1962, muestra el efecto del agente naranja en la margen derecha del río.ALAMY
Autor: Miguel Ángel Criado Fuente:El País, 16/03/2019
En Vietnam, el ejército de EE UU mantuvo dos guerras: una contra el Viet Cong y otra contra la naturaleza. En esta, los militares estadounidenses usaron millones de litros de herbicidas contra la selva donde se escondían los comunistas y los cultivos de arroz que les alimentaban. El herbicida más usado fue el agente naranja. Una revisión de diversos estudios muestra que, 50 años después de que dejaran de rociarlo, aún hay restos altamente tóxicos de este defoliante en suelos y sedimentos, desde los que entran en la cadena alimenticia.
Fue el presidente Kennedy quien, en el marco de una nueva estrategia para impedir que Vietnam del Sur colapsara bajo la presión de los nacionalistas y comunistas del norte, abrió la puerta a la mayor guerra química de la historia. Los primeros herbicidas llegaron al sudeste asiático en enero de 1962 en una operación que acabaría llamándose proyecto Ranch Hand. Usaron diversos compuestos químicos, muchos de ellos desarrollados durante la guerra mundial para destruir las cosechas de alemanes y japoneses.
Diversos informes de las Academias Nacionales de Ciencia de EE UU (NAS) y agencias gubernamentales como la USAID estiman que en la Guerra de Vietnam se usaron más 80.000 millones de litros de herbicidas. El más usado fue el agente naranja, un defoliante. Los militares no se rompieron mucho la cabeza al nombrarlo: iba en barriles con una franja de ese color para diferenciarlo del agente blanco, el agente púrpura, el agente rosa o el agente verde (contra vegetación de hoja ancha) y el agente azul (usado contra los arrozales).
El 20% de las selvas del país y 10 millones de hectáreas de arrozal fueron rociadas al menos una vez con dosis 20 veces mayores a las recomendadas
La lógica militar era la siguiente: ya que los comunistas usaban la selva como un arma más contra ellos, había que neutralizarla. El trabajo recién publicado en una revista especializada en suelos muestra que el 20% de las selvas de Vietnam fueron fumigadas al menos una vez. Pero el arroz y otros productos agrícolas también fueron objetivos. Hasta el 40% de los herbicidas se usaron contra los cultivos. Aunque los militares intentaran diferenciar entre arrozales de amigos y enemigos, unos 10 millones de hectáreas fueron rociadas con agente azul, que acababa con la cosecha en horas. El tercer principal uso de los herbicidas fue el de acabar con todo el verde que hubiera en los alrededores de las bases militares estadounidenses, creando así un perímetro de seguridad.
Los efectos de todos los herbicidas eran temporales y había que volver a rociarlos cada cierto tiempo. Para ello usaban desde mochilas a la espalda hasta las lanchas para rociar las riberas. Pero fueron una flotilla de aviones C-123 Provider y helicópteros adaptados para levantar tanques de 3.800 litros los que protagonizaron el proyecto Ranch Hand, con más de 19.000 salidas entre 1962 y 1971.
El agente naranja era en realidad un compuesto a partes iguales de dos herbicidas, el ácido 2,4-diclorofenoxiacético (2,4-D) y el ácido 2, 4, 5- triclorofenoxiacético (2,4,5-T). Son reguladores hormonales del crecimiento y en unos días, semanas como mucho, dejan de actuar. Pero lo que no se sabía entonces era que el agente naranja contenía una dioxina altamente tóxica, la TCDD. Para acelerar la producción, se elevó la temperatura unos 5º y el cloro presente en el compuesto a altas temperaturas generaba entre 6.000 y 10.000 partes por millón (ppm) de TCDD más que en condiciones normales. Esta sustancia carcinogénica es hidrofóbica, así que no se disuelve en el agua. Tampoco se absorbe, sino que se adsorbe. Se quedaba pegada como una lapa a las hojas que, al caer, llevaban la dioxina hasta el suelo y la naturaleza se encargaba de propagarla.
La Fuerza Aérea de EE UU realizó unas 20.000 misiones herbicidas.U.S. AIR FORCE PHOTO
«La dioxina contaminante se adhiere al carbono orgánico y partículas arcillosas del suelo en las zonas contaminadas y procesos de erosión mueven los sedimentos contaminados mediante escorrentías hasta los cursos de agua, ríos, estanques y lagos, donde las condiciones anaeróbicas protegen la dioxina de la degradación microbiana, extendiendo su vida media», comenta en un correo el experto en suelos y coautor del estudio Ken Olson, profesor de la universidad de Illinois (EE UU).
Expuesta a la acción del sol, la TCDD se degrada en menos de tres años. Pero en suelos protegidos por la vegetación tarda en degradarse hasta 50 y, si está en sedimentos fluviales o marinos, más de un siglo. «Los peces y camarones que se alimentan en el fondo atrapan los sedimentos contaminados y la dioxina se acumula en sus tejidos. Peces más grandes se comen a estos peces y los vietnamitas a ellos», recuerda Olson.
En uno de los informes más recientes revisados por Olson y su colega, la socióloga rural de la Universidad Estatal de Iowa Lois Wright Morton, los investigadores oficiales analizaron los suelos de la base aérea de Bien Hoa y sus alrededores. Fue una de las principales bases desde las que partían las misiones herbicidas y allí se acumularon los bidones sobrantes cuando se suspendió Ranch Hand. «Recogieron 1.300 muestras de suelo de 76 puntos diferentes de la base, tierras cercanas y lagos. Unas 550 muestras tenían niveles de dioxina por encima de la normativa para el uso de la tierra del Ministerio de Defensa Nacional de Vietnam», comenta el profesor estadounidense.
Treinta años después de ser usados en Vietnam, varios aviones aún tenían la dioxina pegada
Los suelos de otras 16 bases áreas estadounidenses tanto en Vietnam como Tailandia están contaminados y muchos de los vietnamitas y estadounidenses expuestos en su momento a estos productos desarrollaron enfermedades. Pero se sabe poco del impacto del agente naranja que queda más allá de las bases. Junto a la de Bien Hoa está la ciudad homónima, en la que viven unas 900.000 personas, y está prohibida la pesca en ríos y lagos de la zona aún hoy.
La persistencia de la TCDD es tal que varios de los aviones que se usaron para rociar el agente naranja tuvieron que ser retirados de una subasta e incinerados porque, 30 años después de volver de Vietnam, aún tenían la dioxina pegada. El último de los informes de las NAS sobre los efectos del agente naranja en los veteranos de guerra, publicado en noviembre pasado, añadía nuevas patologías que aparecían correlacionadas con la exposición al herbicida. Estos informes se publican cada dos años y son un mandato del Congreso de EE UU.
Aunque se estima que hay aún tres millones de vietnamitas que sufren los efectos de los defoliantes, no tienen un seguimiento similar al de los veteranos estadounidenses. «Los efectos negativos sobre la población y los veteranos vietnamitas nunca se determinaron bien y tampoco se han llevado a cabo estudios con la suficiente potencia estadística», asegura la profesora emérita de la Universidad de Columbia (EE UU) en salud pública y una de las mayores investigadoras del uso militar de los herbicidas, Jeanne Stellman.
Uno de sus trabajos, que fue portada de la revista Nature en 2003, usó los registros de la Fuerza Aérea de EE UU para determinar que al menos 3.000 aldeas y poblados fueron fumigados directamente con el agente naranja. Sus cálculos arrojan una cifra de entre dos y cuatro millones de personas expuestas. Además, para Stellman, es un error fijarse solo en la dioxina. «Los herbicidas del grupo fenoxi (el 2,4,5-T y el 2,4-D) en sí no son inocuos», recuerda.
De los pocos estudios internacionales sobre la persistencia de la TCDD en el ambiente destaca uno publicado hace ya 10 años por investigadores japoneses y vietnamitas. En él compararon los niveles de contaminación de los suelos de una de las aldeas rociadas con agente naranja con los de otras que se libraron. En la primera, la presencia de dioxina quintuplicaba a la de la segunda, aunque su concentración era más baja que la observada en la base aérea de Bien Hoa. El trabajo también halló mayores niveles de dioxina en la leche materna, pero no puede descartarse que se deban a la exposición más reciente a pesticidas agrícolas.
Olson cree que sería exagerado y sin base científica considerar que todos los suelos rociados hace 50 años sigan contaminados hoy. En todo caso, solo en Bien Hoa hay al menos 414.000 metros cúbicos de suelos que deberían ser tratados. Para Olson, el método definitivo para acabar con la dioxina sería incinerarlos, quemar la tierra.
Durante el período de entreguerras se produjeron dos grandes crisis económicas cuyas consecuencias fueron dramáticas, tanto desde un punto de vista social, como político: la hiperinflación alemana, que se extendió durante los años 1922 y 1923, y el crac bursátil de 1929, que daría paso a la Gran Depresión de los años 30.
La hiperinflación alemana coincidió en el tiempo con la ocupación militar franco-belga de la cuenca del Ruhr, una de las zonas más industrializadas del continente europeo, y estuvo a punto de llevar a Alemania y a Europa a una situación crítica. Alemania fue el escenario de una escalada de acontecimientos revolucionarios que alcanzaron su apogeo en 1923 (gobiernos revolucionarios de Sajonia y Turingia) y también de la primera intentona golpista contrarrevolucionaria de las fuerzas de la extrema derecha (Hitler y Ludendorff en Munich). Los cambios políticos que se produjeron en Francia y en Reino Unido tras las elecciones de 1924, favorables al centroizquierda, así como el apoyo financiero diseñado por el norteamericano Charles Dawes, permitieron una estabilización temporal de la situación económica, social y política europea. Pero el estallido del crac bursátil en Nueva York en octubre de 1929 iba a dar paso a una década dominada por la Gran Depresión económica mundial, caldo de cultivo de una conflictividad social creciente que iba a dar paso a una radicalización política, tanto a izquierda, como a derecha. El desarrollo del fascismo y del nazismo en Europa, con su componente militarista y expansionista, iba a contribuir a precipitar el estallido de la II Guerra Mundial.
La Primera Guerra Mundial había sido la consecuencia de la rivalidad interimperialista por repartirse los mercados con el objetivo de las principales potencias de llegar a dominar la economía mundial. La devastación que se había conocido en Europa permitió a EE.UU. alcanzar un lugar preeminente como potencia hegemónica, tanto en el plano económico, como en el militar, o en el político. Pero las bases económicas y políticas sobre las que sustentaba la estabilidad europea y mundial eran muy débiles. Así, cuando se produjo el estallido de la burbuja bursátil en Nueva York, todo el edificio que se había ido construyendo con grandes dificultades durante la posguerra (Conferencia de París, Sociedad de Naciones, Conferencia de Génova, Plan Dawes, Plan Young, etc.), se vino abajo.
Vamos a analizar en este artículo estas dos grandes crisis de entreguerras, partiendo de la situación en que se encontraba el mundo tras la finalización de la Gran Guerra, con sus profundos desequilibrios económicos, monetarios y financieros.
Rasputitsa Soldados de la Wehrmacht tirando de un coche embarrado, noviembre de 1941. La rasputitsa desempeñó un papel crucial durante las diferentes guerras en Rusia, particularmente en la Segunda Guerra Mundial donde la Blitzkrieg fue casi detenida por el lodo, haciendo los tanques más poderosos prácticamente inutilizables. Foto: German Federal Archives
La primavera de 1942 en el frente oriental se había presentado mucho más tranquila que el año anterior. La escasez de recursos, el agotamiento de ambos contendientes, y un invierno especialmente duro al que seguía el correspondiente periodo de deshielo y embarramiento al que los rusos conocen como rasputisa, y que hace el terreno difícilmente transitable, hicieron que la guerra se tomara un pequeño respiro.
Operaciones aéreas Bombardeo aéreo de la Luftwaffe alemana sobre Stalingrado en septiembre de 1942. Foto: German Federal Archives
No obstante, las batallas que se libraron durante los años 1942 y 1943, resultaron decisivas en el desarrollo de laSegunda Guerra Mundial. Así, fue en 1942 cuando el ejército alemán se planteo el dilema de dar el golpe de gracia la Unión Soviética antes de que Estados Unidos pudiera movilizar sus recursos económicos y militares. El 28 de junio del mismo año, Hitler pondría en marcha la que se conoció como la Operación Azul, cuyo objetivo se centró en las riquezas minerales y petrolíferas de Ucrania y el Caúcaso. Entre las contingencias estratégicas se encontraba la ciudad de Stalingrado, cuya conquista pretendía cortar el suministro de recursos del ejército rojo.
Stalin prefería ceder terreno a enfrentarse con los nazis en una batalla perdida de antemano.
Convencidos de que el ataque se produciría sobre Moscú de forma inminente, la ofensiva que los alemanes desplegaron por todo frente ucraniano cogió a los soviéticos completamente por sorpresa. De este modo, en una maniobra más que usual, el Ejercito Rojo se replegó. Los alemanes se internaban imparables en el corazón de Europa, sin embargo no hicieron otra cosa que conquistar territorio desierto.
Stalingrado Sur Mapa de ejercito alemán del flanco sur de la ciudad de Stalingrado, 1942. Foto.: Library of Congress Geography and Map Division Washington
Stalin prefería ceder terreno a enfrentarse con los nazis en una batalla perdida de antemano. La progresión de los segundos avanzaba por el Caúcaso, no obstante las largas distancias que dificultaban el abastecimiento de suministros y las montañas hicieron que nunca llegaran a alzanzar los pozos petrolíferos con los que pretendían hacerse. Fue sí que Hitler pronto decidió, el 19 de junio de 1942, poner rumbo hacia Stalingrado.
La batalla comenzaría el 23 de agosto de 1942 y enfrentó al Ejército Rojo de la Unión Soviética y la Wehrmacht de la Alemania nazi y sus aliados del Eje por el control de la ciudad, la cual tenía una importante industria militar y se establecía como un importante nudo de comunicaciones ferroviarias. La urbe se extendía a lo largo de la orilla occidental del Volga y carecía de puentes para cruzar el río.
Aliados nazis Soldados del ejercito rumano, aliado del ejército de Alemania, en el frente de la ciudad de Stalingrado. Tropas rumanas, húngaras e italianas apoyaron la ofensiva del los nazis sobre la Unión Soviética. Foto: German Federal Archives / Lechner
Poco antes, el 19 de julio Stalin ordenó que Stalingrado quedase en estado de sitio total, no permitiendo la salida de civiles, y disponiendo que se comenzaran los preparativos para resistir ante los alemanes, que se acercaban. Preocupado por el avance alemán hacia el Volga, que podía dividir a Rusia en dos, días despues, el 28 de julio, Stalin emitió la famosa orden 227, pronto conocida como la orden «¡Ni un paso atrás!«, por la que se prohibió la rendición bajo cualquier concepto, y se formó una linea de infantería en retaguardia con órdenes de fusilar a todo soldado o civil que retrocediese sin permiso. El 23 de agosto se acercaba y la batalla acechaba en el horizonte de la actual Volgogrado.
Como se preveía la lucha resulto terrible. Las tropas del Fürher llegaron a la ciudad, al frente de cuya defensa se encontraban los generales soviéticos Emerenko y Chuikov, y ante los que se tuvieron que enfrentar en un tipo de guerra hasta entonces desconocido para ellos: la lucha en una ciudad en ruinas y contra un enemigo que se conocía cada palmo del terreno.
Hitler, llegó a anunciar la conquista de Stalingrado el 8 de noviembre
Los soviéticos recibieron numerosas pérdidas, sin embargo a las orillas del Volga llegaban nuevos refuerzos cada noche. La situación parecía aun peor para Wehrmacht alemana, que contaba con un número aún más alto de bajas y pérdidas de armamento, pero que sin embargo parecía hacer retroceder al Ejército Rojo. El avance fue tal que de hecho Hitler, llegó a anunciar la conquista de Stalingrado el 8 de noviembre. Pero las tornas cambiarían muy pronto.
Barricadas urbanas Un militar alemán armado con un subfusil soviético PPSh-41 vigila desde una barricada. Muchos alemanes tomaban armas soviéticas cuando las encontraban porque eran mejores para el combate en espacios cerrados. Foto: German Federal Archives
Las tropas alemanas se encontraban flanqueadas por las de sus aliados rumanos, húngaros e italianos, mucho más débiles y peor armadas. Mientras, por el lado soviético, se estaba fraguando la que recibió el nombre de Operación Urano, mediante la cual, tras acumular tropas a ambos lados del frente alemán, se produciría el cerco al Sexto Ejercito de los nazis.
Fueron meses de sangre y pólvora que supusieron el gran punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial en Europa
En un error de cálculo y basándose en las predicciones de Göring de que la Luftwaffe alemana podría dar soporte aéreo a las tropas, Hitler ordenó que el Sexto Ejercito mantuviera las posiciones. Para ventura de los soviéticos aquellos aviones no resultaron suficiente. Una posterior ofensiva del ejercito rojo cercó por completo a las tropas alemanas, no dejando más opción mariscal Paulus, quien encabezaba a la facción nazi, de rendirse el 2 de Febrero de 1943 desaviniendo las órdenes del Fürher.
Una ciudad destruida Soldados soviéticos combatiendo entre las ruinas de la ciudad. Foto: German Federal Archives
La Wehrmacht había sufrido su primera gran derrota y la balanza en el frente oriental se inclinaba a favor de la URSS por primera vez. Fueron meses de sangre y pólvora que supusieron el gran punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial en Europa, y que dió lugar al contraataque soviético e inicio del repliegue alemán. La Segunda Guerra Mundial, acababa de cambiar su rumbo.
¿Había en realidad para tanto? Lo cierto es que sí. Pero no solo por la «chica del pelo rojo» (cuyo nombre verdadero era Hannie Schaft), sino también por las dos lugartenientes con las que contaba esta guerrillera: Freddie y Truus Oversteegen. Las tres formaban una suerte de comando especial que dependía del Raad van Verzet (RVV, la cúpula de la Resistencia holandesa) con un curioso cometido: seducir a soldados nazis en bares y cafés para acabar con su vida en cuanto se hallaran en un lugar apartado.