El Imperio austríaco, luego reconvertido a Imperio austrohúngaro, fue uno de los entes políticos más heterogéneos en la Europa contemporánea. Tal era su multiplicidad étnica que apenas pudo resistir los embates del nacionalismo durante los siglos XIX y XX, acabando troceado tras la Primera Guerra Mundial en los países que podemos ver hoy en día.
El pasado 2 de febrero se cumplieron 75 años de uno de esos hitos que marcan la Historia: el final de la batalla de Stalingrado (actual Volgogrado, en Rusia). Este enfrentamiento armado supuso un punto de inflexión en la Segunda Guerra Mundial: cambió totalmente su curso e hizo que Alemania saliese como perdedora del conflicto. Pero, dada la fortaleza del ejército nazi durante la Segunda Guerra Mundial, ¿cómo consiguió vencer la Unión Soviética? ¿Cuáles fueron las claves de la victoria?
Hemos resumido en tres los motivos por los que el Ejército Rojo acabó con las tropas nazis.
1. La dura resistencia soviética
En un primer momento fue prácticamente imposible evitar la ofensiva alemana sobre la ciudad en 1942. El ejército nazi quería cortar las vías de suministro rusas a través del Volga y quitarle a Moscú el petróleo del Cáucaso. En previsión de esta estrategia, los soviéticos acumularon todos sus recursos para contrarrestar la ofensiva.
Entonces, Stalin comenzó una dura estrategia de motivación en el frente. En el verano de 1942 lanzó la Orden 227 mediante la cual acusaba a «algunos miembros del ejército» de «relajarse hablando de que podemos retirarnos más hacia el este» y declaró que era el momento de «dejar de retirarse». De ahí el conocido lema: «¡Ni un paso atrás!«.
En agosto, la retirada soviética se detuvo en Stalingrado. Las autoridades pedían a los residentes de la ciudad que convirtieran «cada bloque de edificios, cada barrio, cada calle en un fortín inexpugnable». Las tropas alemanas continuaron bombardeando la región, a pesar de la energía de los habitantes soviéticos. Un oficial alemán recordaba así la batalla: «No entiendo de dónde sacan la energía los rusos. Es la primera vez en esta guerra que me encomiendan una tarea que no puedo cumplir…».
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Soldados alemanes luchando en Stalingrado. Septiembre, 1942.
2. La importancia de los héroes y los símbolos
La resistencia del pueblo soviético tuvo su recompensa. Alrededor de 760.000 soldados recibieron la medalla «por la defensa de Stalingrado» y más de 100 obtuvieron el mayor premio de la época: ser condecorados como Héroes de la Unión Soviética.
Pero los símbolos de la resistencia rusa no fueron solo sus soldados. La casa de Pávlov, un edificio de apartamentos aparentemente normal, que se convirtió en un fuerte improvisado del Ejército Rojo. A pesar de que la defendieron solo 24 personas, los alemanes no pudieron tomarla en los tres meses que duraron las ofensivas contra la ciudad. Según Vasili Chuikov, uno de los principales generales soviéticos en Stalingrado, los nazis perdieron más hombres tratando de conquistar la casa de Pávlov que durante la toma de París.
Otro de los lugares simbólicos de la resistencia fue Mamáiev Kurgán, una colina en lo alto de la ciudad. Allí tuvieron lugar diversas batallas y desde ella se podía controlar prácticamente todo Stalingrado. Las tropas soviéticas se atrincheraron en las laderas de la misma, donde fallecieron decenas de miles de soldados. Tras la batalla, se comprobó que en el suelo de la colina había entre 500 y 1.250 piezas de metralla por metro cuadrado.
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Frente ruso en las calles de Stalingrado. Octubre, 1942.
3. Los errores alemanes
Tras la resistencia, comenzó la contraofensiva soviética. En el mes de noviembre las tropas de la URSS empezaron su estrategia y entonces, el conflicto estuvo en parte determinado por los errores de los comandantes alemanes.
El primero se debió a que la Wehrmacht (fuerzas armadas alemanas) sobrestimó su propio potencial y trató de alcanzar dos objetivos simultáneamente, dispersando así sus tropas. Por un lado, quería llegar hasta el Cáucaso para quedarse con el petróleo de Azerbaiyán y, por otro, tomar la ciudad. El general mayor Hans Doerr escribió tras la batalla: «Stalingrado ha entrado en la historia como el mayor error jamás cometido por comandantes militares».
El segundo se produjo en el mes de noviembre cuando las tropas nazis alargaron los flancos de su ofensiva sobre Stalingrado a lo largo de cientos de kilómetros. Esto se debió a que estaban convencidos de que, tras su ataque, el Ejército Rojo carecía de recursos para lanzar una contraofensiva. Además, para ello no contaron solo con tropas alemanas sino también aliadas: italianos, húngaros y rumanos, aunque en menor número que los nazis. Kurt Zeitzler, Jefe del Estado Mayor General de la Wehrmacht, recordó posteriormente que avisó a Hitler de que alrededor de Stalingrado «había un serio peligro que debía ser liquidado». Hitler lo llamó «pesimista desesperado».
Lo que también fue clave, según señaló Zeitzler, fue que en otoño de 1942 la efectividad de las tropas soviéticas, así como el nivel de los comandantes, aumentó de manera significativa. De esta forma, el Ejército Rojo tan solo necesitó cuatro días para romper el cerco de las tropas del Eje y rodear a unos 300.000 soldados alemanes. El resto, ya es historia.
Hoy Rusia respira fútbol en todas sus ciudades, desde los coquetos clubs de playa de Sochi hasta las calles de Rostov, la ciudad portuaria donde hace un siglo era tan fácil enamorarse como acabar desplumado. Dicen que, por la mezcla racial de tal cruce de caminos, la belleza de sus mujeres era tan arrebatadora como peligrosas sus tabernas. El Mundial es orgullo para el país. Durante los partidos, lo comprobó España en su debut, los aficionados locales rompen a gritar ‘Rusia, Rusia’ de repente, mientras encienden las luces de sus móviles. Que se prepare la selección para una noche de intenso patriotismo si en octavos le toca cruzarse con la anfitriona.
A Vladimir Putin le gusta más la caza que la pelota, pero quiere utilizar el campeonato para afianzar el sentimiento nacional, demostrar a los suyos y al exterior su capacidad organizativa y enviar un mensaje al mundo de poderío. Tira del fútbol, un deporte que entró con acento inglés en el Imperio en 1898, a través de San Petersburgo, y que no apareció en la capital hasta el nuevo siglo. Primero, en un rústico formato denominado fútbol salvaje, donde había tantas patadas a las piernas como al balón. Esa modalidad era heredera de la peleas dominicales que vecinos de todos los barrios de la ciudad organizaban a orillas del río Moscova. Lucha regulada y con ciertos toques de, digamos, caballerosidad (siempre uno contra uno, no cebarse, utilizar guantes y gorro, no golpear bajo la cintura, no perseguir al herido…).
En los años 20 el fútbol fue evolucionando gracias al impulso de los clubes de Moscú. Fue el del barrio obrero de Presnya el que más popularidad alcanzó, gracias al esfuerzo de los hermanos Stárostin, con el primogénito Nikolai al frente. El fútbol en la Unión Soviética no se entiende sin este clan, creadores del Spartak, maestros del fútbol para la familia Stalin y, como muchas figuras relevantes de la época, víctimas del feroz aparato represor comunista. Su rivalidad con los equipos del Ejército Rojo (CSKA) y de la policía secreta (Dinamo) les pasaría grave factura más adelante.
Nunca les perdonaron que fuera el Spartak el equipo elegido por el Partido Comunista para mostrar a Stalin cómo era ese deporte que tanto éxito tenía entre la población. Se decidió que el 6 de julio de 1936, en la Jornada de la Cultura Física, el equipo más popular de la ciudad, el que sus propios jugadores habían levantado sus primeros campos de entrenamiento, pico y pala en mano, enseñaran al gran líder los encantos del fútbol.
Espartaco
Unos meses antes el club había sido rebautizado, en otro golpe de imagen que ayudó a fomentar su fama de entidad valiente, del pueblo y alejado del aparato gubernamental (todo lo alejado que se podía estar en aquellos salvajes años 30 del Estalinismo). Tras noches en vela debatiendo, Nikolai se acordó de Espartaco, el esclavo gladiador que lideró la rebelión contra la República romana. »Spartak, en ese nombre breve y sonoro se advertía un espíritu indomable. Me pareció muy adecuado», recuerda en sus memorias, mencionadas en Fútbol y poder en la URSS de Stalin, un interesante librito de Mario Alessandro Curletto.
Para la exhibición fue necesario tejer una inmensa alfombra de fieltro de 10.000 metros cuadrados para que tapara los adoquines de la Plaza Roja y se pudiera jugar el partido. Los propios futbolistas ayudaron a la mayúscula misión, cosiendo por la noche el tapete y recogiéndolo por la mañana para no interrumpir la circulación. Los sectores oficialistas vinculados a los clubes rivales trataron de boicotear el evento por todas las vías. Los bomberos denunciaron que semejante tapiz corría el riesgo de provocar un gran incendio y la policía secreta, que los jugadores podrían sufrir graves lesiones sobre la dura superficie de la plaza, »con la mala imagen que eso daría ante Stalin», advertían.
Nikolai Stárostin, ya por entonces máximo dirigente del Spartak, tuvo que tirar de ingenio, seducción y contactos en las altas esferas para que el evento no se cancelara. Ante la presencia de dos comisarios preocupados por los riegos físicos de la cita, ordenó a uno de sus futbolistas que se tirara al suelo. Lo hizo obediente. »¿Te duele algo?», le preguntó. »Para nada, estoy perfecto» fue la respuesta que dejó sin argumentos a las autoridades contrarias a ese peculiar partido organizado por el Spartak.
El objetivo era entretener a Stalin durante media hora, y si antes mostraba síntomas de aburrimiento, suspender de inmediato el encuentro. Un amigo de Nikolai, ubicado en el palco cerca del terrible dictador, mostraría discretamente un pañuelo blanco al mínimo gesto de reprobación del dirigente. En esa época, con desapariciones diarias, fusilamientos y deportaciones masivas, molestar lo más mínimo al líder supremo era peligrosísimo.
Pero, al contrario, el famoso fútbol, esa pasión de las calles, entusiasmó al primer camarada, obligando a estirar el partido hasta 43 minutos. Otra vez le tocó a Nikolai Stárostin improvisar, porque el show entre el Spartak y su combinado reserva, perfectamente ensayado, estaba ajustado tan sólo a media hora. Todo correspondía a un guion previo, desde los goles, cada uno en una suerte distinta para que Stalin apreciara la variedad del deporte (de cabeza, de penalti, de tiro lejano…), hasta las jugadas defensivas y, por supuesto, el resultado final: 4-3 para el primer equipo. Reconocería Nikolai en sus memorias que esos 13 minutos extra, sin pautas previas, fueron los más largos de su ajetreada vida.
El partido fue un éxito para el fútbol en Moscú y, por extensión, en toda la URSS, aunque a los Stárostin le salió muy caro. En 1941 fueron detenidos por idear, según los cargos inventados por sus enemigos, un complot para asesinar al propio Stalin. Tan disparatada acusación se terminó diluyendo, pero no pudieron evitar ser culpables de difundir valores burgueses en la patria. Bastaron a los represores unos comentarios positivos de Nikolai sobre el tenis, modalidad prohibida por el comunismo, para que él y sus tres hermanos pasaran más de diez años en prisiones y campos de trabajo.
En los años 50, vivo gracias al fútbol (hizo de entrenador en las diferentes cárceles por dónde pasó) retomó las riendas del Spartak, no sin antes convertirse durante un tiempo en protegido del propio hijo de Stalin, Vasily. Un loco, entre otras muchas cosas, del fútbol. Hoy en el nuevo estadio del equipo del pueblo, Polonia juega contra Senegal.
El narcisismo de Hitler y su deseo insaciable de recibir cada vez más atención son factores clave en la construcción y el desarrollo de la Alemania nazi, y en su consiguiente ruina. En ese aspecto de la retroalimentación, que provocaba su relación con el público, el líder del nacionalsocialismo actuaba “de manera que encaja en la definición de una estrella del pop o el rock”. Lo dice el historiador alemán Thomas Weber, que tras haber seguido minuciosamente la pista del personaje durante la Gran Guerra en La primera guerra de Hitler(Taurus, 2012), donde desveló que en realidad no había sido cabo y que los camaradas lo consideraban un enchufado, nos lleva en su nuevo libro a la que considera la etapa clave en la construcción del líder nazi: los años en Múnich de 1919 a 1923.
En la apasionante De Adolf a Hitler (Taurus), Weber rastrea ese periodo decisivo, cuestionando con una amplia documentación los mitos y mentiras que sembró interesadamente sobre su pasado el propio Hitler en Mi lucha. Para el investigador alemán, “el camino de Damasco, la epifanía de Hitler”, no tuvieron lugar en su época de Viena antes de la Primera Guerra Mundial, ni durante esta ni al final, sino después, ya en Múnich. Weber detalla incluso el día: el 9 de julio de 1919. “Fue de lejos el día más importante de su metamorfosis, el instante de la transformación política y la radicalización de Hitler, el día en que de verdad todo cambió para él”. Ese día se ratificó el Tratado de Versalles y Hitler, como muchos alemanes, cayó en la cuenta de que habían perdido realmente la guerra (hasta entonces lo veían como un empate) y lo que les iba a acarrear.
Hitler, apuntó Weber ayer en Madrid, se había movido hasta ese momento de manera algo vaga y errática, incluso coqueteando con las ideas de izquierdas (algo que se cuidó muy mucho de eliminar de sus memorias oficiales). Sin saber adónde se dirigía. “A partir de entonces se obsesionó con cuáles habían sido las causas de la derrota de Alemania y en pensar de qué manera se podía impedir que la nación volviera a encontrarse en una situación de debilidad semejante. Empezó a buscar ideas que le sirvieran y las que encontró las mantuvo hasta el día de su muerte”.
El libro de Weber es un paseo tremendo por un camino que Hitler empieza sobre las adoquinadas calles de Múnich vestido de manera estrafalaria, medio muerto de hambre y medrando en partidos insignificantes, y que llega hasta las ruinas de la Cancilleria del Reich y de toda Alemania tras pasar frente a los hornos de Auschwitz. “No es un camino recto, pero sí menos tortuosos de lo que muchos creen”.
“Narcisista funcional”
En el Múnich de 1919 y los años inmediatamente siguientes, Hitler encontró ideas y oportunidades. De las primeras se sirvió, tomadas de diferentes sitios, dice Weber “como de un bufé, creando su propio plato combinado”. Las testó con el público, “pasando de ser un narcisista fracasado a un narcisista funcional”, y las que mejor funcionaban las llevó más allá. Eso no significa, puntualiza el historiador, que se dejara llevar solo por el aplauso. Tenía ideas fijas, más ancladas, “su meollo”, de todo o nada, y otras más flexibles. Su antisemitismo, por ejemplo, era más radical en privado que en público y solo lo fue aumentando ante las audiencias al ver que le respondían.
Las oportunidades, como se detalla en el libro, las aprovechó. ¿Tuvo suerte? “Él habría hablado de destino, pero, claro, la suerte desempeñó un papel muy importante, y la coincidencia de sucesos. Sin embargo, uno de los talentos de Hitler fue saber responder a las crisis inesperadas. Cuando aparecían crisis que parecían destruirlo las convertía en un éxito atronador”.
¿Qué impresión nos produciría hoy Hitler? “El de entonces bastante anacrónica, algo fuera de lugar como esas películas antiguas que la primera vez nos parecieron trepidantes pero han quedado lentas. Pero si de lo que se trata es de juzgar cómo sería un Hitler de hoy, que aprovechara las oportunidades que le brinda nuestro mundo, como las redes sociales, podría gustar mucho. Sin duda encajaría. Es aterrador pensarlo”, reflexiona Weber.
EL MISTERIOSO ORIGEN DE SU ANTISEMITISMO VISCERAL
Thomas Weber, ayer, en Madrid.INMA FLORESEL PAÍS
De Adolf a Hitler está lleno de interesantes detalles como lo de que el grito “Sieg Heil!” provendría de las animadoras del fútbol estadounidense (vía la amistad de Hitler con Helene Hanfstaengl, una chica alemana de Nueva York) y escenas como la de Hitler tras el fracasado Putsch de 1923 paseando por el salón de ella vestido con el albornoz azul de su marido y apuntándose con una pistola en la sien (desgraciadamente no apretó el gatillo hasta 1945). También explica Weber que a Hitler le dieron una paliza tremenda unos soldados a los que trataba de aleccionar políticamente en 1919 o que tras la perorata que soltó en una fiesta de la alta sociedad de Múnich el anfitrión hizo abrir los ventanales para que corriera el aire y disipar la sensación de que “había estado en el salón la sucia esencia de algo monstruoso”.
El tema del antisemitismo de Hitler ocupa una parte esencial del libro. El líder nazi consiguió causar sensación en Múnich al ofrecer una variedad muy radical. Una variante biologizada en la que explicaba la supuesta influencia dañina de los judíos en términos médicos. Años después, en 1941, con los Einsatzgruppen de las SS exterminando por el Este, Hitler dijo que se sentía “el Robert Koch de la política”, en referencia al descubridor del bacilo de la tuberculosis. Weber reconoce que en el antisemitismo de Hitler hay algo aún no explicable y no descarta, como han hecho otros biógrafos, que tuviera parte de su origen en alguna experiencia personal. “El problema es que no hay pruebas”. Sin embargo, algunas investigaciones señalan que la clave estaría en el famoso año perdido de Hitler entre 1912 y 1913 y en la relación con una chica judía embarazada. Algunas fuentes sitúan incluso esa relación, ¡en Inglaterra! Y no es un sketch de Monty Python…
Jóvenes japonesas sosteniendo las banderas de Alemania, Japón y el Comité Olímpico Internacional, en 1938. Para entonces la Alemania nazi y Japón mantenían estrechas relaciones
La imagen de Alemania y Japón como aliados de la Segunda Guerra Mundial ha quedado impregnada en la psique popular, considerada en muchas ocasiones como una alianza firmemente asentada. Incluso en el terreno de la ucronía hay lugar para esta visión idealizada, especialmente en el caso de la serie The Man on the High Castle —basado en una obra homónima de 1962— que esboza cómo habría sido la historia si Alemania y Japón hubiesen ganado la Segunda Guerra Mundial.
La realidad, sin embargo, suele ser mucho más compleja de lo que parece. Aún siendo dos países aliados tanto en ámbito político como el campo militar, ni antes ni durante la Segunda Guerra Mundial se comportaron realmente como tales.
Hacia el Pacto Tripartito
Ambos países habían tenido importantes vínculos económicos desde finales del siglo XIX, ejerciendo el Imperio Alemán como un auténtico modelo para un Japón que se encontraba en pleno proceso de modernización. Por poner algunos ejemplos, el código civil japonés está fuertemente inspirado en el código civil alemán, mientras que el Ejército Imperial Japonés tenía una importante influencia procedente del modelo militar prusiano.
Sin embargo, el elemento principal que va a marcar la “amistad” germano-japonesa es la Unión Soviética. Japón, vencedor de la Guerra ruso-japonesa de 1904-1905, había invadido parte de Siberia durante la intervención extranjera contra la Revolución bolchevique, y desde la ocupación de Manchuria (en 1931) el Ejército nipón entró en una dinámica de conflictos continuos con los soviéticos. En cuanto a Alemania, el ascenso al poder de los nazis fue un elemento que lo cambió todo. Adolf Hitler desde antes de su llegada al poder ya había hablado de la necesidad vital que Alemania tenía de ocupar los territorios de la Rusia europea. Con estas premisas, desde bien pronto se haría evidente la simpatía mutua entre alemanes y japoneses. El Pacto Anti-Komintern de 1936 va a ser el primer gran acuerdo diplomático entre ambos estados, con el objetivo de apoyo mutuo en su lucha contra el comunismo internacional (es decir, contra la Unión Soviética).
No sólo la Unión Soviética constituía el gran enemigo común de las potencias fascistas en ascenso. A medida que la política exterior de Alemania y Japón se volvió más agresiva, Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos comenzaron a ser una amenaza para los objetivos germanojaponeses.
Sin embargo, a pesar del Pacto Antikomintern, la realidad era más compleja. Si Japón sostuvo repetidos conflictos con China durante la década de 1930, las autoridades de Berlín mantuvieron un acuerdo de cooperación militar con el Gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek, al menos hasta 1938. Y mientras en Alemania se hallaba instaurado un sistema totalitario, en Japón la democracia liberal seguiría perviviendo de facto (aún en precarias condiciones) hasta una fecha tan tardía como 1940. De hecho, aunque en el Imperio del Sol naciente existían algunos movimientos de carácter fascista, no había un gran partido único de carácter totalitario; la llamada Asociación de Asistencia al Régimen Imperial [1], aunque se la ha catalogado como una partido para-fascista, a duras penas podía compararse con la organización del Partido Nazi.
Convencidos de que Alemania estaba de su lado, los japoneses empezaron a mostrarse cada vez más agresivos con el Ejército soviético en la frontera de Manchuria. Entre 1935 y 1939 se desarrolló un conflicto fronterizo entre ambos estados, que incluyó combates directos. Estos pequeños enfrentamientos se mantendrían sin un claro vencedor hasta la grave derrota japonesa en la Batalla de Kalkhin Gol (1939). Paradójicamente, en aquellos momentos se producía la firma del Pacto de no agresión germano-soviético. Este acuerdo, que suponía una clara violación del Pacto Antikomintern, constituyó toda una sorpresa para la opinión pública mundial. También para los japoneses, que no habían sido informados por sus teóricos aliados.
Aliados de circunstancias
La victoria soviética en Kalkhin Gol permitió a los soviéticos concentrar sus esfuerzos en el frente de Europa, mientras que Japón veía eternizarse la Guerra con China.
A partir de mayo de 1940 los acontecimientos se sucedieron con velocidad. Las rápidas victorias militares de la Alemania nazi en Europa occidental —y sobre todo, la humillante derrota del otrora poderoso Ejército francés— agitaron a muchos militares nipones, ansiosos de emular los éxitos alemanes. El 22 de septiembre de ese año fuerzas japonesas invadieron el norte de la Indochina francesa, estableciendo también tropas en la zona de Hanói. Los franceses terminaron aceptando la ocupación, que un año después se extendería por toda la península indochina. Y poco después, el 27 de septiembre, se firmaba en Berlín una alianza militar por parte de Alemania, Italia y Japón: el Pacto Tripartito. Se formalizaba así una cooperación que ya existía entre estas potencias.
Celebración de la firma del Pacto Tripartito en Japón, c. 1940.Pero mientras todo esto tenía lugar, el ministro de exteriores nipón —Yosuke Matsuoka— negociaba la firma de un pacto de no agresión con la Unión Soviética, lo que finalmente se lograría en abril de 1941. La firma de este pacto se hizo a espaldas de Alemania, repitiéndose lo que ya había ocurrido en agosto de 1939. Para entonces Hitler y sus generales están ultimando los planes para la invasión de la Unión Soviética, que se desencadenaría el 22 de junio de 1941. Japón no había sido informado previamente de esta operación (una de las grandes operaciones militares de la guerra), ni tampoco se le había ofrecido participar en una invasión conjunta.
Ante la euforia por las victorias alemanas que se sucedieron durante el verano de 1941, cuando parecía que la URRS podía colapsar, renació la posibilidad de una guerra con los soviéticos. El Estado Mayor del Ejército japonés volvió a acariciar la idea de atacar Siberia, atacando por la espalda al Ejército Rojo en un momento en que se hallaba concentrado en el frente europeo. Pasaron varios meses sin estar claro qué ocurriría. Pero finalmente se prefirió atacar las colonias asiáticas de Gran Bretaña y Holanda, así como a los Estados Unidos. Se decidió, no obstante, que Japón atacaría a los soviéticos en un momento en que estos estuvieran muy debilitados y no tuvieran opciones de victoria.
Esa ausencia de coordinación entre ambas potencias se volvería a manifestar nuevamente cuando Hitler, poco después del ataque japonés contra de Pearl Harbor (diciembre de 1941), declaró la guerra a los Estados Unidos. Su gesto, sin embargo, nunca se vería correspondido por Tokio en la guerra contra los soviéticos. Así pues, la guerra mundial evolucionó en dos grandes teatros de operaciones relativamente separados entre sí, sin que existiera una cooperación militar directa entre Berlín y Tokio.
Hasta ese momento una de las principales rutas de acceso entre alemanes y japoneses había sido el ferrocarril transiberiano, si bien la invasión alemana de la URSS la cerró como vía de comunicación. La entrada en guerra de Japón tras los ataques de Pearl Harbor cerró la vía marítima, a excepción de los submarinos alemanes que pudieron llegar desde Europa hasta el Pacífico. Esto contribuyó a aumentar el aislamiento geográfico y político entre Tokio y Berlín, a diferencia de lo que ocurría entre Estados Unidos y Reino Unido —que mantenían abiertas sus comunicaciones marítimas—. Alemanes y japoneses tampoco llegaron a establecer un Estado Mayor conjunto, ni tampoco coordinaron sus operaciones militares cuando hubo oportunidades de ello.
A pesar de las dificultades, durante ese contexto hubo un momento en que parecía que Alemania y Japón iban a ganar la guerra. En el verano de 1942 los tanques alemanes avanzaban sobre Oriente Medio y el Cáucaso, mientras que la Armada japonesa acechaba las costas de Australia y la India. Durante aquel verano, Tokio y Berlín creyeron realmente que estaban cerca de alcanzar la victoria final.
Confraternización de marineros alemanes y japoneses en una base naval de Penang, Malasia, c. 1943.
Pero fue un espejismo. Los alemanes, que habían alcanzado el río Volga —la frontera entre Europa y Asia—, se vieron atrapados en el infierno congelado de Stalingrado y entraron en una espiral de derrotas militares de la que nunca saldrían. La misma suerte corrió el otrora poderoso Imperio japonés, que en apenas unos años vio a su armada barrida de los mares y a sus principales ciudades convertidas en pasto de las llamas. La alianza germano-nipona, si bien continuó existiendo, en la práctica se vio ensombrecida por la ausencia de una verdadera cooperación militar. El agotamiento de la capacidad ofensiva del Eje y la presión de los Aliados sellaron el destino del Pacto Tripartito.
La Alemania nazi terminó rindiéndose en mayo de 1945, y Japón lo haría unos meses después, tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki.
Notas
[1] La Asociación de Asistencia al Régimen Imperial (Taisei Yokusankai) fue un partido para-estatal que se fundó en 1940, como una suerte de partido único de carácter totalitario. Sin embargo, nunca gozó de un papel real y sirvió más como una organización carácter auxiliar a los propósitos del Estado.
Bibliografía
HALL, J.W. (1973). El Imperio japonés. Editorial. Siglo XXI
PRESSEISEN, Ernst L. (1958). Germany and Japan: A Study in Totalitarian Diplomacy 1933–1941. Springer Sience+Business Media Dordrecht.
SIMS, R.L. (2001). Japanese Political History Since the Meiji Renovation, 1868-2000. C. Hurst & Co. Publishers
SPANG, C.W.; WIPPICH, Rolf-Harald (2006). Japanese-German Relations, 1895-1945: War, Diplomacy and Public Opinion. Routledge.
La ciudad moderna se forjó en el París del XIX, que Haussman abrió en canal para dibujar sus bulevares. En la urbe del capitalismo y del mercado, Baudelaire escribió los versos más bellos y ya hablaba de nosotros, de los antihéroes urbanos, de la alienación y la soledad. El arquitecto Antonio Pizza lo cuenta en ‘Habitantes del abismo’
Si algún poeta ha sido ciudad, ése es Charles Baudelaire. Adecuó su métrica al ritmo de París e inventó un estado de ánimo para la ciudad: el spleen, ese andar errabundo y melancólico. No es que Baudelaire escribiera París. Fue París. Y lo imaginó desde su habitación, desde las 17 habitaciones de las casas que tuvo por toda la ciudad, en una huida constante de sus acreedores. Se proclamaba a sí mismo un exiliado en París: no era él quien había huido de su patria, era la ciudad la que se alejaba bajo sus pies, la que ya no era como los parisinos la conocían. Porque el barón Haussman la abrió en canal para dibujar una nueva retícula urbana, interminables bulevares de línea recta: una ciudad-mercado, capitalista y burguesa, con el glamour de boutiques y pasajes.
El París de la década de 1850 fue el preludio de todas las ciudades modernas, incluso de las metrópolis americanas (los primeros rascacielos de Chicago se levantaron en 1870). «Un microcosmos de la historia universal», tal y como lo definió Victor Hugo. En ese París se forjó el modelo de la urbe contemporánea, pero también el del individuo moderno y alienado, solo en la multitud, el tipo de antihéroe urbano que aún perdura en la literatura, salvo que hoy viste tejanos y deportivas, no sombrero y chaqué.Habitantes del abismo. Literatura, arte y crítica en el París de Baudelaire (Ediciones Asimétricas) disecciona esa ciudad en transformación a través de la figura simbólica de Baudelaire, en un libro de difícil clasificación escrito por el arquitecto Antonio Pizza, catedrático de Historia del Arte y Arquitectura en la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC). «Es la pesadilla de los libreros, nunca saben en qué sección colocarlo», admite mientras toma un té en la librería Laie.
Habitantes del abismo puede leerse de muchas maneras:una crónica de viaje a la ciudad que dio origen a la modernidad, un ensayo de literatura comparada, una reflexión estética y plástica, una crítica de cómo la arquitectura influyó en el modo de vida y el pensamiento de los habitantes. Estamos ante una compleja constelación de fragmentos literarios (las palabras de Baudelaire son la columna vertebral, analizadas por Walter Benjamin, que casi ejerce de guía), obras de arte (de Manet a Delacroix), espacios insólitos (las catacumbas, las alcantarillas), metáforas (la noche, el deseo, la prostituta…), un catálogo de tipos urbanos (del dandy a la grisette)… «El concepto de modernidad, tal y como lo utilizamos hoy, viene de Baudelaire. Fue un personaje dramático y contradictorio, lo que es consustancial a la modernidad:el entender que no hay verdades ni valores absolutos», sostiene Pizza, que fue el primer editor en España (en 1995) del seminal El pintor de la vida moderna, el particular tratado de Baudelaire sobre la creación artística, única posibilidad de redención en el caos vertiginoso de la época moderna.
Si Baudelaire es el protagonista, el barón Haussman se erige en inevitable antagonista, que arrasa las callejuelas históricas y populares, el París romántico y decadente. Todos los intelectuales reservaron duras críticas a Haussman -Fournel le tilda de «Attila de la línea recta»- y su idea de progreso, que calificaron de«enorme hipocresía, una mentira de un jesuitismo colosal» (Émile Zola) o como «una Babilonia americana del futuro» (hermanos Goncourt). Hugo lo resume en la dura sentencia:«Vandalismo es arquitecto». Siglo y medio después, Antonio Pizza lo analiza así:«La reforma obedecía a un proceso de saneamiento de la ciudad, claro. Pero también fue una operación de especulación inmobiliaria que enriqueció al ayuntamiento, sumido en una profunda crisis. Se expropiaron terrenos a la población marginal para venderlos a comerciantes y burgueses. La consecuencia fue la llegada del capitalismo en su forma más pura, la mercantilización de los espacios públicos, de los comportamientos y de las formas de vida». Es decir: la ciudad de hoy.
«Baudelaire transformó la ciudad en material de poesía. No hay ninguna situación en Europa en que la identificación del escritor y la ciudad sea tan fuerte. Londres tiene diferentes figuras: Dickens, Poe, incluso Engels… Pero los cambios que vivió París en apenas dos décadas, la transformación tan brutal del paisaje, no se habían conocido nunca en la existencia humana», resalta Pizza, que ya comparó París y Londres en un ensayo previo, en su trilogía de ciudades enfrentadas: Viena-Berlín (2002) y Chicago-Nueva York (2012), ambos escritos junto a Maurici Pla y bajo el subtítulo Teoría, arte y arquitectura entre los siglos XIX y XX. Pero es en París donde está el origen de la ciudad moderna (y de sus melancolías).
En Argelia, Túnez, Sudáfrica, Rhodesia, las tierras altas de Kenia, Angola y Mozambique unos pocos millones de europeos -franceses, italianos, ingleses y portugueses- establecieron desde mediados del siglo XIX hasta el último tercio del XX colonias de población, una experiencia de proyección exterior europea que presenta más similitudes que diferencias, según el análisis que el historiador francés Joël Michel hace de lo que llama las “islas blancas” en África. Necesitados de la mano de obra indígena, pero ajenos a su cultura, los creadores de estas colonias acabaron construyendo sociedades claustrofóbicas y a la defensiva, condenadas a un fracaso estrepitoso en muy breve plazo.
En Colonies de peuplement, Michel lleva a cabo un estudio comparativo de estas colonias experimentales en tierras africanas, que atrajeron muchos menos emigrantes europeos por los mismos años que los que viajaron a Australia, EE UU, Canadá o algunos países de América del Sur. Deja el autor deliberadamente fuera del objeto de su estudio el caso de los italianos en Etiopía, de los belgas en el Congo y de los españoles en Guinea Ecuatorial por ser numéricamente muy modestos o muy breves en el tiempo.
El ensayo no analiza estas colonias caso por caso, sino que se centra en grandes ejes temáticosque estructuraron esas experiencias. La ocupación de la tierra tuvo que obligar a un proceso de expolio de los nativos que en todos los casos se llevó a cabo por extorsión, compra forzada o expulsión para a continuación obligarlos a emplearse para los nuevos ocupantes. El recurso al trabajo forzado será la constante en todas las colonias. Bien aprovechando la población reclusa, bien obligando a los jefes tradicionales a proporcionar trabajadores durante determinados periodos al año, bien restringiendo la libertad de movimientos para evitar las fugas y castigando con la cárcel o elevadas multas a quienes trataran de evadirse. Cuando la presión provocaba revueltas, como la de Maji Maji en el África Oriental alemana, la represión era sangrienta e iba seguida de la quema de cosechas y el desplazamiento forzoso de poblaciones.
Alfareros valencianos en Orán, hacia 1915.
Caso aparte es el de la Argelia francesa, uno de los mejor estudiados, donde también hubo miles de europeos más pobres que los franceses que acudieron a trabajar como aparceros en cultivos similares a los de sus países de origen. Es particularmente el ejemplo de losespañoles (y en menor medida de italianos y malteses), que suplieron inicialmente a la mano de obra árabe porque demandaban poco salario y eran de la misma cultura que la potencia colonial. La mayor parte de los españoles (procedentes de Menorca, Alicante, Murcia, Málaga, Almería y Valencia) se establecieron en el Oranesado. Una emigración favorecida por las autoridades españolas que firmaron un convenio con Francia en 1862 que facilitaba el desplazamiento. Así en los primeros años de la colonización, los españoles fueron punta de lanza de la ocupación del país, avanzando con el ejército incluso antes que los propios colonos franceses y constituyendo un proletariado rural indispensable. En la primera mitad del siglo XX los veremos mucho menor situados económicamente, gracias a su conocimiento de las técnicas de irrigación, especialmente a los valencianos, y empleando en una segunda generación a marroquíes, que los sustituyeron a partir de 1900 en las tareas más duras y peor pagadas. El estudio de este contingente es uno de los aspectos que más atraerá al lector español de la obra.
Familia de colonos británicos en las tierras altas de Kenia.
Pero si los europeos de segunda acababan integrándose y cruzando la barrera de casta en poco tiempo, los nativos siempre serán marginados en su propia tierra y esa frontera solo se podía mantener en las colonias mediante una violencia que el autor califica de “estructural”: exclusión racial, humillación colectiva, negación de las mismas posibilidades educativas, imposición del derecho europeo, control de la policía y de las cárceles y castigos corporales contemplados por la ley, lo que Michel denomina como “la política del látigo”, que se convierte en el “instrumento que regula las relaciones laborales” en las colonias, sea en las plantaciones de café de Angola o de Kenia, en las minas de Rhodesia o Sudáfrica o en el propio ámbito doméstico, una violencia que a largo plazo se convertirá en un bumerán.
Castigos corporales en el Congo belga durante el reinado de Leopoldo II.
Psicológicamente, las colonias implican a su vez la negación del otro, la puesta en duda de su humanidad, el racismo. Curiosamente, ese racismo obliga a los colonos a tratar de evitar la presencia de blancos pobres -que restan prestigio a su colectivo- y a resolver mal la situación de los mestizos, más producto de la explotación sexual que de la supuesta tolerancia y que tendrán en general un futuro difícil una vez se produzca la descolonización.
Las “islas blancas” imponen la segregación al océano de color que las rodea y del que se nutren. La discriminación en las colonias se refleja en el urbanismo, la creación de ciudades europeas donde el indígena solo entra a trabajar y que debe abandonar al finalizar la jornada laboral. Donde esa segregación se hizo más visible y odiosa es en Sudáfrica, pero Michel sostiene que el apartheid no fue un fenómeno exclusivo sudafricano, sino universal en todas las sociedades coloniales, aunque estuviera codificado de manera distinta.
El sueño de Cecil Rhodes: unir África de El Cairo al Cabo.
Pretendidos reductos de Europa, las “islas blancas” pronto empiezan a estar lejos de la metrópoli, en su problemática y a su vez en su progresivo olvido o alienación de las sociedades de las que proceden. El colono veterano se queja de que es incomprendido en su país de origen, no quiere que la lejana patria le dicte qué hacer y a la vez es un espejo deformado de esa sociedad que no deja de ser su elemento de referencia, lo que le hace sentirse por encima de su mano de obra
Iguales entre sí y superiores a los nativos, los colonos crean“democracias de señores” que el autor compara a lasociedad espartana: un grupo de hombres libres que se hace servir por los ilotas mediante el terror. Una especie de socialismo de blancos que cultiva el espíritu de resistencia y vive en la claustrofobia moral y la vulgaridad intelectual.
A finales de los años 50 comenzó el proceso de emancipación que supone en dos décadas la desaparición de todas estas colonias. En Argelia, tras una traumática guerra colonial. En el caso portugués, tras unos largos conflictos en Angola y Mozambique que condujeron paradójicamente al fin de la dictadura en la metrópoli. En el de Kenia, a una retirada forzosa tras la represión tan brutal como a la postre inútil del Mau Mau.
Policías británicos custodiando a detenidos del Mau Mau.
Solo quedó Sudáfrica, un caso excepcional porque, recuerda el autor, mientras los demás colonos tenían un lugar al que volver, una patria lejana pero real, los boers habían perdido el contacto con su metrópoli siglos antes. Cuando se produjo el desmantelamiento del apartheid, bajo el mandato de De Klerk, los boers ya habían sufrido, sostiene Michel, un proceso de cambio por el que aceptaron en su mayoría desaparecer como tribu dominante a cambio de mantener su privilegio económico y su supervivencia física. Eso, y el liderazgo moral de Nelson Mandela con su capacidad contagiosa para superar el rencor, explica el “milagro” sudafricano, que ha desafiado hasta la fecha a las predicciones más pesimistas.
Mandela y De Klerk a principio de la década de 90.
Original, bien argumentado, rigurosamente documentado y con todas su afirmaciones respaldadas por un denso aparato crítico, el libro merece sin duda ser traducido al español.
La epidemia de gripe española de 1918 causó entre cincuenta y cien millones de muertes en el mundo. A pesar de su nombre, su origen no estuvo en España; se barajan varias posibilidades: Kansas, China y Francia, y no se cierra la puerta a otras. Cien años después de su irrupción todavía hay grandes incógnitas, pero también se ha avanzado mucho en su estudio. En El jinete pálido, la escritora y periodista especializada en temas científicos Laura Spinney bucea en la enfermedad con un texto divulgativo que aborda aspectos médicos, científicos, sociales, políticos e históricos.
Pregunta. El subtítulo de su libro indica que esta epidemia cambió el mundo. ¿Cuáles fueron los cambios más significativos?
Respuesta. Respuesta. Dejó toda una generación –la de aquellos que estaban en el vientre de su madre cuando la gripe golpeó al mundo– disminuida física y cognitivamente durante toda su vida. Tuvo un gran impacto en la forma en la que los científicos y los políticos se plantearon la salud pública. Y se podría decir que también dejó su huella en las artes.
P. ¿Cómo influyó la pandemia en la I Guerra Mundial y el proceso de paz?
Laura Spinney. Foto: Rudi Sebastian / Getty Images. Cortesía Editorial Crítica.
R. Hay consenso entre los historiadores en que la gripe española aceleró el fin de la guerra. ¿Esto afectó al resultado? La mayoría de los expertos dice que no; sin embargo, otros han roto filas defendiendo que favoreció la victoria de los aliados. Los científicos creen que las condiciones en las trincheras pudieron incrementar la virulencia del virus, lo que explicaría que fuera tan grave. En cuanto al proceso de paz, el presidente norteamericano Woodrow Wilson cogió la gripey probablemente sufrió daños neurológicos por ello, disminuyendo su capacidad para defender una paz moderada. Todos sabemos lo que ocurrió después.
P. La gripe no se originó en España, ¿por qué se la llamó gripe española? ¿Está de acuerdo con las directrices de la Organización Mundial de la Salud que estipulan desde 2005 que los nombres de las enfermedades no deben hacer referencia a lugares, personas, animales o alimentos?
La enfermedad llevaba tiempo en EE UU, Francia y Gran Bretaña, pero la gente no lo sabía porque la noticia se mantuvo alejada de la prensa. España fue injustamente culpada
R. España era neutral en la guerra y no había censura en la prensa, así que cuando aparecieron los primeros casos en mayo de 1918 los periódicos locales informaron sobre ellos. La enfermedad llevaba tiempo en Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, pero la gente de esos países no lo sabía porque la noticia se mantuvo alejada de la prensa. Así que España fue injustamente culpada. Estoy de acuerdo en que los nombres de las enfermedades no deberían estigmatizar. Cómo conseguirlo y si las medidas de la OMS lo consiguen son dos cuestiones muy complejas.
P. En su libro muestra la actitud que prevaleció en Zamora ante la enfermedad. En otro capítulo explica la intervención en Nueva York. ¿Podría explicar brevemente la principal diferencia entre ambas?
R. Hubo muchas cosas que las diferenciaron, pero la principal fue que las autoridades de Nueva York comprendieron que se enfrentaban con un microbio, mientras que en Zamora la enfermedad se atribuía a la ira de Dios. Estas convicciones marcaron las consecuencias en cada lugar.
P. De los distintos perfiles que presenta en el libro, ¿destacaría alguno?
R. Es difícil señalar una historia en particular porque cada una arroja luz en un aspecto, pero la del obispo Álvaro y Ballano de Zamora me parece fascinante, simplemente porque muestra la poderosa influencia que una personalidad fuerte puede llegar a tener.
Enfermos de gripe española en un hospital de emergencia levantado en Fort Riley, Kansas, EEUU.
P. ¿Por qué esta ha sido la enfermedad olvidada? ¿Influyó la censura de la guerra?
R. La censura solo afectó a las secuelas inmediatas. Lo más interesante es por qué seguimos cien años después sin considerar la pandemia como un acontecimiento histórico a pesar de que ha matado más que cualquiera de las guerras mundiales y, quizá, más que las dos juntas. Hay muchas razones, pero una de ellas es que a la gente le gustan las historias con héroes y villanos, y con un principio, un desarrollo y un final. Difícilmente hay héroes en una pandemia, y el villano en 1918 no era humano. Barrió el mundo rápidamente; la gente no sabía qué les había golpeado. Así que era una historia difícil de contar.
P. En 2005 se reprodujo el virus de la gripe española de 1918 gracias a los trabajos de, entre otros, el científico Jeffrey Taubenberger, de quien usted habla en su libro. Está custodiado en el Centro para Control y Prevención de Enfermedades de Atlanta, pero este avance tiene sus detractores, ¿qué temen?
R.Podría ser robado y utilizado en una guerra biológica. Es difícil sopesar los riesgos y beneficios de un estudio científico, pero este paso solo ha beneficiado a la humanidad. Ha facilitado información para desarrollar mejores vacunas contra la gripe, por ejemplo.
Ilustración de Napoleón y sus obsesiones mentales para la exposición Napoleón estratega, en el Museo del Ejército de París. ILUSTRACIÓN DE VIOLAINE & JÉRÉMY
Dos siglos después, debajo de su bicornio inmortal, Napoleón Bonapartesigue cabalgando a lomos de Marengo y ganando batallas: ni Austerlitz ni Wagram, ni Friedland ni las Pirámides de Egipto, sino victorias póstumas. Las que otorga el veredicto del tiempo. Aquellas más relacionadas con la trascendencia histórica y el juicio de los hombres que con la sangre, el honor y la conquista. Hasta aquí, todo perfecto y bien enmarcado. Claro que, como la Historia es así de caprichosa y no nos llega en forma de hechos comprobados sino como sucesivas interpretaciones y reinterpretaciones según los autores y las fuentes, podría decirse que dos siglos después, bajo su casaca de general de división, Napoleón sigue huyendo del enemigo y perdiendo batallas: ni Leipzig ni Waterloo, sino derrotas póstumas. Las que otorga el veredicto del tiempo. Las que hablan más que de una gloria nacional de un bragado sanguinario que mandó a la tumba a millones de personas. Las que prefieren la versión de un führer avant la lettre a la de un héroe al servicio de Francia.
Napoleón aportó a las campañas militares nuevas formas de hacer la guerra, como el uso de redes de espionaje y el estudio geográfico y político de las zonas de batalla
Las dos versiones valen, probablemente porque el Primer Cónsul y Emperador de los Franceses fue ambas cosas: héroe y sanguinario a partes iguales. Un cruce de caminos entre el hombre bien pertrechado de códigos de honor y el invasor insaciable de Europa. Las dos valen porque son, sencillamente, las que conviven 197 años después de su muerte en el destierro de Santa Elena. Conviven entre sus eternos compatriotas, los franceses, y conviven entre sus eternos estudiosos, los historiadores de medio mundo. Pero una cosa está clara: Napoleón I ha vuelto y –perdónese la expresión- está de moda. Aunque justo es decir que nunca se fue.
El joven general, durante la batalla de Arcole, pintura de Antoine-Jean Gros (1796).GÉRARD BLOT (RMN-GRAND PALAIS-VERSALLES)
Todo resulta extraordinario y ambiguo en la figura de Bonaparte, que sigue, pues, ganando y perdiendo batallas. Entre sus activos: su astucia como estratega en el campo de batalla y su capacidad para salir victorioso en inferioridad numérica y en situaciones críticas, sus incomparables dotes para ganarse el fervor de mariscales y soldados rasos a pesar de una escasa o nula empatía, su habilidad para traducir los triunfos militares en triunfos políticos, su mano de hierro a la hora de condenar al oprobio y la deshonra a sus colaboradores caídos en desgracia… y sobre todo su indisimulada ansia de poder hasta el punto de dar golpes de estado (18 Brumario), urdir bodas de interés (la suya con la emperatriz María Luisa, sobrina de María Antonieta e hija del Emperador de Austria, tras divorciarse de Josefina Beauharnais) o autocoronarse Emperador en la mismísima Notre-Dame y en presencia del Papa. Entre los pasivos: no conocer sus límites, no saber perder ni retirarse a tiempo con honor, no observar ni piedad ni respeto por el adversario y, muy probablemente, un egotismo tan exacerbado que llegó a creerse el auténtico Dios inmortal de los franceses, en la estirpe que va desde Hugo Capeto a Luis XIV y desde De Gaulle a Emmanuel Macron. Y aquí se llega al meollo del asunto.
Napoleón Bonaparte está de moda, sí, aunque la expresión pueda indignar a historiadores y profesores. Regresa el Emperador. Lo hace en forma de exposiciones, ensayos, gigantescos volúmenes de cartas, libros de ficción con base histórica e incluso líneas de interpretación que emparentan al viejo militar, guerrero y estadista corso con el actual inquilino del Palacio del Elíseo. ¿Guardan Napoleón Bonaparte y Emmanuel Macron las similitudes de las que tanto se ha hablado y escrito en Francia? ¿Son meras aproximaciones de trazo grueso y vocación oportunista? Pues depende del cristal con que se mire.
“Fue un general al servicio de la Revolución, pero en el fondo sentía un gusto secreto por la realeza y sus símbolos” (Frédéric Lacaille, comisario de exposición)
En su reciente y controvertido libro Macron Bonaparte, el ensayista y analista político Jean-Dominique Merchet dejó bien clara su personal tetralogía de puntos concomitantes entre ambos personajes. Merchet los ha explicado así: “El espíritu de conquista, término que utilizaba Bonaparte y que el propio Macron utilizó en su campaña electoral y que un De Gaulle, por ejemplo, nunca hubiera empleado; la irrupción de dos personajes, Napoleón y Macron que triunfan frente a políticos incapaces de gestionar el país y que tienen presiones de la extrema izquierda y de la extrema derecha: los jacobinos y los realistas en el caso de Napoleón, y la izquierda de Mélenchon en el caso de Macron; una mezcla de autoritarismo, capacidad de seducción y falta de empatía en ambos personajes; y el hecho de tomarse los dos la política como una aventura personal y casi novelesca, debido a sus personalidades ególatras”.
Napoleón I descansando en el campo de batalla de Wagram, el 6 de julio de 1809. Pintura al óleo de Adolphe Roehn.RMN-PALACIO DE VERSALLES
Una interpretación que se dio de bruces con otra opuesta, también en forma de libro, en lo que supuso el germen de uno de sus debates editorial-intelectuales genuinamente franceses. En este caso fue el también ensayista Olivier Gracia quien, en La Historia siempre se repite dos veces, sostenía que el actual presidente de la República no se parecía en realidad a Napoleón, sino a Luis Felipe de Orléans, el último rey de Francia. ¿Su argumentación?: “Macron ha despolitizado la burguesía; da igual que sea de derechas o de izquierdas, lo único importante es que la economía funcione… y eso es exactamente lo que hizo Luis Felipe, un rey que reconcilió los dos bloques. Ni Macron ni Luis Felipe son ni bonapartistas, ni legitimistas, ni republicanos… son ellos mismos”.
Cabe preguntarse si, en la Francia de Macron, es un estricto fruto del azar el hecho de que estén abiertas al público dos gigantescas exposiciones a la mayor gloria de Bonaparte. “No es más que una casualidad, no hay que buscarle más explicaciones”, zanja con un ligero rictus de ironía Fréderic Lacaille. Él es conservador jefe del patrimonio en los Museos Nacionales de Versalles y Trianon, además de uno de los comisarios de la muestra Napoleón. Imágenes de la leyenda, que abrió sus puertas el pasado 7 de octubre en el Museo de Bellas Artes de Arras (norte de Francia), donde permanecerá hasta el mes de noviembre.
En el libro ‘Macron Bonaparte’, el analista político Jean-Dominique Merchet subraya las similitudes entre el actual presidente francés y el cónsul y emperador
Se trata de un verdadero desembarco de los tesoros artísticos que en torno a la figura del general, cónsul y emperador albergan las galerías históricas creadas en el palacio de Versalles por el rey Luis Felipe de Orleans en 1837. “Versalles sigue siendo un gran museo napoleoniano que guarda la mayor parte de las pinturas, esculturas y objetos decorativos encargados por Bonaparte entre 1799 y 1815 con el fin de comunicar su poder. Pero estas colecciones son mal conocidas, porque la mayor parte de la gente que va a Versalles quiere a Luis XIV y a María Antonieta, y ni siquiera saben que todas estas obras están allí”, explica Lacaille en el vestíbulo de la antigua abadía de Saint-Vaast, hoy sede del museo.
Esta pintura al óleo de Eugène Isabey muestra el regreso de las cenizas de Napoleón Bonaparte de la isla de Santa Elena a Francia. 1840.RMN-PALACIO DE VERSALLES
El conjunto es apabullante. La exposición recorre con lujo de detalle la vida del personaje desde su nacimiento en Ajaccio (Córcega) en 1769 hasta su muerte en la isla británica de Santa Elena en 1821. Es la biografía artístico-histórica de un hombre que se graduó con 15 años en la Real Escuela Militar de París, que con 26 ya era general de brigada, que conquistó media Europa y que acabó alcanzando las mayores cotas de poder imaginables, como Cónsul, primero, y como Emperador, después. Revolución francesa, Directorio, Consulado, Imperio y Monarquía: Napoleón Bonaparte lo vivió todo y lo vivió sin desmayo. Francia nunca le respondió con un veredicto unánime: demonio para unos, héroe para otros.
Pistola hallada en la maleta de Napoleón en Waterloo.RMN-PALACIO DE VERSALLES-MUSÉE DE L’ARMÉE
El bicornio de Napoleón en la campaña de Rusia.MUSEO DEL EJÉRCITO-RMN-GRAND PALAIS
“Fue un joven general al servicio de la Revolución pero si usted contempla algunas de estas pinturas comprobará que, en el fondo, sentía un secreto gusto por la realeza y sus símbolos”, argumenta el comisario de la exposición. Las emperatrices Josefina y María Luisa, los mariscales de Napoleón –Murat, Duroc, Lannes, Lefebvre, Ney…-, los políticos y ministros a su servicio como Tayllerand, Denon o Carnot, los miembros de su familia –sus padres, sus hermanos José Bonaparte o Caroline Bonaparte…-, y algunos personajes de la época con quienes mantuvo relaciones tormentosas, como Chateaubriand, Madame de Staël o el siniestro ministro de Policía Joseph Fouché, desfilan por las salas de la exposición con la firma de los principales artistas al servicio de Napoleón: David, Gérard, Gros, Lefèvre y Lejeune, entre otros. Pero son ante todo las grandes pinturas de batallas las que vertebran el conjunto. Las campañas de Italia y Egipto, las sucesivas y triunfales contiendas contra Gran Bretaña, Rusia, Prusia y Austria… y también las sonoras derrotas en España y Rusia delimitan en luces y sombras la asombrosa trayectoria del militar y el hombre de Estado. Algunas de las obras más célebres sobre Napoleón están aquí, como una de las cinco versiones ejecutadas por Jacques-Louis David de Bonaparte cruzando los Alpes a lomos de su caballo blanco (aunque en realidad los cruzó montado en una mula, pero él encargó el cuadro para asimilarse a Aníbal y a Alejandro Magno, cosas del ansia de posteridad).
La otra cita es en el Museo del Ejército, situado en el edificio de Los Inválidos de París. A tiro de piedra de la colosal tumba de mármol donde reposan desde 1861 los restos del Emperador -siempre rodeada de turistas y donde el presidente Macron llevó del brazo a Donald Trump durante la visita del presidente de EEUU a París en julio del año pasado-, se despliegan las siete salas de la exposición Napoleón estratega.
Casaca de coronel de caballería de la Guardia Imperial.RMN-PALACIO DE VERSALLES-MUSÉE DE L’ARMÉE
La muestra, con un sinfín de obras de arte, casacas, gorros militares, armas (como la espada del Emperador durante la batalla de Austerlitz), mapas, maquetas e instalaciones interactivas,se centra en las hazañas militares del general corso y del arte de la guerra que corría por sus muy belicosas venas. Inaugurada el pasado 6 de abril (hasta el 22 de julio), pretende dar cuenta de la preparación de las campañas militares, a las que Napoleón aportó a partes iguales sus profundos conocimientos de la instrucción militar clásica y nuevas formas de hacer la guerra, que incluyen la puestas en marcha de redes de espionaje, el estudio geográfico y político previo y profundo de las zonas de batalla y, ante todo, un principio innegociable: llegar al escenario del combate antes que el enemigo.
Telescopio del general en la batalla de las Pirámides.MUSEO DEL EJÉRCITO-RMN-GRAND PALAIS
Básicamente Napoléon avanzaba rápido y en línea recta, y le daban igual las distancias y los accidentes geográficos o meteorológicos. En 1805 contaba con un imponente ejército de 150.000 soldados. Siete años y muchas victorias después, eran más de medio millón. Fue el único jefe militar que tomó sucesivamente Berlín (1806), Viena (1805 y 1809) y Moscú (1812). “Pero en su país, en España, Napoleón se encontró con una forma de guerra que no conocía y para la que sus ejércitos demostraron no estar preparados: la guerra de guerrillas… y esa, junto con Rusia, fue su tumba”, explica la historiadora y conservadora Émilie Robbe, comisaria de esta asombrosa exposición.
La espada de Napoleón en la batalla de Austerlitz.RMN-PALACIO DE VERSALLES-MUSÉE DE L’ARMÉE
Fue el Gran Corso un joven general imbuido de los principios de la Revolución que guerreó por toda Europa en defensa de la grandeur francesa. También, sin duda alguna, un émulo discreto del Rey Sol, un apasionado del boato y la alcurnia de los salones de la realeza y las intrigas de corte. Quizá, al cabo, un monumental ídolo con pies de barro, un pobre diablo atrapado en su incapacidad de poner límite a la codicia política y militar. Desde luego, un personaje real que supera toda ficción, como lo demuestra la excelente novelita La muerte de Napoleón, de Simon Leys, editada recientemente en español por Acantilado.
La culminación, por parte de la Fundación Napoleón y la editorial francesa Fayard, de la correspondencia completa de Bonaparte -15 años de trabajo, 15 volúmenes para un total de 40.000 cartas escritas o dictadas- acaba de cerrar el círculo de la semblanza definitiva de uno de los personajes más importantes de la Historia mundial. Muchas de ellas permanecían inéditas hasta ahora. Por ejemplo, una fechada el 5 de mayo de 1821 en Longwood (isla de Santa Helena, Atlántico Sur) que dice: “Señor Gobernador, el Emperador Napoleón ha muerto a las seis menos diez de esta tarde como consecuencia de una penosa enfermedad. Tengo el honor de informaros de ello, él me autorizó a comunicaros, si así lo deseáis, sus últimas voluntades”.
La carta la firma el Conde de Montholon.
En realidad la había dejado escrita Napoleón Bonaparte, Emperador de los Franceses.
Derechos de autor de la imagen ALAMY Image caption Los tulipanes llegaron a los Países Bajos en el siglo XVII y causaron furor. Una pintura de Ambrosius Bosschaert del siglo XVII
En la secuela de la película «Wall Street» que se estrenó en 2010, el personaje del inescrupuloso financista Gordon Gekko -famosamente interpretado por Michael Douglas- advierte sobre los peligros de la especulación financiera, usando como ejemplo «la peor burbuja de todos los tiempos».
«En los años 1600 los holandeses tuvieron fiebre especulativa hasta el punto de que se podía comprar una hermosa casa en el canal de Ámsterdam por el precio de un bulbo», afirma Gekko, apuntando a unos tulipanes.
«Lo llamaron tulipomanía. Luego colapsó», agrega. «La gente fue aniquilada».
El personaje se estaba refiriendo a lo que también se conoció como la «crisis de los tulipanes«, un fenómeno que se produjo en los Países Bajos en la primera mitad del siglo XVII.
Es ampliamente considerada la primera gran burbuja especulativa de todos los tiempos y hoy son varios los expertos que remiten a ese ejemplo para advertir sobre los peligros del bitcoin, la criptomoneda que más ha crecido en todo el mundo.
En noviembre pasado esta moneda virtual alcanzó valores récord, llegando a aumentar su precio en más de 1.200%.
Desde entonces, su valor ha fluctuado. Pero los más escépticos creen que ese repentino aumento de precio en un producto que no tiene valor intrínseco tiene todas las características de una tulipomanía.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image caption Muchos trazan paralelos entre lo que pasa con los bitcoins y lo que pasó con los tulipanes en los Países Bajos en el siglo XVII.
¿Mito o realidad?
Aunque muchos usen ese ejemplo histórico lo cierto es que no hay un consenso sobre lo que realmente ocurrió durante la crisis de los tulipanes.
Algunas de las anécdotas más llamativas de la época señalan lo que dijo Gekko: que en las décadas de 1620 y 1630 los bulbos de esta flor llegaron a costar lo mismo que una casa.
En su libro de 1999 «Tulipomanía: La historia de la flor más codiciada del mundo y las pasiones extraordinarias que despertó», el historiador Mike Dash confirma este hecho.
Dash detalla que para 1637 un solo bulbo de una variedad llamada Semper Augustus llegó a costar 10.000 florines.
«Eso era suficiente para alimentar, vestir y alojar a toda una familia holandesa por media vida o para comprar una de las mejores casas en el canal más de moda de Ámsterdam», señala el autor.
En cambio, otra de las anécdotas más coloridas de la crisis -que muchos quedaron en bancarrota y se lanzaron a los canales en desesperación cuando la burbuja de los tulipanes explotó- no parece tener tanto asidero.
Incluso hay quienes disputan el hecho de que se trató de una crisis generada por la especulación financiera.
De moda
El programa sobre economía «More or Less» de la BBC Radio 4, analizó la tulipomanía y llegó a la conclusión de que en realidad «hemos malinterpretado el comercio de los tulipanes».
Derechos de autor de la imagen ALAMY Image caption La locura de los holandeses por el comercio de tulipanes fue satirizado por algunos artistas de la época.
Según los periodistas Lizzy McNeill y Sachin Croker las investigaciones más recientes sugieren que «no fue una fiebre especulativa sino factores culturales los que hicieron que la gente valorara estas flores».
El programa entrevistó a la profesora de historia europea temprana Anne Goldgar, del King’s College de Londres, quien explicó por qué se pusieron de moda algunos tipos de tulipanes.
«Después de cultivar un tulipán blanco durante nueve años, más o menos, de repente se verá rayado o moteado», explicó Goldgar. «Esto se debe a una enfermedad, pero la gente no sabía eso en ese momento».
«Realmente no sabías lo que iba a pasar con tus tulipanes y la gente amaba el hecho de que constantemente cambiaban».
En el siglo XVII los tulipanes -originalmente cultivados en el Imperio Otomano- eran algo nuevo en los Países Bajos y sus colores cambiantes los convirtieron en un producto codiciado por quienes valoraban lo estético y la moda.
Por otra parte, en un artículo escrito para la BBC, el crítico de arte del diario británico Daily Telegraph Alastair Sooke remarcó que «el creciente interés por los tulipanes coincidió con un período especialmente próspero en la historia de los Países Bajos».
«En el siglo XVII (Holanda) dominaba el comercio mundial y se convirtió en el país más rico de Europa».
«Como resultado, no solo los ciudadanos aristocráticos, sino también los adinerados comerciantes e incluso los artesanos y comerciantes de la clase media de repente descubrieron que tenían dinero extra para gastar en lujos como flores caras».
Derechos de autor de la imagenPA Image caption La profesora de historia europea temprana Anne Goldgar sostiene que el interés por los tulipanes no tuvo que ver con la especulación financiera.
Estatus
Goldgar mantiene que fue un interés cultural y una cuestión de status social -y no una especulación económica- lo que llevó a algunos a gastar fortunas en tulipanes.
Pero relativiza aquello de los precios alocados que se pagaron durante la tulipomanía.
«Solo encontré 37 personas que gastaron más de 400 florines en flores en esa época», contó, poniendo en contexto los 10.000 florines que llegaron a costar los tulipanes, según recogió Dash.
Además, la experta explicó que quienes pagaron las sumas más grandes eran coleccionistas de arte con mucho dinero para gastar.
«Las personas que compraban pinturas tendían a ser las mismas que compraban tulipanes».
Eso explica por qué uno de los principales mitos sobre esta burbuja financiera no es verdad: según Goldgar, nadie se arrojó a un canal por las pérdidas sufridas cuando se desplomó el precio de los tulipanes.
«De hecho, no pude encontrar a nadie que estuviera en bancarrota debido a la tulipomanía», señaló.
¿Qué pasó?
Lo que sí es cierto es que después de alcanzar niveles récord en 1636, el valor de los tulipanes cayó estrepitosamente en febrero de 1637.
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES Image captionEl sensacionalista historiador escocés del siglo XIX Charles Mackay fue el primero que popularizó el mito sobre la tulipomanía.
Las causas, según esta profesora, fueron los temores de una sobredemanda y lo insostenible de un mercado que había empezado como un hobby entre unos pocos amantes de la horticultura.
No obstante, Goldgar asegura que la explosión de la burbuja no afectó la economía de los Países Bajos, como sostienen otros expertos.
¿Por qué entonces se hizo tan famosa la supuesta fiebre especulativa del tulipán?
El responsable -o uno de ellos- parece haber sido un historiador escocés del siglo XIX llamado Charles Mackay, a quien le encantaban las historias sensacionalistas.
Fue él quien popularizó el relato sobre la tulipomanía.
A Mackay no se lo tomó muy en serio como historiador. Sin embargo, sus coloridas crónicas han perdurado.
Irónicamente, el propio Mackay se vio envuelto en una verdadera manía especulativa: la burbuja ferroviaria británica de la década de 1840, que algunos estudiosos consideran la mayor burbuja tecnológica de la historia y uno de los mayores fracasos financieros.
Sin dudas, la historia de Mackay es una lección para todos: es muy fácil burlarse de las burbujas especulativas del pasado e incluso mofarse de la estupidez de quienes quedaron atrapados en ellas.