Las reformas de las Cortes de Cádiz

 

Autor: Eduardo Montagut.

Fuente: Nueva Tribuna. 22/11/2018.

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Las Cortes de Cádiz, además de la Constitución de 1812, y de proclamar la soberanía nacional, aprobaron una serie de disposiciones legales de carácter político, administrativo, económico y social que supusieron una ruptura total con las estructuras del Antiguo Régimen. Son menos conocidas que el texto constitucional, pero de profunda significación para el futuro.

En primer lugar, se planteó una desamortización de gran calado, aunque ya Godoy había decretado una primera, algo más tímida. Ahora se aplicaría a las propiedades de los afrancesados por considerarlos traidores, de las disueltas Órdenes Militares, de los jesuitas, de una parte de los conventos, y la mitad de las tierras de los concejos, los propios y baldíos. Su propósito inicial era el de intentar sanear los problemas hacendísticos del Estado, una característica que definiría claramente el sentido de las futuras desamortizaciones, sin ningún contenido de reforma agraria. También se abolieron los privilegios de la Mesta, y se permitió el cercamiento de las tierras.

Se estableció el fin de la vinculación de la tierra en relación con los mayorazgos. Además, se suprimió el régimen señorial. Se abolieron los derechos feudales y los señoríos jurisdiccionales (1811), es decir, la dependencia personal de los campesinos. Los señores no podrían administrar justicia ni percibir rentas, aunque conservaron casi todos sus bienes porque sus posesiones serían convertidas en propiedades privadas. El nuevo Estado liberal se sustentaba en la igualdad legal de los ciudadanos, por lo que no podía mantenerse la jurisdicción señorial. Otra cuestión muy distinta era desposeer a la nobleza de sus propiedades, algo que explicaría la relativa facilidad con la que el antaño estamento privilegiado se adaptaría al nuevo orden liberal frente a lo que ocurrió con la Iglesia.

Se decretó la libertad de trabajo y de contratos. Suponía abolir los gremios (1813). Se trataba de una clara aplicación de los principios del liberalismo económico. Es importante destacar que esta libertad de contratación y de empresa tenía su contrapartida: el final de la cobertura laboral y ante los riesgos de la vida que ofrecían los gremios hacia sus miembros, una consecuencia social de gran envergadura, y que con el tiempo se agravaría ante el hecho de que la Iglesia no pudo seguir ejerciendo con amplitud su labor social de antaño, y el nuevo Estado liberal carecía de medios y voluntad para atender a desfavorecidos, enfermos, ancianos y marginados, que constituyeron un porcentaje muy elevado de la población española.

Por fin, se suprimió el Santo Oficio de la Inquisición, algo fundamental desde la ideología liberal por considerar que se trataba de una institución que atentaba contra la libertad de pensamiento y había imposibilitado el desarrollo de la ciencia en España desde hacía más de dos siglos. En este sentido, y siempre dentro de la lógica liberal, es importante destacar la labor de las Cortes a favor de la libertad de expresión, o de imprenta, como era concebida en ese momento. Se abolió la censura sobre los escritos políticos.

Las Cortes intentaron establecer un nuevo modelo de organización territorial distinto al del Antiguo Régimen, eliminando reinos, provincias e intendencias del pasado más remoto o más cercano del despotismo ilustrado. Los diputados liberales buscaban un modelo provincial de uniformidad territorial y de centralización, en línea con la idea de la igualdad ante la ley, y sin concebir ninguna particularidad territorial, marcando el sello profundamente centralizador del liberalismo español durante todo el siglo XIX.

Pero, al igual que la Constitución, estas medidas apenas pudieron aplicarse a causa de la guerra y de la restauración posterior del absolutismo. Aún así, esta legislación fue el referente de las futuras leyes y reformas que los liberales desarrollaron en el reinado de Isabel II, iniciando el peculiar proceso de Revolución liberal en España.

Todo lo que murió en la Gran Guerra.

Un niño herido toca el violín vestido de militar en las calles de Belgrado durante el invierno de 1918. CORBIS
Un niño herido toca el violín vestido de militar en las calles de Belgrado durante el invierno de 1918. CORBIS

Autor: Alberto Rojas.

Fuente: El Mundo, 11/11/2018.

Una sola bala, la que disparó el nacionalista bosnio Gavlilo Princip contra el archiduque Francisco Fernando, heredero del imperio austrohúngaro, en la esquina de la calle Franz Josef de Sarajevo, provocó que la historia descarrilara el 28 de junio de 1914. Un mes después, entre vítores y fuegos de artificio, se desató una política de alianzas en la que unos países se declaraban la guerra a otros con los que jamás habían tenido un solo conflicto. Se abrieron banderines de enganche para que medio continente acabara con el otro medio. Millones de soldados de todas las clases sociales, vestidos como si fueran a un carnaval (los franceses, con unos ridículos pantalones rojos y los alemanes, con un casco coronado por un pincho) se apuntaron a la pesadilla pensando que sería cosa de pocos días.

Lo primero que murió en la Gran Guerra de 1914 fue el concepto de guerra en sí misma. El ejército alemán enfiló hacia París y recorrió cientos de kilómetros en pocos días hasta que algún soldado cavó la primera trinchera y mató al conflicto clásico del siglo XIX. Se acabaron de golpe las cargas a caballo y sable y nacieron artilugios mucho más abyectos: los gases venenosos, la ametralladora, el tanque, el bombardero, el lanzallamas, el zepelín. A partir de ese momento, para avanzar unos metros se destinaron divisiones enteras con miles de muertos.

Con la Gran Guerra se fueron por el sumidero de la Historia la Belle Époque, la paz armada, la era de la seguridad y todo aquello que parecía inamovible. Cuatro imperios cayeron: zarista, otomano, alemán y austrohúngaro, así como sus territorios coloniales y casas dinásticas, nada menos que los Habsburgo, Romanov, Hohenzollern y la Sublime Puerta.

Todas las alianzas se hicieron trizas: tres de los dirigentes de las principales potencias eran primos: el zar Nicolás II, el káiser Guillermo II y el rey Jorge V de Inglaterra, de enorme parecido entre ellos, eran nietos de la reina Victoria. Una de las ficciones en las que vivía la realeza anterior a 1914 decía que emparentar a las grandes dinastías europeas era una garantía para la paz y contra el republicanismo. Murieron 16 millones de personas, ocho de ellos, civiles. Cada nueva leva era mayor que la anterior. Había miles de muertos que reemplazar de golpe en batallas como Verdún (diez meses, la más larga), Arrás, Galípoli o el Somme (la más sangrienta, con un millón de muertos).

La guerra, como una enfermedad bíblica, tumbó a todos los gobiernos en línea recta desde Alemania hasta Japón y se extendió por todos los confines del mundo. Las potencias enviaron armamento y soldados a sus colonias africanas y asiáticas. Las tropas alemanas se rindieron en Namibia en septiembre de 1915 mientras el conflicto avanzaba en Camerún, Togo, Tanzania, Kenia, el Congo y Gabón, con la movilización de cientos de miles de hombres procedentes de ejércitos tribales, algunos armados tan sólo de una lanza y un escudo. En Rusia engrasó la revolución bolchevique, un cataclismo ideológico en el siglo XX.

Cinco continentes participaron en la matanza. Además de Europa, donde prendió la mecha, el conflicto saltó a las colonias. Australia y Nueva Zelanda enviaron a sus jóvenes a luchar por el imperio británico, mientras que EEUU entró en la contienda después de que un submarino alemán hundiera el RMS Lusitania en mayo de 1915. En 1918, los grandes imperios habían perdido el 60% de su Producto Interior Bruto, se habían llenado de tullidos en sus calles y se encontraban exhaustos, sin moral ni recursos. Las primeras en pedir un alto el fuego fueron las potencias centrales.

A las 11 de la mañana y 11 minutos del día 11 del mes 11 de 1918, los silbatos sonaron en todos los frentes de batalla y se detuvieron las ofensivas y los bombardeos. Se había firmado el armisticio que ponía fin a cuatro años de la mayor carnicería creada por el ser humano hasta la fecha, pero la paz que se ofrecía contenía bombas de acción retardada que iban a provocar conflictos aún peores por todo el planeta. En diversos parques y castillos se firmaron los tratados de paz de Versalles (con Alemania), Saint Germain (con Austria), Trianon (con Hungría), Sèvres (con Turquía) y Neuilly (con Bulgaria) en los que se impusieron sanciones durísimas, reparaciones imposibles y responsabilidades inasumibles.

La delegación alemana recién llegada a París fue recibida por una turba borracha de odio que les despojó de todo su equipaje, les insultó, zarandeó y escupió hasta la llegada de su hotel. Cuando tuvo que firmar la humillante rendición, la pluma que les cedió el vengativo presidente galo Clemenceau no tenía tinta. El enviado alemán se esforzó por hacer un garabato legible ante la mirada glacial de todos los presentes en el salón de los espejos de Versalles. «Bueno, esto es el final», dijo Clemenceau cuando al fin pudieron firmar los alemanes con otra pluma prestada por el propio líder francés. El historiador Arthur J. Toynbee, presente en la sala, masculló en voz baja: «No, esto es sólo el principio». El revanchismo, el antisemitismo y el nacionalismo ya se incubaban en aquella encerrona. Muchos millones de muertos después, otra bala, la que disparó Adolf Hitler contra sí mismo con una pistola Walther PPK, la favorita de James Bond, terminó con el ciclo de violencia que abrió la de Princip en Sarajevo.

Un libro revela que Franco colaboró con Hitler en las deportaciones de españoles y judíos a campos de concentración.

Franco y Hitler, en Hendaya, el 23 de octubre de 1940. / picture-alliance/Judaica-Samml/Newscom/Efe

Autor: Hugo Domínguez

Fuente: eldiario.es, 20/01/2015

Documentos hasta ahora inéditos demuestran que Franco colaboró con Hitler en la deportación de más de 9.000 españoles que acabaron en los campos de concentración nazi. La mitad de ellos no salieron con vida. Las pruebas y los testimonios que lo prueban los ha recopilado el periodista Carlos Hernández en el libro Los últimos españoles de Mauthausen. Pero hay más. Telegramas nunca vistos apuntalan la responsabilidad de Franco en el asesinato de más de 50.000 judíos de origen sefardí (descendientes de los judíos expulsados de la Península Ibérica a finales de la Edad Media).

«Escribiendo me he dado cuenta de que nos han engañado. La educación maniquea que se nos ha impartido ha intentado reescribir la historia», lamenta Hernández en conversación telefónica con eldiario.es. El libro surgió de las ganas de dar carpetazo al cargo de conciencia que sufrió al morir su tío Antonio, prisionero en Mauthausen. «Nunca le pregunté sobre el asunto de la deportación y tenía una espina clavada», apostilla.

Se puso manos a la obra y empezó a bucear por archivos, bibliotecas y hemerotecas hasta gestar una obra de más de 500 páginas con la que poner punto y final a esa tesis tan extendida de que la dictadura española no se inmiscuyó en la Segunda Guerra Mundial. Con un vasto material, alguno desconocido hasta el momento, el periodista consigue llegar a una conclusión: Franco, desde España, y Hitler, desde Alemania, se conjuraron con la idea de enviar a los campos de exterminio nazi a 9.328 ciudadanos españoles. De ellos, más de 5.000 no consiguieron sobrevivir a las terroríficas condiciones de los campos de concentración.

El germen de esta historia se remonta al 31 de julio de 1938. Ese día la policía franquista y la Gestapo –policía secreta nazi– acordaron un protocolo de actuación para agilizar los procesos de extradición y el intercambio de información sobre sus enemigos comunes. A partir de ahí, la comunicación no se cortó, sino más bien, se intensificó. En una de las cartas, Madrid admite que se «desentiende» de la suerte que puedan correr los españoles que todavía no han sido capturados por la Francia ocupada y devueltos a España.

Pero el día ‘D’ estaba aún por llegar. El mismo día en el que el ministro español de Gobernación Ramón Serrano Suñer visitaba Berlín, el Reich emitió una orden que despejó el camino para que miles de presos españoles acabarán en campos de concentración.

«Es ridículo pensar que todo responde a una casualidad», apunta el autor del libro, quien no duda de que «Hitler hizo el trabajo sucio a Franco para que el dictador español se pudiera librar de los ciudadanos que consideraba sería peligroso que volvieran a España». En el libro se mencionan además distintos documentos que demostrarían que Alemania informó «puntualmente» de sus planes de deportar a los españoles capturados en el país galo.

Lo desalentador viene a continuación. Según el relato de Carlos Hernández, Franco tuvo en sus manos la posibilidad de salvar a muchos españoles de una muerte segura y no lo hizo. «El régimen español tuvo capacidad de decisión sobre el destino de los españoles. Es más, salvó a dos personas que tenían vínculos con los franquistas. Lo intentó con algunos otros pero la respuesta que llegó desde Alemania es que ya era tarde. Estaban muertos», explica.

Pero ¿quiénes eran esos españoles? El escritor perfila tres grupos: los que sirvieron en las filas del Ejército francés en la Segunda Guerra Mundial, miembros de la Resistencia, y los hombres, mujeres y niños refugiados en la pequeña ciudad francesa de Angulema y que formaron parte del ‘Convoy de los 927’. En total, más de 9.000 españoles, de los que 5.180 murieron, 330 figuran como desaparecidos y 3.800 sobrevivieron. Como el murciano Francisco Griéguez, que a estas alturas todavía sigue sin poder conciliar el sueño y cuyo testimonio se incluye en el libro.

50.000 judíos que Franco podría haber salvado

Franco tuvo responsabilidad en el exterminio de judíos; en concreto, de 50.000 de origen sefardí. Lo asegura el periodista aludiendo a los telegramas que ha conseguido reunir. «Antes de que el Gobierno alemán pusiera en marcha la solución final, aprobó un decreto por el que se permitía a sus aliados repatriar a sus judíos», cuenta. Pero en España se optó por una postura de indiferencia: la circular que se hizo llegar fue la de salvar exclusivamente a los judíos que pudieran demostrar sobradamente su nacionalidad española, una condición muy difícil en ese momento para muchos.

En la captura que se muestra a continuación se puede leer como un diplomático español destinado en el extranjero se desentiende de las consecuencias que puedan tener las restrictivas instrucciones salidas de Madrid y subraya que, si no se levanta la mano, los repatriados «serán pocos». Con estas pruebas en la mano, se deduce, por tanto, que Franco conocía las intenciones de Hitler respecto a los judíos de toda Europa.

Telegrama incorporado por el autor en el libro y facilitado a eldiario.es
Telegrama incorporado por el autor en el libro y facilitado a eldiario.es.

«Simplemente con que hubiera tenido voluntad, podría haber salvado a decenas de miles de judíos de origen sefardí que en los años 40 residían en Europa, principalmente en Salónica y en Budapest», relata el autor. «No es muy moral para un régimen católico pedir a los judíos que en un momento como ese se entrara en el juego de la nacionalidad. Los que se salvaron finalmente no superaron los 700», señala. El origen español de los sefarditas, y por tanto su derecho a acceder a la nacionalidad, sí acredita su condición, se remonta a la época de los Reyes Católicos, cuando los judíos fueron expulsados de la Península Ibérica.

Con todo el material recopilado, ¿ha sido difícil escribir este libro? Responde Carlos Hernández de manera automática, sin rodeos: «Resultó más sencillo encontrar documentación fuera de España. Aquí hay más trabas, como las que puso la Fundación Francisco Franco o la Fundación Ramón Serrano Suñer para poder bucear en los archivos que guardan, y que no se han hecho públicos. «Espero que sigan saliendo más datos», lanza al aire como último deseo.

Josep Fontana: «El miedo a la Revolución rusa condiciona todo el siglo XX».

Cartel propagandístico de Lenin y la Revolución Rusa

Autor: Jordi Corominas.

Fuente: El confidencial. 18/02/2017

Josep Fontana (Barcelona, 1931) es sin duda uno de los historiadores más lúcidos y críticos de nuestra época. Profesor emérito de la Universidad Pompeu Fabra, doctor honoris causa por la de Valladolid y la Rovira i Virgili de Tarragona, ha sido distinguido con la Cruz de San Jordi, con el premio de la Generalitat a toda una trayectoria profesional y con la medalla de la ciudad de Barcelona. Desde 1971 hasta hoy ha publicado más de una docena de importantes obras y ensayos. El antiguo alumno de Jaume Vicens Vives acaba de publicar en Crítica ‘El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914’, donde desgrana las claves de la contemporaneidad entre la I Guerra Mundial y la victoria electoral de Donald Trump con la Revolución Rusa como el gran factor que condicionó el desarrollo del siglo XX.

[ACTUALIZACIÓN: El historiador Josep Fontana falleció a los 86 años en agosto de 2018]

'El siglo de la revolución'
‘El siglo de la revolución’

Fontana ha articulado un libro sencillo por su claridad, útil desde la consulta y válido por su visión inconformista, una joya que entre otras virtudes explica a la perfección el largo proceso que nos ha conducido al momento actual con su incertidumbre, desde el nacimiento y triunfo de las socialdemocracia hasta el desguace del Estado del Bienestar y el irrefrenable aumento de la desigualdad.

PREGUNTA. ¿Hasta que punto condiciona la Revolución Rusa la Historia del siglo XX?

RESPUESTA. La Revolución Rusa como gran miedo condiciona todo el siglo XX, la prueba es que si les molesta alguna cosa o no saben por donde salir, los poderosos siguen llamando la atención con eso de que vienen los comunistas. El miedo como argumento para defenderse de cualquier cambio perjudicial sigue vivo hoy. He puesto el ejemplo de la Segunda República española porque me parece claro. Era un régimen reformista moderado, se puede comprobar con los miembros de sus primeros gobiernos, y de repente el embajador norteamericano empieza a decir que si no van con cuidado llegará el comunismo. En 1936 el gobierno del Frente Popular, compuesto íntegramente por republicanos, es abandonado por ese miedo.

P. Un miedo que ya tuvo precedentes en la Historia.

R. En realidad el miedo de los que tienen a perder lo que han conseguido reunir ha sido un factor muy importante en la Historia, lo fue ya con la Revolución Francesa, que inspiró mucha parte de la Historia Mundial en la primera mitad del siglo XIX. La contrapartida es que este miedo suele tener dos respuestas, una es la represión y otra es la del reformismo del miedo, lo que Gustav von Schmoller señaló al decir que la revolución puede evitarse haciendo reformas. La desaparición de ese miedo o cualquier otro de subversión social a partir de los años setenta de la pasada centuria nos puede ayudar a entender porque ahora no tenemos reformismos de ese tipo.

El historiador Josep Fontana
El historiador Josep Fontana

P. Tras la Segunda Guerra Mundial se crea el Estado del Bienestar, que se mantiene sólido durante los treinta gloriosos. ¿Por qué a partir de los años setenta desaparece el miedo al comunismo?

R. El miedo al Comunismo era miedo a su capacidad para subvertir las sociedades de los países desarrollados, no tanto temor al poder soviético.

P. Un miedo de consumo interno.

R. Sí, un miedo a que el comunismo pueda repetir en otros países un movimiento revolucionario que altere el orden social existente. En principio el miedo al poder soviético como enemigo que puede conquistar el mundo, una absoluta falacia sin ningún fundamento, desaparece a medida que la URSS se debilita como potencia. Después del 68 se dan cuenta que el comunismo no tenía ni capacidad ni voluntad de promover movimientos revolucionarios internos. En el 68 los estudiantes llaman a cambiar el mundo mientras el PCF cierra las puertas de la fábrica de la Renault. En los USA el movimiento contra la Guerra del Vietnam y el movimiento hippie tienen un límite. Por otra parte el fracaso de la Primavera de Praga demuestra que el régimen soviético sólo aspira a sobrevivir y no está capacitado para transformar su propia sociedad.

El miedo al poder soviético como enemigo que puede conquistar el mundo, una absoluta falacia, desaparece cuando la URSS se debilita

P. Además a partir de ese momento los partidos comunistas europeos optan por una vía que difiere de la soviética.

R. Al terminar la Segunda Guerra Mundial Stalin tiene una visión ingenua del mundo existente al creer que la situación creada tras el conflicto permitirá que los partidos comunistas accedan al poder a través de las elecciones y su presencia en los parlamentos. Y los primeros comicios tras la paz abonan esa esperanza. Sin ir más lejos en Francia el PCF es el partido más votado en 1945. Stalin frena, tanto en Italia como en Francia, cualquier posibilidad de emprender un movimiento revolucionario, porque cree que se puede llegar al socialismo por una vía pacífica, incluso en Inglaterra. No tenían esa voluntad revolucionaria. A finales de los sesenta los partidos comunistas europeos han perdido mucha de su dinámica, voluntad y capacidad de cambiar la sociedad. El único activo es el Partido Comunista italiano, pero su vía es la del compromiso histórico asociado con el poder.

P. Cifra más o menos el fin de los años del bienestar en la decisión de Nixon en 1971 sobre el dólar.

R. Esto afecta al desarrollo de la economía, pero no es una medida que tenga una intención social. Nixon se encuentra con que los compromisos de responder a su moneda con la reservas de oro de los USA son muy superiores a las reservas que tiene y se ve obligado a cerrar la ventana porque la situación ha cambiado desde los acuerdos de Bretton Woods. Ya no puede atender las reclamaciones que, por ejemplo, le hace Gran Bretaña pidiendo oro a cambio de su moneda. Toma la decisión por razones económicas y lo presenta como un freno a la especulación. Nixon no se atreve en absoluto, y lo mismo había pasado con Eisenhower, a enfrentarse a los avances sociales de Roosevelt en adelante. Su guerra es diferente, pero aún respeta los avances sociales que se habían conseguido.

Richard Nixon saluda a los niños congregados para verle a su llegada a Cayo Vizcaíno, Florida, el 8 de noviembre de 1972. (EFE)
Richard Nixon saluda a los niños congregados para verle a su llegada a Cayo Vizcaíno, Florida, el 8 de noviembre de 1972. (EFE)

P. En ‘El siglo de la revolución’ los presidentes norteamericanos parecen Césares de Suetonio, algo que se nota más a partir de Nixon, hombres con poca inteligencia pero con una increíble capacidad de tomar medidas muy negativas.

R. He enfocado la parte del libro que versa sobre el mundo después de la Segunda Guerra Mundial bastante en ese sentido. Los presidentes que tienen mandatos duraderos, Truman es un caso muy claro, como lo es Eisenhower y hasta Carter aunque dure poco. Estos mandatarios marcan la Historia de la Humanidad. Quise esperar hasta las elecciones de noviembre pasado porque las entendí absolutamente vitales. Si ganaba Hillary Clinton era una continuación de la era Obama pero tal vez con un aumento de la corrupción. Está perfectamente claro en estos momentos que la función de Trump afecta la economía y la política mundial.

P. Al terminar el mandato de Obama, quizá ante la inminencia de Trump, muchos sacaron a relucir su lado más positivo, mientras usted advierte sin tapujos sobre sus múltiples sombras.

R. Lo han canonizado y él la preparó durante la última etapa justificándose y explicando que había intentado luchar contra todas las presiones que se le hacían para emprender una guerra contra el mundo islámico, pero se le olvidó decir que mientras hacía estas declaraciones bombardeaba Irak, Siria, Libia o Somalia provocando muchas víctimas civiles y generando un sustrato de odio que durará mucho tiempo. El problema con el caso Obama es que al ganar las elecciones se presenta con un programa que no cumple en absoluto. El programa le da, encima, el Nobel de la Paz, pero en el futuro habrá que valorar algunos elementos positivos, como el Obamacare, que hay que apuntarlo a las enormes dificultades que siempre se han presentado en los Estados Unidos para hacer nada que se parezca a un seguro médico. Fracasó Truman y Johnson fue el que llegó más lejos aun encontrándose muchos frenos. Obama tenía que vencer muchas resistencias y ahora intentan desmontarlo.

Obama dice que ha luchado contra todas las presiones bélicas, pero se le olvidó decir que mientras bombardeaba Irak, Siria, Libia o Somalia

P. Obama también entra en el juego de desguace de esta sociedad abierta que paulatinamente pierde la igualdad conseguida.

R. Las raíces están en la negativa de Carter de seguir apoyando a los sindicatos, algo que se amplía con Reagan, quien dice que el Estado no es la solución sino el problema, cuya acción comparte en Gran Bretaña Margaret Thatcher. En los ochenta esta tendencia no cuajó del mismo modo. El desguace de los sindicatos es clave para entender el auge de la desigualdad.

P. Me acuerdo un día en que fui al quiosco y todos los periódicos impresos habían cedido su portada a la publicidad de una entidad bancaria.

R. Esto es muy importante. Los resultados electorales están influidos por la forma en que se trabaja sobre la opinión pública, y es evidente que el papel de los medios de comunicación, aunque cada vez menos la prensa impresa, tienen mucha importancia, sobre todo la radio y la televisión, que están en manos de grupos empresariales ligados a la marcha de la gran economía. En la propia prensa impresa nadie se atreve a publicar nada que vaya en sentido contrario a los intereses de los grandes anunciantes. En este sentido la prensa digital se diferencia del papel por eso, porque la publicidad no es tan importante, lo que permite publicar una serie de informaciones que la prensa impresa nunca publicaría.

P. Ahora que habla de la prensa impresa recuerdo que durante los primeros días del 15M ciertos periódicos publicaban cuatro líneas sobre el tema, minusvalorando su importancia. Al final de tu libro señala un miedo creciente del poder a que el fin de la clase media pueda ser el primer paso para una revolución.

R. El creciente aumento de la desigualdad y el hecho de que no hay ningún mecanismo que la atenúa no preocupa a los que tienen responsabilidades en la gestión de la economía a medio o corto plazo. La preocupación fundamental de un director de empresa es garantizar los resultados que va a poder presentar el año próximo y prever más o menos que tiene unos pocos años en que todo irá bien. Lo que pase después no importa. En cambio los que tienen una perspectiva a largo plazo se empiezan a angustiar. Son conscientes que a lo largo de la Historia si las situaciones se extreman producen explosiones sociales. Muchos se preocupan, pero no saben cómo resolverlo. El caso de Davos es paradigmático. Especulan mientras toman vino y pastas y se vuelven a casa sin hacer nada, probablemente porque no tienen capacidad para hacerlo por mucho que les preocupe. Además ahora mismo no hay una alternativa amenazadora. Para explosiones puntuales hay medios de represión y contención. La capacidad de penetración de la información de los mecanismos estatales es considerable a partir del espionaje, por ejemplo, del correo electrónico.

Especulan mientras toman vino y pastas y se vuelven a casa sin hacer nada, porque no tienen capacidad para hacerlo

P. Desde mi punto de vista un gran problema del siglo XXI es que la izquierda no ha logrado reconstruirse tras la caída del muro de Berlín.

R. Sí, o que habría que saber cuales son las soluciones a aplicar. La socialdemocracia hizo aguas a partir de la presidencia de Clinton, la etapa de Blair en Reino Unido o la de Felipe González aquí a partir de una acomodación sistemática y de una renuncia a cualquier papel de transformación social. El problema que se les presenta en estos momentos, lo que llaman Populismo, es que la continuidad de este sistema netamente bipartidista se está erosionando. Lo vimos con el Brexit. La gente decía que todos son iguales y se apuntaron al referéndum para hacerse oír. Perdieron los que lo convocaron. Este descontento con el sistema inexistente no encuentra más que los partidos de extrema derecha, pero estos grupos no tienen programa ni capacidad para atender este malestar. No creo que exista una dinámica parecida a la que permitió el ascenso del Fascismo, que se presentaba con unos matices revolucionarios.

P. Una retórica y una estética.

R. Los partidos de extrema derecha sólo tienen una retórica conservadora, de defensa. Está claro que el sistema, tal como estaba funcionando, lo supo ver Tony Blair, se está erosionando mientras pierde credibilidad día tras día.

P. Y con la izquierda, lo hemos visto la pasada semana en el congreso de Podemos, llega el momento de las decisiones. O se opta por un punto más radical o por una propuesta más transversal que reinvente o refunde la socialdemocracia.

R. Pues sí, en el fondo es esto. Lo que ocurre es que la socialdemocracia está muy desgastada, no queda casi nada de lo que fue en el pasado, donde tuvo un papel positivo por mucho que frenara soluciones extremas. La movilización de Podemos está relacionada con una cosa nueva, muy importante a escala mundial: el papel creciente de los movimientos sociales, surgidos de la autoorganización de la gente antes sus problemas y necesidades que no resuelven los grandes partidos con su retórica acomodaticia. Esto se ha registrado aquí, y parte del éxito de Podemos viene de recoger este malestar, pero como digo creo que es algo a escala mundial, como los movimientos campesinos y el activismo de estos grupos en América Latina que defienden el derecho a la tierra y el agua y son combatidos mediante asesinatos en Honduras, México o Guatemala. Este movimiento campesino tiene una configuración global con Vía Campesina. Esa esperanza ahora procede del renacer desde abajo a partir de unos movimientos sociales capaces de plantear exigencias nuevas.

La socialdemocracia está muy desgastada, no queda casi nada de lo que fue en el pasado, donde tuvo un papel positivo

P. El municipalismo sí puede generar políticas alternativas.

R. Claro, por el factor de proximidad de la gente. En cambio no te puedes hacer escuchar a distancias mayores. Me eduqué con el principio gramsciano del pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad y creo que debemos tener la cabeza clara para ver que la situación no es halagüeña, pero las cosas pueden cambiar y, ya lo dijo Eric J. Hobsbawm, el mundo no cambiará solo. Alguien que se considere de izquierdas debe tener la capacidad de denunciar lo que no está bien y la voluntad de proponer lo que hay que arreglar.

P. ¿Y ese debería ser el papel del intelectual, una figura muerta en nuestra época?

R. No sé si el intelectual debe ser muy importante. Soy más un ciudadano que un intelectual. No me veo en una comunidad de intelectuales, pero sí en una de ciudadanos. Los momentos más entusiastas que he vivido ha sido al salir a la calle a manifestarme viendo a familias de todo tipo en movimientos, donde los partidos no tuvieron ninguna implicación, como el contrario a la guerra de Irak. Ya veremos qué pasa, en todo caso mi intención final al organizar este libro era centrar todo lo posible la atención ante el aumento imparable de la desigualdad. Como historiador lo que me correspondía era explicar cómo se ha producido para ayudar a entender al lector en que momento nos encontramos. La propuesta de soluciones corresponde a otros.

Un mapa alternativo de París (y de la modernidad)

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El ‘flâneur’ prototípico parisino que aparece en ‘Encyclopédie morale du XIX’ (1840-1842).

Autora:  VANESSA GRAELL, 31 MAY. 2018 13:04

Fuente: El País.

La ciudad moderna se forjó en el París del XIX, que Haussman abrió en canal para dibujar sus bulevares. En la urbe del capitalismo y del mercado, Baudelaire escribió los versos más bellos y ya hablaba de nosotros, de los antihéroes urbanos, de la alienación y la soledad. El arquitecto Antonio Pizza lo cuenta en ‘Habitantes del abismo’

Si algún poeta ha sido ciudad, ése es Charles Baudelaire. Adecuó su métrica al ritmo de París e inventó un estado de ánimo para la ciudad: el spleen, ese andar errabundo y melancólico. No es que Baudelaire escribiera París. Fue París. Y lo imaginó desde su habitación, desde las 17 habitaciones de las casas que tuvo por toda la ciudad, en una huida constante de sus acreedores. Se proclamaba a sí mismo un exiliado en París: no era él quien había huido de su patria, era la ciudad la que se alejaba bajo sus pies, la que ya no era como los parisinos la conocían. Porque el barón Haussman la abrió en canal para dibujar una nueva retícula urbana, interminables bulevares de línea recta: una ciudad-mercado, capitalista y burguesa, con el glamour de boutiques y pasajes.

El París de la década de 1850 fue el preludio de todas las ciudades modernas, incluso de las metrópolis americanas (los primeros rascacielos de Chicago se levantaron en 1870). «Un microcosmos de la historia universal», tal y como lo definió Victor Hugo. En ese París se forjó el modelo de la urbe contemporánea, pero también el del individuo moderno y alienado, solo en la multitud, el tipo de antihéroe urbano que aún perdura en la literatura, salvo que hoy viste tejanos y deportivas, no sombrero y chaqué.Habitantes del abismo. Literatura, arte y crítica en el París de Baudelaire (Ediciones Asimétricas) disecciona esa ciudad en transformación a través de la figura simbólica de Baudelaire, en un libro de difícil clasificación escrito por el arquitecto Antonio Pizza, catedrático de Historia del Arte y Arquitectura en la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC). «Es la pesadilla de los libreros, nunca saben en qué sección colocarlo», admite mientras toma un té en la librería Laie.

Habitantes del abismo puede leerse de muchas maneras:una crónica de viaje a la ciudad que dio origen a la modernidad, un ensayo de literatura comparada, una reflexión estética y plástica, una crítica de cómo la arquitectura influyó en el modo de vida y el pensamiento de los habitantes. Estamos ante una compleja constelación de fragmentos literarios (las palabras de Baudelaire son la columna vertebral, analizadas por Walter Benjamin, que casi ejerce de guía), obras de arte (de Manet a Delacroix), espacios insólitos (las catacumbas, las alcantarillas), metáforas (la noche, el deseo, la prostituta…), un catálogo de tipos urbanos (del dandy a la grisette)… «El concepto de modernidad, tal y como lo utilizamos hoy, viene de Baudelaire. Fue un personaje dramático y contradictorio, lo que es consustancial a la modernidad:el entender que no hay verdades ni valores absolutos», sostiene Pizza, que fue el primer editor en España (en 1995) del seminal El pintor de la vida moderna, el particular tratado de Baudelaire sobre la creación artística, única posibilidad de redención en el caos vertiginoso de la época moderna.

Si Baudelaire es el protagonista, el barón Haussman se erige en inevitable antagonista, que arrasa las callejuelas históricas y populares, el París romántico y decadente. Todos los intelectuales reservaron duras críticas a Haussman -Fournel le tilda de «Attila de la línea recta»- y su idea de progreso, que calificaron de«enorme hipocresía, una mentira de un jesuitismo colosal» (Émile Zola) o como «una Babilonia americana del futuro» (hermanos Goncourt). Hugo lo resume en la dura sentencia:«Vandalismo es arquitecto». Siglo y medio después, Antonio Pizza lo analiza así:«La reforma obedecía a un proceso de saneamiento de la ciudad, claro. Pero también fue una operación de especulación inmobiliaria que enriqueció al ayuntamiento, sumido en una profunda crisis. Se expropiaron terrenos a la población marginal para venderlos a comerciantes y burgueses. La consecuencia fue la llegada del capitalismo en su forma más pura, la mercantilización de los espacios públicos, de los comportamientos y de las formas de vida». Es decir: la ciudad de hoy.

«Baudelaire transformó la ciudad en material de poesía. No hay ninguna situación en Europa en que la identificación del escritor y la ciudad sea tan fuerte. Londres tiene diferentes figuras: Dickens, Poe, incluso Engels… Pero los cambios que vivió París en apenas dos décadas, la transformación tan brutal del paisaje, no se habían conocido nunca en la existencia humana», resalta Pizza, que ya comparó París y Londres en un ensayo previo, en su trilogía de ciudades enfrentadas: Viena-Berlín (2002) y Chicago-Nueva York (2012), ambos escritos junto a Maurici Pla y bajo el subtítulo Teoría, arte y arquitectura entre los siglos XIX y XX. Pero es en París donde está el origen de la ciudad moderna (y de sus melancolías).

Colonias de poblamiento en África. Las islas blancas.

Mujeres argelinas durante la colonización francesa.
Mujeres argelinas durante la colonización francesa.

Autor: Arturo Arnalte, 

Fuente: La Aventura de la Historia.

En Argelia, Túnez, Sudáfrica, Rhodesia, las tierras altas de Kenia, Angola y Mozambique unos pocos millones de europeos -franceses, italianos, ingleses y portugueses- establecieron desde mediados del siglo XIX hasta el último tercio del XX colonias de población, una experiencia de proyección exterior europea que presenta más similitudes que diferencias, según el análisis que el historiador francés Joël Michel hace de lo que llama las “islas blancas” en África. Necesitados de la mano de obra indígena, pero ajenos a su cultura, los creadores de estas colonias acabaron construyendo sociedades claustrofóbicas y a la defensiva, condenadas a un fracaso estrepitoso en muy breve plazo.

En Colonies de peuplement, Michel lleva a cabo un estudio comparativo de estas colonias experimentales en tierras africanas, que atrajeron muchos menos emigrantes europeos por los mismos años que los que viajaron a Australia, EE UU, Canadá o algunos países de América del Sur. Deja el autor deliberadamente fuera del objeto de su estudio el caso de los italianos en Etiopía, de los belgas en el Congo y de los españoles en Guinea Ecuatorial por ser numéricamente muy modestos o muy breves en el tiempo.

El ensayo no analiza estas colonias caso por caso, sino que se centra en grandes ejes temáticosque estructuraron esas experiencias. La ocupación de la tierra tuvo que obligar a un proceso de expolio de los nativos que en todos los casos se llevó a cabo por extorsión, compra forzada o expulsión para a continuación obligarlos a emplearse para los nuevos ocupantes. El recurso al trabajo forzado será la constante en todas las colonias. Bien aprovechando la población reclusa, bien obligando a los jefes tradicionales a proporcionar trabajadores durante determinados periodos al año, bien restringiendo la libertad de movimientos para evitar las fugas y castigando con la cárcel o elevadas multas a quienes trataran de evadirse. Cuando la presión provocaba revueltas, como la de Maji Maji en el África Oriental alemana, la represión era sangrienta e iba seguida de la quema de cosechas y el desplazamiento forzoso de poblaciones.

Alfareros valencianos en Orán, hacia 1915,
Alfareros valencianos en Orán, hacia 1915.

Caso aparte es el de la Argelia francesa, uno de los mejor estudiados, donde también hubo miles de europeos más pobres que los franceses que acudieron a trabajar como aparceros en cultivos similares a los de sus países de origen. Es particularmente el ejemplo de losespañoles (y en menor medida de italianos y malteses), que suplieron inicialmente a la mano de obra árabe porque demandaban poco salario y eran de la misma cultura que la potencia colonial. La mayor parte de los españoles (procedentes de Menorca, Alicante, Murcia, Málaga, Almería y Valencia) se establecieron en el Oranesado. Una emigración favorecida por las autoridades españolas que firmaron un convenio con Francia en 1862 que facilitaba el desplazamiento. Así en los primeros años de la colonización, los españoles fueron punta de lanza de la ocupación del país, avanzando con el ejército incluso antes que los propios colonos franceses y constituyendo un proletariado rural indispensable. En la primera mitad del siglo XX los veremos mucho menor situados económicamente, gracias a su conocimiento de las técnicas de irrigación, especialmente a los valencianos, y empleando en una segunda generación a marroquíes, que los sustituyeron a partir de 1900 en las tareas más duras y peor pagadas. El estudio de este contingente es uno de los aspectos que más atraerá al lector español de la obra.

Familia de colonos británicos en las tierras altas de Kenia.
Familia de colonos británicos en las tierras altas de Kenia.

Pero si los europeos de segunda acababan integrándose y cruzando la barrera de casta en poco tiempo, los nativos siempre serán marginados en su propia tierra y esa frontera solo se podía mantener en las colonias mediante una violencia que el autor califica de “estructural”: exclusión racial, humillación colectiva, negación de las mismas posibilidades educativas, imposición del derecho europeo, control de la policía y de las cárceles y castigos corporales contemplados por la ley, lo que Michel denomina como “la política del látigo”, que se convierte en el “instrumento que regula las relaciones laborales” en las colonias, sea en las plantaciones de café de Angola o de Kenia, en las minas de Rhodesia o Sudáfrica o en el propio ámbito doméstico, una violencia que a largo plazo se convertirá en un bumerán.

Castigos corporales en el Congo belga durante el reinado de Leopoldo II.
Castigos corporales en el Congo belga durante el reinado de Leopoldo II.

Psicológicamente, las colonias implican a su vez la negación del otro, la puesta en duda de su humanidad, el racismo. Curiosamente, ese racismo obliga a los colonos a tratar de evitar la presencia de blancos pobres -que restan prestigio a su colectivo- y a resolver mal la situación de los mestizos, más producto de la explotación sexual que de la supuesta tolerancia y que tendrán en general un futuro difícil una vez se produzca la descolonización.

Las “islas blancas” imponen la segregación al océano de color que las rodea y del que se nutren. La discriminación en las colonias se refleja en el urbanismo, la creación de ciudades europeas donde el indígena solo entra a trabajar y que debe abandonar al finalizar la jornada laboral. Donde esa segregación se hizo más visible y odiosa es en Sudáfrica, pero Michel sostiene que el apartheid no fue un fenómeno exclusivo sudafricano, sino universal en todas las sociedades coloniales, aunque estuviera codificado de manera distinta.

El sueño de Cecil Rhodes: unir África de El Cairo al Cabo.
El sueño de Cecil Rhodes: unir África de El Cairo al Cabo.

Pretendidos reductos de Europa, las “islas blancas” pronto empiezan a estar lejos de la metrópoli, en su problemática y a su vez en su progresivo olvido o alienación de las sociedades de las que proceden. El colono veterano se queja de que es incomprendido en su país de origen, no quiere que la lejana patria le dicte qué hacer y a la vez es un espejo deformado de esa sociedad que no deja de ser su elemento de referencia, lo que le hace sentirse por encima de su mano de obra

Iguales entre sí y superiores a los nativos, los colonos crean“democracias de señores” que el autor compara a lasociedad espartanaun grupo de hombres libres que se hace servir por los ilotas mediante el terror. Una especie de socialismo de blancos que cultiva el espíritu de resistencia y vive en la claustrofobia moral y la vulgaridad intelectual.

A finales de los años 50 comenzó el proceso de emancipación que supone en dos décadas la desaparición de todas estas colonias. En Argelia, tras una traumática guerra colonial. En el caso portugués, tras unos largos conflictos en Angola y Mozambique que condujeron paradójicamente al fin de la dictadura en la metrópoli. En el de Kenia, a una retirada forzosa tras la represión tan brutal como a la postre inútil del Mau Mau.

Policías británicos custodiando a detenidos del Mau Mau.
Policías británicos custodiando a detenidos del Mau Mau.

Solo quedó Sudáfrica, un caso excepcional porque, recuerda el autor, mientras los demás colonos tenían un lugar al que volver, una patria lejana pero real, los boers habían perdido el contacto con su metrópoli siglos antes. Cuando se produjo el desmantelamiento del apartheid, bajo el mandato de De Klerk, los boers ya habían sufrido, sostiene Michel, un proceso de cambio por el que aceptaron en su mayoría desaparecer como tribu dominante a cambio de mantener su privilegio económico y su supervivencia física. Eso, y el liderazgo moral de Nelson Mandela con su capacidad contagiosa para superar el rencor, explica el “milagro” sudafricano, que ha desafiado hasta la fecha a las predicciones más pesimistas.

Mandela y De Klerk a principio de la década de 90.
Mandela y De Klerk a principio de la década de 90.

Original, bien argumentado, rigurosamente documentado y con todas su afirmaciones respaldadas por un denso aparato crítico, el libro merece sin duda ser traducido al español.

Napoleón ha vuelto… y está de moda.

Ilustración de Napoleón y sus obsesiones mentales para la exposición Napoleón estratega, en el Museo del Ejército de París. ILUSTRACIÓN DE VIOLAINE & JÉRÉMY

AUTOR: BORJA HERMOSO.

FUENTE: El País, 23/05/2018

Dos siglos después, debajo de su bicornio inmortal, Napoleón Bonapartesigue cabalgando a lomos de Marengo y ganando batallas: ni Austerlitz ni Wagram, ni Friedland ni las Pirámides de Egipto, sino victorias póstumas. Las que otorga el veredicto del tiempo. Aquellas más relacionadas con la trascendencia histórica y el juicio de los hombres que con la sangre, el honor y la conquista. Hasta aquí, todo perfecto y bien enmarcado. Claro que, como la Historia es así de caprichosa y no nos llega en forma de hechos comprobados sino como sucesivas interpretaciones y reinterpretaciones según los autores y las fuentes, podría decirse que dos siglos después, bajo su casaca de general de división, Napoleón sigue huyendo del enemigo y perdiendo batallas: ni Leipzig ni Waterloo, sino derrotas póstumas. Las que otorga el veredicto del tiempo. Las que hablan más que de una gloria nacional de un bragado sanguinario que mandó a la tumba a millones de personas. Las que prefieren la versión de un führer avant la lettre a la de un héroe al servicio de Francia.

Napoleón aportó a las campañas militares nuevas formas de hacer la guerra, como el uso de redes de espionaje y el estudio geográfico y político de las zonas de batalla

 

Las dos versiones valen, probablemente porque el Primer Cónsul y Emperador de los Franceses fue ambas cosas: héroe y sanguinario a partes iguales. Un cruce de caminos entre el hombre bien pertrechado de códigos de honor y el invasor insaciable de Europa. Las dos valen porque son, sencillamente, las que conviven 197 años después de su muerte en el destierro de Santa Elena. Conviven entre sus eternos compatriotas, los franceses, y conviven entre sus eternos estudiosos, los historiadores de medio mundo. Pero una cosa está clara: Napoleón I ha vuelto y –perdónese la expresión- está de moda. Aunque justo es decir que nunca se fue.

El joven general, durante la batalla de Arcole, pintura de Antoine-Jean Gros (1796).
El joven general, durante la batalla de Arcole, pintura de Antoine-Jean Gros (1796). GÉRARD BLOT (RMN-GRAND PALAIS-VERSALLES)

Todo resulta extraordinario y ambiguo en la figura de Bonaparte, que sigue, pues, ganando y perdiendo batallas. Entre sus activos: su astucia como estratega en el campo de batalla y su capacidad para salir victorioso en inferioridad numérica y en situaciones críticas, sus incomparables dotes para ganarse el fervor de mariscales y soldados rasos a pesar de una escasa o nula empatía, su habilidad para traducir los triunfos militares en triunfos políticos, su mano de hierro a la hora de condenar al oprobio y la deshonra a sus colaboradores caídos en desgracia… y sobre todo su indisimulada ansia de poder hasta el punto de dar golpes de estado (18 Brumario), urdir bodas de interés (la suya con la emperatriz María Luisa, sobrina de María Antonieta e hija del Emperador de Austria, tras divorciarse de Josefina Beauharnais) o autocoronarse Emperador en la mismísima Notre-Dame y en presencia del Papa. Entre los pasivos: no conocer sus límites, no saber perder ni retirarse a tiempo con honor, no observar ni piedad ni respeto por el adversario y, muy probablemente, un egotismo tan exacerbado que llegó a creerse el auténtico Dios inmortal de los franceses, en la estirpe que va desde Hugo Capeto a Luis XIV y desde De Gaulle a Emmanuel Macron. Y aquí se llega al meollo del asunto.

Napoleón Bonaparte está de moda, sí, aunque la expresión pueda indignar a historiadores y profesores. Regresa el Emperador. Lo hace en forma de exposiciones, ensayos, gigantescos volúmenes de cartas, libros de ficción con base histórica e incluso líneas de interpretación que emparentan al viejo militar, guerrero y estadista corso con el actual inquilino del Palacio del Elíseo. ¿Guardan Napoleón Bonaparte y Emmanuel Macron las similitudes de las que tanto se ha hablado y escrito en Francia? ¿Son meras aproximaciones de trazo grueso y vocación oportunista? Pues depende del cristal con que se mire.

“Fue un general al servicio de la Revolución, pero en el fondo sentía un gusto secreto por la realeza y sus símbolos” (Frédéric Lacaille, comisario de exposición)

 

En su reciente y controvertido libro Macron Bonaparte, el ensayista y analista político Jean-Dominique Merchet dejó bien clara su personal tetralogía de puntos concomitantes entre ambos personajes. Merchet los ha explicado así: “El espíritu de conquista, término que utilizaba Bonaparte y que el propio Macron utilizó en su campaña electoral y que un De Gaulle, por ejemplo, nunca hubiera empleado; la irrupción de dos personajes, Napoleón y Macron que triunfan frente a políticos incapaces de gestionar el país y que tienen presiones de la extrema izquierda y de la extrema derecha: los jacobinos y los realistas en el caso de Napoleón, y la izquierda de Mélenchon en el caso de Macron; una mezcla de autoritarismo, capacidad de seducción y falta de empatía en ambos personajes; y el hecho de tomarse los dos la política como una aventura personal y casi novelesca, debido a sus personalidades ególatras”.

Napoleón I descansando en el campo de batalla de Wagram, el 6 de julio de 1809. Pintura al óleo de Adolphe Roehn.
Napoleón I descansando en el campo de batalla de Wagram, el 6 de julio de 1809. Pintura al óleo de Adolphe Roehn. RMN-PALACIO DE VERSALLES

Una interpretación que se dio de bruces con otra opuesta, también en forma de libro, en lo que supuso el germen de uno de sus debates editorial-intelectuales genuinamente franceses. En este caso fue el también ensayista Olivier Gracia quien, en La Historia siempre se repite dos veces, sostenía que el actual presidente de la República no se parecía en realidad a Napoleón, sino a Luis Felipe de Orléans, el último rey de Francia. ¿Su argumentación?: “Macron ha despolitizado la burguesía; da igual que sea de derechas o de izquierdas, lo único importante es que la economía funcione… y eso es exactamente lo que hizo Luis Felipe, un rey que reconcilió los dos bloques. Ni Macron ni Luis Felipe son ni bonapartistas, ni legitimistas, ni republicanos… son ellos mismos”.

Cabe preguntarse si, en la Francia de Macron, es un estricto fruto del azar el hecho de que estén abiertas al público dos gigantescas exposiciones a la mayor gloria de Bonaparte. “No es más que una casualidad, no hay que buscarle más explicaciones”, zanja con un ligero rictus de ironía Fréderic Lacaille. Él es conservador jefe del patrimonio en los Museos Nacionales de Versalles y Trianon, además de uno de los comisarios de la muestra Napoleón. Imágenes de la leyenda, que abrió sus puertas el pasado 7 de octubre en el Museo de Bellas Artes de Arras (norte de Francia), donde permanecerá hasta el mes de noviembre.

En el libro ‘Macron Bonaparte’, el analista político Jean-Dominique Merchet subraya las similitudes entre el actual presidente francés y el cónsul y emperador

 

Se trata de un verdadero desembarco de los tesoros artísticos que en torno a la figura del general, cónsul y emperador albergan las galerías históricas creadas en el palacio de Versalles por el rey Luis Felipe de Orleans en 1837. “Versalles sigue siendo un gran museo napoleoniano que guarda la mayor parte de las pinturas, esculturas y objetos decorativos encargados por Bonaparte entre 1799 y 1815 con el fin de comunicar su poder. Pero estas colecciones son mal conocidas, porque la mayor parte de la gente que va a Versalles quiere a Luis XIV y a María Antonieta, y ni siquiera saben que todas estas obras están allí”, explica Lacaille en el vestíbulo de la antigua abadía de Saint-Vaast, hoy sede del museo.

Esta pintura al óleo de Eugène Isabey muestra el regreso de las cenizas de Napoleón Bonaparte de la isla de Santa Elena a Francia. 1840.
Esta pintura al óleo de Eugène Isabey muestra el regreso de las cenizas de Napoleón Bonaparte de la isla de Santa Elena a Francia. 1840. RMN-PALACIO DE VERSALLES

El conjunto es apabullante. La exposición recorre con lujo de detalle la vida del personaje desde su nacimiento en Ajaccio (Córcega) en 1769 hasta su muerte en la isla británica de Santa Elena en 1821. Es la biografía artístico-histórica de un hombre que se graduó con 15 años en la Real Escuela Militar de París, que con 26 ya era general de brigada, que conquistó media Europa y que acabó alcanzando las mayores cotas de poder imaginables, como Cónsul, primero, y como Emperador, después. Revolución francesa, Directorio, Consulado, Imperio y Monarquía: Napoleón Bonaparte lo vivió todo y lo vivió sin desmayo. Francia nunca le respondió con un veredicto unánime: demonio para unos, héroe para otros.

Pistola hallada en la maleta de Napoleón en Waterloo.
Pistola hallada en la maleta de Napoleón en Waterloo.RMN-PALACIO DE VERSALLES-MUSÉE DE L’ARMÉE

El bicornio de Napoleón en la campaña de Rusia.
El bicornio de Napoleón en la campaña de Rusia.MUSEO DEL EJÉRCITO-RMN-GRAND PALAIS

“Fue un joven general al servicio de la Revolución pero si usted contempla algunas de estas pinturas comprobará que, en el fondo, sentía un secreto gusto por la realeza y sus símbolos”, argumenta el comisario de la exposición. Las emperatrices Josefina y María Luisa, los mariscales de Napoleón –Murat, Duroc, Lannes, Lefebvre, Ney…-, los políticos y ministros a su servicio como Tayllerand, Denon o Carnot, los miembros de su familia –sus padres, sus hermanos José Bonaparte o Caroline Bonaparte…-, y algunos personajes de la época con quienes mantuvo relaciones tormentosas, como Chateaubriand, Madame de Staël o el siniestro ministro de Policía Joseph Fouché, desfilan por las salas de la exposición con la firma de los principales artistas al servicio de Napoleón: David, Gérard, Gros, Lefèvre y Lejeune, entre otros. Pero son ante todo las grandes pinturas de batallas las que vertebran el conjunto. Las campañas de Italia y Egipto, las sucesivas y triunfales contiendas contra Gran Bretaña, Rusia, Prusia y Austria… y también las sonoras derrotas en España y Rusia delimitan en luces y sombras la asombrosa trayectoria del militar y el hombre de Estado. Algunas de las obras más célebres sobre Napoleón están aquí, como una de las cinco versiones ejecutadas por Jacques-Louis David de Bonaparte cruzando los Alpes a lomos de su caballo blanco (aunque en realidad los cruzó montado en una mula, pero él encargó el cuadro para asimilarse a Aníbal y a Alejandro Magno, cosas del ansia de posteridad).

La otra cita es en el Museo del Ejército, situado en el edificio de Los Inválidos de París. A tiro de piedra de la colosal tumba de mármol donde reposan desde 1861 los restos del Emperador -siempre rodeada de turistas y donde el presidente Macron llevó del brazo a Donald Trump durante la visita del presidente de EEUU a París en julio del año pasado-, se despliegan las siete salas de la exposición Napoleón estratega.

Casaca de coronel de caballería de la Guardia Imperial.
Casaca de coronel de caballería de la Guardia Imperial. RMN-PALACIO DE VERSALLES-MUSÉE DE L’ARMÉE

La muestra, con un sinfín de obras de arte, casacas, gorros militares, armas (como la espada del Emperador durante la batalla de Austerlitz), mapas, maquetas e instalaciones interactivas,se centra en las hazañas militares del general corso y del arte de la guerra que corría por sus muy belicosas venas. Inaugurada el pasado 6 de abril (hasta el 22 de julio), pretende dar cuenta de la preparación de las campañas militares, a las que Napoleón aportó a partes iguales sus profundos conocimientos de la instrucción militar clásica y nuevas formas de hacer la guerra, que incluyen la puestas en marcha de redes de espionaje, el estudio geográfico y político previo y profundo de las zonas de batalla y, ante todo, un principio innegociable: llegar al escenario del combate antes que el enemigo.

Telescopio del general en la batalla de las Pirámides.
Telescopio del general en la batalla de las Pirámides.MUSEO DEL EJÉRCITO-RMN-GRAND PALAIS

Básicamente Napoléon avanzaba rápido y en línea recta, y le daban igual las distancias y los accidentes geográficos o meteorológicos. En 1805 contaba con un imponente ejército de 150.000 soldados. Siete años y muchas victorias después, eran más de medio millón. Fue el único jefe militar que tomó sucesivamente Berlín (1806), Viena (1805 y 1809) y Moscú (1812). “Pero en su país, en España, Napoleón se encontró con una forma de guerra que no conocía y para la que sus ejércitos demostraron no estar preparados: la guerra de guerrillas… y esa, junto con Rusia, fue su tumba”, explica la historiadora y conservadora Émilie Robbe, comisaria de esta asombrosa exposición.

La espada de Napoleón en la batalla de Austerlitz.
La espada de Napoleón en la batalla de Austerlitz.RMN-PALACIO DE VERSALLES-MUSÉE DE L’ARMÉE

Fue el Gran Corso un joven general imbuido de los principios de la Revolución que guerreó por toda Europa en defensa de la grandeur francesa. También, sin duda alguna, un émulo discreto del Rey Sol, un apasionado del boato y la alcurnia de los salones de la realeza y las intrigas de corte. Quizá, al cabo, un monumental ídolo con pies de barro, un pobre diablo atrapado en su incapacidad de poner límite a la codicia política y militar. Desde luego, un personaje real que supera toda ficción, como lo demuestra la excelente novelita La muerte de Napoleón, de Simon Leys, editada recientemente en español por Acantilado.

La culminación, por parte de la Fundación Napoleón y la editorial francesa Fayard, de la correspondencia completa de Bonaparte -15 años de trabajo, 15 volúmenes para un total de 40.000 cartas escritas o dictadas- acaba de cerrar el círculo de la semblanza definitiva de uno de los personajes más importantes de la Historia mundial. Muchas de ellas permanecían inéditas hasta ahora. Por ejemplo, una fechada el 5 de mayo de 1821 en Longwood (isla de Santa Helena, Atlántico Sur) que dice: “Señor Gobernador, el Emperador Napoleón ha muerto a las seis menos diez de esta tarde como consecuencia de una penosa enfermedad. Tengo el honor de informaros de ello, él me autorizó a comunicaros, si así lo deseáis, sus últimas voluntades”.

La carta la firma el Conde de Montholon.

En realidad la había dejado escrita Napoleón Bonaparte, Emperador de los Franceses.

Rosa Parks, lucha contra la discriminación.

Fuente:  La Aventura de la Historia.

Autor: Redaccion Historia.  

Tras terminar su jornada laboral, el 1 de diciembre de 1955, Rosa Parks, una costurera negra de 42 años, subió a un autobús en Montgomery, Alabama, para regresar a su casa. Pagó 10 centavos y se sentó en la quinta fila, la primera de la sección de color, detrás de la zona de los blancos. Junto a un hombre y a la altura de otras dos mujeres, al otro lado del pasillo. Cuando el autobús ya estaba lleno, entró un pasajero blanco. Entonces, el conductor ordenó que las cuatro personas negras de la quinta fila se levantaran para que el nuevo pasajero se pudiera sentar. Las dos mujeres y el hombre, obedecieron. Rosa Parks, no. Decidió luchar contra la discriminación. “Voy a llamar para que la arresten”, dijo el conductor.

“Puede hacerlo”, respondió ella.

La rebeldía de Rosa Parks dio inicio a toda la lucha por los derechos civiles que desembocaría en la eliminación de la discriminación racial institucionalizada en EE UU. La decisión de la costurera fue espontánea, un acto reflejo. Vivía la discriminación de la población negra desde que nació. Había sido testigo, a diario, de casos de humillación racial. “Recuerdo irme a la cama cuando niña y sentir que pasaba a caballo el Ku Klux Klan por la noche y escuchar unlinchamiento y tener miedo de que la casa empezara a arder en llamas”. Esas experiencias hicieron nacer en ella el deseo de enfrentarse a aquella injusticia. Ya desde su adolescencia había librado pequeñas batallas personales. Prefería subir las escaleras de un edificio antes que entrar en un ascensor para “sólo negros”. O pasaba sed por no beber en la fuente que solamente utilizaban las “personas de color”.

A los 20 años se casó con Raymond Parks, del que tomó el apellido y con el que se fue a vivir a Montgomery. Tras lograr el título de enseñanza media, trabajó como costurera y ama de casa. Entonces se hizo miembro de la NAACP (Nacional Association for the Advancedment of Colored People), la asociación más relevante en defensa de los derechos de los afroamericanos contra la discriminación, fundada con la colaboración del escritor W. E. B. Du Bois.

En 1943, Rosa Parks fue elegida secretaria de esta agrupación en Montgomery. Desde este puesto, se esforzó en luchar contra el sistema de ciudadanía de segunda clase y la discriminación impuestos a los afroamericanos y que persistía desde el último tercio del siglo XIX.

 Es largo el camino 

Tras la Guerra Civil entre el Norte y el Sur, el gobierno federal de Estados Unidos trató de extender la igualdad a toda la población afroamericana. En 1865 se aprobó la 13ª Enmienda a la Constitución, que prohibía la esclavitud, seguida de la 14ª Enmienda, de 1868, que otorgaba la ciudadanía estadounidense de forma automática a cualquier persona nacida dentro de las fronteras del país o que hubiera pasado por un proceso de naturalización, y que ofrecía idéntica protección de las leyes para todos los ciudadanos. En 1870, se promulgó la 15ª Enmienda, que garantizaba el derecho al voto a todos los ciudadanos, independientemente de su raza.

Durante esa posguerra, conocida como Período de Reconstrucción (1865-1877), tropas del Norte ocuparon el Sur y obligaron a que estas enmiendas se cumplieran. Los negros empezaron a ascender en la escala social, alcanzando, incluso, cargos políticos.

El Compromiso de 1877 entre Norte y Sur llevó a la presidencia de EE UU a Rutherford Hayes, quien estableció que las tropas del Norte debían de ser retiradas del Sur. El esfuerzo de Hayes por borrar los agravios de la guerra de Secesión y por establecer una paz sobre el respeto al derecho y costumbres sureñas, reconstruyó el país, pero permitió, también, la persistencia del racismo y la discriminación tradicionales. Así pudieron abrirse paso las llamadas leyes Jim Crow(estereotipo popular del negro rural tosco e ignorante), que dieron lugar a la doctrina de “separados pero iguales”, base de la nueva organización social en el Sur, refrendada por la Corte Suprema de EE UU con el caso Plessy v. Ferguson (1896).

Homer Plessy, negro en una octava parte, desafió una ley del Estado de Louisiana, de 1890, que obligaba a la separación de negros y blancos en los trenes, sentándose en un lugar designado para blancos. Plessy fue arrestado y condenado, pese a sus 7/8 partes blancas y la sentencia legitimó el proceso de discriminación racial iniciado unos años atrás. Su esfuerzo por mantener separadas legalmente a las poblaciones blanca y negra convirtió el Sur en una sociedad estructurada en castas.

 Negros y perros  

A los afroamericanos no se les permitía compartir un taxi con blancos o utilizar la misma entrada para acceder a un edificio público. Tenían servicios separados, iban a diferentes escuelas, eran enterrados en cementerios distintos. Se les excluían de bibliotecas públicas y restaurantes. En muchos parques colgaban letreros de “Prohibido el paso a negros y a perros”. Las normas de etiqueta segregacionistas eran igualmente estrictas.

Los negros debían apartarse para dejar pasar a los blancos, y a los hombres se les prohibía mirar a los ojos a una mujer blanca. Mientras que los blancos debían recibir el tratamiento de Mr., Miss o Mrs., ellos tuteaban a los negros, utilizando directamente sus nombres propios: Tom, Jane, cuando no genéricos, como boygirl o, incluso despectivos, como nigger.

Esa discriminación incluía, también, una separación socioeconómica que confinaba a la gente de color a empleos precarios, no cualificados. El derecho constitucional al voto se negó también a los afroamericanos empleando algunas argucias como la “cláusula del abuelo” (que permitía votar sólo a quienes ya lo hubieran hecho antes de la guerra civil), impuestos electorales (exigidos a los negros), primarias blancas (sólo los demócratas podían votar, sólo los blancos pueden ser demócratas) o tests de lectura, escritura y preguntas capciosas sobre conocimientos, por ejemplo: “nombra todos los vicepresidentes y jueces del Tribunal Supremo de la historia de Estados Unidos”.

Para mantener ese estado de discriminación, los gobiernos del sur no tuvieron escrúpulos en recurrir a la violencia física y a castigar brutalmente cualquier incumplimiento de las normas impuestas. Durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, miles de negros fueron impunemente linchados por grupos de blancos, en ocasiones con la colaboración de las fuerzas de seguridad. Hubo casos en que estos linchamientos fueron masivos como los de Elaine County, Arkansas, en 1917. o los de Tulsa, Oklahoma, en 1921. En el primer caso, las cifras oficiales, blancas, fueron de 25 víctimas, pero algunos historiadores las elevan hasta 800; en el segundo caso no existen cifras oficiales, pero se piensa que pudieron alcanzar los tres centenares. Los afroamericanos no tenían posibilidad de defenderse ya que se les excluía de cualquier cargo (jurados, jueces, policías o funcionarios de prisiones) en un sistema judicial compuesto íntegramente por blancos.

 Pequeños avances  

Esta situación de disparatada discriminación racial continuaba sin grandes modificaciones hace cincuenta años, cuando Rosa Parks se negó a ceder su asiento. Tras la II Guerra Mundial, se habían logrado algunos avances durante la administración de Truman. La Guerra de Corea forzó el fin de las unidades segregadas en el Ejército.

La política de ganar batallas judiciales, puesta en práctica por la NAACP, se había visto recompensada con algunos éxitos. El mayor de ellos fue el caso Brown v. Board of Education of Topeka (1954), en el que el Tribunal Supremo promulgó la ilegalización de la segregación en las escuelas públicas. La política de “separados pero iguales”, en vigor desde el caso Plessy (1896), era oficialmente rechazada en un caso que sentaba jurisprudencia y reconocía, como los líderes de la NAACP habían venido argumentando enérgicamente, que la igualdad prevista en la Constitución no se garantizaba con esta fórmula, ya que las instalaciones (escuelas, servicios, etc.) de los afroamericanos eran radicalmente más pobres que la de los blancos.

El autobús en que fue detenida Rosa Parks.
El autobús en que fue detenida Rosa Parks.

Esta dinámica de éxitos parciales y tímidos pasos hacia delante, cambió de forma radical el día que Rosa Parks se negó a ceder su asiento en el autobús de Cleveland Avenue.

Cuando llegó el policía, llamado por el conductor, Rosa Parks le espetó:

–¿Por qué nos intimidáis?

–No lo sé –replicó el policía–, pero la ley es la ley y usted queda detenida.

La llevaron a comisaría, le tomaron las huellas, fotos y la encarcelaron. Los líderes afroamericanos se reunieron para discutir el asunto, bajo el liderazgo de un joven de 26 años, pastor baptista de la Iglesia de Dexter Avenue, Martin Luther King. Decidieron convocar un boicot contra la empresa de autobuses de Montgomery. Hicieron un llamamiento a la población de color para que no usara el transporte público y lograron una respuesta masiva. La gente empezó a usar bicicletas, a ir a pie, a organizarse en automóviles o a coger los taxis negros que cobraban una tarifa de 10 centavos, la misma que un viaje en autobús.

A pesar de las presiones recibidas (la casa de King fue incendiada), el boicot se prolongaba todavía en diciembre del año siguiente, arruinando a la empresa de autobuses, cuyos clientes eran en un 75 por 100 negros. Finalmente, 381 días después del plante de Rosa Parks, en diciembre de 1956,el Tribunal Supremo decidió que la discriminación en los autobuses violaba la Constitución. Fue la primera victoria en la lucha por los derechos civiles.

La cobertura mediática que recibió la campaña a escala nacional fue tan intensa y esperanzadora que Martin Luther King fundó la Southern Christian Leadership Conference (SCLC), una organización que aspiraba a seguir luchando para superar las desigualdades en las que la comunidad negra vivía. La labor de este grupo se basaba en dos principios: la desobediencia civil (concepto básico del pensamiento político estadounidense, teorizado en 1849 por Henry D. Thoreau) y la resistencia pacíficainspirado en la lucha de Gandhi, figura admirada por el pastor baptista. Los líderes agrupados en la SCLC siguieron convocando protestas por los estados del Sur. En 1960, unos jóvenes crearon el Comité de coordinación estudiantil de la no violencia (SNCC) con el que llevaron a cabo acciones como los famosos “Viajes por la libertad” (freedom rides), en los que se trasladaban al Sur con objeto de realizar actos no violentos que perseguían terminar con la segregación en el transporte público interestatal.

 Respuesta violenta  

Todas estas actuaciones eran, generalmente, respondidas con violencia. Sin embargo, la publicidad mediática que recibían ejercía una gran presión sobre el Gobierno central para que éste tomara medidas y suscitaba la simpatía hacia el movimiento en el Norte de EE UU. La brutalidad con que las autoridades reprimieron una campaña del SCLC en 1963, en Birmingham, en la que llegaron a soltar perros o barrieron a los estudiantes de secundaria con potentes mangueras, o el asesinato de tres trabajadores por los derechos civiles en Mississippi, el verano de 1964, a manos del Ku Klux Klan, actos como la Marcha sobre Washington (1963), en la que unos 250.000 manifestantes se reunieron delante de la estatua de Abraham Lincoln para escuchar el famoso discurso de Martin Luther King, I have a Dream, llevaron a la administración liderada por Lyndon B. Johnson a promulgar, en 1964, el Acta de Derechos Civiles (Civil Rights Act), que ilegalizaba la discriminación en instituciones públicas, en el gobierno o en puestos de trabajo.

En 1965, se aprobó la Ley de los Derechos de Voto (Voting Rights Act), que prohibía cualquier tipo de test o argucia legal que impidiese el registro para el voto a los miembros de la población negra. Estas dos leyes significaron, desde el punto de vista legal, el ocaso del sistema creado por las Normas Jim Crow.

Martin Luther King fue asesinado tres años más tarde, en 1968, sospechándose, incluso, que se trató de un complot gestado por el FBI. Eran momentos en el que su doctrina de integración pacífica comenzaba a suscitar muchas dudas entre la comunidad negra. Las doctrinas violentas, nacionalistas y separatistas respecto a los blancos, sostenidas por líderes como Malcolm X o Stokeley Carmichael, iban calando cada vez más entre los jóvenes. En 1966, se fundó el movimiento de las Panteras Negras y cuando fue asesinado Martin Luter King, lo que se había puesto de moda era el Black Power.

A pesar de las campañas que trataron de desprestigiarle, exponiendo infidelidades matrimoniales o acusándolo de haber plagiado alguna de sus obras, como su propia tesis doctoral, Martin Luther King, ganador del Premio Nobel en 1964, fue el líder indiscutible de la lucha por los derechos civiles en los años sesenta y muchas encuestas le consideran una de las diez personas más relevantes de la historia de los Estados Unidos.

Rosa Parks con Martin Luther King.
Rosa Parks con Martin Luther King.

Tampoco ha sido olvidada Rosa Parks. Aunque en España sea prácticamente una desconocida, en Estados Unidos es una leyenda. En una encuesta de 1973, historiadores e intelectuales la designaron como la tercera mujer norteamericana más influyente del siglo XX. Recientemente, Rosa Parks ha sido incluida por la revista Time, entre las cien personas más influyentes del siglo XX.

 Precedentes fallidos 

Es verdad que la llamada “madre del movimiento por los derechos civiles” no fue la primera en negarse a levantarse de un asiento en un transporte público. Hubo casos anteriores. El propio jugador de béisbol Jackie Robinson, primer afroamericano en jugar en la liga profesional, se negó a trasladarse a la parte trasera de un autobús en 1944, cuando era oficial del Ejército en Texas.

A consecuencia de ello, tuvo que enfrentarse a un consejo de guerra que terminó absolviéndolo. Claudette Colvin, de 15 años de edad, y Mary Louise Smith, fueron detenidas por el mismo motivo tan sólo meses antes de la acción de Rosa. Sin embargo, ninguna de las dos presentaba el perfil suficientemente recio y decidido, imprescindible para llegar hasta el final en un proceso cuya sentencia sería histórica. Rosa Parks, sí.Gozaba del respeto de la comunidad afroamericana, estaba casada, trabajaba, era una activista de la NAACP y desde su niñez se había negado a plegarse a la discriminación sureña.

Ganadora de la Medalla de Honor del Congreso, en 1999, máximo galardón concedido por el gobierno de EE UU, Rosa Parks, falleció el 25 de octubre en Detroit. Hasta el último momento, trabajó en el Instituto Rosa y Raymond Parks para el Autodesarrollo, institución que había fundado en 1987, tras la muerte de su esposo. En él se ofrece ayuda y motivación a jóvenes afroamericanos.

Juan Antonio Sánchez Giménez

*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 86.

 

Del Che a la Pasionaria. Fotografías para la Historia

Fuente: La aventrura de la Historia.

Autor: Arturo Arnalte

El 19 de julio de 1936, el joven fotógrafo autodidacta Agustí Centelles se encontró con unos caballos muertos y medio destripados en la confluencia de las calles Roger de Llúria y Diputació de Barcelona, donde se estaba produciendo un tiroteo. Cuando terminó el enfrentamiento, se acercó a los participantes y les pidió que posaran para él reproduciendo la acción. Incuso colocándose en dirección contraria a como habían combatido, para evitar el contraluz. Como complemento decorativo bélico, colocó un casco sobre uno de los animales muertos. La puesta en escena incluyó a un cuarto personaje que participaba en la parodia en una actitud excesivamente cinematográfica y poco creíble, por lo que fue eliminado de la instantánea cuando esta se editó para ser reproducida. Así se gestó una de las fotografías más famosas de los primeros días de la Guerra Civil española.

La imagen editada, la original, la historia de sus protagonistas y el perfil del fotógrafo integran una de las 50 piezas seleccionadas en el libro 50 fotografías con historia, que Signo Editores acaba de publicar. Los fotógrafos son todos españoles, la selección abarca ochenta años y cada una de las imágenes viene contextualizada también gráficamente con otras de la misma serie o que tienen un paralelismo icónico. La estructura del trabajo no es cronológica o por escuelas, sino que responde a un itinerario poético en el que las fotos dialogan entre sí y se remiten unas a otras, fruto del trabajo de un equipo integrado por Félix Fuentes(diseño editorial y redacción de textos), José María Díaz Maroto (selección de autores y obras), Gonzalo Revidiego (coordinador editorial) y Cristina García y Esther Ginés (corrección de textos).

En el abanico de imágenes hay fotografías escogidas por su faceta estética, por su compromiso social y también por su valor como documento histórico.

El Che Guevara en Madrid, en 1959.

Le ocurre a la célebre foto del Che Guevara, de paso por Madrid camino de El Cairo en 1959. El diario Pueblo, dirigido por Emilio Romero, quiso cubrir la breve visita del guerrillero argentino, ya convertido en dirigente de la revolución cubana, y el encargado del reportaje gráfico fue un joven de 19 años, César Lucas, que trabajaba en la agencia Europa Press.

El Che quería conocer la Ciudad Universitaria, la plaza de toros e ir de compras, todo en una mañana de domingo antes de volver a embarcar a mediodía en Barajas. Cuando se encontraban en Moncloa a las 7.00 de la mañana, el fotógrafo vio en el Arco del Triunfo la oportunidad de sacar al guerrillero junto a imagen inconfundible de Madrid, la que necesitaba para su trabajo. Y así, en una salida de la ciudad casi desierta por la hora, junto a un cruce de peatones y con un autobús de dos pisos alejándose de la escena, quedó para la posteridad esa imagen madrileña del Che que todos conocemos.

Dolores Ibárruri y Rafael Alberti en el Congreso, en julio de 1977.

El apartado en que se comenta esta toma se completa con otras varias de esa mañana, en la que Ernesto Guevara desayunó en la cafetería California de la Gran Vía y logró hacer algunas compras en Galerías Preciados, que abrieron solo para él, tras pasearse por la plaza de Callao.

Casi veinte años después, otros destacados comunistas, Dolores Ibárruri y el poeta Rafael Alberti, irrumpían en otro escenario madrileño emblemático, el Congreso de los Diputados. Lo hacían después de cuatro décadas de prohibición de su partido en lo que constituía un símbolo de reconciliación nacional, normalización de la vida política y prueba gráfica de que se vivía un proceso en España que el tiempo dio en llamar la Transición. El lento descenso de ambos ancianos por la escalinata central del hemiciclo fue recogido por la fotógrafa Marisa Flórez, cuya carrera como fotoperiodista estuvo muy vinculada al diario El País. Aquel día, 13 de julio de 1977, la Pasionaria fue vicepresidenta de la mesa de edad del Congreso. En ese lugar privilegiado de la cámara y junto a sus compañeros de partido, exiliados o encarcelados hasta solo un año antes, aparece también retratada en la serie que la fotógrafa recogió para la prensa del día siguiente y, sobre todo, para la historia.

50 fotografías con historia incluye en su narrativa imágenes que hablan de nuestro pasado con protagonistas sin pretensiones: los habitantes del barrio de La Chanca en Almería, en los años 50, inmortalizados porCarlos Pérez Siquier; las fiestas religiosas y populares que por las mismas fechas retrataba Ricard Terré; la llegada de los Beatles a España, captada por Joana Biarnés en 1965; la España poblada de curas y seminaristas con sotana que Ramón Masats atrapó jugando al fútbol; el deseo en las calles de Barcelona visto por Joan Colom, y otras historias relatadas por fotógrafos españoles, pero que sucedieron fuera de nuestras fronteras, como el horror de las minas en Mozambique del que dio testimonio Gervasio Sánchez o la terrible historia de Piset Pisika, una estrella del ballet nacional camboyano de 17 años, cuya belleza la llevó a la muerte por los celos de la entonces mujer del presidente. De ella, Isabel Muñoz inmortalizó la mano que con un sencillo y ritualizado gesto evoca la danza jemer y es una de las imágenes más icónicas de esta fotógrafa.

Un libro que enseña a leer las mejores fotografías, extrayendo de ellas todas sus enseñanzas.

Arturo Arnalte

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